Poco a poco, los españoles están adaptando el estilo de vida a su nueva realidad. La crisis está cambiando el panorama de las ciudades y también las costumbres de sus habitantes: el menú de mediodía en restaurantes fue reemplazado por el tupperware; la última moda de la temporada, por el zurcido de prendas de años anteriores y los bares, por un par de cervezas en la plaza.

  • 12 abril, 2012

 

Poco a poco, los españoles están adaptando el estilo de vida a su nueva realidad. La crisis está cambiando el panorama de las ciudades y también las costumbres de sus habitantes: el menú de mediodía en restaurantes fue reemplazado por el tupperware; la última moda de la temporada, por el zurcido de prendas de años anteriores y los bares, por un par de cervezas en la plaza. Por José Pedro de la Carrera.

Es como si todo Santiago estuviera cesante. Para entender mejor la complicada situación en la que está sumergida España a raíz de la crisis financiera, habría que imaginarse un panorama tan desolador como ese. Es que, guardando las proporciones (España tiene poco más de 47 millones de habitantes), lo cierto es que ya son más de 5 millones los españoles que al día de hoy no tienen trabajo. Y ese número, para colmo, no deja de crecer.

Es, lejos, el peor momento financiero por el que atraviesa el país en los últimos 15 años, y eso se constata a diario en la calle y se refleja en la mayoría de sus ciudadanos, que han sentido la obligación de cambiar sus tradicionales hábitos y costumbres.

Ya no van tanto a fiestas como sí a protestas y manifestaciones; los restaurantes no se llenan como antes y muchas de las tiendas de ropas, por ejemplo, están vacías o únicamente con turistas. Han crecido –en cambio– el comercio ambulante y el “cartereo” y cada día se ve más gente durmiendo en la calle y pidiendo limosna.

Estos son sólo algunos de los síntomas de la crisis que azota a España. Y lo peor es que nada, ni los últimos anuncios del presidente Mariano Rajoy, en el cual los españoles depositaron su confianza en las últimas elecciones generales de octubre pasado, augura un mejor futuro; al menos, a corto plazo.

La semana pasada, sin ir más lejos, cientos de miles de españoles salieron a la calle a protestar por los recortes y la reforma laboral impulsada por el gobierno del Partido Popular, que garantiza mayor flexibilidad a la hora de fijar salarios y jornadas y crea un nuevo contrato indefinido para empresas de menos de 50 trabajadores que contraten a menores de 30 años. Según los sindicatos, sólo en Madrid fueron más de 500.000 las personas que se movilizaron.

La situación tiene a los españoles cansados y desesperados… y eso se nota. Es que la mitad de los desempleados (2,6 millones) lleva más de un año cesante; el 48,5% de los menores de 25 años que quieren trabajar no encuentran lugar en el actual mercado laboral y 1,6 millones de familias tiene a todos sus miembros desocupados, hecho que les representa un fuerte riesgo de exclusión social.

No más tapas
Basta sólo con caminar por las calles del centro de la capital española para darse cuenta de que el país atraviesa por una situación crítica. Es normal encontrarse cada pocos metros con tiendas de ropa en cuyas vitrinas cuelgan gigantescos carteles con mensajes como liquidación total por cierre: todo al 70%, o toparse a menudo con letreros desesperados como urge venta en la fachada de varios departamentos. El aviso de disponible en muchos locales comerciales que ya han cerrados sus cortinas es otro de los que se repiten en casi todas las calles de Madrid.

Según los últimos datos que arrojó un estudio de la consultora Nielsen, dedicada a la investigación de mercado, en los últimos tres años el sector de la hostelería ha perdido 12.000 establecimientos: ha pasado de unos 232.000 locales en 2008, cuando alcanzó su red máxima, a unos 220.000. Estos datos suponen que el número de bares y restaurantes en España ha retrocedido a niveles de hace 15 años.

Las desesperadas ofertas de los bares, restaurantes o discotecas que intentan sobrevivir al difícil momento recuerdan inevitablemente que no se está en la España de hace décadas, cuando estos locales no tenían la necesidad de atraer a los clientes, sino más bien su misión estaba en ordenar en filas a los clientes que llegaban hasta sus puertas. Con la crisis aparecieron los 2×1 o los gratis hasta. Incluso los locales de Mc Donald y Burger King tienen a personas afuera repartiendo los más diversos y atractivos cupones de descuentos.

Pero hay quienes ya ni con las tentadoras promociones se puede permitir asistir a esos lugares. El bolsillo, simplemente, no les da. Ellos son los que han optado por lo que los españoles llaman los botellones. Se trata de juntarse a tomar en las plazas o lugares públicos, comprando antes las botellas de alcohol en los supermercados a un precio mucho más económico de lo que les puede llegar a salir una copa en un bar. Sin embargo, la crisis ha calado tan profundo, que incluso esos mismos grupos han comenzado a disminuir. Si hace un año en una plaza podía haber 100 personas bebiendo, ahora los grupos que se juntan son bastante más reducidos y, al parecer, muchos optan por quedarse en casa.

“Yo antes salía tres o cuatro veces a la semana a algún bar, pero ahora he tenido que apretarme. Entonces, salgo una o dos y sólo me doy una vuelta por las plazas donde se juntan mis amigos, me tomo una o dos cervezas, que me cuestan un euro cada una, y de ahí para la casa”, cuenta Guillermo Banderas (29 años), quien trabaja de mesero en un restaurante, pero la mitad de los días que antes. Tamara Rivas (30 años), que está cesante desde hace un año, dice que sólo entra a las discotecas que no cobran por la entrada. “Son más malas y aburridas, pero así puedo seguir saliendo sin gastar dinero”, señala.

Una situación similar ocurre con los que antes acostumbraban a almorzar o comer fuera de casa. Con la crisis muchos están retornando a la cultura del tupperware, que no es otra cosa que preparar la comida en casa y llevársela al trabajo. De hecho, en 2010 ya un 12% menos de personas comía menú a diario con respecto a 2007. “Es mucho más dificultoso, porque dispongo de poco tiempo y ahora tengo que prepararme la comida y llevarla al trabajo, ¡pero es que no queda otra, tío, ya no puedo seguir pagando el menú, y eso que están más baratos!” exclama Lucía, que trabaja en una empresa de diseño.

Es un hecho que, a raíz de la crisis, cada vez son más los españoles que han cambiado sus hábitos y costumbres al momento de salir o ir de comprar, y el presupuesto familiar lo dedican a un consumo más primario y menos diversificado, en el que el ocio ha sido uno de los más damnificados junto a la ropa, según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).

Con la temporada pasada
Otro de los detalles ilustrativos de la decaída situación en España se aprecia cuando el presupuesto destinado a comprar ropa, calzado, electrodomésticos o automóviles desciende y, en cambio, suben todos los relacionados con la reparación de estos mismos bienes.

Según la OCU, por ejemplo, las familias que reconocen estar ahorrando en ropa y calzado corresponden a un 64,2%, siendo el segundo sector más resentido después del ocio. Si antes el país destacaba por el buen gusto de las españolas, que siempre iban vestidas a la última moda, ahora las mujeres, y también los hombres, han optado por guardarse esos euros y seguir con prendas de temporadas pasadas.

La crisis ha desatado sobre todo el boom de las tiendas de reparación de ropa y calzado. Producto de ello incluso es que hace unos meses, por una orden del municipio de Madrid, más de 150 inspectores municipales están supervisando a estos locales para asegurarse de que cumplan con las normativas legales: cuestión que antes no se hacía.

Pese a este complejo escenario, no obstante, sería falso decir que los españoles no entran a las tiendas o no compran nada. Claro que lo hacen. Hay un buen número de ellos que sigue consumiendo. Esto ocurre, en parte, por las prestaciones sociales que extiende el país para los desempleados, pues existe un seguro de cesantía mediante el cual quienes están sin trabajo reciben en algunos casos hasta el 70% de sus antiguos sueldos, por un periodo de hasta dos años.

Para el jefe de redacción del diario El Economista, Hernando Callejas, “las prestaciones sociales en este país son muy generosas y eso permite en algunos casos que la gente siga consumiendo casi como si no hubiese crisis”. Es que más de la mitad de los 5 millones de cesantes en España (el 67,7%) recibe el dinero del seguro de desempleo. “Hay más de dos millones y medio de personas que están sin trabajo pero reciben su plata. Eso les permite tener un nivel de consumo moderado, en estos tiempos”, explica Callejas.

Vendedores ambulantes
Frutas o verduras, carteras, anteojos o películas, cualquiera de estas cosas hoy se venden como pan caliente en la salida de las estaciones de Metro de la capital española.

Aunque el comercio ambulante ha existido desde hace varios años, ahora la cantidad de vendedores es muy superior. Y va en alza. Se trata de un mercado en el que, al final, se benefician todos, menos el fisco: los cesantes ganan algunos euros vendiendo productos y los que todavía mantienen su trabajo se aprietan el cinturón y compran más barato en la calle.

Incluso varios de los vendedores ambulantes, motivados “por la desesperación”, según explican, se arriesgan a ponerse en plena Puerta del Sol, el punto cero de Madrid, lugar donde son un blanco fácil de la policía. “Hay que estar atentos para arrancar si llega la Guardia Civil”, expresa Javier, quien trabajaba de albañil desde hace dos años y ahora que está cesante vende películas. “Por la plaza hay mucho movimiento y mucho turista; entonces, se vende más que en las estaciones de Metro”, reconoce con cara de resignación.

Las cosas que ofrecen estos vendedores callejeros no se perciben, al menos a primera vista, como efectos robados. Pero es una realidad que con la crisis han crecido el cartereo y el robo sin violencia. Aunque es difícil conseguir datos concretos, puesto que la policía no entrega esa información, es cada vez común que en un bar o restaurante algunos de los comensales se levante sorprendido por la desaparición de sus pertenencias. Sin ir más lejos, cuatro amigos de quien escribe este reportaje han sido víctimas de algún robo. El último ocurrió hace unas semanas cuando uno de ellos caminaba por la calle del sector centro y un lanza le metió la mano al bolsillo, le sacó el iPhone y salió corriendo hasta perderse.

Cerca de la Puerta del Sol, en las calles Monteras y Arenal, que son de las más transitadas de Madrid, los efectos de la crisis están a vista y paciencia de todos: ahí se instalan, cada vez más, decenas de personas a pedir limosna. Se sientan en el cemento desde primera hora de la mañana y no se van hasta que oscurece. Desde ahí intentan, punta de carteles de cartón en que escriben cosas como “no tengo trabajo, una ayuda, gracias” o “una ayuda para comer, gracias”, captar la atención de los turistas que caminan por ese sector.

La Plaza Mayor, uno de los lugares madrileños por donde de día transitan más turistas, se ha transformado también en epicentro de mendigos. Es habitual ver en la noche a personas durmiendo bajo cartones y plásticos; escenario que hace unos años era impensable.

 

¿Y los chilenos?
Mientras los españoles cambian sus hábitos para sortear los efectos de la crisis, los chilenos que residen en España se las ingenian como pueden para sobrevivir al difícil momento.

Los hermanos y publicistas Ricardo y José Ignacio Sáez son unos de los poco más 35 mil los chilenos que viven en España. Ellos se arriesgaron y pusieron un restaurante de sándwiches típicos chilenos justo cuando comenzó a golpear fuerte la crisis en el país, hace dos años. “Lo vimos como una oportunidad, jugábamos con cierta ventaja por la experiencia de haber vivido estos cambios en Chile y sus consecuencias”, dice Ricardo, quien comenta que el negocio les ha permitido seguir viviendo sin mayores complicaciones.

Javier Moreno, otro chileno que decidió estudiar su carrera universitaria en España al igual que sus tres hermanos, Pedro, Juan Francisco y Pablo “porque los aranceles de pregado son mucho más baratos que en Chile”, ha tenido que repartir su tiempo entre las clases, como profesor de niños que necesitan reforzar matemáticas y lectura y de camarero en un restaurante los fines de semana. “No ha sido fácil, a mediados del año pasado en el centro que trabajaba de profesor se redujeron las matrículas y me quedé sin trabajo, pero hinché hasta que conseguí que me incorporaran en otro centro. Tuve mucha suerte, porque no había trabajo en ningún otro lado”, cuenta.

Ariel y Emiliano son otros dos chilenos que trabajan como barman en un bingo y en la barra de un bar respectivamente, y así logran llegar a fin de mes. Ariel dice que antes de la recesión estaba a punto de montar una empresa de climatización en Madrid, “pero con la crisis se me fue todo al carajo”. Emiliano, en tanto, se reparte el tiempo los estudios de ingeniería en obras públicas que está cursando y el bar, “aunque ahora trabajo la mitad de los días porque llega menos gente al lugar”.

Para Raimundo Pérez, que cursa el último año de ingeniería, la crisis le ha cambiado radicalmente el ritmo de vida. “Pienso en terminar rápido mis estudios y volver a Chile”, dice. Además, no ha tenido buenas experiencias: “una empresa para la cual trabajé hace más de un año todavía me debe una deuda no menor y no la puedo cobrar por falta de liquidez de la misma”, explica.