Son las seis de la tarde. Toco el timbre. El sacristán abre y dice “el padre aún no ha llegado, debiera estar por llegar”. Me hace pasar a una sencilla sala. “Tome asiento”, me indica. Se retira por un largo pasillo. Hace algo de frío. Saco un libro e intento leer. Un gato pasa cuidadoso […]

  • 20 diciembre, 2018

Son las seis de la tarde. Toco el timbre. El sacristán abre y dice “el padre aún no ha llegado, debiera estar por llegar”. Me hace pasar a una sencilla sala. “Tome asiento”, me indica. Se retira por un largo pasillo. Hace algo de frío. Saco un libro e intento leer. Un gato pasa cuidadoso por entre las sillas. Me mira. Exclama suavemente “miau”; se retira sigiloso y calmo. Es una parroquia antigua y la feligresía también. Las misas son cada vez menos concurridas, salvo para las fiestas, cuando las familias acostumbran a venir acá, por ligazones tradicionales con el barrio. De pronto, el sacristán pasa por el pasillo. Hace una pausa para avisarme: “Es el padre”. Va hacia la puerta y abre. La luz entra de la calle hacia el pasillo.

El párroco, mi profesor de religión del colegio, entra y nos abrazamos. Se ve cansado. Tiene sus años. Pero mantiene el gesto, la inteligencia aguda, su manera de hablar. Su ironía. Vengo a verlo para saber cómo está. Su obispado ha sido golpeado duramente por denuncias de abusos. Se halla apesadumbrado. La sensación es como de final de época. Lo percibo, en cierto modo, también como el final de mi época: la de una generación, probablemente la última, que se educó al alero de una Iglesia con amplia presencia en la vida del país, en todos sus sectores, a izquierda y derecha, en ricos y pobres, universidades y colegios, en el mundo obrero, en el pensamiento y en la acción. Era el tiempo en que en las misas dominicales cantaban coros de jóvenes –“Cristos jóvenes”– y las iglesias rebosaban de estudiantes. Fue el mismo período en el que surgieron los curas que despuntaban con colores propios, sacerdotes con vida social intensa. Varios seguirían caminos cuestionables o luctuosos. Ya no eran los sacerdotes del 68, que colgaron hábitos y se casaron con monjas. Ya no eran los “curas rojos” o los reaccionarios que se unieron a las huestes de Lefebvre. Ahora se trataba de abuso de menores o sobre otros sacerdotes.

La desazón de los creyentes y la indignación de la sociedad es masiva. Pagan, a veces, justos por pecadores. El Papa erró dramáticamente en el asunto. Francisco es sencillo e intenta explicar el mundo con herramientas a veces precarias, en todo caso, insuficientes para dar cuenta de la crisis de la Iglesia, de la época, del mundo. Se carga demasiado a un pastor eminentemente pastoral. Probablemente Ratzinger estaba mejor preparado para entender su tiempo en un pensamiento articulado. Probablemente tan bien preparado estaba, que vio con plena conciencia la tragedia de su Iglesia y la dificultad y hasta la eventual imposibilidad de la tarea. En las raleadas multitudes de las misas, la visita del Papa fungió como la puesta en escena del hecho palmario de la crisis.

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Converso con mi amigo párroco. Su sinceridad me conmueve. Su soledad también. Con sobria y valiente tenacidad se remite a la idea mística de abrazar la cruz, algo que le ha faltado a la Iglesia, abrazar la cruz de Cristo. Me cuenta de su ingreso al seminario. De la manera en que lo recibieron sacerdotes a los que conocí cuando adolescente. De cómo el retiro del mundo se ha perdido y en esa ausencia de retiro, de la que él mismo se siente también responsable, depende en parte relevante la crisis actual.

Hay testimonios de párrocos, como este que tengo al frente, de monjes y monjas, de curas sencillos que dedican sus vidas a las tareas del oficio, el acompañamiento de enfermos, la contemplación, la acogida a pobres e inmigrantes. Pero se ha desvanecido, poco a poco, aunque persistentemente, eso que la Iglesia tuvo a lo largo de su milenaria historia: la capacidad de expresar el espíritu en una institución.

Los dos milenios durante los que ella rigió, la Iglesia logró articular jurídicamente el carisma, un mensaje existencialmente significativo. Las abadías y monasterios, las catedrales europeas, las misiones jesuitas en América, las universidades, la filosofía de Agustín y Anselmo, de Tomás y Vico, el pensamiento romántico, las encíclicas sociales y el catolicismo social son partes de un todo que responde a esa descripción: la de una institución capaz de acoger los anhelos de trascendencia, la experiencia del misterio tremendo de la existencia, la vivencia de lo insondable, la fuerza afectiva del amor, el empeño por transmutar un mundo.

 

¿Quedará algo tras el vendaval?

Esa es la pregunta que veo rondando en la mirada y las palabras de mi amigo el párroco. La fe popular, en Lo Vásquez, Yumbel, Andacollo, La Tirana; la mística religiosa de los más espirituales; la acción social, lucen gozar aún de fuerza. También la presencia del catolicismo en los colegios. Aunque aquí también hay crisis y en algunos casos, especialmente en agrupaciones nuevas, lo que se enseña no es sino el burocrático adorno de una educación ya vendida al más acerado de los mundos. La Iglesia de a pie, el catolicismo contemplativo y cultural, parece tener, empero, alguna autonomía de la estructura jurídico-institucional, que decae.

La pérdida no ha sido aún estimada. La influencia conformadora de la Iglesia es parte de nuestra historia. La composición de las élites y la mentalidad popular, el país que somos, su capacidad de desatar, cada cierto tiempo, oleadas inmensas de solidaridad, el peso de la consciencia cívica y los derechos humanos en nuestras cabezas, el vigor que han poseído estructuras tradicionales como la familia, no se entienden si se omite la acción de la Iglesia chilena. La pérdida de la capacidad conformadora dejan un vacío que ninguna otra organización compensa. Probablemente ganaremos en la transparencia y la denuncia de los abusos será más veloz. Pero la transparencia y la denuncia son condiciones necesarias, no suficientes de un orden social. Con solo transparencia y denuncia no se imprimen hábitos a gran escala en el pueblo, no se tejen vínculos sociales. Se trata de un poder negativo, capaz de corregir, no de abrir sendas de sentido, de irrigar con persistencia la vida nacional. La crisis de la Iglesia equivale a la pérdida de algo que no se recupera, y para todos.

La Iglesia es un espacio para la contemplación, la caridad, el afecto, la educación. Un ámbito de gratuidad, en el cual cabe, sin los apremios de los menesteres cotidianos, abrirse a la pregunta por el misterio de la existencia. Más allá de las respuestas del magisterio en cuestiones puntuales, la contribución mayor del catolicismo –y donde deviene específicamente católico– es la apertura persistente al misterio tremendo que importa existir. A un misterio que nos extrae de nuestras ocupaciones y afanes rasantes, del mundo de los negocios, el cálculo, de la dimensión de los dispositivos y artefactos prediseñados por programadores, de la banalidad de vidas en la superficie, ocupadas de todo, pero incapaces ya, por atareadas, de conmoverse. Se sube uno al metro en Santiago y la mitad o más del universo de los usuarios, está con los ojos y la mente metidos en la pantalla, concentrados en una dispersión inimaginablemente trivial. Puede ser que el silencio de los monasterios, el espacio para la contemplación, la abnegada ocupación con los desvalidos, el acompañamiento de los enfermos terminales, sean reemplazados por nuevos dispositivos o prácticas. En medio del mundanal ruido es creciente la necesidad de salirse. Mientras más se estrecha el mecanismo burocrático-mercantil, la circunferencia autística, más se intensifican los anhelos por vidas humanas, auténticas, solidarias, interiormente densas, cercanas, la añoranza por algo así como un sentido existencial.

Pero la salida exige disciplina. Salvo un movimiento insólito, que nos sorprenda, no parece ser la Iglesia la llamada a producir esa disciplina de la exaltación, del éxtasis, de la intensificación vital. Lamentable es que no haya caminos alternativos de una envergadura similar.