La historia oficial es que tienen 60 años en la industria de la tinta y del papel, pero la verdad es que llevan más. Porque los dueños de AMF, la imprenta de los formularios continuos, tienen en sus venas la sangre de libreros ingleses. De ahí les viene la pasión con que siguen en este […]

  • 20 abril, 2007

La historia oficial es que tienen 60 años en la industria de la tinta y del papel, pero la verdad es que llevan más. Porque los dueños de AMF, la imprenta de los formularios continuos, tienen en sus venas la sangre de libreros ingleses. De ahí les viene la pasión con que siguen en este difícil negocio.
Por Soledad Pérez R. Fotos, Enrique Stindt.

Los Lackington forman parte de la historia de los grandes libreros y dueños de imprenta de Inglaterra. En Chile, aunque no se sepa mucho, también. ¿Cómo? A comienzos del siglo XX, un integrante de la familia en Londres, escritor y algo excéntrico, decidió buscarse la vida en el último rincón de América y echar raíces en Santiago.

Con los años uno de sus nietos –Carlos Molina Lackington– retomó la tradición, se hizo empresario y fundó su propia imprenta. Le puso Colón y llegó a ser uno de los productores más importantes de cuadernos en el mercado local y todo un icono de la vida escolar de miles de chilenos.

El cuento no termina ahí. Fue tan fuerte la sangre de los antepasados que muchos años después, en un garaje de una casa en Ñuñoa, otro de los Molina, hijo de don Carlos, comenzó con su propio negocio, montó una máquina impresora y bautizó su pequeña empresa como AMF, las iniciales de su nombre Alfredo Molina Flores.

Desde esa época hasta ahora han pasado más de 60 años. Pero la pasión por la tinta y el papel sigue intacta. Hoy es la cuarta generación, encabezada por Carlos Molina Pössel, la que está al mando de la industria familiar, que por supuesto ya no es ni la sombra de lo que fue en sus inicios.

-Cuando mi papá partió, tenía 24 años y hacía lo que podía: calendarios, boletas, todo tipo de impresiones. Eran tiempos duros, en que debía hacer largas esperas para lograr que lo atendieran. Me acuerdo que era terrible. Pasaba horas y horas en las oficinas de la Dirección de Aprovisionamiento del Estado, en ese tiempo uno de los grandes clientes, para conseguir una cita -recuerda Carlos Molina.

Tanta fue la perseverancia del pater familia, que logró montar una de las mayores imprentas a nivel local, famosa por sus formularios continuos, su caballito de batalla hasta el día de hoy. En total, son 1.100 millones los documentos de pago –boletas, cheques, licencias médicas y formularios del Plan Auge, entre otros– que se imprimen y 10 mil toneladas de papel las que se utilizan año a año en las instalaciones que la compañía tiene en la avenida Quilín.

En cifras, sus ventas bordean los 45 millones de dólares, con un crecimiento que no baja del 8 u 11% anual. ¿La fórmula? Disciplina y nervios de acero. Más aún ahora, en que internet y las maravillas del desmaterializado mundo virtual le están mordiendo una parte del negocio. A Molina el tema no logra sacarlo de sus casillas. Con la fl ema de los británicos, sabe que no queda más remedio que buscar nuevos caminos. Y en eso ha estado en esta década: agregando
áreas a la empresa, como la impresión de etiquetas o la fabricación de sobres, y buscando nuevas fórmulas para rentar y crecer. En carpeta tiene ahora el ingreso a una nueva área, la de impresión de tarjetas de crédito. “Hay que buscar nuevas aplicaciones. Ese es el desafío”, explica convencido. No cree, en todo caso, que la irrupción de la web dé para hacer un drama. Y los datos, hasta ahora, están de su lado. En Estados Unidos, cuenta, por cada transacción electrónica que se hace se generan al menos tres documentos en papel. Y en Chile, a pesar de que los cheques se han replegado como medio de pago –con la introducción de RedCompra entre otras cosas– la verdad es que siguen siendo un instrumento fundamental para el fi nanciamiento a plazo de muchas personas. Por eso, quizás, Molina está tranquilo… Al fi nal, dice, el papel siempre queda.

LO QUE SE HEREDA…

Alfredo Molina Flores logró salir adelante con su imprenta y su extensa familia de seis hijos. Apasionado de la tecnología y las innovaciones, fue de los primeros en darse cuenta, en la industria, de la revolución que signifi caría la computación en la vida de las empresas. En los años 60, cuando la IBM empezó a revolucionar el mundo con sus monstruosos aparatos, atisbó que el futuro estaba en la impresión de formularios continuos. Y le dio el palo al gato. Fue el primero, y el único por mucho tiempo, en dedicarse al negocio. Su hijo Carlos Molina cuenta que fue tal el boom, que por muchos años los crecimientos de AMF no bajaban del 50%. En plena bonanza, compró los terrenos donde hasta ahora funciona la compañía y donde antes estuvo la chacra Valparaíso, uno de los fundos más importantes de Santiago en aquella época.

Pero en los 70 don Alfredo enfermó de cáncer. Al morir, en plena época de Unidad Popular, Carlos –el mayor de sus hijos– tuvo que tomar las riendas. En lo personal fue un hito importante. Y lo fue no solo por la pérdida del padre, sino también porque en su nuevo desafío tuvo que dejar atrás una promisoria carrera de economista en la Universidad Católica, donde hacía clases a la par de importantes personajes y amigos de su generación, Sergio de Castro, Vittorio Corbo y Emilio Sanfuentes, entre otros.

“En ese tiempo me estaba yendo a Stanford con una beca para hacer un doctorado. Amaba la vida docente… Y ese momento cambió radicalmente mi vida”, confi esa. Con apenas 23 años llegó a la presidencia ejecutiva de AMF. Fue un salto obligado para el que, no obstante, ya se había preparado.

-Antes de morir, mi padre tuvo algún tiempo para darme instrucciones. Entre otras cosas, me dijo: mira Carlos, cuando llegues a la empresa no creas que lo sabes todo, porque lo más probable es que no sea así. Y segundo, si hay que cambiar algo, hazlo muy lento. Llega a servir, no a ser el jefe -relata.

Mirando hacia atrás, a sus 60 años Carlos Molina se siente orgulloso de haber cumplido. Se ganó el respeto de la gente y salió adelante en una imprenta a la que todavía le quedaban muchas cosas que enfrentar. En tiempos de la UP, cuando importar maquinaria era una empresa casi imposible, compró su primera rotativa. Y lo hizo contrariando las leyes de la economía: puso la oferta sin tener la demanda. Misteriosamente, cuenta, los clientes empezaron a llegar. El Banco de Chile, que necesitaba un impresor para sus cheques, fue uno de ellos. De atrás llegaron todos los otros.

Sin embargo, el ambiente político no era fácil y las expropiaciones de empresas eran pan de cada día. Una mañana llegó a la fábrica y al ver que no había movimiento sospechó de inmediato que los trabajadores planeaban algo. En una reacción meramente instintiva, se paró al medio del patio y les dijo: “si se quieren tomar la empresa, entonces me voy yo”. Santo remedio, cuenta entre divertido y sorprendido. De ahí en adelante nunca dejaron de crecer. Excepto para los 80, en que la crisis económica les hizo pasar más de algún susto. Pero se recuperaron.

Rebobinando, habría que decir que al morir don Alfredo, sus seis hijos entraron a la propiedad de AMF, pero con el paso del tiempo solo cuatro –Carlos, Gustavo, Rubi y Eliana– se quedaron. Hace unos años decidieron ordenar la casa y profesionalizar la administración, “para evitar el típico desgaste que signifi ca mantener una situación poco clara y pasar a la tercera generación”. Junto con contratar gente externa, los cuatro hermanos también cambiaron el directorio, que ahora está integrado por Hernán Valdés, Osvaldo Contreras y Darío Calderón, este último en calidad de presidente y hombre de consenso. “La idea –agrega Carlos– es evitar que la próxima generación tenga que elegir nueva gente y se encuentre con una especie de constitución en la empresa”.

Bajo el nuevo gobierno corporativo, en AMF los cambios han seguido. Hace dos años, la compañía adquirió la imprenta Mónaco e invirtió al menos un par de millones de dólares para entrar de lleno al negocio de las etiquetas, que hoy representa poco menos de 5% de todo el volumen procesado en la imprenta. Pero por lo que se ve, le queda muchísimo por crecer. Con un valor unitario más alto que el de otros productos, hay todo un mundo por abordar. Por lo pronto, sus
clientes son del mundo del vino y de la alimentación y las conservas. “La electrónica puede reemplazar muchas cosas, pero no el etiquetado”, explica Molina, quien no oculta su optimismo frente a este negocio y otros, como el de producción de sobres o el de impresión variable –la emisión de boletas de cuentas de las multitiendas, por ejemplo– que los han obligado a crear nuevas unidades dentro de la empresa.

“Mi regla siempre ha sido crecer más que el producto nacional. Pero para eso hay que buscárselas. Este rubro ha ido cambiando a nivel mundial y se requiere cada vez más de tecnología. El desafío nuestro es captar los cambios”, dice Molina, mientras recorre las instalaciones.

CAPITAN DE MAR Y TIERRA

La saga de los Molina está hecha de tinta y papel, pero también de mar y navegaciones. Este capítulo, sin embargo, tiene que ver con la historia personal de Carlos Molina y con su afi ción por el diseño naval, que hace unos veinte años dio origen a una división de astilleros al interior de la fl amante imprenta familiar. “Diría que esto nació por una pasión mía”, cuenta. La navegación, dice, lo cautivó desde los 24 años, en la época en que se hizo cargo de AMF. Después de correr muchas veces las mil millas pensó que no sería mala idea transformar el gusto en un buen negocio. A mediados de los 80 lo hizo y empezó a vender servicios de diseño naval y construcción de barcos a vela. Mateo como es, buscó referentes en el mundo, hasta que aprendió prácticamente todos los secretos de la profesión, se hizo socio del Royal Ocean Racing Club en Londres y fue nombrado especialista en el Club Náutico de Chile.

Su primer cliente fue nada menos que Bernardo Matte. De ahí en adelante no paró y la actividad se hizo tan fuerte, que con los años amplió el espectro hacia el mundo de la pesca, que entró en un boom de captura de merluza australis y de mero, un pez de profundidad. En total, recuerda, AMF Astilleros llegó a construir 100 embarcaciones, se hizo fama en el mercado y no hubo nadie que quedara indiferente a sus modelos. Orgulloso, Molina cuenta que se esmeraban en diseñar
barcos veloces, de muy buen handicap y ganadores de pruebas importantes, como la Regata de Chiloé o el Off Valparaíso.

Pero a mediados de los 90 empezaron las complicaciones. La fuerte demanda por embarcaciones había creado otro negocio, el de importación de naves usadas desde Europa y Estados Unidos, a precios difíciles de igualar. Entonces Molina tuvo que tomar una decisión. O se hacía grande y empezaba a exportar sus modelos a otras latitudes, o se retiraba para siempre. La primera opción suponía fuertes inversiones y un éxito incierto, porque la poca fama de Chile como polo de desarrollo tecnológico actuaba como barrera para atacar los mercados externos. Al fi nal optó por cerrar. “El mercado actuó y no sé si fue cruel, pero sí racional. Ahora… no fue tan traumático, al menos para mí, porque no soy de los que se quedan pegados en las cosas”, confi dencia.

De la navegación le quedó la pasión y un barco de 24 pies que se llama Sur en el que suele competir, cada vez menos, en los mares chilenos. Pero hoy su mayor entusiasmo está puesto en el campo que posee a orillas del Lago Llanquihue, donde tiene instalada su propia lechería. Son, en total, 600 hectáreas dedicadas casi por entero a la actividad y 400 vacas en ordeña con las que produce para operadores como Colún y Loncoleche. Recién hace dos años que tiene números en azules, como resultado de un repunte en la actividad y una mejora en los precios.

Y está optimista. Los europeos, donde los fuertes subsidios hacen difícil la competencia, están en pleno dilema entre mantener la vida rural y prepararse para la fuerte carga que supone mantener las pensiones de una población que cada vez se hace más vieja. Las autoridades chinas, por otro lado, están recomendando a su gente que consuma al menos un vaso diario de leche para mejorar la calidad de vida. “Y eso ha signifi cado –dice entusiasmado– que el mundo no sea capaz, al menos hoy, de responder a esa demanda”. Por eso sigue apostando por el negocio, al igual que sus vecinos en la zona, los Von Appen, Gustavo Pavez, Albert Cussen y Francisco Pérez Mackenna, por nombrar algunos.