En Estados Unidos, los niveles de salarios los altos ejecutivos representan hoy 110 veces el salario promedio; hace dos décadas representaban solo 40 veces. ¿A quién hay que echarle la culpa? En enero pasado, el prestigioso y liberal semanario The Economist trajo de portada un tema de gran actualidad: los ganadores y los perdedores de […]

  • 9 marzo, 2007

En Estados Unidos, los niveles de salarios los altos ejecutivos representan hoy 110 veces el salario promedio; hace dos décadas representaban solo 40 veces. ¿A quién hay que echarle la culpa?

En enero pasado, el prestigioso y liberal semanario The Economist trajo de portada un tema de gran actualidad: los ganadores y los perdedores de la globalización. Desde su particular estilo promercado, desregulador y prodescentralización de las políticas públicas, el sesudo artículo central intenta hacerse cargo de la principal arma que han esgrimido quienes se oponen a la globalización. El proceso de globalización ha venido acompañado de una desigual repartición de la torta, tanto a nivel mundial como al interior de cada país. Tanto las tendencias proteccionistas del mundo desarrollado como los nuevos líderes populistas y megalómanos de América latina han emergido de esta observación de los tiempos. Muchas veces los ganadores son quienes gozan de alto nivel de educación y mayores niveles de ingresos. Se destaca que los niveles de salarios de os altos ejecutivos representan hoy 110 veces el salario promedio en los Estados Unidos; hace dos décadas representaban solo 40 veces.

¿A quién culpar de este deterioro de la igualdad, a China o al computador? Aunque el artículo tiende a asociar la globalización con la ampliación del comercio mundial, las nuevas tecnologías de la información y del conocimiento son un segundo componente de este proceso dinámico. El debate de los países industrializados tiende a centrarse en el primer componente. Los perdedores pueden ser trabajadores de menores ingresos de vastos sectores geográficos que pierden su sustento económico por el traslado de industrias completas a zonas y países con menores salarios. Al contrario, varias naciones en desarrollo nos hemos visto favorecidos por la expansión del comercio mundial y el reacomodo de la producción industrial a lo largo y ancho del planeta.

Para las grandes corporaciones, los nacionalismos no cuentan cuando se trata de mantenerse competitivas. Ello explica también que en Chile exista tan poca oposición al más amplio comercio internacional. Fue un gobierno socialista el que cerró acuerdos de libre comercio con casi todo el orbe. Fue también la amplia apertura comercial chilena desde los 70 y 80 la que ha impulsado nuevas industrias nacionales que explotan nuestras ventajas comparativas en varios cultivos y productos de exportación no tradicional. Nuestro renombrado potencial alimentario nació del libre comercio con el mundo y de las liberales políticas de inversión externa. El esfuerzo que hoy realizan los países en desarrollo por abrir el comercio mundial en la ronda de Doha también responde a este mismo debate, donde la ampliación del comercio mundial favorece al mundo en desarrollo en desmedro de sectores protegidos del mundo desarrollado.

Es el segundo componente de la globalización el que merece más atención en nuestros países. La revolución de las tecnologías de la información y el conocimiento (TIC) son otra fuente de desigualdad pues tiende a incrementar considerablemente la productividad de quienes tienen acceso a ella, que coincide con los segmentos de mayor educación y mayores ingresos. Las llamadas TIC mejoran más que proporcionalmente el capital humano sofisticado y el capital físico de las empresas de lo que mejoran la productividad de los trabajadores de menor calificación, al menos en ausencia de políticas más explícitas en acceso, capacitación y educación de estos sectores. El llamado de The Economist, sin embargo, es a no perder de vista un adecuado diagnóstico. Tanto los proteccionistas del mundo desarrollado como nuestros políticos locales que promueven más impuestos para un mayor gasto están igualmente equivocados. Ambos caminos tienden a desfavorecer a quienes se desea proteger. Las tendencias de la globalización no se detendrán y se requiere claridad para estimular una rápida adaptación de nuestras empresas, especialmente las más pequeñas, a las cambiantes condiciones del entorno de los negocios.