Es uno de los grandes pintores chilenos contemporáneos. No tenía que recibir el Premio Nacional de Arte para saberlo. El MoMA compró sus dibujos hace más de 40 años y ahora, una nueva explosión cromática –en la Galería Artium– inunda la pintura que siempre ha sido un llamado de atención humanista, antes que político o panfletario. 

  • 30 noviembre, 2007

Es uno de los grandes pintores chilenos contemporáneos. No tenía que recibir el Premio Nacional de Arte para saberlo. El MoMA compró sus dibujos hace más de 40 años y ahora, una nueva explosión cromática –en la Galería Artium– inunda la pintura que siempre ha sido un llamado de atención humanista, antes que político o panfletario. Por Carolina Abell; foto, Gabriel Pérez.

 

Lleva más de 50 años creando, tiene dos hijos artistas (Pedro y Pablo) y hace tres semanas quedó huérfano, cuando su cercana madre, Ema Henríquez, falleció en la intimidad del amor filial. Con todo, él dice que no se quedó solo. Sí, porque a su lado está su mujer, Soledad Bianchi, una extraordinaria protagonista de las letras y una persona tan dulce y bonachona como él.

 

Hablamos de Guillermo Núñez, quien no obstante haber recibido hace poco el Premio Nacional de Arte (lo cual ha inundado su agenda de inesperadas actividades), se ha afanado en seguir su vida en forma pausada y normal. De hecho, de entrada nos confiesa medio en broma medio en serio que tras tan ilustre distinción no ha dejado de comer cebollas ni de tomar té rojo, porque “sirve para adelgazar”.

 

Un vivo humor acompaña a esos ojos azulones siempre interrogantes y a esas manos inquietas que han dado forma a tantos trabajos de fuerte expresividad. Guillermo Núñez dice estar muy acompañado, porque –tal como Paul Valéry– cuenta con la ayuda de “aquellos que no existen”.

 

Hondas emociones, alegrías y una espontánea conversación perfilan su historia, una historia que tiene tantos fragmentos dramáticos como trazos quebrados aparecen en su obra. Hombre sencillo. Hombre sensible. Vive sin complicaciones en una hectárea rústica en los bordes de Santiago. Un lugar pleno de especies arbóreas que inundan la retina con luces chilenas. Ellas son compañeras silenciosas de este creador que ahora trabaja con metáforas lumínicas de los paisajes que vivió durante su estancia en Boesse, Francia. El magistral resultado de este esfuerzo, la exposición El tiempo a la deriva, está a la vista hasta el 15 de diciembre en la Galería Artium.

 

 

 

-¿Qué son? ¿Paisajes?

-No sé qué son. De pronto, algunos se transformaron en una cosa tremenda. Muchos son iluminaciones no más. Cosas que aparecieron.

 

 

-¿Son recuerdos luminosos?

-Sí. Es una exposición bastante iluminada. Me sorprende, porque recordaba Boesse como una experiencia fantástica, pero al leer lo escrito, era nada que ver. El recuerdo se transformó en otra cosa.

 

 

-¿Por qué la muestra se llama “El tiempo a la deriva”?

-Porque hay un problema de tiempo y el recuerdo y la transfiguración del paisaje son importantes. Allá había muchos pájaros. Acá también hay muchos. Allá ¡pasaban en bandadas! Empecé a dibujarlos en vuelo… Unos tenían caras espantosas, caras horribles: caras de perros, de pájaros gordos o qué se yo. Trabajé mucho, mucho, pero no los pinté. Ahora, quise transformarlos.

 

 

-¿La línea es color?

-En la línea hay color. En la expresión de la línea hay color. Tenía en mente esos verdes ardiendo, esos verdes que quemaban… Necesitaba exaltarlos. Por eso, hay tantos contrastes.

 

Y agrega:

-La luz es muy importante para mí. La luz de Francia, Chile y Brasil es muy diferente. Ellas, en mi obra, no se transforman en luz como en Sorolla que es el gran pintor del levante español, porque trabaja con un sol tremendo. Traduzco la luz en color. Quiero capturar su sensación a través del color. Por eso, quizá, son tan violentos. Los pájaros me obsesionaron. Los fui transformando y transformando y transformando.

 

 

 

Arte terrenal y espiritual

 

 

-¿Usted diría que lo político es un tema plástico?


-No, eso no encaja. Hay distintas maneras de decir las mismas cosas. Mi trabajo se ha comprometido con una visión del mundo que, claro, algunos pueden tildar de ideológica, aunque esa palabra tiene una carga negativa y no es el caso. He tratado de ser mucho más amplio. He intentado ver realidades humanas de muchos lados, porque el drama aún no se ha terminado. Se transforma por un lado y por otro. El asunto es más sutil. Yo me he comprometido con el ser humano. En ninguna obra hay una esvástica o un puño cerrado. El compromiso es más amplio.

 

 

-¿Lo político es una manera torpe de mirar su obra?


-Sí. Sí.

 

 

-¿Es comunista?

-Soy comunista en el sentido de compartir muchas cosas y de sentir que uno forma parte de un todo.

 

 

-¿O socialista?

-A veces creo serlo.

 

 

-¿De qué partido de la derecha sería?


-No sé. Me cuesta entender ese pensamiento. No lo puedo ni imaginar.

 

 

-¿Qué revolución necesita Chile?

-Ay… no lo sé, estoy tan metido en mis cosas. Quizás tendríamos que volver a una cierta generosidad. Estamos preocupados de tantas tonterías.

 

 

-¿Qué significa para usted el Premio Nacional de Arte?


-Me da la impresión de que se lo dieron a otra persona que no es esa que estoy acostumbrado a ser, con el que converso y que comparte con otra gente. Esa institución “premio” es como una chaqueta rara que, o me queda grande, o me queda chica.

 

 

-¿Distinción a su trabajo o a sus ideas políticas?


-Lo siento de varias maneras. Me ha complicado un poco, porque hay demasiadas cosas. Hay gente que te saluda de otra manera, hay amigos que están felices y, otros –claro– un poco disgustados. En fin, como dijo Chávez: “No soy monedita de oro”.

 

 

-Pero convendrá en que el premio sirve para que su obra sea más apreciada.

-No lo sé. Una señora me preguntó si yo había hecho otras exposiciones (ríe a carcajadas). No me explico esas cosas. ¡Es maravilloso!, porque si yo fuera ególatra eso me tendría que poner por el suelo. Claro, no me dijo que tenía futuro y que persistiera, pero ¡anduvo cerca!

 

 

-¿Lo autobiográfico puede llevarse a las obras?

-Siempre había dicho que no, pero me he dado cuenta que sí, que están ligados, aunque no se nota a primera vista.

 

 

-¿Ha llevado la muerte de su madre a sus obras?

-No, aunque te admito que hacerlas me ayudó a soportar el trance. Ella no se quería ir. Un día me quedé dormido a su lado con una paz enorme como diciéndole: “Mamá, te puedes ir”, pero tampoco quería que se fuera… En algún momento –agrega con la voz enronquecida inusitadamente– teníamos que liberarnos los dos. Muchos cuadros son paisajes que recorrí con ella en Boesse. Asistimos a un espectáculo impresionante que nunca he podido traducir plástica ni literariamente. Había nevado y heló. Todos los árboles tenían el rocío congelado. Esa visión era increíble. Era como estar en medio de todas las estrellas del mundo. Eso lo vivimos juntos… (nuevamente su voz enmudece, pero prosigue con evidente emoción). En algunos casos, he protestado contra la muerte y todo eso. En este paso doloroso, las pinturas me ayudaron.

-Sus pinturas, ¿son epifanías?

-Son epifanías. No son salvadoras, aunque me han ayudado. En un sentido místico pueden ser salvadoras. En francés “la salvation” es llegar a un punto de iluminación espiritual. Así vivía San Juan de la Cruz. Eso lo llevó a levitar. En algunos casos, el acto pictórico puede asimilarse a ello.

New York, New York

-Guillermo, ¿cómo fue la experiencia que vivió en Nueva York hace unas décadas?
-Bien loca.

-¿Cuál fue la motivación que lo hizo partir a la gran metrópolis?
-A comienzos de 1964 vino José Gómez Sicre, un cubano anticastrista que era el encargado de las artes visuales de la OEA en Washington y nos contó lo que estaba pasando en Estados Unidos. Después de eso le dije a Carlos Ortúzar “oye tenemos que irnos para allá”… y nos fuimos. El se consiguió una beca y yo plata. Nos vinculamos con ese mundo de manera bastante caótica. Lo único que hacíamos era pintar, ir a exposiciones y ver televisión. O sea, vivimos Nueva York, aunque tal vez lo vivimos a medias, porque hablábamos muy mal inglés.

-¿Cómo subsistieron?
-Pudimos vivir, comer e irnos metiendo de a poco. Fue un tiempo de vida efervescente. Había como nueve pintores chilenos: Bonatti e Iván Vial, Gómez Quiroz, Castro Cid y Fernando Krahn; Sergio Castillo y, apareció dos veces, Matta. También estaban Grillo y Fernández Muro. Rayo y Greco. Botero era desconocido y vivía más miserablemente que nosotros. Hacía gordas sin color. ¡Unas maravillas! Una vez nos invitó a Nemesio, a Carlos y a mí. Nos dijo: “Vengan a la hora del café, porque no tengo para darles comida”. Fuimos y nos mostró las cosas que estaba haciendo. Eran unos dibujos al carboncillo sobre telas crudas. ¡Muy hermosos! Un gran dibujante.

-¿Vendían?
-Se vendía poco, pero podíamos vivir. Un cuadro mío, en esa época, costaba 500 dólares. Sin llegar a acumular, podíamos comprar materiales y trabajar. Fue muy fascinante. Pintábamos todo el día y nos juntábamos, en las tardes, a conversar.

-Entonces, el MoMA adquirió dos dibujos suyos, ¿cómo sucedió eso que se podría decir que es histórico?
-Bueno, es que en ese entonces conocíamos a Waldo Rasmussen y Elaine Johnson, miembros del “border” del MoMA. Además, Barbara Duncan –también del “border”– era esposa del gerente de la Grace en Chile, que había comprado un cuadro mío. Un día me escribió a Nueva York, porque quería saber qué representaba, ya que según ella era “a real conversation piece”. Le expliqué cómo había nacido y todo eso, y luego se le ocurrió comprar algo para el MoMA. Eligieron dos dibujos que ahí están.

-Otra cosa notable de ese período fue cuando en 1964 se expuso una obra suya en el Guggenheim…
-Conocí a Donald Goodall en Santiago, porque buscaba un pintor de cada ciudad de América. Escogió a pintores como Obregón, Szyszlo y otros y en Chile, se interesó mucho por Ricardo Yrarrázabal. Eligió también a Balmes y a mí.

-En París, en los 70, ¿cuánto costaba un cuadro suyo?
-30 mil dólares.

-¿Y hoy?
-No sé (responde rápido y sonriendo).

-El precio promedio es 7,5 millones de pesos (18,5 mil dólares) más IVA.
-Puede ser… La verdad es que no tengo idea. Doy mi precio y ellos ven el resto.