Por Susana Carey C., directora de Empresas, Ex-Presidenta Supermercados de Chile A.G.

  • 8 agosto, 2019

Nunca deja de sorprenderme el uso del lenguaje con respecto a las mujeres en la vida pública y profesional. A pesar de ser adulta, expresiones como “esta niña”, “chiquilla”, “mijita”, “mija”, “chicoca”, “amorosa”, “Susanita”, me han tocado frecuentemente, aunque, por suerte, cada vez menos. A pesar de que son expresiones que van acompañadas con actitudes de buena fe y afecto, a su vez denotan un trato que infantiliza y quita poder, ¡son diminutivos! Muestran también una mirada jerárquica, como un padre trataría a una menor de edad o a un subalterno. La falta de costumbre de tratar a las mujeres como pares profesionales, es todavía un gran desafío que enfrentamos en el mundo profesional.

Es frecuente que surja la pregunta de cuál es el aporte de “la” mujer en la empresa y en los directorios, y automáticamente afloran los estereotipos, como si existiera un solo tipo de mujer y un solo tipo de aporte. Estas expectativas, producen dos situaciones: por una parte, desilusión, porque no se cumplen en la realidad, y, por otra, hacen imposible ver la experiencia y el aporte real de la incorporación de la diversidad de personas en los cargos de toma de decisión. Un ejemplo de estereotipo es que las mujeres aportan calidez, participación y ternura. Las guaguas son tiernas, pero, una ejecutiva, ¿tierna? ¿amorosa? Con estos estereotipos es difícil negociar duro, exigir rigurosidad, y evaluar mal el desempeño. Además, es mal visto ser ambiciosa y liderar cuando lo que se espera es una humildad que no reconoce los logros propios y que inhibe el hablar en primera persona. En el mundo de hoy, estos estereotipos de lo femenino minimizan o infantilizan.

En las empresas que sí han incorporado a más mujeres en de la toma de decisiones y que han logrado dejar atrás estos estereotipos, uno de los cambios que ha traído consigo ha sido ampliar las visiones de liderazgo que existen. El presentarse y sentirse como iguales a los demás profesionalmente lleva a no dejar que te minimicen aunque sea con cariño. Esto ha generado también un trato más horizontal y menos jerárquico, un trato de igual a igual. Y esta misma horizontalidad lleva a más inclusión: la experiencia de haber estado excluidas de estos espacios, lleva a ser estar más atentas a los que no hablan o participan menos, y crear los contextos para que estén presentes todas las voces.

Esta horizontalidad ha ido impactando, también, en el mundo gremial, donde se ha pasado de una relación jerárquica, vertical y desde el poder, a ser un partícipe más en la sociedad. Antes se hablaba desde el podio del poder y hoy estamos pasando a sentarnos en la mesa, como un actor más. Un o una representante gremial o empresarial es un actor más en la discusión de las políticas públicas, y es muy relevante que esté presente en esas conversaciones, desde una posición de igual a igual, y consciente del gran aporte que es el conocer la práctica de gestión diaria del quehacer empresarial. Así, es más importante conversar y convencer, en vez de imponer y vociferar desde el podio. El aprender a sostener estas conversaciones en ambientes diversos y con muchas voces diferentes, es un desafío para el cual es necesario incorporar no sólo a muchas mujeres, si no que también a distintos estilos de liderazgos.

Por lo tanto, es importante no dejarse encasillar por los estereotipos y buscar la diversidad de estilos de liderazgos para hombres y mujeres. Así podremos aprender a conversar incorporando muchas voces, cada una necesaria para el logro del anhelado bien común para las empresas y el país.