El cura Jim McDonald deja la rectoría del Saint George el 31 de diciembre, luego de cinco años a su cabeza, se va consternado por el nivel de violencia exhibido en el estallido social. Aquí reflexiona sobre el rol de la política en la educación. “Preferir el conflicto al silencio, aquí es casi como el aire que respiramos”, asegura.
Por: Josefina Ríos

  • 26 diciembre, 2019

A la tradicional usanza sacerdotal, viste siempre de riguroso negro. De pelo blanco y profundos ojos azules, su apariencia no deja duda alguna sobre su origen anglosajón: el cura James McDonald (63) nació y se educó en Nueva York. Camina y habla despacio, sonríe con facilidad y le gusta la música clásica, la que -dicen- permanentemente se escucha en su oficina, la rectoría del colegio Saint George. Dejará ese cargo el próximo 31 de diciembre, luego de cinco años a la cabeza de uno de los más emblemáticos colegios de la elite chilena.

La relación entre McDonald y el Saint George es larga. La primera vez que aterrizó en el plantel ubicado en la comuna de Vitacura fue en 1987, un año después de que la Congregación de Holy Cross retomara su dirección, tenía apenas 31 años y estuvo a cargo de la pastoral hasta 1990. Volvió el año 2000 y hasta el 2005 realizó allí su primer periodo como rector, misión que se repetiría luego desde comienzos de 2014 hasta estos días. Distintos momentos de un Chile que el “cura Jim” quiere entrañablemente, un país que siente como propio y que en las salas y patios de ese colegio se vive intensamente.

A pocos días de dejar los verdes jardines del plantel, McDonald está consternado con el nivel de violencia que ha exhibido la crisis que comenzó el 18 de octubre pasado. “El estallido social me dejó sin palabras. Al inicio estuve consumiendo noticias, hechos e informaciones que simplemente no cuadraban con lo que yo entendía de Chile. Todo lo que sucedió, sobre todo al comienzo, me pareció casi anárquico, sin una línea filosófica, sin líderes identificables”, reflexiona el rector.

El sacerdote asegura que es un gran consumidor de material político y sabe de la importancia de la cultura en Chile, por lo mismo le impacta la destrucción masiva de monumentos. “Quizás lo que ocurrió aquí fue que el inmenso progreso económico alcanzado en los últimos 30 años de democracia en Chile no llegó tan rápido a todos y el pueblo no pudo aguantar esa lentitud. Hay, además, elementos del narcotráfico, supongo. También quizás pasiones que tal vez llegan del pasado”, agrega el cura estadounidense.

Por otro lado, McDonald pone la mirada en la crisis de las instituciones y sobre todo en aquella a la cual él pertenece: la Iglesia católica. “La Iglesia no ha tenido voz en esta crisis, no hay una figura -hasta el momento- como la hubo en los setenta con el cardenal Silva, él hubiera salido en estos días a la plaza pública con su poncho y los jóvenes. Eso a mí me pone triste, porque pienso que el cristianismo tiene algo positivo para ofrecer a la sociedad y aquí no se ofreció nada. Tal vez ese punto también influye en el vandalismo”, indica.

-A diferencia de las protestas que se dieron el 2011 en el contexto del movimiento estudiantil, esta vez el Saint George no se fue a paro. ¿De qué manera se ha expresado la comunidad escolar sobre lo que ha sucedido en el país en esta ocasión?

-Creo que el shock que yo sentí al comienzo lo sintieron todos, diría además que no hubo una respuesta muy organizada ni predeterminada. Lo que sí hubo fueron muchas inquietudes y conversaciones al respecto. Los profesores, obviamente, cambiaron sus clases para que esta problemática fuera parte de sus asignaturas.

-¿Han tomado cuidados especiales para los alumnos en este periodo? 

-Hablamos de seguridad en términos generales, porque este es un colegio muy grande. Pero hay otro problema en términos de seguridad que tiene relación sobre todo con los alumnos adolescentes cuando quieren irse del colegio para ir a protestar. En esos casos tenemos una política muy clara: hasta los 18 años son los papás los tutores de los jóvenes y si ellos dejan a sus niños frente al portón y estos no entran, es necesario que les avisemos de esta situación para que sepan dónde está su hijo.

-¿Han tenido muchas de esas situaciones durante estos días?

-No mucho, pero hubo un caso divertido: se trató de un grupo de alumnas de media que extendieron un lienzo con una frase a mi parecer bastante inofensiva. Decidieron no entrar al colegio porque querían ir a otros establecimientos privados de la zona a mostrar su lienzo. Bueno, 20 minutos después recibí fotos de estas chicas de parte de un colegio cercano que me preguntaban por Whatsapp: “¿Estas son tuyas?”. Fue bien chistoso y entre los rectores hablábamos y me interrogaban sobre qué pensaba yo de lo que estaba pasando. Les dije que ellas estaban ejerciendo sus libertades y que sus padres estaban informados y si ellos las avalan, nosotos nos quedamos callados.

El regreso de Machuca

El Saint George tiene 83 años de existencia y más de 13.000 ex alumnos. Muchos de ellos, personajes destacados en la empresa, la política, la cultura y las ciencias. “A mí eso me encanta y me llena de orgullo”, destaca el cura. Además, el colegio posee una historia marcada por la diversidad y el activismo político y social.

“Aquí no pensamos la educación inicial como un lugar para prepararse para un trabajo específico. Más bien la pensamos como un proceso para descubrir la vocación. La vocación se entiende como un proyecto personal, pero también nosotros la entendemos como un proyecto país. Aquí todo alumno, sea de derecha, izquierda o centro, encuentra su espacio para desarrollarse y elaborar dentro de sus intereses un proyecto para Chile y eso nos honra y, claro, como educamos a una elite, creo que también nos entrega una responsabilidad”, explica McDonald.

-A principios de los setenta, cuando la Congregación aún dirigía el colegio, crearon un proyecto de integración conocido popularmente como los “niños Machuca”. ¿Por qué no perseveraron en ese camino?

-La congregación nunca decidió parar ese proyecto, sino que lo decidieron los militares que intervinieron el colegio en 1973. He reflexionado muchísimo sobre este periodo, el cual tuvo efectos durísmos para nosotros: el exilio de varios miembros, la expulsión de este lugar de los líderes de Holy Cross, el fin de nuestro tabajo entre los pobres y los más vulnerables y también tuvo un efecto fuerte en nuestra trayectoria de trabajo, de alguna manera nos quitó el aliento. Recuperarse como congregación de esos eventos ocurridos en Chile ha sido una tarea larga.

-¿Quedan heridas abiertas?

-Diría que hay cicatrices, pero entre muy pocos. Hoy tenemos jóvenes, como cualquier institución moderna, y ellos no tienen ninguna referencia personal de lo que pasó en los 70 y 80. O sea, lo leen en los libros, pero los protagonistas de estos episodios ya no están.

-¿Particularmente en la congregación y en el colegio, sienten que de alguna manera cargan con estos dolores?

-La verdad es que no se habla de ese tema y no es por una decisión particular, es simplemente por la inercia de la vida humana. Lo sucedido en los 70 ya pasó, pero ahora que reflexiono al respecto, creo que lo que vivimos en esa época nos ha quitado mucho aliento en el sentido de ser más emprendedores en los temas de educación. Tal vez ahí quedó un cierto susto colectivo a ser más arrojados y atreverse a innovar. Ahora hay más cuidado, está esa idea de pasar más “piola”. Sin embargo, te puedo contar que entre los seis curas que estamos en el colegio ahora seguimos pensando en cómo podemos llevar a cabo un proyecto de integración social en el Saint George y no solo conversamos sobre cómo hacerlo, sino que cómo hacerlo bien, aprendiendo del proyecto anterior y corrigiendo los errores que cometimos.

-¿Cuáles fueron los principales errores? 

-La gran dificultad es que con la intervención militar no hubo tiempo ni espacio para evaluar el proyecto. Entonces nunca pudimos estimar en forma tranquila qué nos pasó. Por lo tanto, actualmente empezamos sin historia, salvo por la certeza de que se terminó abruptamente y que podemos hacerlo de nuevo y ahora tener éxito. Hay un cura de Notre Dame que está investigando la historia de los “ex alumnos Machuca”, está revisando los archivos que quedaron, porque los militares tampoco guardaron nuestros documentos. Entonces, con la ayuda de las generaciones que vivieron esos años en el colegio hemos buscado los nombres de estas historias. Como rector no tuve tiempo de tomar este plan como el único de mis proyectos, pero para el futuro hay muchos pedazos semihechos, hay una semilla potente para repensar esta inspiración del pasado.

-¿Cree qué tendrá buena acogida por parte de la comunidad escolar?

-Es un proyecto aún prematuro, no tiene forma y solo se puede hacer en la medida que se haga bien. Serán los futuros rectores quienes evalúen si es factible o no. Aquí tenemos aproximadamente 1.430 familias y uno escucha de vez en cuando a alguien decir: “Es que no queremos ser colegio elitista”. Yo siempre corto muy rápido esas exclamaciones. Aquí representamos a parte del 8% de la población que tiene acceso a este tipo de educación, por lo tanto, no hay forma de evitar esta cancha en que estamos, simplemente somos parte de la elite. Por eso hay que preguntarse cómo podemos abrir espacios de integración a nivel de los alumnos. Siempre hay iniciativas sociales aquí de papás y de niños y este plan puede ser una buena iniciativa en esta línea.

El cura amarillo

La primera vez que Jim McDonald pisó Chile, el país vivía sus últimos años de régimen militar. Comenzaba el año 1987 y la Holy Cross había retomado la dirección del colegio un año antes. Se le consideraba un establecimiento eminentemente de oposición al régimen militar, pero también había muchos jóvenes de derecha. “En esos años la Iglesia apoyó la idea de que tanto las opciones Sí como No en el plebiscito eran legítimas. En el Saint George estábamos frente a un gran grupo de adolescentes que, como el país, estaba muy dividido en términos políticos, por lo tanto, prohibimos el uso de cualquier señal política visible en el colegio. Un día se me ocurrió ir al centro y comprar dos llaveros de plástico: uno del Sí y otro del No, los corté y los uní y consideré que ese era mi aporte a la justicia. ¿Qué pasó? Inmediatamente me comenzaron a llamar el ‘cura amarillo’”, rememora el sacerdote. Tenía 31 años y en ese tiempo, y hasta ahora, era muy cercano a la familia Aylwin por ello revela que, “tuvimos asientos de privilegio para ver y escuchar lo que pasaba en el país”.

Después, en su rectoría entre 2000 y 2005, se enfrentó al gobierno de Ricardo Lagos durante la tramitación del proyecto de Rentas II, cuando se intentó que los colegios de las comunas más ricas pagaran contribuciones, a lo cual McDonald se opuso tenazmente. “Me han dicho que el presidente Lagos y José Miguel Insulza se referían a mí como ‘el rector’ de forma un poco despectiva”, recuerda hoy entre risas.

-¿En este periodo, cuál es la turbulencia más difícil que le ha tocado enfrentar como rector?

-Pasamos varios tiempos de turbulencia, pero también tuvimos tiempo para reflexionar y poner las prioridades que se debía. En particular aludo al caso de un ex alumno que se puso fuera del colegio con una pancarta denunciando abusos sufridos en scouts. Eso fue fuerte, nos sacudió, porque justamente estábamos en un proceso de reformulación de los scouts del colegio. Al comienzo fue muy conflictivo todo este episodio. Me refiero al choque de visiones que se produjo en términos generacionales, pero también sobre las experiencias particulares que las distintas personas habían tenido en los grupos de scout del Saint George. Entonces fue un tema que afectó a los scouts de hoy, pero también en la historia de vida de los del pasado, sobre todo de aquellos que participaron en la década de los 80 y 90, muchos de los cuales son hoy apoderados. Ellos se involucraron en el tema con muchas emociones encontradas. Enfrentamos la situación y el equipo directivo me ha apoyado mucho en estos meses y ha contribuido a la solución.

-¿Y respecto al tema de los abusos cuál es el enfoque?

-El primer instinto de un colegio antiguo como este es protegerse. Asegurar que eso no pasó o que pasó, pero ya lo arreglamos. En estas situaciones una persona que reclama su estatus de abusado, la posibilidad de mentir es mínima y hay que empatizar sin exagerar las emociones y obviamente investigar. Eso fue lo que hicimos con el caso de este ex alumno que hizo la denuncia. Él todavía no ha vuelto a hablar con nosotros y me da pena, porque mandé señales y mensajes para que supiera que yo estoy dispuesto a juntarme con él donde sea.

-Hace pocos días se dió una polémica en el colegio San Ignacio El Bosque, debido a que 180 familias reclamaron porque se sentían discriminados en la comunidad escolar por no tener sensibilidad de izquierda. El colegio respondió que se tomarían medidas pero que eran una institución donde se promovía también la vida política. ¿Cómo ustedes manejan estos temas?

-Me honra y creo que nos honra que haya diversidad entre las familias que buscan lo que ofrecemos como colegio. Espero, y sin orgullo desmedido, que lo que el San Ignacio tuvo que decir públicamente aquí en nuestro colegio se sienta como algo bastante obvio. Lo podemos a veces hacer mal o a medias, pero preferir el conflicto al silencio aquí es casi como el aire que respiramos. El pensamiento crítico viene instalado como criterio de formación en todo, la única frontera es la falta de respeto y no saber manejarse. Pero preferimos eso a tratar de formar “galletas” todas iguales o todos parecidos unos a otros, porque estamos hablando de seres humanos. Hay reglas claras, por ejemplo, favorecemos la conversación por sobre el castigo, nos gusta el discurso racional, también la acogida del dolor y del error de cada uno para poder ser capaces de perdonarnos mutuamente, que es precisamente una de las gracias del cristianismo.