A Gonzalo Garcés le gusta polemizar y aspira a que un día lo vean como un desmitificador. Sus comentarios literarios le han granjeado enemigos pero no duda en decir que Cortázar es intragable y César Aira, la nada misma. Desde el próximo mes asume una nueva faceta, como columnista de Capital, donde reseñará libros de no ficción, publicados en inglés, francés o alemán, dando cuenta de su formación políglota y cosmopolita. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz.

  • 2 mayo, 2008

 

 

A Gonzalo Garcés le gusta polemizar y aspira a que un día lo vean como un desmitificador. Sus comentarios literarios le han granjeado enemigos pero no duda en decir que Cortázar es intragable y César Aira, la nada misma. Desde el próximo mes asume una nueva faceta, como columnista de Capital, donde reseñará libros de no ficción, publicados en inglés, francés o alemán, dando cuenta de su formación políglota y cosmopolita. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz.

 

 

 

 

Gonzalo Garcés tiene toda la pinta de haber sido de esos niños adelantados, medio geniales, que despiertan algo de envidia, cuando no antipatía, entre sus compañeros. Por eso parece haber forjado una piel dura, de cocodrilo, contra las críticas y los comentarios malintencionados. Le han dado duro a este escritor argentino, de padre chileno, y formación francesa, pero es algo que suele pasar con la gente que escapa a los moldes.

 

“Los golpes fueron muy buenos”, dice el novelista, de ademanes intensos y acento porteño, suavizado por periódicas mudanzas. “Estoy harto de cambiar de país”, cuenta a modo de explicación sobre su actual residencia en Santiago, ciudad en la que se siente más cómodo que en Buenos Aires. Mientras bebe lentamente un café corto, que hace durar una hora, se extiende con largueza sobre cualquier cosa, como si no necesitara mayores estímulos para la conversación.

 

Nacido en 1974, Garcés ha sido precoz en casi todo. Dicen que fue el crítico más joven del diario La Nación, de Argentina, donde comenzó a publicar en 1990. Por esa misma época llegó –igual que Nathan Zuckerman en La visita al maestro– con el manuscrito de su primera novela bajo el brazo a la casa de Abelardo Castillo, uno de los escritores argentinos de mayor prestigio.

 

“Me alarmó porque pensé cómo un chico de esta edad iba a escribir una novela y me alarmó más cuando la leí, porque era buena”, diría después el reconocido autor de El evangelio según Van Hutten sobre el encuentro con el muchacho de 17 años. “Ya en esa época me asombró el conocimiento que tenía de la literatura en general. Hablaba de Dostoievski, Miller o Knut Hamsum como lo haría un autor adulto. Había leído a Roberto Arlt, a Borges, a Cortázar. Censuraba, a veces muy duramente, a escritores que para su generación tendían a ser sagrados. Eso me dio la idea de que estaba realmente frente a un escritor potencial, porque miraba a los grandes escritores y a sus personajes con natural familiaridad”.

 

A pesar de haber publicado tres libros, Garcés considera que en realidad ha escrito apenas “un libro y medio, nada más”. Explica: “El futuro, que es la última novela que publiqué y el que estoy escribiendo ahora, que llevo la mitad. Los dos primeros habría hecho mejor en no publicarlos, simplemente para ahorrarles a los que lo compraron el mal rato”.

 

Garcés, que pasó muchos veranos en Viña, donde su padre se formó como arquitecto de la UCV, mata las noches de Santiago, en su departamento de Ñuñoa, escribiendo un relato que ya supera las 500 páginas. “Es complicado de contar, es una novela ambientada en Argentina, la historia de una conspiración que se desarrolla a lo largo de 40 años, y que involucra a muchos personajes. Fue interesante el trabajo de investigación, me tuve que meter a hablar con policías, empresarios, detectives, oficiales del ejército retirados y en actividad. Es un intento de hacer lo que echo de menos en nuestra narrativa: una novela realista, pero de un realismo que se ocupa de la circulación del dinero, del funcionamiento de la empresa, desde los anunciantes que sostienen los diarios a los quiosqueros que los venden”.

 

Aunque Abelardo Castillo afirma que “Gonzalo está entre los escritores que serán fundamentales en nuestra literatura”, la crítica lo ha tratado con dureza. Al publicar su segunda novela, Los impacientes, que ganó el Premio Biblioteca Breve en 2000, cuando tenía 26 años, las reacciones fueron encontradas. El infl uyente Ignacio Echevarria, que entonces escribía en El País, dijo que era una obra “de retórica también muy aprender de Borges todas estas exigencias, y puede aprender algo sobre las posibilidades que tiene la lengua y sobre la posibilidad de abrirse a todas las tradiciones sin escribir algo que se parezca a Borges. El eterno problema con la influencia de Borges es el siguiente: lo que se te pega de Borges cuando escribes son las tonterías, las cosas que son tan borgeanas que son caricaturales, como decir el espejo en que estaba el fondo de mi cuarto. Pero mi escuela son los escritores franceses de los siglos XIX y XX. Yo estudié en Francia y mucho de la lógica francesa se me pegó, sin duda.

 

 

-¿También los escritores norteamericanos del pasado siglo?

 

-Absolutamente, incluyendo a un escritor vivo como Philip Roth. Hay que separar lo que es la formación de lo que son los modelos de uno. Hay una pregunta que siempre me hago: ¿qué nos falta? ¿Por qué en nuestro continente se escribe tan poco sobre sexo? Se escribe desde la represión, simples exabruptos de rebelión; en cambio, en Roth y detrás de él, hay una tradición de escritura de la satisfacción y de la euforia, que es un sentimiento totalmente desconocido en la literatura de lengua española. Otra cosa: ¿por qué somos tan jodidamente malos para escribir novelas policiales y políticas? Se podrá discutir que hay novelas muy buenas, pero si uno compara un escritor como James Ellroy, con nuestros novelistas policiales, Ellroy tiene un nivel de precisión en el lenguaje, en los mecanismos internos, en los detalles que van desde el funcionamiento de un revólver hasta los métodos de investigación de un caso. Hace poco discutí esto con Fogwill, que es un escritor argentino que sospecho tiene preocupaciones parecidas. A él le interesa mucho el mundo real, en su aspecto material, algo que en la literatura latinoamericana despreciamos tanto. Y hablaba con Fogwil sobre la posibilidad de escribir una novela sobre el funcionamiento de una empresa. ¿Por qué vamos a vivir en la narrativa española como meros consumidores, nunca como productores? Si nuestros novelistas escribieran ahora mismo sobre nosotros dirían: dos amigos toman un café. Pero no sabrían cómo funciona ese café, cómo se administra el lugar. Es un aspecto de la realidad que es rico y complejo y que está ahí, ¿por qué va a ser tabú?
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-Otro modelo ineludible en Argentina es Cortázar.

 

-Yo no lo aguanto a Cortázar. No lo digo por iconoclasta. Al contrario: me doy por vencido. Cortázar seguramente va a seguir siendo leído siempre y uno va a desaparecer. Seguramente tiene algo que se me escapa, pero a mí me es profundamente antipático, tanto su figura como lo que escribe. Tiene una combinación insuperable de sentimentalismo, y a la vez es muy condescendiente. No olvidemos que Cortázar estuvo vinculado al grupo Sur, era un cuico argentino, que tenía una visión romántica de las clases populares y le gustaba en un cuento como Torito imitar lo que para él era el habla popular. Es una imitación condescendiente y bastante odiosa. Por otro lado era un escritor muy frío, al mismo tiempo que sentimental, muy mecánico. Me dio una alegría enorme cuando salió el libro póstumo de Bioy Casares sobre Borges, donde aparece Borges diciendo que el cuento Casa tomada es un cuento mecánico. Borges dice que se nota que el autor no sentía su tema y no tenía ningún cariño por los personajes.

 

 

-¿Crees que la moda actual por Bolaño puede compararse con lo que pasó con Cortázar?

 

-A lo mejor nos equivocamos y dentro de 20 años se ven en Bolaño cosas que hoy se ven en Cortázar. Viste que Cortázar está muy marcado por su época, lees Rayuela y ves que Cortázar había leído todos los autores de moda, desde Lawrence Durrell hasta Wittgenstein, incluso el atractivo por el Oriente y un cierto hinduismo chic. Entonces parece muy fechado y una vez que desapareció el contexto cultural, Cortázar resulta anticuado. A lo mejor va a pasar lo mismo con Bolaño, pero yo no lo creo. Porque Bolaño si uno busca las marcas de esta época, ¿cuáles serían? A lo mejor el escribir sobre escritores. Pero Bolaño es mucho más que eso. Y creo que cuando nadie sepa quién era el cura Valente, se va a leer Nocturno de Chile como una novela sobre la mala conciencia, sobre la complicidad de los intelectuales con el poder.

 

 

-¿No es un poco injusto para Valente que se le asocie con el protagonista de Nocturno de Chile? Porque allí Bolaño toma cosas de la realidad, pero también inventa mucho.

 

-Claro, pero no es una novela realista, es una novela pesadillesca, grotesca. Y es un mundo más bien fantasmagórico y la exageración tiene ahí totalmente su lugar, es un mundo de máscaras grotescas… Es más creo que no afecta en nada a Valente. Dicho sea de paso, yo cuando leí la novela no lo conocía y desde entonces yo he descubierto a Valente como crítico y me parece muy bueno.

 

 

 

Segundo round: la tradición chilena

 

 

 

-Si tu relación con la narrativa argentina es compleja, ¿cómo la haces con la tradición chilena?

 

-Creo que bien. En Chile, lo mismo que en Argentina, el canon no es necesariamente lo que la gente realmente lee, no es lo mejor que se ha hecho, sino que, como en todas partes, el canon responde a intereses de la academia, a cierta idea de lo que es digno de llamarse un autor nacional. Por ejemplo no comparto la pasión que tiene Rafael Gumucio por Joaquín Edwards Bello. Me parece que El roto es una novela que está bien, pero no es muy diferente de otras novelas realistas que se estaban escribiendo en América latina en esa época. En cambio una novela que en Chile está relegada a los colegios secundarios como El socio, de Jenaro Prieto, para mí es una gran novela. Si Prieto fuera el centro del canon chileno, pensemos cuántos escritores desaparecen o pasan al segundo plano.
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-Hay una corriente realista que pasa por Rojas, Donoso y Edwards. ¿Ese canon habría que cambiarlo?

 

-Si hablamos del canon chileno realista, el centro sería El peso de la noche, de Jorge Edwards. Es una buena novela, pero hay una literatura chilena que me parece más interesante, de la enfermedad mental, de la paranoia, del terror a ser disminuido, incluso socialmente, del terror a que venga otro y te pase por encima, te pase a llevar, que tiene que ver con los temores nacionales: todo país tiene sus temores. El temor de la Argentina es hacer el ridículo, y aquí si hay un terror es bajar de categoría, mientras los otros suben. Y entonces ahí hay otro eje que sería el eje Prieto-Bolaño- Gumucio. ¡Mira lo que digo! Aquí, cuando afirmo que Gumucio es un gran novelista todo el mundo se ríe o se indigna.

 

 

-¿Qué te sucede con José Donoso?

 

-Hace poco volví a leer Coronación y me encontré con una novela que tenía momentos muy buenos, pero en general Donoso me parece demasiado ideológico, habla en términos muy de trazo grueso, y ese trazo grueso un poco se le quedó siempre. Me gustó más la película que la novela, tal vez porque Julio Jung me gusta mucho.

 

 

-¿Y qué te pareció la novela póstuma?

 

-Tengo la sospecha de que es una novela que él descartó, que iba a integrar a Tres novelitas burguesas, pero no lo convencía, y la reemplazó por otra. Y entonces que la publiquen ahora me sonó un poco mal. Todo lo que venga de Donoso algún interés va a tener, pero se trató de presentar como material inédito algo que Donoso eligió descartar y creo que eso se tendría que respetar.

 

 

-Philip Roth, en su última novela, habla de esto y critica a los periodistas que escarban en la intimidad de los escritores. ¿Cómo crees que deben manejar la posteridad de un autor sus herederos?

 

-Echar pestes contra el periodismo cultural es un lugar común. Ahora, a mí me parece que lo que ha hecho María Kodama con Borges es horrible. Para mí el modelo es lo que hicieron los franceses con Flaubert: dejó muchísima obra póstuma que no había querido publicar, pero se preocuparon de editarlo todo junto bajo la denominación de obras de juventud. Ahí me parece que no está mal, porque no le estás vendiendo a la gente que has descubierto una obra inédita en el sentido de una obra completa, deliberada.

 

 

-¿Qué te gusta de la narrativa chilena actual?

 

-Me gusta mucho lo que hacen Zambra, Gumucio, y Mauricio Electorat.

 

 

-¿Te consideras un francotirador de las letras?

 

-No nos demos tanta importancia. A mí me gusta mucho tirar contra los mitos, a veces puede ser un escritor, pero a veces también otra cosa. Sí me gusta polemizar, y me resultaría súper halagador en algún ámbito ser visto como un desmitificador. Eso es un título al que uno puede aspirar. Tomar el partido de lo que genera consenso es sospechoso, me parece sano disentir, porque algo malo tendrá una idea si es universalmente aceptada. En literatura, como en todos los ámbitos donde hay negocios en juego, se produce un divorcio entre lo que es auténtico y lo que sirve algún interés. No hablo de intereses sucios sino del simple interés del académico que consagra una novela porque le permite ejercer sus teorías. Por ejemplo: César Aira; el gran héroe de la literatura latinoamericana actual, para mi es la nada misma.

 

-¿Compartes la idea de que Argentina es un país de cuentistas?

 

-El mito de que Argentina es un país de cuentistas no es verdad, los cuentistas clásicos son pésimos. Lo que pasa es que hay un gran cuentista que es Borges, que revolucionó el modo de escribir al fundir el ensayo y el cuento. Borges descubrió que tú podías contar un cuento con el lenguaje y los recursos del ensayo breve, y ahí cambió todo. Pero por lo demás, ¿qué cuentista pueden citar los argentinos con orgullo? ¿Cortázar? Lo siento. ¿Bioy Casares? No. Frente al mito de que Argentina es país de cuentistas digo que Argentina es país de opinadores. Borges fue el más grande opinador de la historia.

 

 

-¿Qué has aprendido este tiempo en Chile?

 

-Que mis entrevistas deberían venir con una advertencia: toda similitud con la realidad es mera coincidencia (risas).