Con el conocimiento de un economista y la paciencia del ajedrecista, Kenneth Rogoff rastreo en su ultimo libro las raices de las recesiones hasta la Inglaterra del 1340 y la Guerra de los Cien Años. Desde esa misma perspectiva, converso con Capital. No para analizar el ultimo colapso de los mercados, sino los cambios de la economia global y sus implicancias futuras. Dos datos: le preocupa la molestia social por la desigualdad y percibe tras la inteligencia artificial una transformacion estructural. Por Renato Garcia Jimenez; foto, julio castro.

 

 

  • 26 agosto, 2011

 

Con el conocimiento de un economista y la paciencia del ajedrecista, Kenneth Rogoff rastreo en su ultimo libro las raices de las recesiones hasta la Inglaterra del 1340 y la Guerra de los Cien Años. Desde esa misma perspectiva, converso con Capital. No para analizar el ultimo colapso de los mercados, sino los cambios de la economia global y sus implicancias futuras. Dos datos: le preocupa la molestia social por la desigualdad y percibe tras la inteligencia artificial una transformacion estructural. Por Renato Garcia Jimenez; foto, julio castro.

Ni un default de alguna economía europea, ni una crisis política en EEUU, ni un estallido inflacionario en China. Aunque estos sean algunos de los grandes riesgos que acecharán al mundo en los próximos meses, ninguna de estas amenazas es la que más quita el sueño a Kenneth Rogoff. El mayor peligro para el futuro, advierte el profesor de Economía de la Universidad de Harvard, tiene que ver con la creciente desigualdad y las enormes tensiones que esto seguirá provocando en nuestra sociedad.

“Es casi una anarquía. Hay mucha gente que está muy molesta y está buscando una voz para expresar su enojo”, destaca Rogoff, recordando las últimas explosiones de violencia que han sacudido al mundo, y también a Chile. La brecha entre ricos y pobres siguió aumentando durante la última recesión. En EEUU, el coeficiente Gini, que mide el nivel de desigualdad, llegó en 2009 a su mayor nivel desde 1967. Y en Inglaterra, donde estalló la más reciente ola de disturbios, la disparidad en el ingreso saltó de 28% en 1983, a 34%.

“Creo que en cierto sentido, en un sentido muy profundo, esta será una incógnita durante la próxima década”, explicó a Capital en el marco de su reciente visita a Santiago, invitado por el Bci.

– ¿Qué le preocupa de este fenómeno?
– Este es un problema muy desconcertante. El surgimiento de sectores políticos populistas, como el Tea Party en EEUU, tiene que ver, precisamente, con la desigualdad. En Chile está pasando algo parecido. Aunque por distintas razones, la gente está muy molesta por la desigualdad y está indignada con ambos sectores políticos, y eso es un movimiento muy potente. Lo mismo se puede ver ahora en Finlandia, en Dinamarca, en Francia. Es muy intimidante, sobre todo porque conlleva una gran imprevisibilidad.

-La desigualdad ha existido siempre, pero algo ha cambiado. ¿Es un cambio cuantitativo, es simplemente que ha aumentado? ¿O es un cambio más profundo?
-Las razones tienen que ver con la globalización y la tecnología. Si alguien era una estrella antes en un mercado local, ahora es una estrella en un mercado global. El mejor jugador de básquetbol, el mejor jugador de fútbol, reciben cantidades de dinero inimaginables porque su audiencia es hoy el mundo entero, y como la gente puede ver a los mejores jugadores, ya no quiere ver a los demás. Estamos pasando por un periodo en el que el ganador se lleva todo. Y gracias a la tecnología, las personas de mayores ingresos pueden acceder a grandes avances que la mayoría de la gente no puede adquirir. Ocurre lo mismo con las empresas y los productos.

-¿Y en qué podría terminar esto?
-Creo que probablemente va a empeorar antes de que empiece a mejorar. En el largo plazo, sin embargo, las cosas tenderán a nivelarse. Si la radiología es muy cara y los mejores radiólogos son escasos, entonces se irán desarrollando nuevas tecnologías para sustituir a las antiguas. No creo que el gobierno sea la solución. Creo que, eventualmente, el propio mercado proporcionará un mecanismo de corrección. Pero el problema es que la política probablemente no va a esperar a que eso ocurra.

-Se suma a este clima la inestabilidad económica

-Otra de las grandes amenazas es el proceso que ha llevado a una masiva acumulación de deuda. Existe una gran resaca de deuda que va a demorar varios años en absorberse. Ese es el gran problema en EEUU. Todo lo demás es menor, y podría solucionarse rápidamente si no fuera por la enorme deuda pública y privada.

-¿El ciudadano estadounidense entiende que no podrá volver a su antiguo nivel de gasto por mucho tiempo? Si en un año más la economía comienza a dar señales de mejora, ¿volverá a gastar como si nada hubiera pasado?
-Si los consumidores pudieran haberse endeudado, lo habrían hecho felices, pero no han podido. No creo que se haya producido un gran cambio de mentalidad.

-¿Ha habido cambios en la forma en que funciona la economía? y, ¿qué ha pasado con la enseñanza de la economía en las escuelas, y con el papel de los economistas en el mundo? ¿Se han adaptado lo suficientemente rápido a estos cambios?
-Ciertamente creo que necesitamos un nivel mucho más alto de conocimiento económico en el mundo. Pero si se mira la investigación económica básica, la crisis financiera cambió muchas creencias muy fuertes, particularmente sobre cómo funcionan los mercados financieros. Mucho de la economía se basaba en el supuesto de mercados financieros perfectos. El trabajo de Robert Lucas, Edward Prescott, Finn Kydland y mucho del trabajo financiero se apoyaba en esta idea. Y todo eso estaba profundamente mal concebido. Es un gran pecado de vanidad pensar que tenemos mercados perfectos, y ni siquiera es una buena aproximación. Los economistas admitían que los mercados no eran perfectos, pero creían que siquiera daban al menos una buena aproximación, pero no era así.

“Aunque por distintas razones, la gente está muy molesta por la desigualdad y está indignada con ambos sectores políticos, y eso es un movimiento muy potente”.

-¿Cómo imagina al mundo en diez años? ¿Ve algo muy distinto en términos económicos?
-Mi mejor apuesta es que los mercados emergentes pueden avanzar en forma considerable en diez años. Ese es un periodo muy largo. Si crecieran en 5% en promedio y los países desarrollados crecieran a una tasa de 2%, eso sería un gran cambio en una década, y este continuo cambio del balance de riqueza y poder va a aumentar. Creo que la pregunta más importante es en qué momento llegaremos a un punto de inflexión en que eso se refleje a nivel político, porque ahora mismo los mercados emergentes no han asumido un liderazgo; simplemente luchan por cosas, pero en su mayoría no asumen el liderazgo ni la responsabilidad por lo que sucede, y necesitamos una transición donde haya más liderazgo de los mercados emergentes. Pero por supuesto que los países avanzados también ayudar a dársela, y sería muy útil que alguien de los mercados emergentes asumiera el mando del Fondo Monetario Internacional. Eso es lo primero que debe cambiar, y es muy desafortunado que no lo hayan hecho en esta oportunidad.

-¿Puede prolongarse por mucho tiempo este impulso de los países emergentes mientras los desarrollados pasan por crisis?
-Definitivamente, no para siempre. Es una mejora en la tendencia, pero no se puede decir que no se va a repetir jamás. Habría que estar locos para pensar que nunca más va a haber una crisis en los mercados emergentes. En el caso de Brasil, por ejemplo, no es difícil imaginar que sufra una nueva crisis con los enormes desequilibrios que exhibe, con los precios de las viviendas duplicándose, los crecientes flujos de capital entrando a su economía, el real increíblemente apreciado, el gasto del gobierno en alza. Ahora se encuentra bien gracias a China, pero digamos que, en cinco años, Europa y EEUU están un poco mejor, pero China sufre una crisis, entonces Brasil caería en un santiamén. No sé qué haríamos si China tuviera un problema, porque realmente ha ayudado a dar estabilidad al resto de los mercados emergentes.

-A China se le ha dado mucho crédito por sostener a los emergentes y la gente en Latinoamérica mira esta relación con creciente simpatía. ¿Qué significa para las lealtades políticas a nivel mundial?
-La gente en Latinoamérica miraba con simpatía a Rusia en los 50 y 60, cuando estaba en auge. Había mucho debate sobre los beneficios del socialismo y muchos llamaban a imitarlo. Pero el hecho es que se estaba levantando una infraestructura masiva a partir de una base relativamente baja, en un país bastante pobre, con un sistema de gobierno central muy controlador y de mano dura. Eso naturalmente funciona muy bien. El problema es que una vez que se han construido los ferrocarriles y las carreteras, luego hay que llenarlas, y ahí ya no funciona tan bien. China va a llegar también a ese punto. Existe un nivel de ingreso –no quiero decir una cifra exacta, pero digamos entre 8 mil y 10 mil dólares– que cuando se empiece a superar, el sistema chino no va a funcionar y van a necesitar reformas políticas, financieras y económicas. Se tendrá que apartar de su paradigma actual. No sé cómo se va a producir el cambio. China es un gran socio para comerciar, pero mirarlo como un modelo sería un gran error.

-Desde el punto de vista histórico, ¿cuáles son las raíces de esta crisis, particularmente en Europa? ¿Surgen de la creación misma de la Unión Europea, son las réplicas de recesiones anteriores…?
-Con mi colega y coautora, Carmen Reinhard, hemos identificado a la ignorancia y la arrogancia como las dos raíces fundamentales de las crisis financieras, y los europeos han tenido altas dosis de ambas. Fue arrogancia la manera en que aceptaron el ingreso de Grecia y Portugal, y ahora de Estonia y Eslovenia, y a quien sea a quién más estén planeando aceptar. Pensaron que se administraban tan bien, que tenían una visión tan grandiosa, que podían hacer lo que quisieran. Pensaron que eran súper hombres. En ese momento me pareció una arrogancia increíble, pero también ignorancia sobre esos países, sobre cuánto tarda convertirse de un mercado emergente a un país desarrollado. Obviamente se ve esto mismo en Chile. Este país está en un camino muy bueno, pero aún así, va a necesitar un largo tiempo hasta que se acerque a ese punto, y si pudieran hacer algo como unirse a la Unión Europea sería un suicidio. Y eso que Chile tiene una mejor administración que Grecia o Portugal. No es que las autoridades europeas fueran estúpidas. Tuvieron muchas buenas ideas, como limitar la deuda a 60% del PIB en el tratado de Maastricht. Esas fueron grandes ideas y merecen el crédito. No las aplicaron correctamente, pero eran ideas muy buenas. Pero si les decían –como la mayoría lo hizo– que el euro tenía muchas fallas, que no se podían relajar tan rápido, que había que tener cuidado, ellos respondían que el mundo no entendía su nivel de compromiso.

Ajedrez e inteligencia
La inteligencia artificial es un tema que suele preocupar a ingenieros y escritores de ciencia ficción, pero que rara vez interesa a los economistas. Pero Kenneth Rogoff no es el típico economista. Si bien se desempeñó varios años en el ámbito práctico, como economista jefe del Fondo Monetario Internacional, es en la investigación teórica donde se ha convertido en un referente para la mayoría de sus colegas. Y es desde esta perspectiva que se ha interesado por el tema. “Los avances en materia de inteligencia artificial se están sucediendo de manera tan rápida que yo creo que esta podría convertirse en una nueva fuente de transformaciones y dinamismo para el mundo en un futuro no muy lejano”, pronosticó durante una reunión privada con unos pocos invitados, durante su última visita a Santiago. Las razones por la cuales originalmente se involucró con esta tecnología tienen que ver más bien con las investigaciones realizadas en ajedrez, un tema que lo apasiona, ya que en su juventud llegó a ser el segundo representante de Estados Unidos para este deporte, después de Bobby Fischer. “Es increíble cómo se ha logrado replicar el estilo de grandes jugadores hasta en detalles que para la mayoría apenas se pueden percibir”, señala.

Rogoff cree que estos desarrollos podrían dar un nuevo impulso al crecimiento de la economía mundial, mejorando la eficiencia de los procesos e incrementando la productividad de los trabajadores, tal como ocurrió con Internet en los 90.