“Para mí es muy difícil tener un rol secundario”, confiesa Jorge Schaulsohn… y se le nota. Protagonista de uno de los quiebres más importantes al interior de la Concertación, no guarda silencio cuando se trata de denunciar hechos que le parecen corruptos, las “mafias” partidistas o el insaciable apetito por el poder. “Chile necesita un cambio”, le resalta a Patricia Arancibia Clavel.

  • 7 agosto, 2008

“Para mí es muy difícil tener un rol secundario”, confiesa Jorge Schaulsohn… y se le nota. Protagonista de uno de los quiebres más importantes al interior de la Concertación, no guarda silencio cuando se trata de denunciar hechos que le parecen corruptos, las “mafias” partidistas o el insaciable apetito por el poder. “Chile necesita un cambio”, le resalta a Patricia Arancibia Clavel.

Jorge Shaulsohn Brodsky es la antítesis del político tradicional. Su discurso es moderno, atrayente y con contenido. Impresionan su fluidez de ideas y la sencillez con que las expone. Debe ser que está en la política porque le gusta, no porque la necesita.

Profesional exitoso, es un hombre seguro de si mismo que no teme decir lo que piensa, ya que es concordante con lo que siente. Esto se nota y, como no es frecuente, se agradece. No es de las personas que aceptan ir por la vida en medio del rebaño y al parecer no le importa que lo tachen de políticamente incorrecto. Allendista en su juventud, hoy se declara liberal progresista. Cambia el mundo y también cambian las personas. Dejó atrás al PPD y es uno de los líderes de Chile Primero, un movimiento que busca reencantar a los jóvenes y a los emprendedores para hacer realidad la igualdad de oportunidades en un ambiente de libertad y progreso. Me recibe en su estudio de abogado que comparte con Andrés Allamand y con la agenda abierta.


-Cuando naciste, tu padre, don Jacobo, famoso abogado y profesor de Derecho Civil, llevaba diez años como parlamentario radical y le quedaban por delante otros diez. ¿Influyó mucho en tu interés por la política?

-Me habría gustado que hubiera tenido más influencia de la que tuvo, porque a diferencia de lo que ocurre conmigo, mi papá fue una persona muy cautelosa y muy ponderada. Me habría evitado muchos problemas si hubiera seguido más de cerca sus consejos, pero afectivamente, tuvimos una relación muy cercana, de ir a meterme a su oficina y hurguetearle los papeles… Mi casa fue muy política, siempre. Se hablaba de política y se veían y comentaban las noticias. Había preocupación por los asuntos públicos y participé desde muy joven en ella, ingresando al Partido Radical.

-¿Y qué pasó, que no seguiste en el partido?

-Se extinguió y, bueno, terminó siendo lo que es hoy día….

-En un plano más profundo que el de la filiación política, ¿qué ha significado para ti ser de origen judío?

-No soy religioso, pero tengo sentido de pertenencia, de identidad. Lo que pasa es que en ese aspecto Chile ha cambiado una enormidad, aunque todavía mantenemos ciertos resabios. Fíjate, por ejemplo, que aquí hablamos de “colonias residentes”, y lo hacemos de buena fe y muchas veces con cierto orgullo. En Estados Unidos las personas son judíoamericanas, afro-americanas, hispanoamericanas; pero aquí hemos conservado durante más de un siglo el concepto de que los que no son católicos de origen español, como que están de visita; entonces, son la “colonia alemana”, la “colonia británica”, la “colonia árabe”, etc. En todo caso, en el Chile que yo conocí de niño cualquier persona, con absoluta prescindencia de su origen racial o fe religiosa, podía ocupar cargos públicos sin mayor problema. Ahora, en las últimas décadas, hemos pasado de ser una sociedad tolerante a ser una sociedad diversa, que no es lo mismo. Tolerancia es “yo te permito vivir acá dentro de ciertos límites”. Diversidad, en cambio, es decir “tú y yo conformamos la identidad cultural del país, somos parte de la misma sociedad y tenemos un destino común”. No entiendo a los que se enorgullecen de pertenecer a una “sociedad tolerante”. A mí me gusta más el concepto de diversidad.

-Pero, ¿te sentiste discriminado alguna vez?

-Me sentía un poco distinto. Me acuerdo siempre de la siguiente anécdota: estaba en el Kent School cuando se efectuó el Concilio Vaticano II y en la clase de religión –a la que no asistíamos los no católicos– el cura informó que Juan XXIII acababa de exonerar a los judíos de la responsabilidad que hasta ese momento se les atribuía por el asesinato de Jesucristo. Cuando terminó esa clase de religión salieron todos los niños corriendo a abrazarnos… Nunca me he sentido más aliviado que en ese momento y, a pesar de que nunca he sido religioso y de no haber tenido clara conciencia de la importancia de lo resuelto por el Papa, recuerdo haberme sacado un gran peso de encima. Ahora, no niego que aún quedan ciertos resabios de primitivismo inaceptables. El otro día, por ejemplo, en The Clinic, en un apartado que supuestamente es de bromas, publicaron una foto con mi nombre y ocurre que no soy yo el de la foto sino un tipo que parecía sacado de la película El eterno judío, un clásico del antisemitismo. A mí no me ofendió, pero el hecho me llamó la atención y me quedé reflexionando en torno a este cierto racismo naïf.

 

 

 

Cambios políticos


-Fuiste allendista en los 70 y hoy te defines como un liberal progresista. Es decir, sufriste –como muchos– un proceso de cambio. ¿Te marcó tu estadía en Estados Unidos entre el 73 y el 80?

-Es que cambió el mundo. Si uno piensa –por ejemplo– en lo que pasó con la URSS, que dejó de existir… ¿Quién habría imaginado en los años 70 que estábamos cerca del día en que ésta colapsaría? El mundo ha cambiado mucho y también las personas, incluso aquellas que un día se sintieron identificadas con la ética que significó estar del lado de los más necesitados, en un momento de gran convulsión mundial. Mirando retrospectivamente, tienen un juicio crítico de lo que toda esa ideología significó. Hace poco, sin ir más lejos, leí unas declaraciones de Cohn-Bendit, el líder de la Revolución del 68 en París, y dijo una cosa que realmente me impresionó: “¡Por suerte no ganamos!”

-Algunos podrían tildarlo de inconsecuente…

-A mí me llama mucho la atención que tanta gente considere la consecuencia como el más grande atributo de un político. Yo a la Gladys Marin la quise mucho como persona; pero no le admiro y no le admiré jamás su consecuencia, porque vivió y murió equivocada. Entonces, cuando ella murió y hubo un peregrinaje de políticos de izquierda y derecha celebrando su consecuencia, yo me dije, bueno ¿y qué? Ella vivió en el error. Fidel Castro también es muy consecuente, pero no creo que sea un ejemplo a seguir, que uno deba admirar. Vi el otro día a la viuda de Honecker aplaudir a Ortega en Nicaragua. Ella no ha cambiado en lo absoluto, sigue tan equivocada como cuando era la primera dama de un Estado policial.

-Siendo así, y dado que no es ningún secreto lo que piensas en materia socio-económica, ¿por qué no te has incorporado a Renovación Nacional? Después de todo, también Sebastián Piñera votó por el “no” en 1988 y es un hombre de estupenda formación académica y de éxito profesional. O sea, es un caso similar al tuyo.

-¿Y qué diferencia hay entre la ideología de José Antonio Viera Gallo o la de Enrique Correa y la ideología de Soledad Alvear? ¿Por qué ellos no están en la Democracia Cristiana? Por una razón muy simple, porque hubo un momento en el tiempo –que ya quedó atrás– en que efectivamente tuvieron diferencias. Cuando Correa y Viera Gallo estaban en contra de la economía de mercado, eran más socialistas… Pero hoy día eso ya dejó de ser verdad. ¿Por qué traigo esto a colación? Simplemente, para decirte que mirar el mundo en función de las ideologías es completamente inconducente. De hecho, ¿cuál es la ideología de la Concertación, que es una fuerza política trasversal? Tiene una ideología del poder, tiene un grado agudo de pragmatismo, sabe cómo mantenerse en el poder. Pero tampoco veo grandes diferencias entre esa agrupación transversal de partidos y la derecha moderna.

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-¿Qué te movió a involucrarte en política en los 80?

-La política me ha gustado siempre, desde niño. En los 80 me movió un imperativo moral, porque si uno quiere vivir en un país decente –y eso quiere decir en un país que respete los derechos humanos, donde prime el estado de Derecho– no había dónde perderse: había que ser parte de esa gesta por recuperar la democracia. A partir de ese momento, cuando uno mira así la realidad, hay que ser fiel a algo que es más grande que sus propios asuntos personales. La política es una parte de mi vida sin la cual no me sentiría completo. Reconozco que hay momentos en que he pensado dejarla –y, de hecho, lo hice entre 1999 y 2004– porque me saturé y quise reinsertarme en el mundo laboral. Pero nunca me he visto como un político profesional, sino más bien como un profesional con vocación política, que son dos cosas muy diferentes. Yo reconozco que tengo condiciones innatas de liderazgo; o sea, para mí es muy difícil tener un rol secundario. En este sentido da lo mismo si me ha ido bien o mal en la actividad política; lo que me ocurre es que donde quiera que esté siempre me encuentro en un papel protagónico; a veces para bien y otras para mal, pero es mi destino y ya lo acepté.

 

 

 

La partida

-¿Por qué denunciaste lo que llamaste “ideología de la corrupción”? Eres un hombre inteligente, conoces a tus compañeros de ruta y tienes que haber sabido que desnudar a la Concertación te acarrearía problemas…

-Simplemente, yo no imaginé sus reacciones. Lo que hice no fue una denuncia, sino ponerle un nombre a un fenómeno que existía y cuyo diagnóstico era ampliamente conocido. Los gringos tienen una frase muy buena: you name it, you own it. Es decir, si tú le pones nombre a un fenómeno, el tema te pertenece. Entonces, le puse un nombre con el cual la gente pudo entender un fenómeno que percibía, pero nunca me imaginé las reacciones que vinieron. Ahora, conociendo esas reacciones y sabiendo lo que sé, volvería a decir todo lo que dije. Lo haría de todas maneras. Tengo una mentalidad distinta a la de mucha gente del ambiente partidista: pienso que en el debate público uno tiene no sólo el derecho sino que la obligación de tratar de decir lo que realmente piensa y explicar porqué. Para mí es inconcebible que un grupo se sienta afectado por opiniones que tiene todo
el derecho a no compartir, y que por ello se termine expulsando a una persona de un partido que ayudó a fundar….

-¿Te dolió o te fuiste con alivio?

-Al principio quedé atónico porque nunca lo imaginé; luego me dolió mucho, sobre todo porque encontré que era una gran injusticia. Desde el punto de vista de la ética democrática, me parecía increíble que personas que habían trabajado para recuperar la democracia pudieran tener actitudes tan primitivas. Pero con el correr del tiempo me alegro de que haya pasado….

-¿Te sientes más libre?

-A pesar de que no creo en la Divina Providencia, a veces pienso que hay cosas que pasan porque tienen que pasar. Me parece que hay un abismo entre la cúpula que resolvió echarme y la gente del PPD, que es muy buena. Pero que la cúpula haya resuelto que tenía que expulsarme me demostró que ya no tenía nada que hacer ahí.

-Leí hace poco una columna de Carlos Peña en El Mercurio donde te menciona como uno de los “tránsfugas” de la Concertación. ¿Te sientes un desertor?

-Ese es un lenguaje propio de las mafias; ellas reaccionan así cuando se rompe el código del silencio y de la “lealtad”. El castigo es la muerte civil, y en el caso de las mafias sicilianas el castigo es la muerte física. ¡Y qué bueno que menciones la columna de Peña! El es una persona cuya opinión importa y me apenó que mostrara tal incapacidad para comprender cómo ocurren los fenómenos políticos y lo que ha sido la historia de Chile. Casi todos los partidos políticos que existen en Chile han surgido de las divisiones de otros partidos. El origen de la Falange Nacional, por ejemplo, es un grupo que se escindió del Partido Conservador, y de la Falange surgió más tarde el Partido Demócrata Cristiano, del cual se desgajaron el MAPU –dividido a su vez en Mapu Gazmuri y Mapu Garretón– y la Izquierda Cristiana. Y no olvido que hubo socialistas que estuvieron con Ibáñez. Lo que quiero decir es que cuando se producen diferencias de carácter político o ideológico y las personas no pueden seguir conviviendo, lo sano es separar aguas. Eso es parte del ejercicio democrático. Entonces, al leer la columna de Peña, se me cayó como 18 peldaños en la escala intelectual en la que yo lo tenía. Y conste que mi crítica hacia Peña no es a la persona, sino que apunta a una cierta mediocridad intelectual para analizar las cosas, que más que hacerlo como académico destacado, que lo es, lo hace como presidente de un sindicato.

-Tu actual empeño político es sacar adelante Chile Primero. ¿Qué justifica la aparición de este referente político?

-Chile Primero existe porque tenemos la convicción de que el país le ha dado la espalda a los jóvenes y a los emprendedores, y que Chile no se está insertando bien en la economía del siglo XXI. Por lo tanto estamos cada día más lejos de la posibilidad de llegar a ser una nación desarrollada, con igualdad de oportunidades. El gran problema nacional –este no es un tema ideológico, es un tema objetivo– radica en que hemos perdido competitividad. Hoy día Chile no es una plaza atractiva para la inversión productiva en bienes y servicios con valor agregado. Es una plaza atractiva para la inversión en ciertos recursos naturales, que están aquí y no en otra parte. Es también una plaza atractiva para la inversión especulativa financiera. Pero los empleos bien remunerados, de calidad, que permiten a los ciudadanos y sus familias proyectarse hacia el futuro, están en la producción de bienes y servicios con valor agregado, con sofisticación tecnológica.

-¿Y por qué hemos retrocedido tanto?

-Porque el mundo ha cambiado y se ha hecho más competitivo. Nos salió gente al camino y no supimos hacer las reformas ni tomar las medidas necesarias a tiempo, oportunamente.

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-¿No crees que el predominio de una mentalidad socialista en el gobierno es causa también del retroceso?

-No creo que sea variable ideológica, ni siquiera una cuestión de mentalidad socialista. Mira lo que ha pasado en Inglaterra con los laboristas, o en España con el PSOE. El laborismo inglés y el socialismo español entendieron perfectamente el problema y se propusieron crear, con la ayuda del Estado, las condiciones que hoy permiten ser competitivo. Usan la política tributaria para estimular el ahorro y la inversión, usan la política laboral para generar empleos bien remunerados, se preocupan de atraer inversión extranjera… ¡Y no son gobiernos de coalición, son gobiernos en donde los partidos que están en el gobierno y los únicos partidos que están en el gobierno, son partidos socialistas modernos! Mira lo que pasa en Alemania, donde la derecha y la izquierda están haciendo un gobierno conjunto, que le ha permitido a Alemania en los últimos cuatro años recuperar el liderazgo económico y social en Europa.

-¿Por qué ellos pueden y nosotros no?

-Porque nosotros tenemos la tendencia de hacer abstracción absoluta de nuestra historia. Cada día creemos que estamos inventando Chile e ignoramos todo lo que pasó. Vuelvo a Peña: no vemos los fenómenos que pasan en el resto del mundo. ¿Por qué en Alemania la izquierda y la derecha, –que son además partidos de izquierda y derecha muy sofisticados, con ideas, con gente dedicada a analizar los números, a mirar las alternativas, etc.– logran decir que para generar empleo, para crecer, para tener igualdad de oportunidades, el país necesita estas reformas? Las hacen juntos, porque estas reformas no son ni de izquierda ni de derecha, son simplemente las cosas que hay que hacer.

-¿Qué habría que hacer?

-Por ejemplo, la política tributaria. ¿Que debería hacer hoy Chile para recuperar la competitividad? La política tributaria no la podemos seguir mirando como a un instrumento para generarle plata al Estado y para que éste la reparta. La tenemos que ver como un mecanismo para aumentar la competitividad. Hoy día debiéramos tener un programa de atracción de inversión como el que tiene Macedonia, donde a las empresas que se instalan a producir bienes y servicios con valor agregado y sofisticación tecnológica –nacionales o extranjeras– no se les cobran impuestos a la renta por diez años. El país debe tener una estructura tributaria que permita al inversor señalar “me conviene ir a Chile” y a los emprendedores nacionales –a los jóvenes– tirarse el salto y tratar de tener sus propios emprendimientos en vez de ser empleados de cuatro o cinco grupo económicos que manejan el 85% del producto. Esta es la mirada y mentalidad que necesitamos.

-¿Y en política laboral?

-En Alemania, por ejemplo, la izquierda y la derecha se pusieron de acuerdo y entendieron que si no reducían los costos de producción se iba a terminar el empleo… y le metieron mano al Estado del bienestar social. Pero aquí en Chile nosotros nos estamos recetando un Estado de bienestar social que no podemos financiar con un crecimiento del 3,5 al 4%… Hay que tener flexibilidad laboral respaldada por un buen seguro de desempleo. Las empresas tienen que poder contratar cuando están en período de expansión y despedir cuando están en período de contracción.

 

 

 

El futuro de la Concertación

-¿Qué pasa entonces con la Concertación?

-No es capaz de hacer esos cambios y por eso mismo yo no soy más de la Concertación. Yo estoy muy orgulloso de haberla fundado, pero veo que hoy día –teniendo gente muy competente– no tiene una visión coherente sobre lo que hay que hacer, ni siquiera tiene conciencia. El gobierno de la Presidenta Bachelet no tiene conciencia del problema de Chile, de lo que nos está generando la inflación, de la falta de competitividad. Te doy un solo dato: en los últimos dos años, nos hemos dedicado básicamente a preocuparnos del sector pasivo y no hemos hecho nada ni por los jóvenes ni por los emprendedores. Todas las medidas de las cuales el gobierno se enorgullece tienen que ver con dicho sector. Yo no digo que no haya que hacerlo, pero, ¿qué pasa con el futuro? demás, tenemos que modernizar el Estado. No podemos seguir con inamovilidad de los funcionarios públicos si queremos un gobierno eficiente.

-¿Es posible que se reformule?

-La Concertación hizo muchas cosas buenas por Chile, pero como a los trenes antiguos que funcionaban con carbón, se le acabó el vapor. La Concertación cumplió su papel y no ha sido capaz de readecuarse a los desafíos que vienen. Ahora, yo creo que lo puede hacer, pero nunca desde el poder. Eso les pasó a los socialistas de España. El PSOE hizo mucho por España, luego se corrompió, se agotó y perdió el poder. Desde fuera del poder, se recicló, cambiaron sus liderazgos y terminaron sus malas prácticas. La desconexión con el aparato del Estado los obligó a volver a pensar.

-Entiendo que piensas que sería algo bueno para Chile una alternancia en el poder…

-Por supuesto, yo creo que Chile necesita un cambio y dentro de Chile también creo que la propia Concertación está enferma de su simbiosis con el poder. Es como la peste que les da a los árboles y los destruye. El uso y abuso del poder terminaron ahogando lo creativo de la Concertación y alejando a mucha gente que hoy, sin sentirse muy parte de la Alianza por Chile, tiene clarito que el país necesita un cambio.

-¿Chile Primero apoyará a Piñera en las presidenciales?

-No sé. Cada día tiene su afán. Por de pronto, lo que vamos a hacer es competir en las municipales en el pacto Por un Chile limpio y en las presidenciales con un candidato que a mi me encantaría que fuera Fernando Flores. Queremos sin temor decir lo que pensamos, lo que he dicho aquí, como por ejemplo que si queremos tener un Estado eficiente, los funcionarios públicos no pueden ser inamovibles, no pueden ser nombrados por los caudillos políticos. El Estado tiene que ser profesional, como sucede en Inglaterra, en Francia, en Estados Unidos. No hay ningún país que haya alcanzado el desarrollo donde los cargos públicos
se llenen por los caudillos políticos que instalan operadores. Esta es una cuestión que no da para más. Debemos decirlo y cambiarlo, aunque haya empleados públicos que no voten por nosotros. Lo mismo con la educación. Hay que decir que los profesores no deben ser inamovibles, aunque éstos se enojen. Tenemos que tener el coraje de plantear la política tributaria en la que creemos para mejorar la competitividad y señalar que el bienestar de los pueblos no se logra a través de un Estado benefactor.