Para qué hacerse los lesos. Todos alguna vez han soñado con convertirse en uno de esos personajes íconos del poder. Esos conocidos por sus increíbles negocios, pero que además tienen un look envidiable. Los que no andan mostrando nada, pero con una pura aparición lo dicen todo.
Aprovechando los días de verano, aquí van algunas claves para desenvolverse como un amo del universo. Qué significa ser poderoso-estiloso hoy, cómo lograrlo, qué ponerse y qué decir para pertenecer a ese exclusivo club.

  • 25 enero, 2012

 

Para qué hacerse los lesos. Todos alguna vez han soñado con convertirse en uno de esos personajes íconos del poder. Esos conocidos por sus increíbles negocios, pero que además tienen un look envidiable. Los que no andan mostrando nada, pero con una pura aparición lo dicen todo.
Aprovechando los días de verano, aquí van algunas claves para desenvolverse como un amo del universo. Qué significa ser poderoso-estiloso hoy, cómo lograrlo, qué ponerse y qué decir para pertenecer a ese exclusivo club.

El poder del estilo
Manual para ser poderoso
A todo trapo
Moda: yo quiero

 

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El poder del estilo

No es raro que muchos políticos intenten imitar la forma de ser de Kennedy, en el entendido de que el estilo siempre es un arma poderosa y, si está bien administrada, incluso puede ocultar los errores políticos. Por Andrés Benítez.

Los asesores de Obama ya no saben qué hacer para emular al mítico John F. Kennedy. Hace poco difundieron una imagen del actual presidente que es casi una copia de una de las fotografías más famosas del asesinado mandatario. Se trata de aquella tomada hace 45 años en la oficina oval, donde John John aparece bajo el escritorio mientras su padre trabaja concentrado leyendo unos documentos. La idea de un joven líder que se preocupa de los problemas del país y de la familia ha sido considerada como uno de los grandes aciertos de las comunicaciones modernas.

No es extraño que Obama trate de parecerse a Kennedy. De baja en las encuestas y con una dura reelección a la vista, es lógico que busque acercarse a la imagen del que, hasta ahora, es considerado el presidente más popular de la historia de Estados Unidos. Y, probablemente, del mundo entero. Y en esto, Obama no está solo. Copiar a Kennedy ha sido una tradición en el último medio siglo, y su imagen se ha convertido en un ícono de la política moderna. Explicaciones para esto hay demasiadas y contradictorias. Pero hay una tesis en la cual todos coinciden: Kennedy es quien entendió mejor, y antes que nadie, el poder que confiere el estilo.

“La moda pasa, pero el estilo perdura”, era la frase favorita de Coco Chanel, aludiendo a algo fundamental: el estilo es algo mucho más profundo que la imagen. Tiene, por supuesto, un componente externo –la forma de vestirse, de moverse, de hablar–, pero también se asienta en las ideas, principios y valores que trasmite la persona. Pero si hay algo que define al estilo, eso es el carácter. Por ello, gran parte del llamado “estilo Kennedy” está fundado en la forma de ser del presidente: una persona optimista y entusiasta, poseedor de una gran y fotogénica sonrisa. Además se trata de una persona bastante relajada y un tanto informal, pero a la vez muy elegante.

Teniendo esto como base, los asesores comenzaron a fabricar un estilo presidencial que en el plano personal potenciara la idea de una figura joven, carismática y cercana, pero que al mismo tiempo trasmitiera poder y algo que hasta ese momento no estaba en los libros de nadie: el glamour. Así las cosas, dotaron a la institución de la presidencia de una imagen de realeza nunca antes vista en los Estados Unidos.

Lograr todo esto no fue fácil y significó preocuparse de cada detalle de una manera casi obsesa. La forma de vestir de Kennedy, por ejemplo, era perfecta. No sólo en lo formal, sino que sobre todo en lo informal, que es el área donde la mayor parte de los políticos falla –¿Hay algo peor que la pinta de los políticos sin traje ni corbata?. Por el contrario, el mandatario norteamericano hizo de lo informal su fuerte, al promocionar un estilo casual pero elegante, un arte muy difícil de lograr. Incluso en sus vacaciones, con polera, short y sus clásicos anteojos de sol, trasmitía un aura juvenil, pero que siempre guardaba la prestancia del cargo. Así las cosas, Kennedy logró lo que pocos políticos consiguen.

Algo parecido sucedió con la Casa Blanca, la que durante su mandato dejó de ser una suerte de museo, un lugar aburrido, una suerte de postal. Por el contrario, producto de una cuidada decoración y de una intensa vida social, la casa del presidente se transformó en algo muy poderoso para su imagen: un lugar lleno de vida familiar, pero también el centro de poder que reunía a todos aquellos que fueran interesantes. Así, las cenas, antes discretas, se convirtieron en verdaderos eventos, en los cuales, además de los políticos, era posible ver a artistas, científicos, deportistas y líderes empresariales. Una delicia para los medios no sólo políticos, sino para las revistas de moda, de espectáculos e incluso de deportes.

Todo este estilo era apoyado por una estrategia de comunicación impresionante, algo que forma parte del corazón del estilo Kennedy. En el plano personal, rápidamente logró crear una retórica convincente y una argumentación persuasiva, combinadas con una dosis certera de buen humor. No por nada sus discursos y frases son estudiados y repetidos hasta el día de hoy. Y si bien el hombre tenía una gran oratoria, la verdad es que siempre dedicó muchas horas a mejorar sus habilidades comunicativas.

Pero eso no era todo. El mandatario fue el primero en romper las formas clásicas de comunicar, no sólo por el uso de la televisión, sino también por abrirse a medios de todo tipo. Nunca nadie ha tenido más portadas que él. De alguna manera, Kennedy fue el primer presidente moderno. El primero en entender la fuerza de la comunicación, de las imágenes, del estilo, como fuente de poder. Un poder que usaba para llevar adelante muchas de sus ideas políticas.

El factor Jackie

Pero en todo esto, Kennedy también contó con un arma totalmente inesperada: Jackie. La mujer del presidente se convirtió rápidamente en un referente mundial. Y así como él inventó al presidente moderno, podemos decir que ella hizo lo mismo con la institución de la primera dama. Y esto fue un tanto sorpresivo incluso para el círculo de expertos que los rodeaba. Hasta que ella aterrizó en Londres el año 1961 para acompañar a su esposo en su gira europea, ningún medio periodístico había dedicado tanta atención y elogios a una primera dama. Tanto fue el revuelo que, a su llegada a París, el presidente bromeó señalando: “yo soy el hombre que acompaña a Jackie Kennedy”.

A partir de ese momento, el equipo de asesores de la Casa Blanca comenzó a tejer un sofisticado plan de comunicaciones para potenciar la figura de ella, en el entendido de que era un gran activo para la imagen del presidente. Siempre elegante y distinguida, Jackie aceptó su rol y rápidamente se convirtió en un referente de la moda mundial, algo que sigue intacto hasta el día de hoy. De esta manera, así como ellos han querido parecerse a Kennedy, ellas no han dudado en seguirla. Pero, al final del día, si bien marido y mujer han tenido cientos de imitadores, los expertos indican que nadie todavía ha estado a su altura.

Cincuenta años después de su muerte, su gobierno tiene muchos contradictores; pero su estilo, sólo seguidores. Y su popularidad está más fuerte que nunca. Entonces, no es raro que muchos políticos intenten imitar la forma de ser de Kennedy, en el entendido de que el estilo siempre es un arma poderosa que, bien administrada, incluso puede ocultar los errores políticos. El problema es que el buen estilo no algo fácil de imitar e incluso puede ser más complejo que hacer un buen gobierno. Bien lo sabe Obama quien, junto a su mujer, Michelle, ha seguido a la letra las pautas del estilo Kennedy, pero sin grandes resultados políticos. Algo parecido le sucede a la dupla Sarkozy-Bruni, que si bien tiene muchos de los atributos externos de los Kennedy, está muy lejos de conseguir un estilo similar.

Y quizás ese sea el gran error. La gran lección de Kennedy es que el estilo importa. Que no es necesario imitarlo a él, sino desarrollar uno propio. Y que ello está en la esencia de la política moderna. El punto debiera tomarlo en cuenta el actual gobierno de Sebastián Piñera, el cual basa su quehacer en la gestión o en el éxito sin tener en cuenta que, sin estilo, esas son palabras vacías. Porque el éxito sin contenido es moda. Y las modas son pasajeras. Por ello, la idea de darle impronta y contenido a la actual administración es fundamental. En esto, es evidente que el presidente Piñera no puede aspirar a ser Kennedy. Pero, al igual que el fallecido mandatario, él también tiene un arma muy poderosa a su lado: la primera dama, Cecilia Morel.

El autor es rector de la Universidad Adolfo Ibáñez.

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¿Quiere ser poderoso?
Apréndase este manual

 

Nada mejor que ocupar el verano para aprender, especialmente si es algo importante. Aquí le ofrecemos una herramienta que puede cambiar su vida: el ABC de los influyentes. Entre otras cosas, podrá identificar cuán poderoso es usted, cómo debe vestirse para controlar el mundo y qué cosas tiene que decir para pertenecer a ese grupo en el que, secretamente, todos quieren estar. Por Ignacio Olivares y Federico Willohghby O.

 

El clóset ideal
Traje
La idea es proyectar presencia, autoridad, conocimiento y poder. Todo, sin decir una sola palabra. De ahí su importancia. Además, no se trata de comprar el traje más caro sino el que le quede mejor. Un tipo puede tener mucho poder, pero si las mangas de la chaqueta le quedan cortas –o muy largas– es difícil que lo respeten. A saber: gracias a la serie Mad Men y el revival de los 60, los trajes de dos botones son un must.

Sastre
A menos que sea un modelo, aprenda que todos los trajes necesitan algún tipo de arreglo para que le queden como corresponde. Por eso, consígase un buen sastre e incorpórelo a su vida. A la larga, él será pieza clave en su aura de poder.

Corbata
La moda de los sesenta trajo de vuelta las corbatas delgadas. Ojo, no las use siempre, altérnelas con las más anchas y tradicionales para no quedar como un tipo adicto a las tendencias (recuerde, usted es un tipo poderoso, no un hipster). Eso sí, no sería malo que a la hora de anudarse la corbata incorpore el estilo half Windsor. El nudo simétrico y triangular se puede usar con cualquier camisa y si bien es elegante, también es sobrio.

Colores
Para los científicos, los colores que están asociados al poder o a una presencia dominante son negro, azul, verde, rojo y café, siempre en tonos oscuros. Eso sí, el azul marino es el mejor para las reuniones importantes, ya que entrega un aire de autoridad. Cuidado con los colores fuertes. Efectivamente llaman la atención, pero eso distrae y dificulta la comunicación. Además, hay que tener percha para usarlos. Si no, mejor pasar piola.

Para el fin de semana: intente, en lo posible, desterrar de su clóset los pantalones con pinzas. Cómprese los mismos caquis de siempre, pero con un corte más moderno. La camisa blanca, con una buena vuelta en las mangas, siempre es elegante y discreta.

Con la ropa negra o las camisas de lino, no se pase de listo. Hay que tener pinta para ponérselas. Puede lograr verse poderoso y elegante, pero a un tris del empresario carretero.

Para los pies, olvídese de esas sandalias de material contra agua o las plásticas de colores fosforescentes. Es mejor andar a pata pelá. Use anteojos de sol, no se sobrebroncee y si sale a caminar por ahí, póngase un buen –y sobrio– sombrero. El jockey, por ningún motivo.

En todo caso, los poderosos no andan expuestos.

El discurso tipo
Los demás tienen algo que decir

Ya lo dijo Sir Francis Bacon y lo repitieron en cuanto seminario de marketing existe: “La información es poder”. En conclusión, para ser un tipo poderoso hay que saber de todo, en su justa medida. Y siempre, pero siempre, estar atento al diálogo y mostrarse sorprendido, aunque ya se sepa al revés y al derecho la historia que le cuentan.

No latee
El poderoso no tiene por qué dictar cátedra. El mundo tiene que seguir sorprendiéndolo. Si no, se convertiría en un latero. Y ahí hay serio riesgo de que el poder se esfume.

Política
Por muy desprestigiados que estén los políticos, no lo está la política. Al contrario: es algo que por estos días se conversa en todas partes, pues el poderoso –además de conocimiento– tiene un interés genuino por el buen destino del país. Nunca cuente sus contactos con políticos o si lo llaman por teléfono para tal o cual favor. Nada menos estiloso que andar ventilando las ayudas que a uno le piden.

Fórmese una opinión sobre los estudiantes –no caiga en el mal gusto de comentar la belleza de Camila–, tenga una visión sobre la utilidad o no de una reforma impositiva, o el sistema binominal, y valore la diversidad en todos los ambitos. Lea la prensa local y extranjera. Mire las editoriales de los diarios ingleses y tómele el gusto a la buena lectura.

Pero por sobre todo, mantenga sus redes de poder en la política. Con discreción.

Arquitectura y urbanismo
Hace rato que el gusto por lo estético comenzó a tener un lugar importante en las reuniones sociales. No mire sólo la cosa práctica, aprenda a apreciar una obra de arte en la arquitectura, en el diseño e incluso en el urbanismo. Averigüe quiénes son los próceres en estas disciplinas, sepa algo de Le Corbusier, por ejemplo, y no olvide –sobre todo en estos días en que la sobriedad la lleva– la máxima de Mies Van der Rohe: “less is more”.

Eso, además de lo imprescindible: preocúpese por la contaminación, defienda las ciclovías y entérese de la discusión arquitectónica en torno a la belleza o fealdad de la torre de Paulmann. Todo, sin exagerar: no es necesario cambiarse a vivir al Parque Forestal y decir que mirar por la ventana es sentirse en París. Si lo siente, guárdeselo.

 

Redes sociales
Los poderosos de verdad no tienen redes sociales digitales. No necesitan. Si usted no es uno de ellos, sino que un aspirante a, niegue públicamente tener cuenta en Twitter o en Facebook. A lo más, se puede dar el lujo de poner una foto en Instagram para mostrar que también tiene cierta sensibilidad artística. Obviamente, que no sean fotos de su familia o de sus animales. Menos todavía de usted turisteando en algún viaje. No hay que mostrar.

Si no se aguanta y quiere estar en la comunidad virtual a toda costa, invente una cuenta falsa y comente sobre programas como Fiebre de baile o Mundos opuestos con toda soltura.

Comida
Un hombre poderoso obviamente tiene mesas en los mejores restaurantes del mundo y la posibilidad de probar los mejores platos. Pero, he aquí la clave, no experimenta con eso: es fiel al mismo restaurante y logra que sin decir una palabra le sirvan su plato favorito. (Por ningún motivo pida a viva voz “lo de siempre”: jactarse de su calidad de habitué o de su complicidad con el mesero es de pésimo gusto).

Sin embargo, lo que se estila hoy en los círculos del poder es comer en las casas. Recibir a una decena de personas –no necesariamente amigos, pero sí conocidos– y comer un plato rico pero sin sofisticación. Ya lo más cool sería que el mismo poderoso-dueño de casa también cocine. Y si no da para tanto, que se pare a retirar los platos de la mesa o ayude a servir la comida. Muchas ensaladas, pescados frescos e incluso comida chilena. Que sorprenda por su sabor, no por su precio.

Ciencia y tecnología
No se trata de saber los últimos modelos de celulares o andar mostrando que se compró la tienda Mac completa. La idea es estar algo al tanto de los avances en tecnología, pero no en términos de gadgets ni huifas que cuelgan del cinturón, sino de los avances que de verdad cambiaran el rumbo de la historia. Si se ha descubierto que la ansiedad está en una neurona, o que existe la memoria de los afectos, entérese. No se confunda, eso sí, con los miles de millones de estudios de universidades que dicen cosas básicas –tipo “comer chocolate engorda”– y lo plantean como si hubieran descubierto la fórmula para viajar en el tiempo.

¿Sabe lo que es un exabyte? Si no, preocúpese.

Querer no es poder
Aquí, 3 cosas que un tipo poderoso jamás haría. Usted tampoco.

1. Usar un accesorio tecnológico en público. Poner el celular arriba de la mesa cuando está comiendo o almorzando. Y ni hablar de usar esos micrófonos que se cuelgan en las orejas, o los cables de manos libres.

2. Dar entrevistas. Un tipo poderoso no da entrevistas, sino que “mueve su agenda”. Es decir, si tiene algo importante que decir o algún negocio que quiera mover, dé una entrevista a un medio específico. Ni se le ocurra salir en un matinal.

3. Hacer ruido, llamar la atención. La plata le puede comprar un show en el Festival de Viña, pero el poder no es público. Mientras menos se sepa quién es usted o a qué se dedica, mejor. La invisibilidad es el arma de los verdaderamente poderosos.

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A todo trapo

 

Si se asoma por la ventana de su oficina, es probable que vea pasar decenas. Distintos tipos, colores y cortes de trajes de sastre. Conozca cómo se tejieron los hilos de este clásico atuendo y cómo el llamado “uniforme del capitalismo” se ha ido adaptando a la medida de la sociedad chilena. Por Carla Sánchez M.; fotos, Verónica Ortíz.

¿Cree que Mark Zuckerberg debiera madurar y usar traje?” La pregunta surgió en un foro de discusión de Facebook, en el cual se argumenta que nunca se ha visto a Donald Trump sentado en el suelo con hawaianas. “Hasta ahora, al CEO de Facebook el look colegial le ha funcionado pero, ¿servirá la fórmula para siempre?”, agrega otro participante del debate. Las respuestas de los cibernautas coinciden: “él puede ponerse lo que quiera. Por algo es billonario”.

Parece que en Silicon Valley la moda es oponerse a esta prenda de vestir. El mismo Steve Jobs era el ícono del anti traje: beatle negro y jeans, siempre. Pero aunque por esas tierras digitales la cosa sea así, el traje es el rey indiscutido del clóset en la mayoría del resto del mundo. Desde el guardia de un banco hasta el presidente de la República se visten con esta prenda, compuesta por chaqueta y pantalón cortados de la misma tela.

Es raro ver a Eduardo Valdivia sin una huincha colgando en el cuello. El año 66 egresó de la hoy desaparecida Escuela de Sastrería y desde entonces no ha parado de dar puntadas. Con y sin hilo. Valdivia no cree que la tendencia de los titanes de Silicon Valley se propague. Al menos, en Chile. “Veo a la juventud entusiasmada con los trajes. Vienen aquí para la fiesta de graduación, muchas veces sacan el diseño de Internet, lo traen para acá y elegimos las telas. Veo al traje con bastante proyección, no creo que sea algo que vaya a pasar”, comenta el maestros de la tradicional sastrería Cubillos.

Algo de razón tiene Valdivia en sus vaticinios. El llamado “uniforme del capitalismo” ya lleva 150 años de supremacía. Incluso, hay quienes se aventuran a asegurar que ha conquistado al planeta más que el sistema económico en sí. “El traje es el uniforme de los que vivimos en el hemisferio occidental. Es sinónimo de seriedad y elegancia, sin olvidar que hay miles de personas en el planeta que no conocen este atuendo, pero sí lo conocen sus autoridades”, agrega el diseñador Atilio Andreoli. Y anécdotas hay por montones. Por ejemplo, la primera vez que Obama se reunió con Hu Jintao –contaba de The Economist– estaban vestidos con trajes azul oscuros casi idénticos, camisas blancas y corbatas rojas.

¿Cómo esta prenda de vestir alcanzó tanta popularidad? La historia se remonta a mediados del siglo XVII. Para mantener una imagen austera, Carlos II ordenó a sus cortesanos vestir túnicas, camisas y calzones, después del brote de peste de 1665 y del gran incendio de Londres, un año después. La orden provocó un cambio radical. Según el artículo del semanario británico, forzar a la elite a vestirse de manera modesta sugería que el poder ya no estaba determinado por metros de encajes y adornos.

A pesar de que los cortesanos volvieron al look extravagante, el simple atuendo de tres piezas fue ganando adeptos. La emergente clase de negocios empezó a utilizarlo, al igual que los aristócratas que pasaban más tiempo en sus tierras que en la corte. Después de la revolución francesa –y antes, de la americana–, se impuso la sobriedad. Las líneas simples y los colores utilizados – azul, gris y blanco– se basaron en el atuendo de los caballeros ingleses, que usaban chaqueta, pantalones de montar y botas.

Fashion minister

Que Londres se hubiera convertido –a fines del siglo XVIII– en el centro de la sastrería puede ser una simple casualidad. Los artesanos ingleses estaban entrenados para adaptar los trajes al duro clima británico. A ellos se sumó una oleada de sastres extranjeros que huían de las guerras napoleónicas. Su habilidad para fabricar uniformes militares agregó un nuevo ingrediente a la moda londinense. Hasta que apareció George Beau Brummell, un trepador social que empezó a mover los hilos. Al llamado dandy se le atribuye no sólo la creación del traje sino el haberlo puesto de moda. “Si la gente se voltea a mirarte en la calle, no estás bien vestido”, solía decir Brummell.

Tal como cuenta Ian Kelly en su libro Beau Brummell. El último dandy, el Bello Brummell se hizo íntimo del rey Jorge IV. Tanto, que era el encargado de comprarle los trajes para el regimiento. Entre viaje y viaje, Brummell tuvo contacto con los mejores sastres de Europa y empezó a desarrollar sus propias ideas.

Después de abandonar el ejército, Brummell se dedicó a gastar su inmensa fortuna. La nobleza y los poderosos se rendían a los dictados del llamado ministro de la moda. Tanto, que el príncipe de Gales –cuenta la historia– tartamudeó cuando Brummell le dijo que no le gustaba el corte de su traje de cola. Pero la buena vida y la poca vergüenza condujeron su desfachatez directo al ocaso. El dandy murió joven en una pensión francesa, pobre como una rata y sucio, muy lejos de todo el glamour que lo caracterizó.

¿Cómo andamos por casa?

Andreoli recomienda tener al menos 5 trajes en el clóset. Uno para cada día de la semana. “Hoy el hombre se puso muy pretencioso, casi más que la mujer, y quiere realzar su figura con trajes apretados”, dice Olave. “Veo al traje con bastante proyección, no creo que sea algo que vaya a pasar”, comenta Eduardo Valdivia.

 

El uso del traje de sastre, originalmente masculino, se extendió también a la mujer. Y qué mejor representante de esta tendencia que la actriz Marlene Dietrich. “La mujer asumió el traje primero para la guerra y después para el trabajo. De hecho, muchos trajes de señora tienen las dos alternativas: pollera y pantalón”, apunta Andreoli.

Las modas van y vienen. Y así también el diseño de tenidas. En los 50, los trajes, tanto masculinos como femeninos, eran bien apegados al cuerpo. Después la ropa se fue soltando; tanto, que se volvió exageradamente ancha. Ahora, la tendencia es volver a reducir los metros de tela.

“Los chilenos somos más bien tradicionalistas. Hay una tendencia a que el traje sirva para la próxima temporada. Por ejemplo, si viene la moda de usar chaqueta con un botón, el chileno piensa esto va a pasar rápido. No vaya a quedarme con la chaqueta guardada en el clóset. Entonces, prefieren quedarse con la de dos botones, que no va a pasar de moda nunca”, comenta Arturo Olave, el sastre que ha trabajado para el presidente Sebastián Piñera y el brasilero Lula da Silva, entre otros.

-¿Desde cuándo le hace trajes a Piñera?
-Lo conocí exactamente dos meses antes de que asumiera. El primer traje se lo hice para el traspaso de mando.

-Desde ahí, ¿cuántos más se ha hecho con usted?
-Han sido 8 o 10. Distinto a Lula, que es un ejemplo cercano, donde él se hizo entre 40 o 50.

-¿Sigue con Lula?
-No, ya no sigo. Trabajé con él mientras fue presidente pero ahora, como está enfermo, bajó de peso y no lo he visto hace mucho.

-¿Qué estilo le gusta a Sebastián Piñera? ¿Él elige los géneros y colores?
-Yo, primero que todo, analizo al cliente y armo una carpeta, dependiendo de lo que he visto de la persona: si es tradicional o si le gustan los colores más fuertes. Con la carpeta armada llegué donde Sebastián. Juntos concordamos en lo más clásico, en colores azul marino y de tonos grises. Pocas rayas. Él es tradicional en su estilo.

-¿Es difícil pillarlo para tomarle las medidas?
-Yo vivo sólo una semana del mes en Chile, las otras tres en Brasil. Entonces es muy complicado poder coordinar. Además, el cargo que él tiene hace todo mucho más complejo. Su asesora María Irene Chadwick es quien nos coordina y lucha por que encontremos un día y una hora.

-¿La cita más complicada?
-La del terremoto. Hice un viaje extra ese mes porque asumía y justo pasó el terremoto. Igual agradezco esa oportunidad, porque pude estar con mi familia.

-¿En estos años ha cambiado de talla Sebastián Piñera?
-No, no ha cambiado. Él pensó en una época que estaba más gordo y me pidió que le hiciera la ropa un centímetro más grande, pero al final tuve que ajustarla porque no era verdad, sólo fue una percepción suya.

-¿Ha mejorado su estilo el presidente?
-Sin duda, se nota que está con ropa diferente, que le queda bien.

-¿Aunque se le critique que le quedan grandes las mangas de las chaquetas?
-No es que le queden grandes las mangas, sino que él esconde sus manos. Es un gesto que tiene.

-Y Cecilia Morel, ¿opina?
-Yo a ella no la conozco, nunca ha estado presente cuando estoy con el presidente. Pero imagino que, por el tiempo que llevan casados, debe ser una opinión importante en su vida y sobre todo en la ropa. Eso se nota y a mí me gusta mucho cuando la esposa opina, porque el cliente toma más confianza.

-¿Algún otro político al que le haga ropa?
-Bueno, hace mucho tiempo trabajo con Herman Chadwick y estuve un tiempo con Jaime Ravinet, pero ya no. Acá en Brasil, trabajo con muchos artistas y con casi todos los que leen las noticias.

-¿Cuál presidente cree es el que mejor se viste?
-Yo encuentro que los presidentes más elegantes son los de Estados Unidos. No sólo Obama, sino que Clinton también; y muchos otros. Todos tienen muy buena percha.

-Para terminar, ¿cuál es la clave del estilo?
-Más que marcar una moda, es adivinar lo que quieres y que te haga sentir bien; yo creo que Sebastián Piñera se siente bien. Le dimos en el clavo.

Como la huella digital

Atilio Andreoli se echa para atrás en su asiento cuando le preguntan cómo se visten los chilenos. “No lo hacen bien”, afirma categórico. ¿La razón? A su juicio, existe un problema de proporciones. “Para mí es un asunto de equilibrio en los trajes, el largo de las chaquetas, el ancho de las solapas. Los chicos creen que si se ponen cosas grandes se van a ver menos chicos. El equilibrio es algo matemático”, sentencia el sastre del ex presidente Ricardo Lagos.

-¿Cómo se viste la elite política?
-Mal. He visto fotografías de los ministros y todos los pantalones les quedan largos, prácticamente se sientan sobre los zapatos.

-¿Y el presidente Piñera?
-Sus trajes me parecen grandes, da la sensación de que fueran para una persona con una talla más. No se ven finos.

-Pero él tiene su sastre…
-No pareciera. También dicen que a la doctora Bachelet le hacían las cosas de a una, pero ¡le hacían 20 juntas. Una detrás de la otra, eran todas iguales! Las telas reaccionan de forma diferente; por lo tanto, no se puede cortar o planchar de la misma manera.

-¿Hay alguien que se vista bien?
-Son poquísimos. Te diría que Andrés Velasco es de las pocas excepciones. El diputado Felipe Harboe se viste más o menos. Me lastima ver cómo se viste Andrés Allamand. Al ministro Golborne, que lo encuentro interesante, hay que arreglarle el pelo, urgente.

Como consejo, Andreoli recomienda a los caballeros tener en su clóset al menos 5 trajes. Uno para cada día de la semana. Dos grises (uno claro y otro más oscuro), dos azules y uno negro. La confección de un traje, según Andreoli, demora entre 3 semanas y un mes. Y los precios dependen mucho de la calidad de la tela.

En la sastrería Cubillos cortan al mes cerca de 150 trajes a medida. Los precios van desde los 420 mil pesos, pudiendo llegar hasta más de un millón de pesos sólo la chaqueta. “Un ejecutivo espera en una reunión no toparse con alguien que tenga el mismo traje. Si lo compras en una multitienda, las posibilidades de que ello ocurra son altas”, explica Valdivia. ¿Lo más pedido? El corte inglés: chaqueta de dos botones con corte a los lados. “A mí personalmente me gusta el cruzado, pero de cien trajes, con suerte cortaré cuatro de ese tipo”, admite.

Olave pasa una semana en Chile y tres en Brasil, donde trabaja desde la década de los 70. Ahora está montando su negocio acá, confiado en que habrá un despegue de la ropa a medida. “Hoy el hombre se puso muy pretencioso, casi más que la mujer, y quiere realzar su figura con trajes apretados. Por eso la tendencia es que la sastrería aumente. Ninguna fábrica, ni la mejor del mundo, tiene la capacidad de producir ropa de todas las medidas. Los cuerpos son muy diferentes, son como la huella digital. Una cadera más alta te deja un pantalón en la ruina”, sentencia.

-Pero el oficio del sastre pareciera estar en extinción. De hecho, la Escuela de Sastrería desapareció.
Sí, pero han desaparecido todas las escuelas, no sólo la de sastrería, sino también la de peluquería. La artesanía se perdió porque todo empezó a ser fabricado en serie.

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Yo quiero ser…

 

Probablemente no hay nada más humano que querer parecerse a algún famoso. En Capital elegimos algunos íconos estilosos y les presentamos las prendas o accesorios que lo ayudarían –aunque sea por un rato–- a sentirse como ellos. Producción, Macarena Rivera; fotos, Macarena Achurra

Barack Obama
Justin Timberlake
Sofía Coppola
Jack Dorsay
Colin Firth
Carolina Herrera

 

OBAMA
1. Botella de cristal $140.000, Enrique Concha
2. Mesa lateral $66.600, Bravo!
3. Lexus
4. Teléfono beocom aluminio $427.000, Cargador $54.075 Bang y Olufsen
5. Revistero Enrique Concha
6. Maletín piel de becerro Salvatore Ferragamo
7. Zapatos Hush Puppies
8. Maleta ultra liviana $85.990, Saxoline
9. Cuadro Hernán Gana, Galería Animal
10. Traje Fitzgerald $520.000, Brooks Brothers
11. Corbata $39.000, Brooks Brothers
JUSTIN TIMBERLAKE
1. Tocadisco naranja $160.000, Huma
2. Sombrero fight $29.900, MO Store
3. Zapatos Hush Puppies
4. Alfombra Winter, se vende por metro cuadrado, Wool
5. Audifonos $38.000, Huma
6. Silla egg $550.000, Huma
7. Citroën
8. Polera rombos $54.000, Brooks Brothers
9. Gilet $108.000, Brooks Brothers
SOFIA COPPOLA
1. Lámpara Plato $109.160, Luzco
2. Cuadro Ciervo $54.900, Singular
3. Blusa Flamenco $49.990, Lupe
4. Máquina para filmar Lomokino $59.000 Lomography www.lomography.cl
5. Zapatos Valeria negro $96.000, Barbara Briones
6. Cojines de Piedras de la diseñadora
Stephanie Marin, Interdesign
7. Bolso Jacques Negro $169.990, Lupe
8. Lampara tina $58.739, Luzco
JACK DORSAY
1. Lámpara AQUA CIL de Ross Lovegrove $277.000, Interdesign
2. Mesa Walmer
(Sobre la mesa)
Reloj Stark $185.000, Huma
Tablet $299.000, Sony
3. Grabado Eugenio Dittborn, Galería Animal
4. Camisa $29.900 Gap
5. Jeans $49.900 Gap
6. Bolso $39.900 Gap
7. Silla Walmer
8. Zapatos Collins de piel de becerro Salvatore Ferragamo
SINGLE MAN
1. Silla organic $220.000, Huma
2. Vestón cruzado con botones dorados $356.000, Brooks Brothers
3. Corbata tejida $42.000, Brooks Brothers
4. Pañuelo $20.000, Brooks Brothers
5. Bombonera $42.000, Ars Vivendi
6. Set mugs retro $14.900, Singular
7. Velador Camden $150.000, Singular
8. Lámpara Eclisse de Vico Magistrelli $110.000, Interdesign

CAROLINA HERRERA
1. Banqueta Imperio $530.000, Rosita Gayangos
2. Vestido Anastasia blanco $129.990, Lupe
3. Cuadro Francisca Valdés, Galería La Sala
4. Pulsera grande rosada $175.000, Hermes
5. Pulsera beige $160.000, Hermes
6. Zapatos con encaje $108.300 Adolfo Dominguez
7. Zapatos de gamuza con strass $128.200, Adolfo Domínguez
8. Collar Cuerno $695.000, Hermes
9. Foulard de seda Salvatore Ferragamo
10. Vestido Camila de organza blanco $220.000, La Joya
11. Jarrón de lata $380.000, Enrique Concha