Los sinsabores, sus éxitos y caídas. ¿Cómo se hace un campeón de esquí? Henrik von Appen, uno de los hijos de Dag, miembro de la familia controladora de Ultramar, cuenta cómo se recupera del accidente que sufrió en diciembre; confiesa que su meta es ser campeón del mundo y detalla cómo se prepara para entrar a la naviera. “La responsabilidad que recae por ser de mi familia es alta. Si no eres excelente, no entrarás al grupo”, dice.

  • 21 junio, 2018
Foto: José Miguel Méndez

En noviembre, la calidad de esquí de Henrik von Appen (23) alcanzaba su peak. Su confianza también. Fue en Canadá, en la Copa del Mundo de 2017, cuando lo constató. Partió el torneo con puntaje en contra, rankeado como el 75 del mundo, pero terminó la primera y segunda etapa en primer lugar. En la tercera fase, un error lo hizo frenar y perder velocidad, finalizando el torneo con el sueño roto y posicionado 40 en la tabla. “Estuve a punto de lograrlo. Pero, de nuevo, no”, reconoce el esquiador, número 1 de Chile y de Latinoamérica, mientras entrena en un gimnasio de la capital. “Me acuerdo que entonces, el noruego que ganó la carrera me confesó que los había asustado”, cuenta.

La Copa del Mundo, algo así como la Fórmula 1 del deporte blanco, continuaba en diciembre. Esta vez, en Italia. Sería su última carrera antes de los Juegos Olímpicos de Invierno, en enero pasado, en Pyeongchang, Corea del Sur. Sus padres, Dag von Appen e Isabel Piedrabuena –él, CEO de la naviera Ultranav, y ella, hija del ex fiscal nacional, Guillermo Piedrabuena–, junto a sus dos hermanos, Katia (25) y Sven (20), quisieron acompañarlo y pasar las fiestas de fin de año juntos.

La mañana del 25, Henrik pescó el auto y cruzó la frontera suiza hasta llegar a los Alpes de Lombardía, en Italia. Al día siguiente sería la primera inspección de las pistas de Bormio, el centro donde se efectuaba la competencia. Él nunca las había esquiado y había una de ellas “famosa” por su extrema dificultad, pues es una cancha que está en medio de un valle, a la que no le llega sol. “Es fría, saltas sin ver el piso. Le tengo terror”, indica el joven de 1,85 metros de altura.

En el entrenamiento oficial, Henrik vio cómo el primer competidor se cayó. Llegó un helicóptero a rescatarlo. Con el segundo pasó lo mismo. Los incidentes, más el mal tiempo, hicieron que se cancelaran la prácticas ese día. Pero Von Appen decidió seguir. Quería reconocer terreno, dice el estudiante de tercer año de Ingeniería Comercial de la Universidad de Chile.

La bajada no la manejó bien desde el inicio y en la mitad optó por cambiar de ruta. “Es lo peor que uno puede hacer. La regla es: no improvises, mantén el plan”, explica. En su nuevo camino se encontró con una malla y uno de sus esquíes, el izquierdo, entró ahí por error. Von Appen alcanzaba entonces los 100 km/h, y el desacierto lo hizo darse cuatro vueltas en el suelo y arrastrarse varios metros cerro abajo. Al detenerse no pudo abrir sus ojos. El golpe produjo una herida en uno de ellos, pero logró divisar que la nieve estaba teñida de rojo. Su brazo izquierdo ardía, y de ahí salía sangre a borbotones. En un minuto y medio llegó el helicóptero, las patrullas lo inmovilizaron en una camilla, lo taparon con frazadas y, colgando por un arnés, lo trasladaron hasta el hospital.

El diagnóstico del doctor italiano, post operatorio, lo demolió: “No te quebraste el hueso. Pero es peor. Te cortaste tendones, nervios y la arteria radial, que se regenera un milímetro al día. Te vas a demorar 200 días en volver a hacer deporte”. Faltaban 60 para los JJ.OO. Los doctores chilenos confirmaron el escenario: estaría un año u ocho meses sin esquiar.

Pero Von Appen no los escuchó. Y siguió su intuición tras oír a su kinesiólogo, José Rubio. El experto le confirmó que el Comité Olímpico le daba luz verde para viajar a Corea: “Eres el mejor de Chile. Prefieren mandarte con la mano mala a no mandarte. La decisión es tuya”.
Entonces, Henrik decidió ir.

Ni nieve ni agua

Lo único que Henrik von Appen odiaba más que esquiar, era navegar. “Mis padres siempre trataron, desde muy chico, que yo navegara”, cuenta. Su familia está ligada al mundo del agua desde el inicio: su abuelo, Sven von Appen, fue, junto a su hermano Wolf, controlador de Ultramar, una de las navieras más grandes de Chile, que hoy está en manos de su tío Richard. Y Dag, su padre, fue mundialista en vela. “Pero a mí me cargaba. Me sentía encerrado flotando dentro de una tina en el mar”, confiesa. Con la nieve le pasaba algo similar. “Esto de levantarme temprano, abrigarme, estar en altura y pasar frío no me gustaba nada”, recuerda.

Su familia no es clásica en el mundo de esquiadores. “Pero todos son muy deportistas. Por el lado de mi mamá son tenistas y ella corrió 10 maratones”, cuenta. Recién casados, el matrimonio Von Appen Piedrabuena se trasladó a Alemania primero y luego a Noruega, donde conocieron la disciplina del esquí. “De ahí vienen nuestros nombres nórdicos y su contacto con la nieve. Le tomaron gusto y decidieron practicar acá”, relata.

Henrik llegaba todos los inviernos al refugio de su abuelo Sven, junto a su familia. Ahí había dos clubes de entrenamiento, La Parva y Volvito, y como no quedaban cupos para entrar, los Von Appen decidieron crear un equipo, el Andes. Henrik y su hermana Katia estuvieron en esa primera generación. “Trajeron entrenadores extranjeros, capacitaron a los nacionales y ahí empezó todo. Yo era el peor del grupo, era pésimo. Me gustaba el hockey, el voleibol, la gimnasia artística, el karate… no el esquí. Se me hacía muy difícil”, relata.

Pero siguió tratando. “Mi papá es una figura muy interesante, tiene un lado competitivo increíble, muy alemán, me inculcó la competencia, pero entendida siempre en el buen sentido. Nos obligaba a salir de la zona de confort”, cuenta. Dag von Appen le preguntaba a su hijo: “cuántas bajadas hiciste, cuántas hicieron los otros, por qué no llegaste antes, por qué no hacemos dos bajadas más”. En su colegio, el Alemán, sucedía algo parecido. “Eso fue arriesgado, porque generó anticuerpos e hizo que nuestra relación fuera más o menos. Yo no sé si a él le interesaba particularmente que fuera bueno en el esquí. Lo que quería era inculcarme valores como como deportista y como futuro profesional”, dice.

Cuando cumplió 13 años, Henrik quiso entrar a la selección nacional. Empezó a trabajar con el entrenador Raúl Anguita, aumentaron los días de esquí y su nivel comenzó a mejorar. “Empecé a ver el fruto de mi esfuerzo y me entusiasmé. El problema es que me obsesioné con los resultados”, indica. Eso hizo que a los 15 años colapsara y se retirara. “Había demasiada presión. Me fui cinco meses a entrenar a Europa, con los siete chilenos de la selección, a Francia, Suiza, Bélgica, España e Italia. Las prácticas empezaban de madrugada en hielo, después partíamos a la pista de atletismo, trote y seguir entrenando. No me la pude”, cuenta. Von Appen confiesa que estaba acostumbrado a vivir cómodo. “La idiosincrasia chilena es así. Somos débiles. Tenemos privilegios, vivimos con ayuda, con nana. Pensamos en el viernes, en el carrete. Yo era así”, asegura.

Al final del viaje, cuando estaban en un centro de alto rendimiento en Sierra Nevada, Erik Seletto, entrenador del grupo y conocido por su dureza, le dijo: “No eres nadie. No le has ganado a nadie. Si no trabajas, no te voy a pescar”. Von Appen entonces tomó sus cosas y dejó la selección nacional.

“Quiero ser el mejor”

Tras un año fuera de las pistas, quiso intentarlo de nuevo. Esta vez de manera distinta. “Pasándolo bien”, aclara. Su familia contrató a Maui Gaeyne, un chileno tahitiano, medio hippie, que le enseñó a disfrutar lo que hacía, lo que para él fue “clave en ese momento”.

Al poco tiempo recibió una invitación: el nuevo entrenador de Chile, el italiano Davide Maquignaz (el mismo que lo asesora hoy) le dijo que veía potencial en él y que lo quería de vuelta en el equipo. “Yo era el sexto de Chile, lejos de ser el mejor”, explica. Corría el año 2010 y Maquignaz le propuso un plan a cuatro años: ir a los Juegos Olímpicos de Rusia. “Por primera vez como esquiador tenía un norte”, relata.

Partió a Europa, a la misma gira en la que había fracasado años atrás, pero esta vez, dice, “la gocé”. “Me di cuenta de que me encantaba deslizarme en mis dos tablas por la nieve. Y que me quería dedicar a esto”, apunta. Los resultados también lo alentaron: en 2013 se convirtió en el mejor esquiador chileno.

Así llegó a los Juegos Olímpicos 2014. En Rusia, mientras subía solo la góndola antes de competir, con 10 mil personas mirándolo, algo le hizo click. “Yo era el más joven de la carrera y obtuve el mejor resultado que un chileno haya alcanzado en la historia de los JJ.OO. Llegué abajo de la cancha emocionado. Mis papás lloraban, y pensé, ‘esto no se puede acabar acá’. Se me acercó el canadiense que ganó el bronce y me dijo ‘buena bajada’. Ese feedback de mis pares me alentó. Pensé: ‘Si él puede, yo también’.

“Mi meta en los Juegos no era ganar. Eso fue lamentable. Como buen chileno, mi objetivo era ir y listo. Salí 30. La gente te dice ‘buena, qué bacán’. Pero en verdad no es nada de bacán. Hay recursos del Estado invertidos en ti, pero no generaste nada, cero alegría al país, ni una satisfacción”, reflexiona.

Entonces, su meta escaló: se autoimpuso convertirse en el mejor de Chile. Comenzó a hacer charlas motivacionales a otros deportistas y creó el hashtag “se puede” en su cuenta de Twitter. Y armó un blog a través del que alienta a jóvenes y un canal de Youtube.

En 2015 entró con beca de deportista a estudiar Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile. Tras eso, les confesó a sus padres su nuevo plan: iba a estudiar solo seis meses cada año. “Voy a terminar la carrera en ocho años, sin echarme ramos”. Para ello tomaría siete asignaturas el primer semestre, y entre julio y marzo, “practico sin parar”.

En su casa lo apoyaron, pese a las aprehensiones de su madre. Empezó a ir a las copas del mundo, a viajar más seguido –está 210 días al año fuera de su casa: seis meses entre Europa y Estados Unidos y 2 meses en centros chilenos– y ese mismo año saltó del puesto 500 del mundo al 60 y se convirtió en el mejor de Sudamérica. “Estuve cuatro años en modo ‘quiero ser el mejor del mundo’”, confiesa.
Eso, justo antes del accidente.

2022, su año estratégico

Son las 12:30 de un jueves de junio. Henrik termina su entrenamiento de una hora –que realiza dos veces a la semana–, usa shorts azulinos y viste la polera que el equipo chileno ocupó en los Juegos Olímpicos de Invierno, en enero. Se detiene y muestra la cicatriz que le dejó el corte del accidente en su antebrazo y mano izquierda. “Mira, toca mis dedos. Están fríos”, indica el esquiador y explica que producto de la lesión hay menos irrigación en esa extremidad y, por ende, menos temperatura y sensibilidad. “Tengo que ser cuidadoso, porque como no la siento, se me puede congelar en la nieve. No me daría cuenta”, asegura.

Dos semanas después de la caída en Italia, Von Appen decidió ir a Corea. “Doctor, voy a ir. ¿Cómo lo hago?”, le dijo a su médico tratante. Así le armaron una prótesis de carbono para que, en caso de caída, no se cortara el tendón. Como tenía solo movilidad en dos dedos, debió resolver con su skiman –el hombre a cargo de su indumentaria deportiva– cómo agarrar el bastón con la mano, pues es ilegal competir sin él. “Además, si ese soporte no va firme, no puedo hacer la posición aerodinámica (posición huevo). Y si no puedes hacer eso, es mejor no ir. Te destruyen”, afirma. Crearon un guante con velcros y elásticos para lograrlo. Eso le permitió llegar a Pyeongchang, y el 13 de febrero, competir en el Jeongseon Alpine Centre.

Terminó en los puestos 22 y 34 en las dos carreras en las que compitió. En la última hizo un tiempo de 1’44’’02, superando sus récords pasados. “Sigue siendo lo mejor que ha logrado un chileno en la historia”, asegura.

-¿Cuándo te vas a convertir en el mejor del mundo?

-A los 27 va a ser mi peak como deportista. Eso es en 2022. Si lo logro, viviré de esto. Esquiar es un deporte rentable si es que eres de los mejores del mundo. Y en paralelo, quiero ir dando pasos como ingeniero comercial en alguna empresa.

-¿Y si no logras ser el mejor?

-Me dedicaré desde ese momento a mi actividad profesional y trataré de traspasar mis conocimientos para que otra generación de cabros puedan llegar a serlo si es que yo no pude.

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El gen Von Appen

-¿Qué les respondes a los que piensan que independiente de lo que hagas, tienes la vida asegurada?

-Asegurada no es la palabra. Es un desafío. Para mí lo fácil es hacer un emprendimiento. La responsabilidad que recae por ser de mi familia es alta. Si no eres excelente, no entrarás al grupo. Eso me lo dicen siempre. Hay una presión.

-¿Conoces bien la compañía?

-No he trabajado aún ahí. Me leo las memorias, sé lo que hace el grupo, conozco los indicadores. La disciplina del deporte me ayudará a ser un buen profesional. Vivir fuera de la casa, que te caigas, que tu entrenador te rete, que pierdas la beca, el auspicio, armar un presupuesto al año, tu planilla Excel y cumplirla, negociar con la fábrica, aprender idiomas… sé italiano, alemán, inglés, estoy aprendiendo francés…

-¿Cómo ha sido la relación con tu abuelo? Como buen alemán, debe haber sido exigente…

-En su vida fue estricto, pero siempre justo. Cada vez que estoy en una situación difícil, me acuerdo de lo que él alguna vez me enseñó, hablándome entre alemán y español. Le agradezco su dureza. Y sufro cuando lo trolean y critican por ricachón, desligado de la realidad, que no es cierto. No lo entienden: él fue pobre, no terminó el colegio. Sacó adelante la empresa y le fue bien, pero la gente se queda solo con esto último. Yo lo defiendo, y critico a los millennials, que no dicen lo que piensan porque puedes caer mal. Yo pienso distinto: ¡filo si no es la opinión políticamente correcta! Para mí, él es un ejemplo de esfuerzo.