La crisis debería durar 60 meses. Esta es la predicción de este economista, considerado como latinoamericano más importante a nivel mundial

  • 4 marzo, 2009

 

Aunque estima aventurado decir cuanto durará la crisis, este peruano, catalogado como el mejor economista de Latinoamérica a nivel mundial, señala que tenemos para rato: unos 60 meses. Por Jorge Abasolo Aravena.

La ciencia económica enseña que para progresar no es indispensable disponer de recursos naturales, como aún se creía en los 60. Demuestra también que no existe civilización incapaz para el desarrollo, como algunos daban a entender hasta los 80. Ni siquiera que es indispensable vivir en democracia para crecer. Pero sí hay una máxima: a saber, que en la anarquía no existe posibilidad de desarrollo.

Y bueno, la crisis en la cual estamos chapoteando hoy está profundamente marcada por ese término: anarquía. Anarquía casi total en esas dimensiones metafísicas en que se desenvolvían los derivados financieros. Tanta anarquía que, a varios meses de la erupción volcánica de la crisis, aún no conocemos sus alcances.

Se habla de trillones como si fueran chauchas. Se habla del fin de una era como del término de un contrato. De un nuevo sistema económico, como si se tratara de un cambio de calcetines para la humanidad.

La verdad es que no hay que dejarse llevar por arranques maniaco depresivos, y lo que corresponde es poner las cosas en perspectiva. Lo que ha habido es una grave falla del sistema financiero, que a la postre es una de las tantas partes del capitalismo. Una muy importante, claro está. De ahí que lo más sensato sea corregir las fallas con medidas que calcen dentro del mismo sistema.

Raymond Barre, en su época, lamentaba que los matemáticos se hubieran apropiado de la ciencia económica, en detrimento de la historia y de las culturas. En verdad la computadora, que permite trabajar con cantidades estadísticas antes insospechadas, tiende a reducir la ciencia económica a modelos matemáticos vedados a los no iniciados. Pero, como todas las ciencias, la economía continúa basándose ante todo en la confrontación permanente entre esos modelos teóricos y la experimentación concreta. El problema está cuando esos testeos derivan en verdaderos Frankestein anárquicos.

Como no queríamos quedarnos con la duda a media garganta, llamamos a Hernando De Soto, catalogado por muchos como el economista latinoamericano de mayor peso específico en el planeta. Le preguntamos sobre el origen, la evolución y las consecuencias de las calamidades presentes, y nos respondió más allá de toda duda que la recesión mundial incubada en Wall Street ha sido una crisis engendrada por la informalidad. Sí, la misma informalidad que desde el norte nos dijeron que era una lacra casi privativa de las economías del Tercer Mundo.

De Soto es un economista peruano con prestigio y pergaminos de sobra: fue elegido en 1999 por Time como uno de los más destacados innovadores latinoamericanos del siglo; Forbes lo destacó como uno de los quince innovadores “que reinventarán el futuro” y el New York Times escribió de él que “para los líderes de los países pobres, el evangelio económico de De Soto es una de las cosas más esperanzadoras que se han oído en años”.

El currículo excepcional de este peruano es aún más apabullante. The Economist identificó al Instituto Libertad y Democracia (fundado por De Soto en 1980) entre los dos más importantes centros de investigación de políticas públicas; y a su haber tiene una lista de galardones y halagos (desde Clinton hasta Thatcher y Friedman) que exceden nuestra capacidad de síntesis.

Conversar con él no sólo es un privilegio, sino que también una experiencia exquisita, por la claridad y léxico con que se expresa, dignos de un purista de la lengua.

-¿Por qué ha dicho que esta crisis es la crisis de la informalidad?

-No sé si dije exactamente eso, pero sí he dicho que se parece mucho a la informalidad. Y lo digo porque es esencialmente causada –como casi todas las grandes crisis financieras– por una expansión crediticia previa.

Esta expansión crediticia, que nos ha hecho sentir tan bien en los últimos años a medida que la producción y el empleo han crecido, ha sido producida en gran parte por una serie de instrumentos financieros que se llaman derivados. Se trata de instrumentos que representan valor, la posibilidad de un pago a corto plazo (son cuasi líquidos), pero que tienen una característica que no tiene ningún otro documento con valor que sale de los países desarrollados, y es que no están registrados. Es decir, no sabemos cuántos de ellos hay, cuán diferentes son, hasta qué grado son idiosincrásicos, en manos de quiénes están, cuáles son tóxicos o de alto riesgo y difíciles de pagar.

Si usted mira todas las cosas que lo rodean… sobre todo si fuese un ciudadano europeo o norteamericano, se va a percatar de que no hay cosa de valor que usted tenga que no esté acreditada por un papel, ya sean su casa, su futura herencia, su terreno, su automóvil, una patente, un derecho de autor o de propiedad intelectual, una acción, en fin… todo está documentado, y se sabe dónde están todas las cosas. Ese ha sido justamente uno de los grandes avances de occidente: a diferencia de hace dos siglos, hemos logrado que exista una amplia sociedad de propietarios y podemos saber dónde están las cosas, para que exista la debida certidumbre en la posesión y en las transacciones.

Ahora, el único activo en el mundo que no está ordenado o registrado es ese sistema de instrumentos de derivados.

¿Y cuántos son esos derivados?

-A nivel nominal se ha hecho un primer cálculo, que lo hizo el señor Christopher Cox (del SEC), quien ha dicho que son unos 600 trillones de dólares. ¡600 trillones de dólares! Observe usted que la producción mundial no pasa de los 60 trillones de dólares. Entonces, al admitir 600 trillones estamos hablando de una documentación de valores que es diez veces más grande que la producción de todo el mundo en su conjunto.

-Vaya.

-Acaba de salir otro documento, hecho por unos matemáticos ingleses, quines dicen que la cifra alcanzaría un cuatrillón de dólares. En otras palabras, nadie sabe con exactitud la cifra… Ahora, ese es el valor nominal. En lo que se refiere a cuántos de éstos serían tóxicos y –por lo tanto– habría que tratar de retirar del mercado, el señor Cox estima que podrían ser del orden de uno a dos trillones de dólares, pero añade que no tiene la certeza. Y el señor Geithner, el nuevo secretario del Tesoro de EEUU, dice que esta cifra podría estar entre los tres y cuatro trillones…

En el fondo, no sabemos la magnitud de esta crisis y, bueno, esa es la condición de la informalidad. En la informalidad no es que no haya papeles, no es que la gente no esté transando. El problema es que no sabemos. Eso es exactamente lo que está pasando con la documentación que hoy día es la causa de la expansión crediticia mundial y –además– de la contracción de ese crédito. Y la razón por la cual es tan difícil luchar contra él obedece a que no está formalmente identificado. Como le digo. Se trata del único activo en el mundo que no está cuantificado y no es ubicable.

-Hay quienes señalan que en este nuevo escenario ha llegado la hora de hacer profundas reformas al sistema capitalista. ¿Estamos ante un cuasi knock out del capitalismo?

-Que hay que hacer reformas, me parece obvio, ya que nadie desea que esto se repita. Y hay que recalcar esto porque esta es una crisis que tiene todas las semblanzas de ser una crisis sin precedentes. Es claro que tiene que darse un sistema que legisle mejor estos tipos de valores.

Se podría decir que esta es una crisis epistemológica, en el sentido de que hemos permitido que crezca un papel valor sin tener ningún control. Eso evidentemente tiene que cambiar. Ahora, que eso signifique que ha acabado el capitalismo, claro que no. Es claro que el sistema ha tenido una enorme falla. Y una falla que puede ser desastrosa y que podría acompañarnos por muchos más años de los que podríamos imaginar. Esa falla ha causado cesantía y pobreza. Pero el tema de fondo no es ese. El tema es si existe un sistema mejor que éste, reformado. Y la respuesta, hasta ahora, es no.

Los únicos que nos ofrecen un sistema distinto al capitalista serían el dictador de Corea del Norte, Kim Jong Il, o el dictador Mugabe, de Zimbawe. Pero no conozco otra receta que la capitalista. Hasta los chinos, todos están avanzando a través del sistema capitalista.

A pesar de esta crisis, el sistema capitalista ha permitido que en los últimos 60 años hayamos crecido más como humanidad que en los dos mil años previos. A mí me parece que por el momento el capitalismo es insustituible. Lo que pasa es que ha tenido una grave falla, y esa es la que hay que corregir.

-A raíz de esta crisis, George Soros señala no tener fe en los mercados. Ha dicho que sólo los gobiernos pueden aportar el dinero necesario para las recapitalizaciones de las entidades en problemas.

-Yo soy amigo de George Soros y hemos conversado algunas de estas cosas en varias oportunidades. No es que Soros no tenga fe en los mercados. Soros no tiene fe en que los mercados se autorregulen solos, sin intervención del Estado. Y yo estoy de acuerdo con ello, porque siempre ha sido así. En otras palabras, y desde sus comienzos, el sistema capitalista ha sido esencialmente un sistema de normas. Y estas normas siempre, de alguna forma, las ha dado l Estado. La pregunta es qué grado de supervisión, qué grado de intromisión tiene el Estado. Luego, es dentro de ese marco de reflexión donde entran y caben los comentarios de Soros. Lo que él dice es que de esta no salimos sin un Estado que reforme el sistema, y que de aquí en adelante lo supervise bien.

Como le acabo de decir, este sistema ha permitido que haya un volumen de derivados que no conocemos, y es claro que éstos tienen que ser por lo menos registrados, contabilizados y tienen que ser supervisados. En ese sentido, estoy absolutamente de acuerdo con George Soros en cuanto a que esto requiere la tutela del Estado.

Y añade:

-Mire, lo que existe actualmente es una cosa que se llama anarquía. Y la anarquía no es cuando los nietos muerden a las abuelas. La anarquía se da cuando no hay un sistema uniforme de normas que permitan que todos los valores se administren con criterios similares. Esa es la anarquía. No es que no haya derechos, sino que hay una multiplicidad de derechos que se contradicen. Eso es lo que está pasando actualmente. En consecuencia, de lo que se trata no es de acabar con el capitalismo o los mercados, sino de someterlos a condiciones.

-Algunos expertos señalan que no antes de fines de 2009 vendrá una recuperación importante de Estados Unidos. Por otro lado, están los que señalan que en el segundo semestre el panorama estará claro. ¿De qué lado está usted?

-Yo estoy desde un tercer lado. Es decir, estoy en el grupo que dice que probablemente esto vaya mucho más allá del 2010. La pregunta que usted me hace es legítima, porque esto de predecir es una forma de enterarse de cómo están pensando distintos economistas un mismo tema. En lo personal, yo no veo cómo vamos a salir de esto, ni en el 2009 ni en el 2010. En febrero de este año estuve en un panel en Moscú. Compartí ese panel con Nassim Taleb, con Nuriel Roubini y Joel Kurtzman, todos expertos en estos temas. Y se nos preguntó cuánto creíamos o intuíamos que podría durar esta crisis. La mayoría de nosotros estimó que esto iba a durar 60 meses. Es decir, cinco años. Esa es la sensación.

Ahora, esto no quiere decir que pueda durar eso de manera perentoria. Puede ser un período más corto, si Estados Unidos y los países europeos toman medidas severas y acaban con las dudas, identificando al papel tóxico existente en los distintos depósitos de los bancos, lo saquen, lo anulen y permitan que regrese la transparencia al mercado. Si algo así se hace, entonces la crisis podría ser mucho más corta. Pero por el momento no se vislumbra una decisión de este tipo. Lo que estamos viendo es una espera en el sentido de que el mercado vaya resolviendo más o menos sus propios problemas… y estos problemas son tan grandes, que yo les veo solución en el largo plazo.

-Robert Barro ha señalado que el plan de estímulo fiscal de Obama sería “el peor proyecto de ley desde los años 30”.

-Acabo de escribir un artículo en que digo que eso es cierto sólo en una parte. Y es que hay también una parte en donde Obama sí ha marcado un buen punto. Y es que está regresando al tema de que hay que sacar estos activos, que son los derivados. En ese sentido, se ha acercado mucho más a la razón de la crisis misma que sus antecesores. Entonces, le diría que vamos a tener que esperar un poco, porque el paquete de medidas de Obama se puede aún corregir. Por un lado, tiene aspectos muy positivos, como querer llegar a sacar el papel tóxico del mercado. Pero, por otra parte, en lo que se refiere a la política de gastos, uno ve a personas como Robert Barro y todos los legisladores republicanos que están diciendo que los gastos están mal planeados. Usted sabe que muchas veces las medidas se aprueban para dar confianza al mercado, pero van ajustando el programa a medida que se estudia con más rigor.

Esperemos que se pueda dar un ajuste de ese programa para que se aboquen a atacar el problema de fondo, que es la incertidumbre que causa tener tanto instrumento financiero insolvente.

 

 

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-¿Cree que con esta crisis se ha demostrado que el monetarismo es una falsa doctrina?

-Hace tiempo que se ha definido que la liquidez no sólo está compuesta por moneda, por dinero… sino que por una serie de otros instrumentos que podemos definir como cuasi monetarios.

En los años 30 hubo una recesión similar. Y se decía que era una pena que el dinero fuese sustantivo. Se decía que el dinero debía ser un adjetivo. En inglés, el sustantivo del dinero es money; y el adjetivo es money-ness. Y esto tiene sentido porque hay una serie de cosas que no son propiamente dinero, pero tienen algunos de los atributos del dinero, y por lo tanto agregan la liquidez. Lo que ocurre actualmente es que si usted ve con qué instrumentos puede pagar cualquier cuenta, se va a percatar de que una parte pasa por dinero constante y sonante. Pero también hay otra parte que no se ve, como las letras de cambio, las acciones, hipotecas y hasta derivados. Claro que usted no va a ir a una tienda a comprar cigarrillos con una hipoteca en el bolsillo. Pero podría ir al banco… o donde un amigo y dejar la hipoteca en garantía y conseguir el dinero. Luego, eso tiene un atributo de liquidez. También usted podría comprarse todo un vecindario con algún tipo de instrumento financiero hipotecario o cancelar una deuda en Inglaterra con certificados de depósito de cobre de Codelco.

Luego, hace tiempo que sabemos que el dinero o la moneda no es la única liquidez. De hecho, todas las monedas del mundo, todas juntas, no suman más de 13 trillones de dólares. Pero la cantidad de instrumentos financieros tradicionales que hay es de 170 trillones de dólares. Si a eso agregamos los derivados, que también tienen un grado objetivo de moneda, pues ya llegamos a los 600 trillones de dólares.

Y como esos otros medios de pago no los emiten ni el Banco Central de Chile, ni el de México, Perú o Estados Unidos, sino que son producidos por el sistema bancario, éstos deben ser controlados por otros mecanismos que no sean los monetarios. En eso estamos todos de acuerdo. Yo he sido siempre partidario de contar con mejores regímenes de propiedad porque –a la larga– todos estos derivados e instrumentos no son otra cosa que documentos que certifican la propiedad sobre valores líquidos de dinero o menos líquidos de dinero. Entonces, el viejo monetarismo ya ha sido superado.

-De allí que usted recalque aquello de la informalidad respecto de la propiedad…

-Pero por supuesto. Por eso yo digo que para un latinoamericano o alguien de Asia central, de Rusia o de Medio Oriente, el fenómeno del desorden en el papel no es un fenómeno nuevo. Nosotros lo reconocemos con facilidad. El problema ha sido que los países desarrollados tienen tendencia a olvidarse de lo que los hace grandes. Tanto leer libros como los de Samuel Huntington, que indican que su sistema económico es superior porque son anglosajones, o porque tienen un mejor sistema jurídico, bueno… todo eso se desploma cuando nos damos cuenta de esencialmente lo que ellos tienen es un sistema de Derecho que reglamenta sumamente bien y da valor y certidumbre a todos los documentos de valor, y eso es lo que permite la globalización. Pero cuando no los tienen bien reglamentados, cuando no los tienen bien identificados, como el caso de esta crisis, entonces se crea la misma incertidumbre que en un mercado informal. Y bien sabemos que un mercado informal es ingobernable. Eso es lo que ha ocurrido, porque en los últimos siete o diez años los Estados Unidos y Europa crearon un inmenso mercado informal de valores.

Esos mercados no son ilegales, porque han sido autorizados. Pero sí son informales, en el sentido de que no responden a ningún patrón y no se pueden identificar con claridad.

-Tal vez la lección más importante de esta crisis es que las autoridades monetarias tendrán que preocuparse no sólo por controlar la oferta de dinero, sino también por la creación del crédito.

-Absolutamente. Ya en 1930 había personas que decían que lo que había que aprender de esa crisis era a controlar el dinero, pero lo que aprendimos fue a controlar el crédito. El crédito es mucho más grande que el dinero. Para comenzar, porque el dinero es solamente una base del crédito. Parte de ese dinero es tomado por los bancos y en base a depósitos por diez los bancos pueden crear créditos por noventa. Entonces, ese sistema fraccional de crear créditos indica que no solamente hay que controlar el dinero, sino el crédito.

Y por otro lado hemos visto que, a medida que ha pasado el tiempo, hemos ido creando cada vez más tipos de documentación para dar créditos. Y éstos no han sido controlados, y los últimos –los derivados– no lo han sido, del todo. A tal punto, que las autoridades estadounidenses no saben ni siquiera cuántos son ni dónde están.

A la larga, cuando usted compra una hipoteca, cuando usted compra un instrumento financiero, usted siempre tiene la impresión de que detrás hay algo sólido. Puede ser una idea, un manuscrito, una patente, una casa… pero hay algo. Bueno, eso ya no es claro para la mayor parte de los documentos que existen en el mundo. Estos ya no están anclados en ningún objeto sólido. Y conste que por sólido no quiero decir que sea tangible. Sólida puede ser una idea. Ese tipo de desorden anárquico en el papel se tiene que acabar. Claro que sí.

 

 

EN LATINOAMERICA
-Aparte de las exportaciones, ¿cómo va a seguir afectando la crisis a Latinoamérica?

-Es una pregunta interesante y ante la cual no tengo una respuesta clara.

Me gustaría ser optimista y pensar que efectivamente va a ser el mercado exportador el afectado. Pero ocurre que el mercado de exportaciones está en cada país vinculado de una forma distinta al resto de la economía.

Por ejemplo, el caso de las minas. Uno podría decir que están más o menos independientes del resto de la economía. Emplean poco personal, importan mucho sus insumos y –por lo tanto– una crisis en sus precios no necesariamente debería afectar al resto de la economía. Pero la verdad es que nos sorprendemos siempre cuando comienzan a surgir los vínculos que existen entre esos sectores exportadores y el sector interno.

Es decir, no se reduce a afectar el sector exportador. En este momento yo supongo que los bancos en América latina están pensando que, de aquí en adelante, cuando den créditos tendrán que asegurarse de ser muy cuidadosos con los sectores de exportación porque ellos son los que más van a sufrir, pero también estarán mirando qué otras industrias dependen de las industrias de exportación. Y de todas maneras van a comenzar a mirar a cualquier crédito con una lupa más fina que la que había anteriormente.

Por otro lado, hay un elemento psicológico muy importante. Y se da cuando la gente cree que podría haber una deflación, en el sentido de que el valor del dinero es más alto que el valor de los bienes. En esos casos la gente tiende a no gastar, y este factor puede afectar al resto de la economía. Además está el efecto de las bolsas. A fines del año pasado, en una conferencia en Chile, el representante de la revista The Economist señalaba que a pesar de que las bolsas de Nueva York, Sydney, Hong Kong y Santiago de Chile tenían composiciones de acciones distintas, cuando caían, caían todas en conjunto. Todo esto hace pensar que la gente decide comprar y vender en bolsa no tanto sobre la base de qué buenas oportunidades hay, sino sobre la base de si los contagia o no el pánico provocado por las bolsas mayores.

-En su mirada a Latinoamérica, ¿cómo percibe a Chile?

-No tengo respuesta porque no conozco bien la economía chilena. Y creo que si estuviera a la altura del resto de los chilenos en conocer su economía, tampoco tendríamos todas las respuestas. Esto es como tratar de averiguar cuántas de las raíces de los árboles de mis vecinos ya llegaron bajo mi suelo. Es muy difícil saberlo.

-Uno tiende a pensar que Brasil sería el país menos damnificado con la crisis mundial. Por su inflación controlada y por su cohesión fiscal.

-Eso es especulación. Si uno lee a Nouriel Roubini, que tiene una de las mejores estadísticas sobre los contagios internacionales, esa no es la conclusión a la que uno llega. Ahora, si a la larga esto se pone color de hormiga, si pasa lo peor, hay países que van a soportar mejor la crisis. Y es que son más autosuficientes que otros. Entonces, en un caso extremo y cuando los países comiencen a cerrar fronteras, un país como Brasil lo más probable es que se autoabastezca mejor que Chile, Perú o Colombia. Y es que tiene de todo. Es tanta la incertidumbre, que ahora se está tratando de ver cuáles deberían ser las reservas adecuadas del FMI para asistir a los países que necesiten de algún tipo de ayuda temporal. Y bueno… no se ponen de acuerdo.

-Hugo Chávez, Correa, los Kirchner y Evo Morales han aprovechado esta crisis para resucitar recetas socialistas. Por otro lado, sorprenden las declaraciones del ministro de Hacienda del Brasil cuando señala que espera que, superada esta crisis, “surja un nuevo modelo económico, en que los países emergentes tengan más protagonismo”.

-No conozco en detalle esas declaraciones, pero si habla de que necesitan mayor presencia los países emergentes, creo que eso es una cosa que viene. De hecho, en Estados Unidos, en los últimos meses del gobierno Bush, se le comenzaron a pasar mayores responsabilidades en las decisiones económicas al Grupo de los 20, antes denominado Grupo de los 7.

Además, eso corresponde a una vieja iniciativa que existe en el mundo. No es posible que siete u ocho países resuelvan por el mundo. Eso es demasiado. Por eso ya se está hablando del Grupo de los 20, dentro del cual está Brasil y entiendo que México.

Ahora respondo lo que usted cita de las palabras del ministro de Hacienda del Brasil, en lo que se refiere al nuevo modelo. Si la idea es cómo ahora se controla el capital financiero, cómo documentarlo para luego gobernarlo, es obvio que ahí hay una fisura que hay que corregir. Pero a eso llamarle nuevo modelo… no, pues. Eso es sencillamente extender el modelo existente a una serie de documentos que han sido exceptuados.

Decir que de ahí vamos a ir a un modelo socialista, eso es un absurdo. Todos los países socialistas se cambiaron a este modelo hace ya tiempo. No olvidemos que China tuvo momentos en que creció anualmente al 10%. Ello, gracias a un modelo radicalmente opuesto al comunista. Eso sí, no podemos olvidar que, pese a todo, China sigue teniendo un producto bruto interno per cápita inferior al Perú.

No olvidemos tampoco que los rusos siguen teniendo índices preocupantes. Por ejemplo, los varones no viven más de 56 a 58 años, mientras que los latinoamericanos vivimos 74 años en promedio. Es decir, los costos del comunismo y el socialismo para las sociedades han sido enormes. Luego, proponer regresar a eso no es serio. Seguramente se trata de un mensaje político y que trata de advertir que desde ahora habrá un Estado más vigilante.