El cofundador y CEO corporativo de la empresa de reciclaje TriCiclos, Gonzalo Muñoz, llama a no hacerse los tontos y tomar medidas concretas para revertir el problema de la contaminación en el planeta, pero al mismo tiempo, es optimista respecto de la conciencia que han ido tomando las empresas en ese sentido.

  • 8 noviembre, 2018

Fue uno de los expositores de la primera Cumbre de Gobiernos Locales por el Cambio Climático que tuvo lugar el pasado 26 de octubre en la isla de Rapa Nui. Luego de terminar su presentación, donde aportó alarmantes datos sobre la cantidad de desechos rebalsando el planeta –según el Foro Económico Mundial, para 2050 habrá más plástico que peces en nuestros mares–, destacó lo emblemático que resulta que ese encuentro tenga lugar en una isla que se encuentra en medio del giro de plástico del Pacífico sur: “Rapa Nui representa un ejemplo de lo que es el mundo a otra escala. El planeta no es otra cosa que una isla flotando en el universo”. 

Muñoz tiene 47 años, está casado, es padre de tres mujeres e hijo de Ximena Abogabir, fundadora de Casa La Paz. Estudió agronomía y medicina veterinaria, donde llegó hasta la licenciatura, y luego obtuvo un máster en gestión medioambiental que le permitió ejercer cargos directivos, como la gerencia de la empresa Pacific Nut Company. Fue en 2009, meses después de que uno de sus mejores amigos, Nicolás Boetsch, muriera en un accidente acuático, que la historia de TriCiclos comenzó. Entonces Muñoz, junto a Joaquín Arnolds y Manuel Díaz, decidieron armar una empresa que se ocupara de trascender. Pero otro duro golpe vino el 2011, cuando Arnolds se transformó en una de las víctimas fatales del accidente del Casa 212 en Juan Fernández. “Perder a dos amigos, tan cercanos y jóvenes, te hace conectarte con la fragilidad de la vida y te motiva a destinar tu tiempo a cosas que realmente hagan sentido. El Nico y el Joaco se fueron, pero su legado de pasión y determinación perdura. Eso hace que uno los quiera homenajear permanentemente. Cuando me veo enfrentado a decisiones difíciles me imagino qué harían ellos, incluso a veces los puedo ver riéndose de mis dificultades”, cuenta el empresario. 

El próximo año, la empresa de reciclaje y sustentabilidad cumplirá una década de existencia y era difícil imaginar su nivel de posicionamiento llegado este punto. TriCiclos, que fue la primera empresa B de Sudamérica,  actualmente tiene oficinas en Chile, Brasil, Perú y Colombia. Además, trabajan con firmas de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Ecuador. En total, unas 250 personas componen la compañía y entre sus clientes se encuentran marcas como Sodimac, Coca-Cola, PepsiCo, Unilever, Walmart, Danone, Nestlé, LATAM, ENEL, 3M y varias más. El empresario cuenta que en 2014 recibieron la inversión de un fondo B Corp de impacto brasilero (MOV Investimentos): “En ese momento, Brasil todavía estaba en una senda económica positiva y es un mercado inmenso. Viví tres años allá, montamos toda la operación y al poco tiempo vino la crisis, ahora queda ver qué pasa con el nuevo gobierno. También adelanta que en 2019 lanzarán un mega proyecto global, todavía secreto, que los pondrá en los ojos del mundo. 

-¿Habrías tenido alguna posibilidad de vislumbrar lo que iba a pasar con TriCiclos en estos diez años? 

-Tengo que reconocer que ha sido sorprendente y no hubiéramos sido capaces de imaginar el estar operando en prácticamente todos los países de Sudamérica, y apoyando a grandes multinacionales en su avance hacia la sustentabilidad. Eso no estaba en el masterplan inicial, pero sí ocurrió que cuando soñamos esta locura llamada TriCiclos, trazamos una ruta y dijimos: “El mundo va a ir hacia allá”.

-¿La velocidad ha sido mayor de la prevista?

-Ha sucedido todo más rápido, el mundo se está acelerando, nosotros tiramos  teorías al 2050 y muchas de ellas van a ocurrir en la próxima década. Actualmente vemos cómo las grandes empresas se han visto forzadas en algunos casos, y en otros han tomado la determinación de avanzar con cambios en sus modelos de negocio. Eso está directamente afectado con tecnologías que hace diez años no existían y por un comportamiento ciudadano que está muy relacionado con el avance de las redes sociales. 

-¿Las redes sociales han resultado buenos aliados?

-Absolutamente. Hoy en día, las empresas tienen conciencia de que un tuit puede llegar a afectarlos enormemente. La necesidad de acelerar cambios no habría sido tal si no tuviesen el riesgo de lo que implican las redes sociales y la necesidad de comunicarse con un ciudadano cada vez más empoderado. Lo otro que está pasando es este cambio generacional al que se le suele llamar millennial. En las conversaciones que tengo con empresas en todo el mundo, y a muy alto nivel; con un gerente general o un CEO, te diría que el principal factor de cambio es el público interno. Las compañías se están dando cuenta de que el mundo cambió, no solo a través de los hábitos de los consumidores o cuando los legisladores les empiezan a exigir; es la conversación interna la que les está dificultando cumplir con las expectativas de la cuarta revolución industrial. Si no cambian la forma en la que se conectan con el mundo y no le suman valores a la empresa, empiezan a fracasar. Estas están necesitando tener un propósito más allá de maximizar ventas y rentabilidad.

-¿Ese propósito es genuino, en el sentido de querer participar de un cambio social, o más bien se han visto apretados por los nuevos tiempos?

-Hay de todo. Empresas que genuinamente han tenido una reflexión a través de un cambio generacional en la plana ejecutiva y en sus accionistas. Otras están actuando porque tuvieron un problema relevante de reputación o simplemente porque se dan cuenta de que el mercado está cambiando. Hay una oportunidad estratégica. A mí honestamente a ratos me da lo mismo, lo que me importa es que las empresas evolucionen, cambien y se muevan de la manera más rápida posible hacia convertirse en los actores que el mundo necesita, porque tienen la capacidad de actuar y generar transformaciones de forma eficiente y efectiva, marcando pauta. 

-En el traspaso de lo que es una empresa a un individuo, cuando te toca trabajar con estas cientos de empresas, ¿te hace sentido que esos mismos clientes sean personas que en sus casas van a adoptar los hábitos del reciclaje?, ¿permea esa conducta?

-En muchísimos casos, sí. En una empresa que esté decidida a liderar rápidamente, vas a encontrar al cabecilla dentro de la compañía que tiene ese vínculo y que aplica los mismos valores con los que se mueve en su casa. Hay líderes globales, como Paul Polman, de Unilever. O lo que está pasando hoy en día con Coca-Cola; James Quincey es un buen ejemplo de alguien que se atrevió. A nivel nacional, Hortifrut se acaba de certificar como la mayor empresa B de Chile, totalmente movida por el sueño valórico de Víctor Moller. 

-¿A eso te refieres cuando hablas de decisiones radicales por parte de empresas y autoridades?

-Son dos dimensiones distintas y niveles de riesgo diferentes. En el caso de las empresas, estamos viviendo cómo miran el futuro para ver en qué minuto el semáforo se pone amarillo y cuándo pasa a rojo. Si mido mi huella hídrica, me doy cuenta de que el cabo de equis años no tengo posibilidad de seguir con mi negocio. Miro mi huella de residuo y lo mismo. Las compañias están usando la evidencia científica al punto que hoy existe el concepto science based targets. Cruzo datos científicos para determinar si mi empresa es sustentable o no. 

-Hay una noción, quizás antigua, de que la sustentabilidad implicaba un sacrificio financiero.

-Hay una frase que  uso mucho: hablar de empresa sustentable es una redundancia. No puede ser de otra manera. Tienes que incorporar todos los parámetros que puedan poner en riesgo tu negocio en el futuro. Incluso podría afirmar que así como la primera razón por la cual las compañías están tomando este camino se debe al público interno, la segunda razón son las finanzas, ni siquiera es el cambio climático. El sector financiero les está empezando a exigir a las empresas un comportamiento de gobernanza, de prácticas sociales y ambientales muy por sobre lo que estaban acostumbrados hasta hace poco. La carta “A sense of purpose”, de Larry Fink, CEO de BlackRock, a principios este año, lo cambió todo. 

-¿Ese cambio aplica a los gobiernos?

-En el mundo de los gobiernos, las motivaciones y los incentivos son otros. Los políticos toman ciertas decisiones sobre la base de los ciclos electorales. Me cuesta entender hasta qué punto los políticos o parlamentarios corren riesgos y toman decisiones con coraje, o más bien protegen su interés del corto plazo. Por eso se hace tan importante un sector privado que facilite la decisión al legislador.  Si las empresas toman las decisiones correctas, dejamos de engañarnos con la lógica de: “Yo solo voy a hacer las cosas en la medida que una ley me obligue”. 

El potencial de la basura

-Decías en tu presentación que nunca te habías imaginado que el negocio de la basura podría ser tan sexy. ¿Qué significa eso?

-Los residuos siempre han sido algo poco atractivo, por eso las sociedades nos hemos acostumbrado a deshacernos de ellos o, cuando menos, desplazarlos unos cuentos kilómetros del lugar donde vivimos y nos movemos. Esa ha sido la lógica tradicional, pero en los últimos dos o tres años los plásticos han puesto en boga la necesidad de mirar el tema con mayor detención y descubrir dónde hay oportunidades de nuevos diseños y materiales. Como TriCiclos, operamos en varias líneas orientadas a incorporar estrategias sustentables en esta materia; la primera tiene que ver con hacernos cargos de la mayor cantidad posible de residuos para disminuir cuánto va al medioambiente. Lo que hacemos después tiene que ver con la interacción entre el reciclador de base y el ciudadano. Ahí se genera la información. Somos una empresa que tiene una base de datos tremendamente valiosa. 

-¿Cómo se usa esa información?  

-No te imaginas lo que está pasando en el mundo. Lamentablemente, mucha de la información todavía es confidencial y no podemos compartirla, pero estamos teniendo conversaciones con las empresas más grandes del mundo que se están cuestionando radicalmente sus modelos de negocios. Coca-Cola asumió públicamente el compromiso voluntario de recuperar el 100% de sus residuos de aquí al 2030; Lays hace poco lanzó el primer embalaje de papas fritas 100% compostable.  Adidas acaba de decidir que al 2025, todos sus productos serán hechos a partir de plástico reciclado. Podría contar unos 30 casos súper concretos de empresas dispuestas a entrar en una lógica circular. De lo contrario, soy parte de un problema que tiene cada vez menos solución. 

-¿Prohibir las bolsas de plástico es realmente significativo si todo lo que metemos dentro de la bolsa sustentable son productos sobre empaquetados? Uno sigue viendo dos manzanas en una bandejita de plumavit forradas en alusaplas. 

-Lo que permite la prohibición de las bolsas plásticas es plantear la conversación que a nivel global propone La Nueva Economía de los Plásticos. Ojalá todo ocurriera al mismo tiempo, pero es muy difícil que así sea. La bolsa plástica es el punto de entrada a la conversación a nivel legislativo, de empresas y también de usuarios. Ahora viene la bombilla, después el vasito de café, el plumavit, y así una cascada natural de productos que se empiezan a cuestionar. ¿Antes de que se prohibieran las bolsas plásticas, la gente pensaba cómo estaban envasados los productos? Te aseguro, por conocimiento de causa, que los supermercados se están cuestionando cómo eliminar ese sobre empaque. Por otro lado, no se ha muerto nadie por tener que acostumbrarse a llevar bolsas al supermercado o trasladar las cosas en el carro hasta el auto.

-¿La ciudadanía se ha comportado a la altura?

-Sí, impresionante. En el caso de los puntos limpios, mi orgullo es haber instalado ese modelo. Ahora se puede exigir que todo aquel que pone una iniciativa de reciclaje garantice qué va a pasar con los materiales después, la trazabilidad de los residuos y que la gente ya no meta todos los plásticos juntos.

-¿Eso varía según sector socioeconómico?

-No, es super transversal. Hay distintas aproximaciones, independiente del estrato socioeconómico. Existen comunas donde hay colecta selectiva casa a casa, incluso pagada, y otras donde prima es el trabajo de los recicladores de base. Ahí, nuestro compromiso buscar oportunidades para dignificar el papel de esas personas y que se conviertan en prestadores de servicio. Que se les pague por el rol que prestan a la sociedad porque, de lo contrario, vamos a perpetuar la pobreza y el desecho indiscriminado. Tiene que posicionarse la prestación de un servicio necesario para la ciudadanía, los municipios y las marcas. 

“Dejemos de hacernos los tontos”

-¿Cómo ves TriCiclos en 10 años más?

-Tenemos un plan contundente de crecimiento, con tasas de doble dígitos todos los años. Pretendemos seguir operando en toda América Latina, desde México hasta la Patagonia. Además, tenemos planes de llevar nuestras soluciones a otros continentes. Por ejemplo, actualmente nuestro conocimiento está estructurado en dos softwares, uno de ellos es el Índice de Reciclabilidad (IR), que se alimenta de nuestra experiencia en terreno. Si tomas un residuo y lo dejas en un basurero aquí en Rapa Nui, en Coyhaique o en Santiago, su comportamiento va a ser muy distinto. Tiene que ver con el embalaje, con los sistemas logísticos, con la presencia de plantas valorizadoras, etc. El IR permite que las empresas midan cada código de barra por la probabilidad de que ese material se llegue a reciclar.

-Ustedes fueron pioneros, pero hoy son muchas las empresas B y también las alternativas de reciclaje. ¿Cómo mantienen la diferenciación ante la creciente competencia?

-Tenemos una maravillosa área de innovación y desarrollo, en lo que queda del año vamos a lanzar dos versiones nuevas de innovación ya validadas en el mercado, y vienen otras más. Mucha de la inversión que entró este año está destinada a abrir oficinas en nuevos países y a fortalecer el área de investigación y desarrollo. Tenemos un gerente de innovación, Agustín Correa, y un equipo especialmente dedicado a eso. Además, estamos desarrollando nuevos modelos de negocios. Es fantástico cuando una empresa se acerca y te dice: “Estoy dispuesto a que cuestionen mi modelo de negocio”. Los talleres que hacemos sobre economía circular son fascinantes porque a los ejecutivos se les abre la mente. 

-Una de tus ideas fuerza es: “Dejemos de hacernos los tontos”. 

-Tal cual, hasta aquí muchas veces era fácil hacer la vista gorda, con uno mismo incluso. Esa es nuestra frase fundante. Antes de que se muriera Nicolás Boetsch, nosotros veníamos teniendo esta misma conversación. Nos dimos cuenta de que estamos entrenados para decir “ese es problema de otro”. Por mucho que entendamos la urgencia, tendemos a pensar que es otro el que lo tiene que resolver, en un mix deshacerse del problema y al mismo tiempo de despreciar mi capacidad de ser parte del cambio. 

-Había varias alternativas, ¿por qué tocaron específicamente la tecla de la sustentabilidad?

-Tuvo que ver con algunas interrogantes: ¿las empresas serán capaces de hacerse cargo de los problemas sociales y ambientales del mundo? Nosotros soñamos con este modelo de triple resultado y hemos logrado demostrarnos que era posible. Lo otro era evitar que la basura fuera consecuencia del modelo de desarrollo. La generación de basura per cápita está directamente relacionada con el nivel de desarrollo. Miras el mapa del mundo y ves la correlación. Si la Tierra es redonda, es por lo tanto finita y tenemos que controlar la forma en que descartamos nuestros desechos. Es obvio. ¿Qué pasó que no nos dimos cuenta antes?