Si bien este filósofo se pasa los días y las noches en conversaciones con pensadores clásicos también esta metido en la realidad del Chile actual

  • 22 diciembre, 2008

 

Si bien este filósofo se pasa los días y las noches en conversaciones íntimas con pensadores clásicos, tiene la enorme gracia de estar también absolutamente metido en la realidad más concreta del Chile actual. Por M.Angélica Zegers V. Fotos: Verónica Ortíz.

 

Cuando en 1997 se le otorgó a Juan de Dios Vial Larraín el premio nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, entre otras consideraciones el jurado valoró que hubiera siempre destacado en su obra la influencia de la filosofía clásica en el mundo de hoy. Lo anterior no es para nada un tema menor. Cuando pensamos en filósofos de la talla de Aristóteles, Platón, Descartes, Heidegger o Kant y los situamos como pilares de la cultura occidental, resulta todo un desafío encontrar ecos de la genialidad de esos maestros en los tiempos que corren. Pero ésta ha sido la pasión de Juan de Dios Vial Larraín.

La suya es una biblioteca de la que Jaime Guzmán, que era amigo de sus hijos, una vez le dijo: “es limitada, pero con dos elementos claves: ser excelente y haber sido leída”, y sin asomo de vanidad o falsa modestia, Juan de Dios Vial dice que cree haber leído todos los libros, “como dijo un poeta francés, Mallarmé”… y algunos, varias veces. Hoy este filósofo se da el gusto de repasar sus lecturas en libros subrayados por él mismo hace varios años, pero en los que siempre encuentra nuevas vetas que explorar.

Son precisamente esta apertura intelectual y su envidiable capacidad de seguir maravillándose con las ideas lo que lo mantiene a los 84 años –que parecen bastantes menos– absolutamente vigente, con días que parten temprano en la mañana y terminan muy tarde en la noche. A sus clases en el doctorado en Filosofía de la Universidad Católica, las sesiones en la Academia de Ciencias Sociales del Instituto de Chile y sus labores como presidente de la Fundación Arturo Irarrázaval, suma una extensa familia con nueve hijos y más de 70 nietos y bisnietos, con quienes mantiene activo contacto. Por último, su puesto en el directorio de Televisión Nacional da una idea de hasta qué punto este hombre es capaz de desmarcarse y empeñarse en elevar el nivel del debate.

 

 

 

Bendita República

 


-Usted ha dicho que el nivel al que ha caído nuestra educación es una vergüenza. El país que contó en el siglo XIX con Andrés Bello y donde en el siglo XX nacieron Mistral, Neruda, Huidobro o Arrau, no tiene derecho a esta situación. ¿Se puede pensar, acaso, que todo tiempo pasado fue mejor en esta materia?

-Andrés Bello ha sido figura central de nuestra historia. No nació en Chile, pero es uno de nuestros auténticos mejores chilenos; el mayor humanista de América, como lo ha dicho la Enciclopedia Británica. No sólo construyó una gramática original sobre la base del habla en América, también redactó nuestro código civil, que luego fue copiado en muchos países; fundó la Universidad de Chile y, en fin, generó un influjo decisivo en nuestra cultura, tanto a través de sus seguidores como en sus adversarios. Bello puso la vara alta en todos los campos, pero no fue una especie de fenómeno que apareció por arte de magia, sino que fue traído por las autoridades de la época como parte de una política integrada por esa otra gran fi gura que fue Portales.

-¿Es bueno para un país que haya una elite dominante y muy preparada intelectualmente, que sea la que lidere los cambios?

-Estás usando una expresión quizá políticamente muy incorrecta, como es esta de la elite dominante; pero lo cierto es que nada se ha hecho nunca sin una elite. Sin una elite que lidere y eduque, nada se genera históricamente. Chile tuvo un sello cultural muy original durante el siglo XIX, derivado precisamente de personalidades como Andrés Bello o Diego Portales, quienes le dieron una identidad al país. Por eso cuando se ganó la Guerra del Pacífi co el Times de Londres dijo que ése no había sido el triunfo de un ejército, sino de una nación organizada.

-¿Le parece que la política está deviniendo en un juego de poder carente de ideas?

-Cuando decimos “ideas”, no hablamos de palabras del diccionario o de enunciados abstractos. Nada serio se hace sin ideas. Quizá los políticos a veces creen que pueden prescindir de ellas y, entonces, o meten la cabeza debajo de la arena o se visten con trapos viejos.

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-A las puertas ya del Bicentenario, no se aprecia que el país haya logrado los innumerables sueños en términos de desarrollo que se habían planteado. ¿Qué ha fallado?

-Ignoro lo que haya ocurrido, pero no me sorprende un fracaso. Desde luego, porque creo que los chilenos carecemos de conciencia de nuestra realidad histórica. ¿No hemos tenido un testimonio bien reciente con los “grandes chilenos”? Ese programa de TVN se hizo primero en Inglaterra y en varias otras partes del mundo y entre los que lideraron estuvieron Stalin en Rusia, el dictador Oliveira Salazar en Portugal y el futbolista Beckham en Inglaterra. No hay que extrañarse demasiado, entonces, de lo ocurrido en Chile.

 

 

Las grandes utopías

 

-Si usted repasa el panorama de la educación superior chilena, ¿le satisface que sólo la Universidad Católica y la de Chile figuren en los ranking internacionales y en posiciones más bien rezagadas?

-Los ranking hay que recibirlos con benefi cio de inventario, como dicen los abogados. Por ejemplo, si en un hotel no hay una alfombra roja y un señor con uniforme imperial en la puerta, entiendo que no le asignan cinco estrellas. Pero a alguien pueden importarle bastante más la calidad de la almohada, la frecuencia de los ascensores o el buen café. En otras palabras, desconfío de cómo ponderan las encuestas la calidad de la universidad. Parece obvio que es bueno tener muchos doctores, pero si éstos no tienen recursos para trabajar o no son realmente buenos, tampoco sirven. Creo que cabe esperar bastante de las nuevas universidades privadas, pero en la medida en que se zafen de los modelos antiguos que han empezado copiando. Las antiguas universidades no deben esforzarse demasiado en parecer nuevas, deben asumir la responsabilidad de sus años.

-¿Cree que la modernidad ha terminado asfixiando a las humanidades en la universidad?

-Si usted incluye en “humanidades” a la filosofía y a las artes, por ejemplo, temo que la universidad en buena medida haya contribuido a asfixiarlas, sencillamente, porque la universidad se ha convertido en una institución masiva para lo que eufemísticamente se llama “sociedad del conocimiento”. Pero en esos términos sólo se piensa en una capacitación técnica. ¿Usted se imagina a Picasso o a Stravinski cursando cinco años y treinta asignaturas para recibir un diploma de pintor o de músico? Quienes pudieran ser considerados como los mayores filósofos del siglo XX, Heidegger y Wittgenstein, se sentían a disgusto en la universidad. Ni Neruda, Mistral o Huidobro estudiaron poesía en ella. Lo que sucede es que la fábrica de profesionales impone sus pautas a cosas que no son profesiones y crea más bien una burocracia académica o una agencia ideológica. Filosofía, arte, ciencias puras, debieran tener su lugar propio. Por ejemplo, yo creo que habría que empezar por ofrecerlas en la enseñanza media con mucha mayor intensidad y profundidad. Desde luego, mediante un currículo concebido sin criterio positivista, por profesores con superior formación intelectual. Más tarde, en la universidad, las humanidades debieran tener un estatuto propio, ajustado a su índole esencialmente ligado al trabajo de investigación y creación que se realiza en estos campos.

-¿Hay espacio todavía para los grandes movimientos ideológicos?

-El hombre siempre se ha movido por ideas, y la gran falacia del marxismo es creer que son las fuerzas productivas las que generan la cultura y la historia humana. Es el llamado materialismo dialéctico de Marx. La historia estaría determinada sobre la base de los procesos técnicos en la producción económica. La religión, la filosofía y la cultura serían una superestructura casi accidental de este proceso propio de la materia y sus energías. No hay que olvidar que el marxismo tiene vínculos originarios con el capitalismo liberal, al cual el Manifiesto Comunista prodiga elogios. La teoría del trabajo como fuente de valor, que profesara el economista liberal David Ricardo, da pie a la plusvalía y al concepto del proletariado como agente de la historia a través de la revolución y la dictadura del proletariado que el marxismo forjó.

-¿Tiene la filosofía la capacidad de movilizar con ideas originales a las masas?

-Empecemos por precisar que filosofía no es un movimiento de masas, sino lo contrario, aunque existe alguna relación con que los primeros en ignorarla son, justamente, los movimientos de masas. La filosofía tiene más de 2.500 años de historia; es más antigua que la medicina o la geometría, que tienen antigüedad semejante. Pero hay una diferencia importante: hoy un médico o un geómetra pueden no haber leído a Hipócrates o Euclides, que es lo más probable, pero las fuentes originarias de la filosofía tienen vigencia actual inevitable. La energía creadora de la filosofía se bebe en ellas. No obstante, la filosofía no es árbol de hoja perenne. Pasan largos siglos sin que nada nuevo brote en ella. La primera mitad del siglo XX fue brillante, pero desde entonces no veo sino repetición epigonal.

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-Vaya paradoja mirar esta conexión hoy, cuando el socialismo ve en esta crisis económica justamente la prueba de que son sus postulados los correctos…

-La gente formada en el marxismo aprovecha la ocasión para llevar agua a su molino, pero no puede desconocer que ambas realidades vienen del mismo principio porque es un hecho histórico. Hay una secuencia clara que parte en la Revolución Francesa, con su consigna de libertad, igualdad y fraternidad, y pasa luego por la revolución industrial, la revolución capitalista y finalmente se prolonga en una línea continua en el marxismo, en el siglo XIX. En el capitalismo el individuo es absoluto, en el marxismo en cambio es la clase.

 

 

El mundo de las ideas

 

-¿Qué significa la consigna de que faltan ideas en el mundo actual?

-Significa que faltan ideas buenas; hay pobreza en el mundo hoy en este sentido. Me parece que la primera mitad del siglo XX fue de una gran riqueza intelectual y espiritual. La ciencia y la transformación de la visión de la naturaleza por la física fue una notable empresa a partir de Einstein y Plank. Filósofos como Heidegger, Husserl, Bergson, Wittgenstein y también Ortega y Gasset y Unamuno, en España, han sido figuras eminentes para cualquier tiempo. Si además se tienen en cuenta la investigación del código genético en la biología, del inconsciente en la psicología, de lo hecho en la antropología y la lingüística dentro de las ciencias sociales, y lo que fueron escritores como Proust, Kafka, Rilke, Valéry y Pound, o Picasso y Matisse en la pintura y Debussy o Stravinsky en la música, hay que reconocer que la vara quedó demasiado alta.

-¿Las dos guerras mundiales determinaron que todas las energías se pusieran en sobrevivir más que en crear?

-Desde luego. Las dos guerras mundiales, con sus millones de muertos, marcaron profundamente al siglo XX y nos dejaron devastados. Posiblemente va a pasar tiempo antes de que vuelva a brotar la fuerza creadora del hombre. No se trata de decir que el tiempo pasado fue mejor y es muy posible que hayan surgido cosas muy valiosas, no suficientemente visibles todavía. Yo creo, por ejemplo, que los dos últimos papas, Wojtyla y Ratzinger, y los textos que han escrito poseen notable profundidad no sólo en el ámbito del cristianismo.

-¿Cuánto pesa la religión o más bien la falta de ésta en la crisis de las ideas?

-Malraux dijo: “el siglo XXI o es místico o no es nada”, y no era cristiano. Desde la segunda mitad del siglo XX hasta acá hemos quedado huérfanos de ideas, pero hay brotes esperanzadores y que tienen un ingrediente religioso muy decidido.

-¿Por qué la religión tendría que ser un elemento catalizador del renacer de la cultura?

-Por lo que contiene. La fe es la presencia de Dios, la relación del hombre con lo divino. Nada hay más alto que eso.

-¿Cómo explica, entonces, la posición de no creyentes?

-Yo creo que nadie no cree; se cree siempre en algo. Los ateísmos más violentos son en el fondo fanatismos religiosos con signo menos; son idolatrías. El nihilismo que todavía se respira va quedando atrás. La vida humana recupera siempre su profundidad, su eternidad. Esa veta de la historia y de la naturaleza humana que pasó por una etapa horrible que Nietzsche bautizó como nihilismo, creo que ya quedó atrás. Hacia delante veo brotes provenientes de estas fuerzas más profundas que no están destinadas a agotarse. Creo al final en la vida humana, en que el hombre está recuperando su profundidad y su eternidad y que podemos llegar a algo mejor.

-¿Cree entonces en el progresismo?

-Creo que la naturaleza humana es de suyo una fuente progresiva. ¿Qué otro sentido puede tener la idea de bien? Bueno es aquello a lo que el hombre, desde lo más profundo de su ser, tiende. La palabra “progresismo” me suena añeja; pura ideología positivista.

 

 

 

En la vía de Bello


Juan de Dios Vial estudió Derecho en la Universidad Católica y Filosofía en la Universidad de Chile y ha hecho numerosos cursos de postgrado en universidades de Europa y Estados Unidos. Fue profesor titular en las facultades de Filosofía de la Universidad Católica y de la Universidad de Chile, director del Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, director y decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica y profesor visitante de las facultades de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, de la Universidad de Navarra y de la Universidad de Granada. En 1978 fue delegado de Chile ante la OEA y entre 1977 y 1980 fue miembro del Comité Interamericano de Cultura, con sede en Washington. Entre 1987 y 1990 fue rector de la Universidad de Chile y también presidente del Instituto de Chile, a lo que se suma una extensa producción literaria, con decenas de obras filosóficas de su autoría. Entre sus libros recientes están Estructura Metafísica de la Filosofía (1997), Filosofía Moral (2000) y La Vía de la Verdad (2006).

Vial es hombre de afectos profundos, como puso de manifiesto en la muerte de su nieta Bernardita en el accidente del Colegio Cumbres, en el norte del país.Una hermosa fotografía de ella luce en el living de su casa. Es también capaz de asumir responsabilidades serias en momentos difíciles, como cuando en plena paralización de la Universidad de Chile en 1987 aceptó asumir la rectoría y logró normalizar la situación; o en la crisis de TVN, el año 2004, cuando el entonces presidente Ricardo Lagos pidió renuncia a todo el directorio y le solicitó a Vial ser uno de sus nuevos integrantes. Dice que su señora, Teresa Echeverría, acoge con comida “realmente exquisita” a varios de los hijos que llegan a diario a almorzar, y se confiesa sumamente mañoso. Cuando se le pregunta por su comida preferida responde “nada de nouvelle cuisine”. Sus platos paradigmáticos son el huevo a la copa, las ostras de borde negro y el percebes gallego, “un marisco poco conocido entre nosotros y siempre que sea de una cierta zona de la costa de Galicia, porque al comerlo se siente el océano”, nos dice riendo.