Ha llamado la atención en las marchas el predominio –en la expresión de exigencias y deseos– de referentes culturales ajenos a la política formal. La identidad visual parece rescatada de la infancia: Serena de Sailor Moon, un perro negro elevado a la santidad, Lisa Simpson y Pikachu arengan en carteles improvisados.
Por: Andrea Palet

  • 7 noviembre, 2019

“Quiero escribir, pero me sale espuma / quiero decir muchísimo y me atollo / no hay cifra hablada que no sea suma / no hay pirámide escrita sin cogollo”. Los versos de César Vallejo no me abandonan estos días, días en que he hablado y discutido mucho en persona –como todos, supongo, espero– sobre temas grandes y urgentes, días en que he estado en la calle, con querer y sin querer, porque a veces tú vas a la protesta y a veces la protesta va hacia ti. Porque “me atollo” y no tengo ganas de escribir, porque ya hay suficientes escribidores que lo tienen todo claro, porque adivino mis propios puntos ciegos como los cráteres de la Luna imaginados por Méliès.

Otros explicarán este momento de protesta para mí justa y genuina; solo quiero comentar una cosa sobre ese vertebrado amniota homeotermo de la clase Mammalia típico del antropoceno, de hábitos progresivamente herbívoros, pelaje selvático y colorido, laxos ritmos circadianos, adscrito a la neocultura kawaii y con una extraordinaria capacidad de percutir dos objetos cualesquiera; ese mamífero repentinamente exótico –como si no estuviese desde siempre entre nosotros– al que, para efectos de alto pánico, se alude en ominoso plural como “los jóvenes”.

Algunos parecen habérselas arreglado de lo más bien sin registrar contacto con la especie, lo que es curioso porque, aunque en cantidades reducidas, suelen residir en los mismos habitáculos que el resto de la población, y son llevados a entrenarse para la caza y reproducción en los mismos recintos donde los brujos, hoy denominados académicos, despliegan su taumaturgia. Aunque en el pasado se diferenciaban por sus preferencias sonoras, esa barrera se ha derrumbado y ya no sirve para caracterizar al cachorro humano: hoy todo el mundo escucha esa tabla de planchar acústica que es el trap y el reguetón. Persisten ciertos rasgos ancestrales relativos a hábitos nocturnos y rituales de camuflaje, y es cierto que es propia de ellos esa acendrada costumbre de usar una herramienta bastante inteligente llamada teléfono para mil cosas salvo para hablar por teléfono, pero, en general, puede sostenerse y sostengo que este noble animal racional no es diferente de la variedad nacida y criada en el siglo veinte y anteriores, salvo en asuntos superficiales del todo equiparables a algunos que han caído en desuso, a saber: ha llamado la atención en las marchas el predominio –en la expresión de exigencias y deseos– de referentes culturales ajenos a la política formal. La identidad visual parece rescatada de la infancia: Serena de Sailor Moon, un perro negro elevado a la santidad, Lisa Simpson y Pikachu arengan en carteles improvisados. No como antes, cuando los santos sudarios de la política callejera eran unos pañitos rectangulares con estrellas rojas en un campo verde, flechas hacia el cielo, letras celestes de silabario escolar, hoces y martillos (¿quién va a saber lo que es una hoz?), y los de un partido cantaban himnos con el puño izquierdo arriba, los de otro partido también pero con el puño derecho, y los de otro con dos dedos levantados haciendo la señal de la paz o de orejas de conejo, nunca supe. Todo muy maduro.

Ahora en serio: esta es la primera generación en que los hombres tanto como las mujeres pueden permitirse abiertamente la ternura, y eso se lo deben a unos padres algo menos rígidos en la reproducción de los arquetipos dominantes, y, entre otras cosas, a la sofisticada cultura popular japonesa que consumieron de niños y consumen aún (“estoy pasando la angustia escuchando openings de animé”, dice una lectora voraz que conozco), y que les ha ayudado a preocuparse de los gatitos, llorar con La tumba de las luciérnagas, conectar con sus padres y abuelos e indignarse con las injusticias sociales: todo a la vez, pero no todo en el mismo plano. Porque pueden ser tiernos, pero tontos no son.

Y si en ciertos casos da la impresión de que la especie está siendo el cómodo huésped en una relación de parasitismo familiar, con el paso del tiempo esa relación se invierte y el antiguo hospedador pasa a ser carga del exjoven, que con pocas excepciones cumple con su deber y cuida de su viejo y de su vieja, porque el Estado de Chile no lo hace. Y por ellos marcha.