Alina Fernández revela en primera persona por qué se ha ganado bien el apodo de la hija rebelde de Fidel Castro

 

  • 15 abril, 2009

 

Se llama Alina Fernández Revuelta, porque desde niña prefirió renunciar al apellido que la marcaría de por vida. Huyo de Cuba a los 37 años para instalarse en Miami, llevando consigo los recuerdos de una vida marcada por los desencuentros con su padre, el mismísimo Fidel Castro. Remembranzas que ahora comparte con Capital, así como el diagnostico a la distancia de su isla natal. Por Jorge Abasolo A.

Me bautizaron Alina María José, como si con Alina sólo fuera poco. (…) Dos señores, uno muy fruncido que le decían el Ché y otro, un chinito igual al vendedor de sayuelas o al del puesto de viandas, que le decían Raúl, eran los que mandaban las ejecuciones, y aunque los dos eran personas cortas, Raúl era hermano del peludo más puntiagudo.

(…) Lo miré de arriba abajo (a Fidel). Las botas eran un modelo nuevo, de charolina con punteras cuadradas que le afinaban las canillitas. Le sonreí y lo ataqué primero. Con un beso.

Silencio.

Y diálogo.

-Te he mandado a buscar por lo de la boda.

-Ya.

-Lo que no me explico, lo que no puedo entender, es que no me hayas pedido permiso. Tuve el impulso de sacudirlo por las solapas.

-¿Permiso? ¿Y cómo te lo pido? ¿Rezando? Nunca he tenido un teléfono adonde llamarte.

-Ya sé. Reconozco que no me he ocupado de ti lo suficiente. ¡Pero casarte a los dieciséis años!

-Diecisiete, desde hace una semana.

-Es lo mismo. Apenas conoces a ese hombre. Ese individuo no tiene nada en común contigo. ¡Estaba casado con una cantante! ¡Ese individuo es un oportunista!

-Oportunista de qué, si en mi casa lo único que hay son problemas y miseria. El fue el que capturó a la sirvienta que se robó el samovar de plata y… Mira, es muy tarde y no tengo ganas de seguir hablando de mierda.

-¡No eches malas palabras que yo no las estoy usando contigo!

-Disculpa. ¿De verdad estás hablando en serio?

-No sé si sabes que ese hombre estuvo preso. Estaba tratando de salir ilegalmente del país con toda la familia. Sería que tanta mata enrarecía el ambiente y estaba respirando un aire viciado. El caso es que no podía seguirle el razonamiento.

-Todavía no me cabe en la cabeza que no me hayas pedido permiso. Además no llevas tiempo suficiente con ese hombre. Un noviazgo debe durar dos años por lo menos. Tampoco te voy a preguntar si ya… No me gustaría hablar de esas cosas contigo.

Se refería a la virginidad. Y como no me convencía, atacó a fondo:

-Y no es solo que haya robado. ¡Ese hombre es un violador!

-¿Cómo?

-Sí. Se sabe que cuando era interrogador en Villa Marista violó a algunas detenidas.

-Me apena muchísimo que este sistema haya escogido como oficial de la contrainteligencia a un ladrón convicto y sospechoso de ser un violador.

Y se me acabaron los argumentos.

Estos tres fragmentos pertenecen al libro Alina. Memorias de la hija rebelde de Castro (Plaza&Janés), un documento decidor. Se trata del testimonio de la compleja vida, cuajada de dificultades, de una mujer cubana de la era de la revolución. Pero no es una mujer cualquiera. Es la hija de Fidel Castro, la misma a la que se le supuso parte de una cofradía que gozaba de ciertos derechos y hasta de sinecuras a las que jamás tuvo acceso. Y no es que se queje de los inhumanos cobertizos y esas literas con pedazos de yute que le servían de albergue en los trabajos voluntarios. Tampoco de la guerrilla de Angola, que le arrebató a su segundo marido. Lo que aún no puede entender es por qué la expulsaron de la Escuela de Medicina cuando cursaba el tercer año.

-“Hasta el día de hoy la facultad se vuelve sorda cuando pido una copia de mi expediente académico”, recuerda.

A los diez años, Alina se enteró –de labios de su madre– de que Fidel Castro era su progenitor.

Hasta entonces aceptaba con inocente desenfado –propio de la niña que era– las extrañas visitas y los regalos del líder de la revolución, sin imaginar siquiera cuál era el estrecho vínculo que les unía. Un poco más tarde resolvió que no adoptaría el apellido Castro. Acaso su vida había quedado demasiado marcada para tomar como herencia voluntaria el sambenito de un apellido que no admira para nada. La ecuación de este episodio es muy simple: una madre embelesada por una relación amorosa muy breve y un padre convertido en líder de una revuelta que conseguía derribar a Batista y que da como fruto a Alina.

Huyendo de la isla

Disfrazada con una peluca y una gorra que le llegaba casi hasta las cejas, Alina Fernández Revuelta (52 años) tomó un taxi que la condujo hasta el aeropuerto de La Habana en una sudorosa tarde de diciembre del año 1993.

Camuflando su nerviosismo, se hizo presente en la oficina de Iberia con un pasaporte falso en su mano derecha. Remedando un acento español previamente ensayado, pasó sin mayores apuros los controles de aduana y de policía internacional. Luego de una nerviosa espera y con una hora de retraso que para ella fue interminable, el avión despegó, llevando consigo a una Alina más aliviada rumbo a Estados Unidos. Así, pasaba a convertirse en una de las exiliadas más connotadas del régimen cubano.

Hoy, en plena madurez de su vida, resalta en ella un físico casi ideal para modelo. De hecho, también lo fue en sus últimos años en La Habana. Es buenamoza y con un aire de distinción que no pasa inadvertido. Su rostro albo a ratos deja entrever un dejo de tristeza que algo se acentúa, pues no es de las personas que suele reír.

Como una manera de provocar un acercamiento emocional –clima propicio para una buena entrevista–, me referí a su parecido físico con Geraldine Chaplin, la hija del genial bufo británico. Se limitó a sonreír, pues se lo han dicho decenas de veces. Durante la entrevista la percibí siempre gentilmente seria, aunque atenta y sonriendo por normativas de urbanidad.

No en vano también estudió diplomacia.

-¿Cuál es su actividad actual en Miami?

-Conduzco el programa Simplemente Alina en la WQBA 1140 AM, una emisora de Univisión Radio. Mi espacio va de lunes a viernes, pero ahora en la mañana, de ocho a nueve. Me cambiaron el horario.

-¿Y el público, cambia?

-En espíritu, creo que sí. Sólo que el cambio de horario le funciona más bien a unos oyentes que a otros. Hay mucha gente que me dice que ahora no me puede escuchar, pero hay otra que me dice que ahora me puede oír mejor. Pasa siempre… pero una tiene claro que todo horario tiene su audiencia.

-¿Ha recibido ayuda de parte del gobierno norteamericano?

-No. Para nada. Y debo decirle que nunca pedí el asilo político porque siempre he pensado que una está hecha para luchar.

-¿En qué momento comienza la disidencia respecto del régimen encabezado por su padre? ¿Cuándo percibe que el camino tomado no era el que el pueblo cubano deseaba?

-Me di cuenta enseguida, cuando yo era todavía una niña. Lo que pasa es que cuando se es niña casi nadie le hace caso a una.

 

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-¿De qué manera manifestó las diferencias con su padre?

-¿Sabe? Una aprende a tratar con la gente en la medida en que va teniendo más experiencia, que va leyendo más, que va teniendo más cultura y más conciencia. En Cuba nadie sabía en qué consistía la política. Lo único que se repetía en Cuba era la misma cantinela de siempre: ¡Viva Fidel, viva Fidel! ¡Socialismo o muerte!, cuestiones de esa naturaleza. Yo lo que hice fue tratar de trascender toda esa intoxicación de frases hechas y tener mi propia visión de la realidad.

-Se sabe que en Cuba existe un bombardeo incesante de propaganda del régimen castrista. Pero, ¿de qué manera se manifiesta la disidencia, en especial la más joven?

-La juventud se ha volcado en la Iglesia. Lo que se da en gran medida es una disidencia muy fuerte y una conciencia de que todo esto tiene que cambiar. Mucha gente se ha agrupado en organizaciones no violentas. Por supuesto que todo eso cuesta, ya que existen el temor y el pavor de la vigilancia, el control, la persecución y la represión, que son cosas que están y contra las cuales hay que luchar o eludir. Hay miles de presos políticos, pero aún así el pueblo cubano se las ingenia para reunirse en forma clandestina y pasiva.

-Usted dijo en cierta oportunidad que su padre es peor que un dictador. En ese momento, ¿las relaciones suyas con Fidel ya estaban rotas?

-Claro. Las relaciones estaban rotas desde hacía muchos años, y yo le veía muy poco. Pero debo aclararle que nunca dije que era peor que un dictador. Lo que dije fue que era un tirano, cosa que es absolutamente cierta, porque si uno busca el concepto en el Derecho Romano, un dictador es un gobernante emergente que toma el mando justamente por una de situación de emergencia. Pero un señor que toma el mando por espacio de cincuenta años y no da señales de volver a la democracia no tiene nada de emergente. La emergencia es que se vaya o que cambie el estado de cosas, ¿me entiende? Los cambios se han demorado demasiado en Cuba. Si las cosas se hubiesen hecho de la forma debida, se habrían evitado el derramamiento de sangre y el desastre por el que ha pasado mi pueblo.

-¿Qué le decían en Cuba cuando se percataban de que usted era hija de Fidel Castro?

-Siempre la gente tuvo conductas extremas conmigo. Y siempre recibí quejas de la gente hacia Castro. Y lo entiendo como un mecanismo o una reacción muy humana, porque como no se podía llegar a él y decírselo en su cara, pues venían y me lo contaban a mí. Por eso sostengo que me conozco el lado negro de la medalla perfectamente.

-¿Recuerda la última vez que conversó con su padre?

-(Medita)… No, pero debe haber sido aquella vez en que se me impuso que debía ir a estudiar al lugar ese que le llaman Palacio. Mi padre quería que me fuera a estudiar a la Unión Soviética; y entonces ahí me hacían clases de ruso durante tres horas. Todo esto, cuando yo tenía 22 años. Evidentemente que se trataba de una cosa ridícula. Era bastante enojoso ir a Palacio todos los días para escuchar ruso. Me daba sueño.

-En el momento en que usted decidió irse de Cuba, ¿sabía el riesgo que corría?

-Sí… lo que pasa es que a esas alturas una ya estaba muy harta y cansada. Además, yo estaba con un nivel de estrés y angustia tremendo. Estaba muy depresiva y ya no podía aguantar más, puesto que tenía que sacar de allí a mi hija.

La denuncia de los literatos

-¿Conserva amigos en la isla?

-Sí. Y tengo muchísimo respeto por la gente que ha tenido que permanecer allí, sin poder salir. No puedo olvidar a Raúl Riveros, por ejemplo.

-No se pueden omitir el esfuerzo y la denuncia formulada por escritores disidentes de alto calibre, como Armando Valladares. ¿Ha tenido contacto con él?

-¡Sí, como no! Aunque debo decirle que a mí me preocupan menos los que están afuera que los que están adentro. Aún permanece en la isla Raúl Riveros, cuyo libro de denuncias se publicó hace un tiempo en Miami y que sigue siendo vigilado y detenido permanentemente. El ha dado muestras de mucha valentía, pues está a cargo de un organismo llamado Prensa Independiente. Es gente de mucho coraje.

-¿Son rebeldes los jóvenes cubanos?

-Sí. Rebeldes y alegres Tienen razones para ser alegres; y una manera de buscar amparo a sus inquietudes insatisfechas ha sido ir volcándose hacia las iglesias. También lo hacían refugiándose en su creatividad y fantasía. Ahora, lo que no hay es un activismo político de la gente joven. La juventud no se interesa por la política, porque sabe que no puede obedecer más que la orden de un partido.

-Luego de la persecución despiadada hacia la Iglesia Católica ejercida a inicios de la década del 60, el régimen castrista ¿ha optado en algún momento por “dejarla ser”?

-No, no, no. Cuando Fidel vio que no podía aplastar a la Iglesia, intentó un acercamiento a través del sacerdote Frei Betto. Fue una engañifa, una cosa así como “batir el merengue”, como decimos allá. Es decir, una jugada destinada a ganarse la simpatía de Latinoamérica, que es profundamente religiosa. Y lo hizo. Pero finalmente las cosas cayeron por su propio peso. Y Fidel igual terminó peleándose con la Iglesia hace unos cuantos años.

Con el nieto del Che

-¿Qué dice la historia oficial de Cuba en torno a hombres como Camilo Cienfuegos y Huber Matos?

-Se sabe lo que el gobierno quiere que se sepa. Pero la verdad es que el pueblo tiene su propia versión de los hechos. Huber Matos es un hombre de honor. Está en el exilio, pero ha mantenido una posición muy clara respecto a los sucesos acaecidos en Cuba.

-¿Cree que fue una buena treta de Castro el haberse deshecho de Ernesto Che Guevara al enviarlo a Bolivia?

-Es que yo creo que no se deshizo de él. Lo convirtió en un héroe. Mucha gente recuerda a Fidel por el Che.

-Usted y Caneck, nieto del Che Guevara, parecen ser los disidentes más famosos del régimen castrista. ¿Se conocen?

-Sí. Nos conocemos, aunque conozco más a Adelita, su hermana, que es una persona muy desgraciada. El padre la maltrató mucho. No lo digo en el sentido físico, sino en el sentido emocional y espiritual. Tuvo una adolescencia muy difícil. Nos hicimos amigas a los once años de edad y estuvimos juntas como hasta los catorce o quince. Comparto con ella la misma experiencia triste del abandono.

-Se hacen muchos presagios en torno al futuro de Cuba y de los hermanos Castro. Respecto de la lealtad de su gente, ¿cree que las Fuerzas Armadas le son absolutamente fieles?

-No. No lo creo. En Cuba la gente tiene plena conciencia de lo que es la democracia, a pesar de que no la han vivido. Todo eso puede terminar muy mal si este hombre (Fidel) no cede. Además, mi tío Raúl no tiene ascendiente sobre las personas y su alcoholismo lo tiene harto tumbado.

-¿Podría compendiar en breves palabras el perfil psicológico de su padre?

-Yo no quiero ponerme a dar términos técnicos ni tampoco quiero ser muy ruda, pero le diré que –a estas alturas– Castro es un hombre con un alto nivel de enajenación que ha sido generado por el poder absoluto que ha mantenido sobre la isla. Además, lo veo encaprichado en hacerle la guerra a Estados Unidos. Yo pienso que él desprecia absolutamente a la gente. Y no creo que esto haya disminuido por su enfermedad.

-¿Cuál es la última imagen que conserva de su padre, Fidel?

-La de un hombre envejecido y acosado, capaz de autorizar sentencias de muerte contra sus propios amigos, como ocurrió en la causa N°1 de 1989 por narcotráfico, cuando se fusiló al general Ochoa y otros oficiales del ministerio del Interior.

-¿Es eso lo que le ha llevado a perseverar en una política sin sentido?

-Creo que sí. Lo de Cuba no se justifica ni histórica ni humanamente. Usted puede tener una justificación política, usted puede estar viviendo su leyenda, pero si usted empieza a sacrificar a su pueblo, habiéndole hecho creer siempre que es un líder paternalista que vela por él, y empieza a diezmarlo, y crea tres millones de exiliados, es natural que la angustia cunda y la gente trate de irse de cualquier modo. Es lo que ha pasado en mi país. Todo esto ha sido producto de la desesperación.

-¿Qué sabía usted de Chile y los chilenos?

-Muy poco. Al único chileno que conocí fue a Max Marambio, que era el jefe del GAP (Grupo de Amigos Personales) del presidente Allende en Chile. Ahora es el encargado de negocios de Fidel en París, y es el que actualmente tiene la mejor casa en La Habana.

-¿Está preparada Cuba para sobrevivir a los hermanos Castro?

-Creo que sí. Hay gente que ha recibido una buena educación. Y somos tres millones de personas fuera de Cuba que también nos hemos educado y que estamos dispuestas a ayudar. Fuera de Cuba vive un 10% de los cubanos.