Es notable que sea la preocupación por la solidaridad, la búsqueda de respuestas conjuntas y lo colectivo, lo que está emergiendo en situaciones marcadas por la separación y la individualización extrema.
Por: Ana María Raad

  • 17 abril, 2020

Somos un laboratorio viviente, un experimento que pone a prueba nuestra capacidad de adaptación. De un portazo nuestra vida cotidiana dio un giro inesperado y nos vimos obligados a reconfigurar las formas de trabajar, estudiar, consumir, participar, incluso relacionarnos con los más cercanos. Hemos convertido la cuarentena en una expresión individual y a su vez en un acto de sobrevivencia para la especie en general. Todo esto lo hemos vivido al vaivén de una paradoja constante entre desconexión, separación y aislamiento, junto con una interconexión digital, sobreinformación y encuentros virtuales sin precedentes.
Si lo vemos desde la vereda de las soberanías y la democracia, estamos explorando nuevos espacios en donde antes percibíamos bordes y fronteras claramente acordados. Sin hacer nada y solo con encender el celular, en varios países se activan nuevos seguimientos y controles ciudadanos. Esto de alguna manera nos obliga a desarrollar una conciencia crítica ante la vigilancia digital, lo cual deriva en dilemas éticos, legales y políticos de gran complejidad. Por otro lado, hay quienes afirman que esta pandemia no hace otra cosa que desenmascarar otras epidemias que manteníamos ocultas y que ahora han salido a la luz, tales como la epidemia ideológica, la de las noticias falsas, las teorías de conspiración paranoicas y las explosiones de racismo, como propone Slavoj Zizek en la ya popular revista digital “Sopa Wuhan”, que por estos días se ha vuelto tendencia en las redes. Lo interesante es que el otro lado de la moneda, según Zizek, es la colaboración que nos moviliza a todos a encontrar una solución en conjunto. Para él, la respuesta no es pánico, sino trabajo arduo y coordinado de apoyo global. Es notable que sea la preocupación por la solidaridad, la búsqueda de respuestas conjuntas y lo colectivo, lo que está emergiendo en situaciones marcadas por la separación y la individualización extrema.
Si además pensamos en el valor de la presencia de los otros, parecería que el encierro que vivimos ha implicado una revalorización del contacto directo y humano. Por un momento pienso en el icónico performance de Marina Abramovic, llamado “artista presente”, en el que ella permaneció sentada por más de 700 horas en una silla al interior del MoMA, mientras los visitantes pasaban y se sentaban delante de ella. Sin embargo, cuando se encontró con alguien que para ella era significativo (su ex pareja), rompió todo el silencio, distanciamiento y se puso a llorar. Su intención por develar, a través del arte, la necesidad de mirarnos cara a cara, de tener un contacto físico y cercano, de estar presentes con el cuerpo y la conciencia, es de absoluta vigencia, incluso una década después de su realización. Y es que el espacio y la cercanía con los otros han empezado a tomar mayor valor y significado, porque a pesar de la tecnología disponible, nada reemplaza la sensación de estar frente a frente, codo a codo.
Probablemente, uno de los mayores ajustes que estamos viviendo es el encuentro (o mejor dicho desencuentro) entre lo que podríamos considerar la realidad concreta, aquella que vivimos día a día en la acción más íntima y la realidad virtual, que está mediada por las redes de información y medios de comunicación. Lo único cierto en este laboratorio forzado al cual estamos expuestos, es que no regresaremos a la “cotidianidad” con las mismas percepciones, así como tampoco con los mismos estilos de relacionarnos, tanto en lo personal, como en lo colectivo. Justamente gracias a la tecnología hemos descubierto nuevas maneras de relacionarnos que antes eran inimaginables, o simplemente las considerábamos como poco prioritarias (basta ver la poca fe que le teníamos al aprendizaje en línea). El ajuste entre nuestra vida previo a las cuarentenas y después de estas será el resultado de grandes pruebas y errores, propio de los experimentos radicales.