Sin pensar en el retiro, el prolífico autor y profesor emérito de la U. de Chile dirige a los 85 años una investigación sobre diversos aspectos de la comunicación. “Decir que soy filósofo me da un poco de pudor”, comenta con modestia. En esta entrevista intenta buscar las causas profundas de la actual crisis que aleja a los votantes de sus representados. Un tema mayor.

  • 24 mayo, 2012

Sin pensar en el retiro, el prolífico autor y profesor emérito de la U. de Chile dirige a los 85 años una investigación sobre diversos aspectos de la comunicación. “Decir que soy filósofo me da un poco de pudor”, comenta con modestia. En esta entrevista intenta buscar las causas profundas de la actual crisis que aleja a los votantes de sus representados. Un tema mayor. Por Pablo Marín; fotos, Verónica Ortíz.

Para ilustrar las preocupaciones de su libro La reflexión cotidiana, Humberto Giannini (San Bernardo, 1927) contaba en 1990 a sus alumnos la siguiente historia: llegó un día cualquiera a un café próximo a la escuela de Periodismo de la U, donde hizo clases cuando se ubicaba cerca de Plaza Italia. Entró al lugar y tomó algo, estuvo un rato no muy largo y se fue sin pena ni gloria. Minutos más tarde, entró nuevamente al café, como si nada. Y, ante unos mozos perplejos, preguntó si alguien había visto por ahí a su hermano.

El recuerdo de la anécdota se hace borroso veintitantos años más tarde, pero es claro que Giannini ilustraba un punto de un libro que, a su vez, era un llamado a re-flexionar: a volver sobre sí mismo. Y también que, al despistar a sus semejantes con humor y sin maldad, algo más conocía acerca de uno de sus materiales de estudio: de qué están hechas la experiencia y la convivencia.

Ahora que hasta un libro hay que reconoce sus aportes y de paso lo etiqueta (Humberto Giannini: filósofo de lo cotidiano, 2011), el premio de Humanidades y Ciencias Sociales 1999 sigue pulsando esa tecla: apelando a la perplejidad para alumbrar la experiencia individual, aunque lo suyo sea más amplio y complejo que eso.

Entre los libreros del escritorio de su casa ñuñoína, recién pintada de amarillo, se separa una pila de volúmenes (Habermas, Foucault, etc.) que acompañan su última aventura académica. A los 85 años, este profesor emérito de la facultad de Filosofía y Humanidades de la U. de Chile dirige un grupo de investigación sobre el tema de la comunicación.

No sobre comunicación estratégica ni sobre teorías de la comunicación, sino acerca de la comunicación como experiencia de relación con el mundo y con los semejantes. Un proyecto Fondecyt que se llena de preguntas: “cuál es el vínculo que promete la comunicación, cuál es el vínculo que se puede romper, por qué se rompe”, explica el profesor. Y agrega: “esa es la historia de la humanidad; los seres humanos no se pelean por cosas, se pelean por el derecho a poseerlas. Eso es lo que se pelea, un derecho a poseer, en cuanto comunicación”.

Interrogantes son lo que más tiene este profesor con fama de sabio y generoso, autor de un longseller local (Esbozo para una historia de la filosofía, 1977, rebautizado como Breve historia de la filosofía) y de títulos tan sugerentes como Desde las palabras, La experiencia moral, Ética de la proximidad y Del bien que se espera y del bien que se debe. En tiempos recientes se le ha requerido para hablar de temas como el estado de la educación y la agitación ciudadana. Él responde, pero parece que cada respuesta genera una nueva pregunta. Y da la impresión de que esa es la idea.

-¿Qué significa hoy ser un filósofo? ¿O es incorrecto presentarlo así?
-No es incorrecto si lo pensamos en un sentido emotivo, no intelectual. En un sentido emotivo, el filósofo es alguien que está comprometido, metido, implicado en aquello que quiere explicar, que le da “algo” a aquello que explica. No es que lo explique desde fuera, como podría hacerlo un químico…

-O alguien a quien no se le vaya la vida en eso…
-El caso patente es Sócrates, el filósofo implicado en lo que dice. Ahora, desde el punto de vista intelectual, el filósofo es quien quiere explicar los principios de las cosas. Es un trabajo que implica erudición, penetración del espíritu… ¡tantas cosas! En ese sentido, decir que soy filósofo me da un poco de pudor. Ahora, si volviera a nacer, volvería a estudiar filosofía.

-¿Le atraen las máximas romanas del tipo “filosofar es aprender a morir”? Parece haber una vuelta de eso.
-Para mí la filosofía tiene una preocupación ética, pero no en el sentido moralista, sino en el de preguntar por el sentido de la vida, la amistad… bueno, nuestra relación con los otros. En ese sentido ético la filosofía para mí es muy, muy importante. Yo no me he preocupado mucho siquiera de la cuestión física, de cómo están compuestos los átomos, por ejemplo. En eso no he sido muy filósofo.

-Comentaba un biógrafo que Heidegger miraba el mundo con el telescopio o el microscopio, por así decirlo, pero que no se entendía bien con la escala humana de las cosas (para justificar con ello su adhesión al nazismo). ¿Cómo se entiende Ud. con el mundo?
-Me gustaría ubicarme en un plano de la vida en que no se plantea el problema de la filosofía, o sea, mirar la vida fuera de la filosofía. Ver qué me dice la vida sin instrumentos.

-En La reflexión cotidiana usted apuntaba a gestos individuales que se conectan con un cuadro mayor. ¿Cómo se conecta la experiencia individual con el marco colectivo?
-La vida cotidiana es siempre un contrapunto, una dialéctica entre la idea de “domicilio” –de la privacidad, de la individualidad– y la idea de “la calle”, el pasar de las cosas. La pregunta es cómo concilia uno esta doble faz de su propia vida. Es difícil ser una unidad. Es un problema muy serio, y no sé cómo se resuelve. El individuo es bastante ilusorio frente a la sociedad, en el sentido de que no sabe hasta dónde su raíz proviene de otra parte y hasta dónde es dueño de sus acciones. Pero después, ¿qué pasa con sus acciones?

-La calle tiene que ver con algunos de sus intereses. ¿Cómo se relaciona con ella?
-Tratando de conciliar el mundo de la pura información con el de una comunicación entre seres humanos: la comunicación que llega solamente a través del aire, de los medios, con la comunicación de sujeto a sujeto.

El discurso público
-Ud. plantea que hay una pregunta ética: “cuándo tiene más sentido hablar que callar”. ¿Cuál es la relevancia de la pregunta?
-Propiamente, es el sentido de lo que se dice. En general, los libros de filosofía o de ciencia o de lo que sea toman las palabras que se han dicho, pero no entran en por qué se han dicho, ni cuándo se han dicho, ni en ocasión de qué o qué le importaba al que lo decía. La comunicación es mucho más… es mucho más viva, dice mucho más que el lenguaje puro, porque el lenguaje es el instrumento. Ahora, son muchos los que hablan y queda solamente lo que dicen, no cuándo lo dicen ni por qué. En los libros se representan cosas, pero no se presentan las cosas. La presencia se da en el lenguaje oral. Yo tiendo al lenguaje oral, que es donde se da la relación con el otro en lo que se dice. Ahora, el que habla en la TV, por ejemplo, quien anuncia las noticias, no asume lo que dice, simplemente transmite.

-¿Ve un deterioro del discurso público?
-En el discurso público lo que queda es el discurso en sí y no lo que se le dice al otro como otro, lo que hay de vínculo. Y lo que estoy queriendo descubrir es el vínculo, la esencia de la comunicación. O sea que lo que se dice importa menos que el vínculo que se establece.

-¿No es eso también lo que buscan los asesores de comunicación y marketing político? ¿Cómo lo aborda Ud.?
-Bueno, ahí puede haber un peligro (ríe). Lo que llamamos mundo es el resultado de los vínculos que han tenido los seres humanos. Si el vínculo es más importante que las cosas mismas, que los objetos, eso sería bien heideggeriano. No se trata de ser idealistas o puramente pragmáticos.

-¿Y dónde estaría el deterioro?
-Yo creo que hay un deterioro en el sentido de lo que se dice. Como el receptor de la comunicación es anónimo, lo que se dice tiene otra importancia, la de conservar la extensión del anonimato. Si yo vendo un producto, no importa que vaya a muchos anónimos… Hay aquí una pérdida muy grande de la relación histórica con el que me escucha y un pragmatismo muy grande, un deseo de que me escuche mucha gente sin importar quién lo haga.

-Cuando el político, entre otros personajes públicos, no dice “yo pienso” ni “yo creo”, sino “yo siento”, le resulta más cercano al receptor. ¿Pero no se está perdiendo algo ahí?
-Si me preocupo solamente del sentir y olvido la objetividad de lo que estoy diciendo, estoy entrando en un juego sofístico. Estoy entrando en una relación donde falsifico un poco la realidad, en busca no de la realidad, sino de la aprobación. De halagar al otro. Y eso sería malo.

-Ahora, eso funciona mejor en la TV que por escrito…
-Yo prefiero comprar el diario a ver la tele: ahí objetivo la noticia y la pongo al frente mío. En cambio, con la tele me siento traspasado por la imagen. No tengo tiempo de parar y procesar.

Crisis de representatividad
-En un tiempo donde hay muchos mensajes circulando y mucha fragmentación de estos mensajes, ¿dónde ve el sentido?
-Es que no se ve mucho el sentido.

-¿Ve una glorificación de la comunicación?
-Creo que hay un empobrecimiento del concepto de comunicación. Hay acciones que son esencialmente comunicativas y sólo comunicativas. Por ejemplo, prometer. Prometer es una acción comunicativa que no me la puede hacer cualquier político… Las promesas tienen reglas necesarias que no se pueden transgredir. No se puede prometer el pasado, por ejemplo. No se puede prometer lo que no se puede hacer, ni puedo yo prometer lo que deba hacer otro. Implica una serie de cosas tremendas, que se deben cumplir. El obedecer o el mandar también son acciones comunicativas y solamente comunicativas; o sea, solamente pueden ocurrir entre seres humanos. En castellano habrá 200 o 300 verbos que implican la acción misma, no una representación: son verbos que implican acciones que se dan con cierta regla, y cuando no se cumplen esas reglas, se cobran. Es muy distinto cuando se aconseja algo que cuando se ordena algo; es muy distinto cuando se ordena algo que cuando se promete algo. Son actos puros de comunicación. Por ahí va el estudio que me gustaría hacer.

-No estamos hablando de la comunicación de los celulares…
-No. La comunicación supone el mundo: no se puede comunicar algo sino a través del mundo. El mundo existe, y a través de él nos comunicamos, pero, ¿qué es más importante: el mundo o la comunicación que establecemos a través suyo? Ese es mi problema. Ahora, nos hemos olvidado del tema esencial, o sea, ¿por qué tenemos derecho a las cosas? Es un tema muy lindo, pero muy largo (ríe).

-Usted habla de presentar y representar. ¿Hay alguna conexión ahí con la llamada crisis de representatividad?
-Hemos analizado en nuestros estudios el problema de la representación y de la presencia. A ver: si yo digo, “le prometo que voy a leer tal libro”, estoy haciendo un acto de habla, estoy ejecutando una acción a través de la cual yo me vinculo. Pero si digo: “yo le prometí a tal persona leer tal libro”, estoy representando, porque no estoy en ese momento comprometiéndome con la promesa, me estoy refiriendo a ella. Entonces, en toda comunicación, hay una representación que es el lenguaje, y hay un estar presente en el sentido del testimonio de lo que digo. Ahora, ¿cuándo me representa otro a mí? Bueno, cuando el otro asume mi presencia en las cosas, mis intereses. En ese sentido, me representaría, porque estaría yo presente en él. Está asumiendo mis inquietudes, mis decisiones, mis juicios, mis pensamientos. Está asumiendo como suyo lo mío; mi presencia en su presencia. Pero eso no está ocurriendo hoy y eso se siente. Hay una percepción de esto y esta percepción significa que hay un problema político muy serio.

-¿Y una parte de la solución pasaría por la implicación de quien promete?
-Ese es el tema de la promesa.