David Cameron mandató a su instituto de estadísticas para que midiera la satisfacción de los ingleses. Nicolás Sarkozy le pidió al Premio Nobel Joseph Stiglitz que ideara una fórmula para incorporar la felicidad en los índices de crecimiento de Francia… En Chile, el presidente Piñera solicitó al PNUD que hiciera un informe al respecto y la encuesta Casen 2011 se hará cargo de conocer cuán felices somos. El mundo avanza hacia economías en que ya no sólo el ingreso cuenta.

  • 3 noviembre, 2011

David Cameron mandató a su instituto de estadísticas para que midiera la satisfacción de los ingleses. Nicolás Sarkozy le pidió al Premio Nobel Joseph Stiglitz que ideara una fórmula para incorporar la felicidad en los índices de crecimiento de Francia… En Chile, el presidente Piñera solicitó al PNUD que hiciera un informe al respecto y la encuesta Casen 2011 se hará cargo de conocer cuán felices somos. El mundo avanza hacia economías en que ya no sólo el ingreso cuenta. Por Catalina Allendes E

-Antes de seguir hablando, ¿puedo pedirles una sonrisa?

La frase es del primer ministro de Bután, Jigma Thinley. La lanzó durante el Primer Congreso Internacional de la Felicidad, el año pasado, en Madrid.

Hubo sonrisas a granel y más de medio millar de ejecutivos boquiabiertos.

La historia que les fue a contar el responsable político de ese pequeño reino ubicado entre India y China, en medio del Himalaya, daba para sorprender a cualquiera. Bután fue el primer –y único– país del mundo en hacer un cambio radical a la medición de su crecimiento. Desde hace ocho años se rige por lo que a su gente le importa: la felicidad. Cambió Producto Interno Bruto (PIB) por Felicidad Interna Bruta.

Así no más. Aunque parezca una excentricidad budista, el tema está calando hondo. Economistas, políticos, sicólogos –y varios marketeros, por cierto– se han subido completamente a este cuento. Que medir algo tan subjetivo como la felicidad no sólo es posible, sino también, necesario. Y en el argumento cabe de todo: desde sesudos estudios que intentar cuantificar qué tan feliz es la gente –y la incidencia de este sentimiento en el desarrollo de la población- hasta una aplicación de iPhone llamada Rastrea tu felicidad, que te pregunta cada cierto tiempo por tu nivel de alegría y luego entrega un reporte de los cambios de ánimo. Y eso que lo inventó un sicólogo de la Universidad de Harvard.

El punto es que hablar de happiness ya pasó a las altísimas esferas. A fines del año pasado, el primer ministro de Inglaterra, David Cameron, lanzó al mundo una frase que por más obvia que suene, resultó ser demoledora: “llegó el momento de admitir que hay más cosas que el dinero”. De paso, solicitó a su oficina de estadísticas que comenzara a generar información sobre la felicidad de los ingleses. Todo, para traspasar esos resultados a políticas públicas.

Poco antes, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, había conversado largamente sobre lo mismo con el economista y Premio Nobel Joseph Stiglitz. El líder galo le pidió que buscara una fórmula para incorporar el indicador de felicidad en la medición de su PIB.

Y por casa no andamos tan lejos. El presidente Sebastián Piñera pidió al PNUD que su próximo informe versara sobre la felicidad. Y como donde manda capitán no manda marinero, el organismo de las Naciones Unidas ya está trabajando en ello y espera dar a conocer sus resultados a fines del primer trimestre de 2012. A esto se suma el comentado anuncio del ministro de Desarrollo Social (ex Mideplan), Joaquín Lavín, quien hace un par de semanas reveló que la encuesta Casen 2011 –que ya comenzó su levantamiento y culmina en enero próximo– incorporará una pregunta del tipo ¿es usted feliz?

Decimos del tipo porque la forma exacta de preguntar sobre la felicidad se mantiene en completo secreto, al igual que cada una de las preguntas del sondeo más grande que se realiza oficialmente en el país y que sirve de base para la implementación de políticas públicas.

La idea de incorporar la felicidad venía rondando hace rato en Mideplan. De hecho, el ex ministro Felipe Kast se reunió en más de una ocasión con los expertos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para aterrizar la idea. También lo hizo con el Instituto de la Felicidad de la Coca-Cola, que se instaló este año en Chile.

De ahí que la decisión de incorporar el tema estuviera tomada antes de la llegada de Joaquín Lavín y –según se encargan de aclarar en ese ministerio– no necesariamente tiene que ver con el actual momento social que vive el país. Fue el equipo de Lavín, eso sí, el que terminó de definir cómo se traduciría en pregunta la idea, tras analizar varias metodologías que le presentó el PNUD.

La jefa del Observatorio de la Realidad del ministerio de Desarrollo Social, Francisca de Iruarrizaga, reconoce que con la información que entregará esta encuesta “se harán análisis para avanzar hacia la integración de distintos aspectos del bienestar en el desarrollo de nuevas políticas públicas”. Admite, además, que “estos indicadores se han validado a través de investigaciones que señalan que el bienestar subjetivo puede ser medido de manera adecuada y que en muchas ocasiones no tiene una correlación uno a uno con las medidas tradicionales de bienestar”.

Pero, ¿puede ser la felicidad un indicador que rija la sociedad del siglo 21? ¿Qué tan medible puede ser?

La OCDE, al menos, postula que sí. Este año debutó con un Better life index y un aplaudido informe denominado How’s life que ahondó en los aspectos que hacen felices a los 34 países miembros del club de los más ricos, del que Chile forma parte hace ya un par de años.

El día en que lo dieron a conocer, el secretario general de la OCDE, Angel Gurría, sentenció que hacía mucho tiempo que “la gente deseaba ir más allá del PIB, y este índice está diseñado para esas personas. Tiene un potencial extraordinario para ayudarnos a concebir mejores políticas para una vida mejor”.

¿Qué mira? Prácticamente todo: vivienda, ingresos, trabajo, comunidad, educación, medio ambiente, gobierno, salud, satisfacción de vida, seguridad y balance trabajo-vida. Sin embargo, a partir de esas variables construyó 20 indicadores que buscan dilucidar cuán felices somos con nuestra casa, cuántas mujeres vuelven a trabajar después de tener hijos, cómo equilibramos la vida laboral con la personal, y así… Todos, aspectos que buscan reflejar cómo vivimos y cuán satisfechos estamos con eso.

Chile, en lo que a satisfacción de vida respecta, no figura tan mal rankeado: el 66% se declara satisfecho con su vida y el promedio de los países que integran el grupo llega sólo a 59%. Claro que estamos lejos de la felicidad de Australia, Suecia, Nueva Zelandia, Canadá, Dinamarca o Finlandia. Y muy, pero muy, mal evaluados en áreas como medio ambiente, ingresos y educación… Hasta aparecemos entre los más desconfiados.

Buen esfuerzo

Uno de los chilenos que han puesto el ojo en este tema es el economista y académico de la Universidad de Chile Dante Contreras. El profesor admite la universalidad que está teniendo la felicidad en las discusiones técnicas, y reconoce que cada día hay una mayor sofisticación en la búsqueda de los llamados indicadores blandos “que ayudan a tener una mirada más comprensiva de la sociedad”. Por eso, califica como “un muy buen esfuerzo” que la felicidad de los chilenos se incorpore en la encuesta Casen.

“Supón que entre los resultados encontremos que los ricos son igual de felices que los pobres; que las mujeres son más felices que los hombres, o que los niños no son felices. Se puede generar mucha información que permita fortalecer políticas públicas”, señala Contreras.

Hace un par de años, Contreras dirigió una tesis en la Universidad de Chile que hasta ahora era de las pocas aproximaciones que existían en la academia sobre el tema. La felicidad en Chile: una aproximación a sus determinantes, fue el título elegido por el autor, Raimundo Undurraga.

En esa investigación se examinaron las principales determinantes de la felicidad en Chile. Los datos dan para pensar: la edad y los años de escolaridad no muestran efectos significativos sobre la felicidad, pero vivir en la Región Metropolitana disminuye la probabilidad de ser feliz respecto a otras ciudades del país. Undurraga encontró evidencia también respecto de que los hombres tienen más posibilidades de ser felices que las mujeres y que la calidad de la casa en que se vive también ayuda a la felicidad, así como también la satisfacción con el amor, la familia y la situación económica. Es decir, el dinero “compra felicidad”, pues la satisfacción del bolsillo genera mayor probabilidad de ser feliz.

Burbujas contentas

Este mismo punto fue lo que motivó a una compañía tan grande como la Coca-Cola a instalarse en Chile con un Instituto de la Felicidad. La multinacional vino a replicar aquí, al sur del mundo, un símil del organismo que abrió en España en 2007 en alianza con la Universidad Complutense. Es el segundo centro que abre en el mundo y a fines de julio ya dio una primera radiografía: el 46% de los chilenos se declara feliz. El mismo estudio arrojó que todos los chilenos felices están contentos con sus trabajos, hacen deporte, tienen pareja, celebran sus cumpleaños y las fiestas, pasan poco tiempo en las redes sociales y se juntan habitualmente con sus amigos. La edad no es determinante, pero sí el ingreso, reveló.

“A través de este estudio se busca conocer y analizar las variables que influyen en la felicidad de los chilenos”, explica Carlos Romero, director del Instituto de la Felicidad de Coca-Cola. Para ello, cuenta con un consejo bien diverso que integran la filósofa Carolina Dell´’Oro; el aún director ejecutivo de un Techo para Chile, Juan Pedro Pinochet; el coordinador del Informe de Desarrollo Humano del PNUD, Pablo González, y Claudio Ibáñez, director del Instituto Chileno de Psicología Positiva. Por estos días están en pleno trabajo, pues en diciembre darán a conocer un nuevo barómetro que pretende ahondar aún más en variables como relaciones sociales, trabajo y salud emocional y física de los chilenos.

Comercio feliz

El reciente barómetro de Coca-Cola, eso sí, no es el primero en su tipo en Chile. Hace poco más de un año la Cámara de Comercio de Santiago (CCS) sucumbió a esta moda “y en la búsqueda de indicadores que expresen cosas más allá de los ingresos”, como nos explica el gerente de estudios de CCS, George Lever, elaboró su propio índice de felicidad.

Los datos son interesantes. Entre junio de 2010 y marzo de este año, el 65% de los hombres se declaró feliz y en el caso de las mujeres, el 66%. Iguales. Y al comparar por estrato socioeconómico tampoco se ven grandes diferencias: mientras en el segmento ABC1 el 68% de los encuestados por CCS dice ser feliz, en el segmento DE el porcentaje cae sólo a 63%. O sea, cinco puntos menos.

Pero aunque las cifras sean bastante parejas entre los distintos sectores de la sociedad, lo que sí ha ido variando es la tendencia. Según George Lever, a pesar de que el empleo, el producto y el crecimiento del país han arrojado buenas cifras, el índice de la felicidad ha ido cayendo desde su debut en mayo pasado, lo que está en línea con las manifestaciones de descontento social que se han abierto en distintos frentes de la economía.

Por eso es que, desde su perspectiva, se hace interesante contar con este tipo de instrumentos “que te llevan de alguna manera a saber por qué se queja la gente, por qué hay tantos cacerolazos”.

El coordinador del Informe de Desarrollo Humano del PNUD, Pablo González, advierte también que los indignados, no sólo de Chile, sino que en todo el mundo, están dando cuenta de que se necesita otro tipo de mediciones para dar luces y respuestas a esos fenómenos. “Hace rato que los informes del PNUD contienen aspectos subjetivos de la sociedad. Para nosotros es tremendamente importante medir todo lo relacionado con las personas”, señala. Y agrega que “muchos países están buscando medidas complementarias al puro crecimiento económico y lo que es más interesante es que algunos ya están evaluando sus políticas en base a eso”.

 

Mi reino por una sonrisa

Dicen que Bután es uno de los países más inaccesibles del planeta. Pero así y todo, el 98% de sus habitantes –sólo 750 mil personas- se declara feliz. Es del tamaño de Suiza y a está ubicado en las faldas del Himalaya.

Pese que vive de la agricultura y la ganadería, apenas el 10% de su suelo es cultivable. Hasta 1960 no tenía siquiera un auto. Ni teléfono ni correo. A comienzos de los setenta era uno de los países con mayor índice de pobreza, analfabetismo y mortandad infantil del mundo. Pero todo eso ha ido cambiando: la alfabetización pasó desde un 10% a más del 60%, la esperanza de vida ya supera los 65 años y se ha disminuido rápidamente la mortandad infantil.

En 2002 se constituyó como monarquía democrática, con un tremendo respeto a su cultura. El concepto butanés de la felicidad interior bruta se sostiene sobre cuatro pilares: desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo; preservación y promoción de la cultura; conservación del medio ambiente y buen gobierno.

Bajo ese concepto construyeron un panel con 72 variables, agrupadas en ingreso per cápital salud, acceso a la educación, bienestar emocional y psicológico, diversidad cultural, empleo del tiempo, capacidad de la comunidad para sobreponerse a situaciones límite, vitalidad de la sociedad y calidad de gobierno.