Tanto se habla del Bicentenario y del camino al desarrollo, que un análisis crítico de nuestra realidad resulta bienvenido. Porque como dice este historiador, periodista y abogado “sostener que estamos progresando me parece inverosímil”. Una conversación entre historiadores.

  • 19 octubre, 2007


“Chile se ha convertido en un país rico, pero poblado por gente pobre”

 

Tanto se habla del Bicentenario y del camino al desarrollo, que un análisis crítico de nuestra realidad resulta bienvenido. Porque como dice este historiador, periodista y abogado “sostener que estamos progresando me parece inverosímil”. Una conversación entre historiadores. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt.

 

Abogado, periodista, historiador. Protagonista de nuestra historia reciente, Gonzalo Vial Correa es un hombre multifacético que combina una serie de talentos difíciles de encontrar en una figura pública: agudeza intelectual, clara inteligencia, “pluma” excepcional, memoria prodigiosa, gran sentido del humor y un envidiable conocimiento de la historia de Chile.

 

A sus 77 años, retirado del “mundanal ruido” dedica todo su tiempo a escribir en su sobria pero acogedora casa de Lo Barnechea, donde vive con su señora, María Luisa Vial. Allí nos recibe con la cordialidad y sencillez que lo caracterizan.

 

Incómodo –porque aunque no lo parezca es muy tímido–, espera que el fotógrafo termine su tarea, para que a propósito de la proximidad del Bicentenario, pasemos revista a nuestro último siglo.

 

 

-Don Gonzalo, antes de entrar en materia, me gustaría que explicara las ventajas de ser historiador a la hora de analizar la contingencia, ejercicio que usted realiza semanalmente en el diario La Segunda.

-Son cosas distintas y necesarias, pero cada una tiene su espacio. Los periodistas y los historiadores buscan la verdad, e intentan retratar la realidad tal como ha sucedido. Pero la verdad que conoce el periodista es una verdad a medias, que está condicionada por la urgencia, la rapidez. No puede tener acceso a todos los antecedentes, por lo que habla en forma provisoria. En cambio, como historiador, uno trata de encontrar verdades más definitivas y, para ello, investiga y contextualiza con más detención y cuidado.

 

Por otra parte soy un apasionado lector de periódicos y quizás por el hábito de historiar descubro en las noticias un sentido diferente al del lector común. Creo que el conocimiento de la historia proporciona ciertos puntos de referencia. Por ejemplo, el tono de la prensa desciende en algunas épocas a la injuria personal más irresponsable y yo puedo deducir de ahí que se aproximan tiempos de crisis, incluso de violencia. Así ocurrió en la primera anarquía, la que frenó Portales; ocurrió antes de la revolución de 1891, antes de la intervención militar de 1924 y de manera incontrolada en los años previos al golpe de 1973. Es un síntoma muy decidor.

 

Quiero decir con esto que algunas cosas a las que uno atribuye importancia, para otros pasan inadvertidas. Por supuesto, la facultad de intuir “los signos de los tiempos” es personal, no corresponde a una profesión determinada, pero conocer la historia ayuda.

 

 

 

-¿Tuvo en algún momento interés por dedicarse a la política activa?

-Nunca he tenido ni gusto ni aptitud para ser político. No tengo ni la intuición ni la audacia ni la ambición. Los análisis puramente racionales no funcionan en política y mi interés por ella es esencialmente histórico. La historia sí me atrajo desde siempre. Yo viví en una casa llena de libros, con tradición de lectura y, poco a poco, fui desarrollando mi vocación, en un proceso muy personal.

 

 

-¿Qué lo llevó a iniciar esa gran aventura de escribir una historia de Chile del siglo XX?


-La idea surgió después del golpe militar de 1973, cuando me pregunté qué era lo que en verdad había pasado en el país. No existían historias generales y la de Francisco Antonio Encina llegaba hasta la guerra civil de 1891. Había pues un largo período sin estudiar, donde habían sucedido muchas cosas que podían explicar lo que nos había pasado.

 

 

-Ya se han publicado cinco volúmenes de su obra y recién vamos en el Frente Popular. ¿Está escribiendo los siguientes?

-Escribiré hasta que Dios me dé vida y cabeza… y puede que me dé vida y no cabeza. Por si acaso, y dado que creo tener una idea global de la historia de Chile, desde Diego de Almagro hasta Michelle Bachelet, decidí que era mejor dedicarme primero a escribir un libro general y sintético de toda la historia del país, para después retomar los tomos faltantes del siglo XX. Y, bueno… entre otras cosas, en eso estoy.

 

 

-Entre medio, ha publicado varias biografías, entre las que destacan por su amenidad y éxito editorial las dedicadas a Arturo Prat, Salvador Allende y Augusto Pinochet. ¿Por qué eligió a esos personajes?

-Porque son chilenos y fueron importantes para nuestra historia. Además, para escribir una buena biografía hay que tener algún cariño por el biografiado, una simpatía especial que nos ayude a comprenderlos, no a juzgarlos. Por ejemplo, yo le tengo cariño a Allende. Me parece un personaje que cometió grandes errores y probablemente algunos que nos llevaron a la catástrofe. Pero él fue un hombre que quería hacerle bien a Chile. Lo mismo digo de Pinochet. Fueron personas que tuvieron responsabilidades gigantescas y que tuvieron aciertos y errores como cualquiera de nosotros. La diferencia está en que si nosotros nos equivocamos el problema queda circunscrito a nuestra casa, pero si ellos lo hacen, es todo el país el que sufre las consecuencias. Ahora, el caso de Arturo Prat está en otra esfera, en otro nivel. La esencia de su vida fue el cumplimiento del deber. El no tenía ambiciones ni de honores ni de gloria, solo cumplir con su deber. Eso es lo admirable de su persona.

 

 

 

La mirada país

 

 

-En una mirada global, ¿cuánto hemos avanzado y qué nos falta para llegar a ser un país desarrollado?

-En la pregunta va implícita la idea de progreso que, a mi juicio, es completamente falsa, una ilusión. No tenemos por qué convertirnos en tal o cual realidad. La historia no es necesariamente una línea ascendente. Todos los días tomamos decisiones buenas y malas. El futuro permanece en el misterio. Creer que el porvenir se puede determinar es un sueño muy viejo de la humanidad, pero la historia real muestra otra cosa. Al celebrarse el Centenario, Chile parecía avanzar resueltamente al desarrollo, todos lo creían así, pero esa posibilidad se frustró. En la década 1987-1997 nuevamente parecía que estaba al alcance de la mano… y nos volvimos a estancar. Podemos y debemos esforzarnos en ir adelante, pero el resultado siempre será incierto porque, además de los errores propios, hay muchos factores que no está en nuestra mano controlar. Ahora mismo, gracias al excepcional precio del cobre –en cuya determinación no tenemos la menor influencia– Chile se ha convertido en un país rico, pero poblado por gente pobre. El fenómeno no es una novedad: en 1930 nuestra riqueza todavía estaba en el salitre y era extraordinaria… hasta que dejó de serlo por situaciones absolutamente ajenas a nosotros. Entonces, al repasar el último siglo lo único que podemos hacer con provecho es una especie de inventario de cosas positivas y de problemas pendientes, lo que está muy alejado de la idea de progreso.

 

 

-Pero coincidirá conmigo en que el Chile de hoy es más y mejor que el de 1910…

-En algunos aspectos, en otros no. Hace mucho vengo sosteniendo que toda sociedad, para marchar en alguna dirección, necesita de ciertos consensos básicos en materia política, económica y social y que dichos consensos tienen que darse simultáneamente y ser compatibles entre sí. Cuando éstos se quiebran la crisis está ad portas. El paso del siglo XIX al XX está marcado por el declive de la oligarquía y el ascenso de la clase media. Entre 1920 y 1973 la clase media ocupa el escenario político y social, afirmándose en ciertas aspiraciones ampliamente compartidas por la población, en unos consensos básicos que se fueron erosionando hasta sucumbir en 1973. Lo que ha sucedido desde esa fecha hasta ahora no está totalmente claro. Hay luces y sombras, como en todas las etapas históricas.

 

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-Detengámonos un poco en el período 1920-1973. ¿Hubo allí, a su juicio, logros importantes para el país?

– En 1925, por ejemplo, la mitad de los egresados del Pedagógico eran mujeres. Cuando Temuco era todavía una ciudad tipo far west, la directora del liceo, Lucila Godoy, le prestaba libros al alumno Neftalí Reyes. Ambos, proviniendo de un sector social modesto, llegaron a ser premios Nobel. Eso no puede ser casual. Expresa una sociedad volcada hacia la educación y que da sus frutos. Tampoco es casual que durante más de un siglo no hayamos tenido guerras, en contraste con el siglo XIX donde hubo cuatro. Eso quiere decir que Chile logró dotarse de una fuerza militar efi caz que logra imponer respeto por la calidad de su organización.

 

 

-Pero en algún momento el país comenzó a decaer. Usted dice que sucumbe en 1973…

-Se produce una transición –que yo llamo anarquía– en la década del 60, específicamente bajo el gobierno de Frei Montalva, y luego con la Unidad Popular. Y la anarquía termina siempre, inexorablemente, en una dictadura como la que tuvimos, que vuelve en definitiva a crear un orden.

 

 

-¿Por qué habla de dictadura? Después de todo usted fue ministro de Educación del general Pinochet…

-No le tengo miedo a las palabras. Hubo una dictadura en cuanto a que la Junta de Gobierno concentraba todos los poderes y, por consiguiente, si alguna legislación le parecía mal, la cambiaba. No hubo dictadura en cuanto a que el gobierno se ceñía siempre a la ley. Solo en el caso de los derechos humanos fue una dictadura insustituible.

 

 

-¿Existe en su opinión alguna continuidad entre el gobierno militar y los de la Concertación?

– El sistema que impera hoy conserva muchos de los elementos heredados de la dictadura: el régimen político y el régimen económico, sin olvidar un invento jurídico de la época militar que transformó a la justicia chilena, como es el recurso de protección. Suena a paradoja, pero lo cierto es que la dictadura nos legó un Estado de Derecho en torno al cual se ha articulado tanto el consenso político como económico que caracteriza este período. Es molesto decirlo, pero tenemos democracia porque la dictadura lo quiso.

 

 

-¿Cuál es ese consenso político?

-El valor de la democracia formal que es compartido ahora por derechas e izquierdas, si puede hablarse así. Ni los “guevaristas” de ayer ni algunos de quienes participaron en la elaboración de la Constitución de 1980 discuten hoy su valor. Y los pocos que lo hacen son considerados excéntricos. Lo mismo ocurre en materias simplemente instrumentales. Se debate, por ejemplo, el sistema binominal, pero ¿en qué consiste la discusión? Nadie está dispuesto a suprimir el sistema. Lo que algunos quieren es recurrir a algún mecanismo, de modo que los comunistas y otros grupos minoritarios puedan tener alguna representación parlamentaria; pero nadie está sosteniendo que volvamos al sistema proporcional y menos los de la Concertación, pues les implicaría negociar con la extrema izquierda, cosa que les complica.

 

 

-¿Y qué pasa en el ámbito económico?

-El consenso en materia económica es muy grande. Después que el gobierno militar implantó el modelo liberal, van y vienen presidentes y no solo el sistema se mantiene sino que se ha producido un gran cambio en nuestra mentalidad. Ni los grupos más extremos hablan hoy, por ejemplo, de fijar los precios. Hace poco estuve revisando el Diario Oficial y el 11 de marzo de 1971 –aunque parezca increíble–, vienen dos páginas completas con una larga lista donde, por ejemplo, el gobierno le fijaba los precios a los productos de una pequeña fábrica de artefactos de uso doméstico, una pyme, diríamos hoy. ¿A qué productos? A los moldes de dulce de membrillo, a los de queques redondos y cuadrados, a los embudos de barril y de damajuana, a los vasos para flan, etc. Pocos se acuerdan, pero era una verdadera locura que nadie creo está dispuesto a volver a implementar.

 

 

-¿Existe ese mismo consenso en materia social?

-No existe y esta falta de consenso en lo social es la grave amenaza que se cierne sobre nuestro país. Estamos cojeando en lo social, lo que se traduce en muchas cosas que están pasando alrededor nuestro y a las cuales nadie les da importancia.

 

 

-¿Por ejemplo?

-Aparte de la crisis educacional que es evidente, la familia se está disolviendo a una velocidad vertiginosa. Por otra parte, tenemos un grave problema demográfico. La reducción de la población debiera preocuparnos, es un problema nacional. Pero las políticas públicas van en otra dirección. Ha habido una política deliberada para controlar la natalidad de parte del Ministerio de Salud que se remonta a la época de Frei Montalva, imponiéndola de manera atroz especialmente en los sectores populares. No los juzgo, simplemente doy cuenta de la realidad. Esta es una sociedad en donde todos los días están pasando cosas tremendas y que tienden a ocultarse. Hay que ver cómo avanza la tasa de suicidios entre los jóvenes, los embarazos adolescentes, las convivencias improvisadas y sin compromiso con todo lo que ello conlleva para los hijos. Para qué hablar de la drogadicción y de la delincuencia… Y no hay la menor preocupación por la familia. Al revés, se le persigue y perjudica. Sostener por tanto que estamos progresando me parece inverosímil… Nosotros estamos acostumbrados a pensar en nuestro nivel social, pero abajo la situación familiar es caótica. Los valores que sostenían a la familia chilena desaparecieron y la pobreza sigue siendo un problema sin resolver.

 

 

-¿Cree usted que el sistema económico imperante ha permitido enfrentar más eficazmente la pobreza?

-Yo creo que no. El sistema de libre mercado supone gente con un mínimo de educación, que al menos sepa leer y escribir, conozca las cuatro operaciones y posea hábitos y métodos de trabajo. Eso es fundamental. Si no se posee esa educación mínima -y no la tenemos- entonces no hay ningún sistema, ni socialista ni capitalista ni nada, que pueda sacarnos del subdesarrollo.

 

 

-Pero según el gobierno, la pobreza ha disminuido…

-Creo que las cifras son efectivas y que, por consiguiente, la pobreza está bajando, pero el 30% de la población chilena está ganando menos de 200 mil pesos mensuales. Entonces, ¿de qué estamos hablando?

 

 

-¿Comparte entonces la idea de un “salario ético”?

-La doctrina social de la Iglesia se dirige a cada patrón en particular y le dice: “Usted debe pagarle a sus trabajadores lo necesario para que ellos vivan dignamente con su familia, eduquen a sus hijos, ahorren para su vejez y puedan tener recreación y cultura”. Si algunos contestan que pagarán el salario del mercado, la Iglesia volverá a decirles que tienen un mandato moral, salvo lógicamente que en verdad no puedan pagarlo o tengan por ello que cerrar la empresa. Todos los mandatos morales se dirigen a la conciencia de los empleadores. En el mercado a la gente se le paga por su valor de reposición, esa es la verdad. El trabajador norteamericano gana tres veces más, es cierto, pero su productividad triplica la nuestra. Y produce más porque ha sido educado mejor y, con una ética del trabajo, donde los hábitos, la responsabilidad y la disciplina se les inculca desde chicos.

 

 

-Sé que los historiadores no tenemos una bola de cristal para predecir lo que viene, pero dígame, ¿ve con optimismo el futuro?


– Por el contrario, con los elementos de análisis que tenemos a la mano, es posible que venga, a mediano plazo, una verdadera catástrofe social. Mientras el Estado no decida invertir como corresponde en educación, mientras la pobreza se mantenga en los niveles que se encuentra, mientras las drogas, el alcohol, la promiscuidad sigan deteriorando a la juventud, la crisis tarde o temprano estallará. Yo espero no verla y me encantaría equivocarme, pero dadas las circunstancias, ¿por qué podría ser de otra forma?