A pesar de su crítica visión del Chile actual, Gabriel Valdés se confiesa feliz de estar nuevamente en el país. Próximo a publicar sus memorias, repasa en esta entrevista hechos fundamentales de la historia reciente y enjuicia la coyuntura: faltan decisión, cooperación latinoamericana, descentralización, cultura y altura de miras. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt

  • 28 mayo, 2008

A pesar de su crítica visión del Chile actual, GABRIEL VALDES se confiesa feliz de estar nuevamente en el país. Próximo a publicar sus memorias, repasa en esta entrevista hechos fundamentales de la historia reciente y enjuicia la coyuntura: faltan decisión, cooperación latinoamericana, descentralización, cultura y altura de miras. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt

 

Luciendo esos modales impecables tan propios del Chile tradicional, Gabriel Valdés Subercaseaux recibe a Capital en el escritorio de su departamento del barrio El Golf, donde se ha instalado luego de regresar de su última misión diplomática en Italia.

El tiempo lo ha respetado –me digo con callada admiración y a semanas de cumplir 89 años sigue siendo el hombre buen mozo, distinguido y atento de siempre, preocupado por el porvenir del país y enamorado de su historia, materias de las que opina con cariño, pero sin concesiones sentimentales.

Buen conversador, huye de la contingencia menor y provinciana, comunicando sin afectación su visión de personas y cosas con la perspectiva de quien tiene –para regalar gran roce internacional y experiencia en el servicio público. No en vano asistió al colegio en Roma y estudió luego en el Instituto de Ciencias Políticas de París. Después, ya maduro, fue el ministro de Relaciones Exteriores de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y, durante toda la década siguiente, se desempeñó en Nueva York como subsecretario general encargado del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Más tarde, ya de regreso en Chile, presidió el Partido Demócrata Cristiano, luchó denodadamente por la vuelta a la democracia y representó por dos largos períodos a la región de Los Lagos en el Senado, siendo, en el primero de ellos, presidente de la Cámara Alta.

Aunque no lo dice, probablemente su iniciativa más querida sea la Ley de Donaciones Culturales –torpemente desfigurada más tarde y la distinción más apreciada, el Premio Bicentenario 2002; todo ello, vinculado al rescate y preservación del patrimonio nacional. Ahora está dedicado a luchar por esa “ley castrada” y a revisar sus memorias que prometen ser una fuente imperdible para recrear la historia de ese Chile que se fue.

-Don Gabriel, ¿cómo se siente de vuelta en Chile?

-En lo personal, me siento muy bien, pero observo con preocupación lo que está pasando en Chile y, en general, en América latina. Pero, en verdad, no quiero hablar de la contingencia, de la pelea chica…

-¿Estamos bien posicionados como país en Europa?

-La admiración por Chile es grande y así se notó cuando viajó la presidenta, pero creo que es una admiración que se va apagando con el tiempo. Yo me acuerdo cómo fue recibido Eduardo Frei Montalva, el primer presidente chileno que viajó a Europa. Fue una cosa extraordinaria. A partir de ahí Chile comenzó a darse a conocer. Luego vinieron el gobierno de Allende y el gobierno militar, hechos que concitaron una gran atención. Pero luego, mi impresión es que Chile como que comenzó a relajarse, afectándolo también la progresiva mala imagen que se tiene allá de América latina…

-¿Ha influido en esa visión la falta de integración latinoamericana?

-Sin duda. En la época en que fui canciller, había mucha mayor unidad entre nuestros países. Teníamos gran amistad con Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, donde existían gobiernos democráticos, y también con los militares de Brasil y con Uruguay. Nosotros pensábamos en la necesidad de crear una América latina unida, siguiendo el ejemplo y el modelo de la unidad europea, tarea muy grande que se debió a personalidades sólidas y fuertes, como De Gaulle, Adenauer, De Gasperi. Gracias a sus liderazgos, fueron capaces de generar las bases de una Europa que hoy es una maravilla. Fue una hazaña democrática nunca antes realizada en la historia, con moneda común, parlamento y más de un millón de jóvenes participando de un programa educacional que les permite viajar prácticamente sin costo, con tranquilidad, sin angustia. No ven el fin del mundo, como lo vemos acá, donde las miradas generalmente no tienen perspectivas…

-¿Hubo intentos de hacer algo parecido en nuestro continente?

-Nosotros lo intentamos en los 60. En mis Memorias, voy a contar en detalle, por ejemplo, la conversación entre Frei Montalva y el presidente argentino Illia el año 1965, en que Eduardo le propuso formar una sola nación cuya capital sería Córdoba. En esa época se podía conversar de ello sin mayor escándalo. Crear una sola moneda hubiera significado un salto enorme para América latina. Brasil se entusiasmó pero vino el golpe militar y todo quedó en nada, pese a que los militares brasileños siempre fueron propicios a la integración. Luego vino el golpe en Argentina y entonces se pensó en el Pacto Andino con Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, siempre muy amigos. Muchos de sus líderes pasaron por mi casa. Trabajábamos juntos, con confianza, simpatía. Todos adheríamos a los principios democráticos y logramos hacer acuerdos económicos muy buenos.

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-¿Por ejemplo?

-Recuerdo que participé activamente con Ernesto Ayala –quien era mi amigo para que todos esos países compraran el papel chileno. También Belisario Velasco trabajó en este campo, incluso con China, donde fue a negociar la compra de té. Hacíamos cosas. El gobierno de Frei Montalva era muy para adelante. Nos entusiasmamos con lo que hacía Europa y quisimos hacer de América latina una sola unidad, pero la integración económica no se resolvió a tiempo…

-¿Cuáles cree usted que fueron las causas del fracaso?

-En parte, la ideologización en que se sumió el continente a partir de la revolución cubana y en parte, también, la influencia de Estados Unidos, que hizo todo lo necesario para que no se produjera la integración. Es bien curioso, y después de muchos años me doy cuenta de ello. La Alianza para el Progreso tuvo como objetivo más bien defenderse de Cuba. Después, los norteamericanos hicieron cosas muy sutiles, porque les interesaba tener una América latina que no molestara. Estábamos en plena guerra fría. El imperio norteamericano –que no tiene política exterior, sino política defensiva muy fuerte es muy distinto al imperio inglés, que se dedicó a formar elites y no sólo economistas…

-Y actualmente, ¿qué sucede?

-Brasil aspira a ser China, India, una potencia autónoma. Argentina, con sus constantes crisis, se ha aislado. Uruguay está asfixiado y los otros países han tenido colapsos económicos y políticos. Chile ha escogido una política muy abierta hacia el Pacífico, abandonando a América latina. No creo que haya un continente más separado entre sí que el de América latina…

-¿Tenemos alguna posibilidad de revertir la situación?

-Espero que sí. Se están levantando muchas voces. Por ejemplo, El Mercurio, que siempre ha sido muy nacionalista, está siendo partidario de buscar una mejor política para América latina. Y es que el mundo se desarrolla y hay que dejar atrás esa idea que alguna vez me expuso Kissinger. El me dijo: “usted viene del sur y el sur no importa al mundo. La historia no se ha hecho en el sur, se ha hecho en el norte. Usted viene de lejos y no tiene nada que hacer”. Claro, somos chicos, atrasados y del sur, pero si bien uno no puede competir con los grandes, puede cooperar a realizar el sueño de Bolívar. Pero para eso se necesitan liderazgo, una fuerza política capaz, con ideales, sueños. Hay, en verdad, en América latina una crisis de estadistas…

-¿Y en Chile?

-No quiero referirme negativamente a Michelle Bachelet. Yo la quiero mucho. La conocí cuando era ministra, en Valdivia, después de un cóctel, y de repente ella me dice: ¿Le gusta bailar, don Gabriel? Claro que me gusta, le contesté, y bueno… allí iniciamos una amistad. Le tengo gran admiración y simpatía.

-¿Qué les ha pasado a los gobiernos de la Concertación? Usted luchó para que llegaran la alegría, la unidad, el cambio, pero no sé hasta qué punto esté contento con lo que se vive…

-Hoy día no, y es porque tengo una visión más histórica de las cosas. Pero la alegría nos llegó, pues. Yo tuve una alegría enorme, aunque algunos estaban más tristes que otros. En general, el mundo y nosotros estábamos muy contentos de que hubiéramos ganado el plebiscito, evitando la guerra. Ese fue un momento de mucha sobriedad, funcionamos como ingleses. El general Matthei reconoció la derrota y, bueno, ya después no tuve mucho más que hacer.

-¿Cuenta algo de eso en sus memorias?

-Sí, por ejemplo que en el triunfo del No fue clave una señora mexicana que nadie conoció pero que fue la que armó el ambiente para el plebiscito. Profesora de Harvard, tenía un enorme moño y se pasó dos meses aquí haciendo encuestas personales. Al final me dijo: nunca he visto un país con más temor. Ella captó el miedo y eso sirvió para elaborar la franja, en la que no se usaron palabras conflictivas, no se habló de derechos humanos, de cárceles ni de nada doloroso. Ella administró la campaña de la presidenta Aquino de Filipinas.

-Y, claro… al día siguiente la gente abrazaba a los carabineros…

-Y yo dándole la mano a Pinochet, aunque no olvido que no se sacó el guante… Pero, entonces, tampoco pudimos hacer de la unidad latinoamericana el leit motiv.

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-¿Hay culpables?

-No sólo es la Concertación, es el país. Esto no puede mantenerse así por mucho tiempo… No estamos bien aunque estamos en general mejor que en América latina, y se han hecho algunas cosas notables, por ejemplo, en salud, en obras públicas. Las carreteras que tenemos no las tiene ningún otro país latinoamericano: fantásticas, de norte a sur. Pero falta más infraestructura, puertos, etc. Los empresarios han demostrado una capacidad increíble, pero el Estado…

Los gobiernos no han sido conscientes de que el instrumento principal de Chile para salir adelante son la industria, la ciencia, la educación, la cultura. El Estado tiene como función aprovechar el esfuerzo de los empresarios y empujarlos. Es cosa de ver cómo países pobres, como Grecia, Portugal o Irlanda salieron adelante y cómo Italia, en la frontera con el comunismo, se ha desarrollado. Hay esfuerzo, hay competencia, existen dirigentes iluminados. Estuve en Ancona, puerto italiano que se ha convertido en la mejor ciudad industrial de Europa. Italia se desarrolla porque los Balcanes se incorporan a occidente, dejan de ser comunistas y se integran. Rusia lo único que quiere es unirse a Europa. Uno se da cuenta, viviendo allá, de cuán estúpido
fue el comunismo, cuán inútil el marxismo como teoría. Cómo han sufrido esos pueblos para volver a ser lo que fueron antes. Porque Putin se parece mucho más a Pedro El Grande que a Lenin o Stalin.

-Estamos cercanos al bicentenario y podríamos evocar la famosa frase de Enrique Mac-Iver, “me parece que no somos felices…”

-No me explico por qué hemos caído tanto. Creo que los medios de comunicación han influido bastante al no ayudar a elevar el nivel cultural del país. Veo la televisión en Chile y puedo decir que es una de las peores del mundo. En Italia hay más de 900 canales y lo que se trasmite es positivo, bien hecho. Programas que entretienen, debates inteligentes, canales para todos los gustos e ideas; todo, en clave positiva. Aquí, las primeras cuatro o cinco noticias en todos los canales son crímenes y delitos. Por ejemplo, en vez de valorar las lluvias, señalar que el agua es salvadora, se cuenta que cayó un árbol en Peumo. Es terrible, pero aquí se resalta siempre lo negativo.

-¿Y qué pasa con los partidos políticos, especialmente el suyo?

-No quiero hablar sólo de Chile, pero sí le puedo decir que en gran medida lo que soñó la Democracia Cristiana se ha cumplido. En Europa se cumplió. De hecho, se termina en Italia porque hay democracia, bienestar, repartición de la riqueza, hubo reforma agraria. Las regiones se desarrollan y muchos viven en ellas felices porque tienen de todo y universidades, incluso, mejores que las de Roma. En Alemania sucede lo mismo. Acá en Chile no lo alcanzamos a hacer. El triunfo de Allende interrumpió todo y nos precipitó a una crisis. Frei la vio muy clara. Pienso que nos dejamos estar porque aquí, cuando hay un proceso de apertura social, crece la incapacidad para realizarlo, cumplirlo. Tenemos una deficiencia grande.Las izquierdas en América latina tienen nobleza, lealtad y otras virtudes, pero a medida que se va más hacia la izquierda aumenta el grado de ineficiencia…

-Pero hay democracia…

-La democracia es más ineficiente que la dictadura pese a que ésta recorta valores que son indispensables. La democracia debiera ser un compromiso entre participación y eficiencia. La participación está hecha por gente que muchas veces es ineficiente. Yo he sido senador regional, los quiero mucho, mis mejores amigos están allá, pero el nivel de ineficiencia en las regiones asusta. ¡Es atroz! Desde los intendentes, pasando por gobernadores, alcaldes… ¡Pareciera que estuviéramos en 1910! Los partidos, lamentablemente, se nutren de esa ineficiencia porque lo que importa es el poder. Chile se forjó y surgió gracias a una autoridad fuerte. Pienso en Portales, Prieto, Bulnes, Montt y en don Arturo (Alessandri), que llegó en los años 20 con todo ímpetu a ejercer sus funciones. Chile es un país gótico que necesita autoridad.

-¿Mucha nostalgia?

-No sé si es nostalgia, pero el hecho es que cuando yo interactuaba en política, había personajes de gran valor e importancia en los cargos públicos. En la Universidad de Chile, un Juan Gómez Millas; en la Católica, don Carlos Casanueva, un curita que andaba siempre con la sotana manchada, pero que era poseedor de una inteligencia envidiable. Había personalidades fuertes, se hacían debates de gran altura en el Parlamento… Hoy día los periodistas se van a la una del Congreso y los debates empiezan a las tres o cuatro… Yo creo que hice buenos discursos, pero no me veía ni oía nadie.

-¿Hay espacio para una nueva forma de hacer política?

-Los políticos están entregados a los partidos y los partidos están un poco pasados de moda. Aquí la gente le tiene miedo a la política, los partidos no tienen solidez, no toda la derecha está con Piñera, no toda la izquierda está con Lagos, no se sabe bien qué pasará. La política es un gran teatro, pero en Europa es un teatro que atrae, acá es algo así como circo pobre… Por otra parte, los políticos debieran ser hombres y mujeres cultos, ilustrados, capaces de considerar la ciencia, la tecnología, conocedores de las necesidades de la gente en salud, transporte, etc. Todo demora en Chile. Tomar una decisión, para qué decir…

-¿Fue un error que la Democracia Cristiana se uniera a los socialistas para dar forma a la Concertación?

-Somos distintos a los socialistas. Nosotros somos mucho más humanistas y nunca tuvimos una concepción del Estado como instrumento fundamental. Nuestros ideales iban encaminados, primero, al desarrollo de las personas; segundo, con una concepción comunitaria, de una sociedad integrada que reclutaba gente de diversos orígenes y condición económica. Nos tratamos de mantener como un centro actuante, no como uno que está paralizado.

-No quiero terminar sin preguntarle sobre uno de sus temas favoritos: regionalización.

-¡Es increíble cómo está Santiago! Hay una falta total de desarrollo urbanístico. Esta es una ciudad sin parques, sin áreas verdes, sin lugares de recreación para la gente. Por otro lado, a pesar que no tengo las cifras exactas, me han dicho que dos familias por día entran a Santiago. ¿De donde vienen? De las regiones, porque allá no existen posibilidades. La capital centraliza todo, no hay inversiones, bancos provinciales, la juventud viene a las universidades de acá porque las de allá no se desarrollan como debieran. A la universidad deben ir los mejores, pobres o ricos, pero los mejores. El país necesita una elite que no tiene por qué ser de gente rica, sino inteligente. El gran desafío de Chile es mejorar la educación. Con todo, y pese a todas sus falencias, para mí no hay como Chile y los chilenos, y estoy feliz de estar de vuelta.