El fallecimiento del General Bernales conmocionó al país y dejó en evidencia que “Chile todavía tiene alma, especialmente en los grupos populares”. Por Ricardo Claro Valdés.

  • 12 junio, 2008

El fallecimiento del General Bernales conmocionó al país y dejó en evidencia que “Chile todavía tiene alma, especialmente en los grupos populares”. Por Ricardo Claro Valdés.

Me he demorado en escribir estas líneas porque la muerte trágica del General Director de Carabineros, don José Alejandro Bernales, de su señora Teresa Bianchini y de sus colaboradores más cercanos (uno de los cuales, el Comandante Orozco, era mi amigo), me causó una profunda impresión.

También la extraordinaria reacción general que produjo en el país y especialmente en los sectores populares, que se manifestó en las misas y en las calles, me obligaron a meditar, porque fue un fenómeno social muy desconcertante y, para muchos, inesperado.

Tuve el privilegio de ser amigo del General Bernales. Lo conocí como presidente de Megavisión, empresa que desde hace varios años trasmite a todo el país, cada 27 de abril, la ceremonia completa que celebra el aniversario de Carabineros. Asisto normalmente a ella, desde hace muchos años, en la Escuela de Oficiales de la Institución. Este año, sin embargo, no pude asistir porque se realizó un día domingo y mi señora, que cumple años en la misma fecha, me pidió que saliéramos fuera de Santiago. Llamé por teléfono al General Bernales para decirle que esta vez no lo podía acompañar. A nuestro regreso, en la tarde de ese día, nos encontramos con unas flores muy bonitas que le había enviado el General a mi señora, en un gesto cariñoso y fino, que ella le agradeció al día siguiente.

De rostro duro era, sin embargo, un hombre bondadoso y muy agradable. Pero, sobre todo, debo destacar que era un hombre muy virtuoso. Tenía una profunda fe en Dios, creía en la esperanza y practicaba la caridad. Al mismo tiempo, poseía mucha fortaleza, pero también templanza. Trató siempre de ser justo y prudente. Esto último no es fácil cuando se posee mucho poder y se enfrenta a diario a los enemigos del bien común, en circunstancias cada día más complejas.

Su vida familiar fue ejemplar. Muy buen marido, tuvo en Teresa Bianchini una señora extraordinaria, que lo siguió a todas partes. Tuve el agrado de conocerla y aprecié sus desvelos para obtener recursos para financiar la Corporación de Ayuda a la Familia de Carabineros de Chile, que entre otras actividades, se preocupa de los hijos enfermos de Carabineros. Estuvo dos veces en mi oficina y, la última vez, conversamos más de una hora sobre la labor que estaba desarrollando. Ambos formaron muy bien a sus hijos, a quienes no he tenido el placer de conocer.

El General Director era –igual que su señora– profundamente católico. Lo destacó la presidenta Bachelet en su discurso después de la Misa en la Escuela de Carabineros, recordando que en una reunión con él había visto un Cristo y el General le había contestado “ese Señor es muy amigo mío”.

Tuvo gran preocupación por la ética y los valores, como elementos fundamentales en la formación, educación y gestión de Carabineros. He tenido la oportunidad de estudiar el texto que preparó el General Bernales para una Conferencia Magistral a la Policía Nacional de Panamá, que entiendo se publicará en Chile. Haré una síntesis de lo más esencial.

 

 

 

 
Lo que una parte importante de
los chilenos captó realmente,
fue que había muerto un
General Director excepcional.
La campaña sistemática de
quiebre de valores no había
logrado destruir todavía el
alma de la nación.

 

En este texto, claro y profundo, el autor señala que los miembros de la policía deben saber desarrollar su trabajo no sólo bien, sino muy bien y deben ser honestos y cercanos.

En un desarrollo institucional profesional, metodológico y continuo, en que la educación es básica, se ha ido formando la doctrina institucional, que contiene los principios y valores de la Institución. El estudio de la ética, los valores y la doctrina es algo esencial para sus miembros. La prudencia en el actuar; la justicia en las diversas situaciones; el respeto con las personas; el establecimiento de relaciones de confianza, basadas en virtudes como la lealtad, la austeridad y el espíritu de servicio, entre otros.

La muerte del General Bernales conmovió al país y causó un fenómeno social sorprendente. En un país en decadencia, en que se han perdido muchos valores morales; en que la familia, como institución, está seriamente afectada; en que ha aumentado considerablemente el consumo de drogas; en que ha crecido la delincuencia, especialmente juvenil; en que se habla continuamente de la falta de autoridad; de repente nos dimos cuenta que Chile todavía tiene alma, especialmente en los grupos populares. La campaña sistemática de quiebre de valores no había logrado destruir todavía el alma de la nación y la gente acongojada le rindió en las calles, en las Misas y en sus casas, un homenaje al General fallecido, reconociéndole sus virtudes. Especialmente destaco el de las floristas de la Pérgola de las Flores, que pidieron que el cortejo fúnebre pasara frente a ellas para rendirle un homenaje, lanzándole pétalos blancos.

Por eso la frustración de un columnista resentido que se dedica a la labor antivalórica, que escribió en un matutino, con rabia, que “su rito funerario –una puesta en escena que parecía diseñada para quien merece entrar en la historia– permitió asistir a uno de los fenómenos más peculiares, y excesivos, del último tiempo”. No bastándole con eso agregó “un perfecto sin-sentido, hicieron de un accidente un acontecimiento heroico”.

Lo que una parte importante de los chilenos captó realmente, fue que había muerto un General Director excepcional, que había sido “un hombre extraordinario en el ejercicio ordinario de sus funciones”, utilizando las palabras de la filósofa Carolina Dell’oro en un artículo en el Diario Financiero.

José Alejandro Bernales y Teresa descansen en paz. Misión cumplida.