Cuando el israelí Arnon Kohavi dijo que se iba de Chile porque la elite le hacía el quite al capital de riesgo, remeció bastante al mercado. Apuntó a lo que muchos pensaban y pocos se atrevían a decir. Sin embargo, otros actores del mundo del emprendimiento aseguran que aquí sí se está armando un ecosistema de innovación y negocios. No como en California, claro. Pero de que lo hay, lo hay.

  • 25 enero, 2012

Cuando el israelí Arnon Kohavi dijo que se iba de Chile porque la elite le hacía el quite al capital de riesgo, remeció bastante al mercado. Apuntó a lo que muchos pensaban y pocos se atrevían a decir. Sin embargo, otros actores del mundo del emprendimiento aseguran que aquí sí se está armando un ecosistema de innovación y negocios. No como en California, claro. Pero de que lo hay, lo hay. Por Fernando Vega.

Chile no es Silicon Valley, pero tampoco es un entorno hostil para el capital de riesgo. Hay cultura emprendedora y apoyo del Estado. Pero faltan, eso sí, inversionistas más jugados frente a un número creciente de profesionales capaces de atreverse. Ese es el comentario que circula por estos días en ese mundo.

Emprendedores, administradores de fondos, empresarios y académicos aseguran que aquellos ingredientes tan especiales que se necesitan para generar un ecosistema de innovación y negocios, aquí sí existen. Que incluso, hay un optimismo abrumador y un entorno legal que permiten realizarlo. Pero advierten que la capacidad de encontrar inversionistas y los montos que éstos están dispuestos a entregar para crear ese lugar idílico –en que todas las ideas de negocios cuentan o consiguen vías para llevarse a cabo– es el gran problema.

Cuando el israelí Arnon Kohavi dijo que Chile no estaba listo para desarrollar el capital de riesgo porque “la sociedad chilena es menos dinámica que Asia o Estados Unidos; un puñado de familias monopólicas la controlan, y no se moverán”, removió al mercado y al gobierno, que lo había invitado a instalarse en Chile el año pasado.

Y la sorpresa no se produjo sólo porque unos meses antes de marcharse él mismo había declarado que el “próximo Facebook” saldría de este país, sino porque dijo lo que muchos pensaban y pocos se atrevían a decir. Kohavi abrió un dique cuyas compuertas nadie pensaba levantar y las dejó abiertas hasta hoy. En el sector no se habla de otra cosa y basta darse una vuelta por Internet para ver cómo el debate sigue on fire. Y eso que el israelí ya lleva un mes viviendo en Singapur con su familia.

Kohavi buscaba en Chile un compromiso de la elite para instalar su fondo de inversión. Pero fracasó. Ya a mediados del año pasado comenzó a mostrar su decepción. Comentaba a varios inversionistas que el gran problema nacional era la existencia de una brecha generacional dramática entre los emprendedores jóvenes y la generación antigua, que se supone es la que en todo el mundo apoya económicamente los nuevos proyectos. Un gestor de fondos recuerda un encuentro en Antofagasta del que el emprendedor salió muy deprimido, diciendo que “así no se podía”, porque ninguno de los posibles aportantes ni siquiera era capaz de comprender la naturaleza de las propuestas.

“Claramente, nos falta mucho; pero si miramos hacia años atrás, en Chile no existía nada y hoy sí. Hay un salto cuántico. El cambio que ha ocurrido entre el 2000 y el 2011 es increíble. Hoy hay un entorno, hay emprendimiento, hay innovación, hay capital de riesgo. En 2000 no había fondos, ni incubadoras. Hoy el emprendimiento y la innovación son incluso parte del currículo de las universidades”, sostiene Gonzalo Miranda, vicepresidente de la asociación chilena de estas sociedades, la ACAFI.

Cultura emprendedora

La arriesgada decisión de montar un negocio propio e innovador es mucho más frecuente entre profesionales chilenos de lo que se cree. Sean del ámbito que sean. Según un último informe de la Latin American Venture Capital Asociation (Lavca), Chile es el país más atractivo de la región para desarrollar el capital de riesgo. En opinión de la entidad –que desde 2006 elabora este ranking que distribuye por todo el mundo– el espíritu emprendedor es una de las principales características diferenciadoras de esta economía. Y destaca el nivel de las empresas, de los centros de investigación y de sus profesionales.

Según el documento, las diferencias competitivas entre Chile y Estados Unidos no son tan abismantes en términos de trabas legales o burocráticas.

De acuerdo a las estadísticas, en Chile hay fe en las start-up. Según estimaciones del sector, se han arriesgado unos 800 millones de dólares en apoyar nuevas empresas entre 2000 y 2010. El año pasado hubo una pequeña baja, pero no significativa. Sólo el Estado ha aportado 424 millones de dólares en la última década. Esos recursos han ido a parar a 120 proyectos de diversos sectores económicos. Además, hay varios miles de dólares que no están contabilizados porque corresponden a aportes privados o familiares.

Los datos son optimistas, pero aún así el mundo del emprendimiento chileno todavía se encuentra en pañales. “En Chile, el capital de riesgo está donde está porque no hay suficientes historias de éxito que generen deseos de emular, como pasa con la historia de los futbolistas”, sostiene José Miguel Musalem, socio fundador de Aurus.

Los grandes sucesos made in Chile son Zappedy, la empresa tecnológica de Francisco Larraín, comprada por Groupon en unos 10 millones de dólares, y Wanako Games, una desarrolladora de juegos para consola de Tiburcio de la Cárcova y Esteban Sosnik, vendida en la misma cifra a Vivendi, en 2007.

Pero se comenta que, por lejos, la historia más rutilante –tanto por monto como por impacto– ha sido Chiron, la empresa bioquímica del Premio Nacional de Ciencias Pablo Valenzuela, quien desarrolló la vacuna contra la hepatitis B y descubrió el virus de la hepatitis C. La compañía, basada en Estados Unidos –de la cual Valenzuela no era el único propietario– fue comprada por la suiza Novartis en varios millones de dólares en 2005. Tal cual. Hoy, Valenzuela desarrolla una investigación sobre el cáncer, con Aurus.

Otro de los proyectos que suena fuerte es Tiaxa, un sistema de financiamiento para servicios de celulares de prepago y que opera en varios países de América latina, África y Asia, incluyendo la India.

Y se mencionan varias tecnológicas como Snnatech, Carenado o Phytotox, el proyecto de crema antiarrugas con toxina de la marea roja que pronto comenzará a comercializarse en Europa. También hay fondos estadounidenses probando biocombustibles a partir de algas marinas y varios desarrollos en minería, agro-negocios y energía.

Wenceslao Casares, Christoph Schiess, Andrónico Luksic, Roberto Angelini, Víctor Hugo Puchi, Alvaro Saieh, José Luis del Río, Andrés Navarro y Salvador Said son algunos de los empresarios que aportan a los fondos de emprendimiento en Chile.

El músculo del Estado

En Chile, los diferentes gobiernos han apostado por el desarrollo de este campo como una inversión de futuro para el país. No sólo en el plano económico, sino también en el de la retención de talento e impulso para la creación de empresas y empleos.

Corfo ha cumplido un rol destacable, coinciden en la industria. Ha financiado varios proyectos y el Estado está consciente de que el crecimiento se relaciona con potenciar la creación de empresas. Antes había menos apoyo pero, poco a poco, se ha ido tomando conciencia y hay más ayudas. Actualmente existen líneas de fondos esperando a ser usadas. “Creo que deberían continuar estos esfuerzos, porque los resultados son de muy largo plazo. En Chile se han hecho genuinos esfuerzos por desarrollar la industria y han tenido buenas iniciativas. Los resultados han sido mixtos, eso sí. Creo que el gobierno debería hacer un esfuerzo mayor en atraer empresas tecnológicas a Chile. El país debería tener una política al respecto porque, sin incentivos, pocos se van a instalar acá”, dice Álvaro Alliende, consultor independiente, quien administró el primer fondo de capital de riesgo en que participó Corfo.

En el imaginario de todo el mundo está Silicon Valley, La Meca de la innovación. Pero este polo comenzó a inventarse en los años 70, a partir de una colaboración entre la Universidad de Standford y el ministerio de Defensa de Estados Unidos. La alianza dotó a la región y a los proyectos nuevos de un estatus de inversiones seguras, lo cual hizo que la confianza se incrementara y las empresas nuevas recibieran jugosas inversiones. La clave del éxito fue la combinación entre conocimiento, dinero y contactos.

Países de todo el mundo entero se han planteado imitar el modelo norteamericano. Y el nuestro no ha sido la excepción. Corfo creó en 2010 el programa Start-Up Chile, que busca posicionar al país como un polo de emprendimiento y que ya va en la tercera generación de compañías que postulan a apoyo público para germinar con éxito. En el último proceso participaron 570 empresas de 36 países. “Yo soy absolutamente optimista de lo que ha hecho Chile, y el Estado debiera seguir apoyando esta actividad al menos unos 10 años más, para que esta industria se consolide”, sostiene Gonzalo Miranda.

La terrible idea de perder

Pero el gran problema aquí es de carácter económico, coinciden los distintos actores del negocio. “Los emprendedores que buscan capital por primera vez requieren apoyo, guía, información, y sentir que la institución los va a acompañar en su crecimiento. A las instituciones en Chile les falta un poco de audacia. Son inversionistas, en general, muy conservadores”, sostiene Julie McPherson, la nueva directora ejecutiva de Endeavor en Chile.

Invertir en capital de riesgo tiene una media muy disuasoria: de diez compañías que nacen en este sector, sólo dos o tres son exitosas. Las demás tienen una posibilidad cierta de fracaso.

“La sociedad chilena es menos dinámica que Asia o Estados Unidos; un puñado de familias monopólicas lo controlan, y no se moverán”, planteó molesto el emprendedor israelí.

Y aunque en el mercado haya emprendedores reconocidos, serios, con una dilatada experiencia en diferentes sectores, la barrera cultural del capitalista que no quiere perder su inversión es la frontera más difícil de derribar. “Nosotros hemos levantado fondos… y ha sido súper difícil. Hay que ser honesto y decir que una de las opciones es perder toda la plata. Y cuando uno habla con alguien sobre la posibilidad de perder toda la plata, no importa que ésta sea poca en relación con su patrimonio, sino que es poco aceptable perder. Las platas que nosotros levantamos provienen casi toda de gente de 40 o 45 años, emprendedores de esa edad. Es verdad que nosotros visitamos a gente mayor y no pudimos. Hay uno que otro, pero la disposición a tomar riesgos en general es baja”, revela Musalem.

A eso se suma que los inversores deben tener la resistencia suficiente para aguantar entre cinco y diez años, que es el tiempo medio que se tarda en desinvertir.

Las posturas mínimas para entrar a estar firmas suelen rondar los 50 mil dólares. Por lo general, hay un administrador experimentado que se involucra en la gestión empresarial y aporta sus conocimientos y contactos. Entre los aportantes figuran empresarios de diverso calado, ejecutivos y abogados. “Obviamente Chile no es Silicon Valley y tampoco la va a ser nunca, porque tiene sus propias particularidades, y eso todos los saben”, dice Tomás Hurtado, gerente de inversiones de Consorcio.

En la mayoría de los casos, se lanzan a invertir por razones que no son estrictamente financieras, sino que tienen más que ver con la satisfacción personal, la vinculación del proyecto con el entorno o con otros intereses.

Atakama Labs:
alta tensión

Una vez que un emprendedor consigue capital, se enfrenta a fuertes tensiones con los dueños del dinero. Según los agentes del sector, las certezas y la obsesión por lo tangible suelen ser muy poderosas. Las dos partes trabajan codo a codo, pero a veces se miran con recelo.

Hay una tensión que, según Álvaro Alliende, se debe a que la relación entre las partes es muy asimétrica: “por un lado los fondos ven cientos de proyectos anualmente y los emprendedores, el suyo y nada más. Los fondos tienen un cierto pulso del mercado de financiamiento de proyectos que no tienen los emprendedores. Ven fracasar varios proyectos y tienen que compensar con los buenos. Por otro lado, los emprendedores conocen mucho más de su negocio particular que de los riesgos, de los factores de éxito, de las posibilidades reales de desarrollarlo. También conocen mejor la industria donde se desenvuelven y les cuesta entender que este es un negocio en el que los aciertos deben compensar las pérdidas. Todo eso hace que a veces las expectativas sean muy discordantes”, sostiene.

Uno de los casos más recientes y bullados fue la venta Atakama Labs, una empresa de videojuegos que fue comprada en unos 6,4 millones de dólares por la gigante japonesa DeNA en octubre de 2011.

Fundada por Tiburcio de la Cárcova y Esteban Sosnik, la firma recibió recursos de los fondos Austral y Copec–UC. Según se comenta en el mercado, los emprendedores acusaron a esos dos fondos de intentar cambiar las condiciones de sus aportes cuando se enteraron de la espectacular oferta que formularon los orientales.

Pero Gonzalo Miranda, quien además es socio y gerente general de Austral Capital, asegura que no ha escuchado de ninguno de los fundadores de Atakama Labs algún reclamo público concreto. “La compañía se vendió y cada uno recibió lo que correspondía”, sostiene. Añade que si hubiera existido un cambio unilateral de los acuerdos el tema ya estaría en tribunales.

Mirada gobal

El sueño de todo emprendedor es codearse con los grandes mentores y firmas de Silicon Valley. Google, Apple y Facebook son sólo algunos ejemplos de compañías que lograron incubarse en esta área de la bahía de San Francisco, al norte de California.

Pero ir a acuartelarse a Silicon Valley no es tan fácil. Si bien hoy día el talento humano es muy móvil, el gobierno estadounidense ha puesto nuevos controles. De hecho, cada mes deporta a desarrolladores que tratan de establecer empresas sin los permisos adecuados.

“La vida en Silicon Valley es feroz”, dice un emprendedor chileno que pide reserva de su nombre. Cuenta que sólo entre el 1% y el 2% de todos los proyectos consigue financiamiento y que a veces las condiciones bajo las cuales se firman los contratos son draconianas. Pero allá están el futuro y los hombres que lo posibilitan.

Por eso, la tendencia del mercado es apostar por proyectos con mirada global. El negocio está en la expansión y generalización de productos y servicios que sean útiles para usuarios de todo el mundo.

Iniciativas sólo de alcance local no sirven. Se necesita pensar global y ejecutar proyectos en forma rápida. Además, una aplicación testetada globalmente puede –por lejos– valer mucho más. Por lo mismo, casi todo lo que se “crea” hoy día se patenta afuera, principalmente en Estados Unidos. Las empresas de capital de riesgo en Chile destinan cada año varios millones de dólares a eso, pues la consigna en la industria es que una historia de éxito sólo recibe ese calificativo si es que es avalada por el mundo. “El conocimiento hoy día es global y hay que estar mirando para afuera”, sostiene Musalem.

El aliento de la competencia se siente cada vez más cerca y si los gestores no están alertas, otros no sólo les pisarán los talones, sino que los adelantarán. Fondos como Sequoia, DFJ, Benchmark, Rocket y Burrill, entre muchos otros, ya están migrando hacia los mercados emergentes en busca de proyectos que causen una nueva revolución en nuestra vida cotidiana. Según Julie McPherson, una de las nuevas tendencias que veremos en Chile será “más co-inversión de grupos locales con grupos internacionales”.

Actualmente el sector invierte primordialmente en vida (salud y alimentación) y tecnología. Pero cada vez más, agua y energías renovables empiezan a reclamar espacios. Son el nuevo non plus ultra del negocio, los sectores más dinámicos. Puro invento, puro futuro. El boceto del mundo del mañana.