Un filosofo que defiende el progresismo. Pero no esa etiqueta que viste en la actualidad a sectores moderados de izquierda. De hecho, la definicion de Savater les pondria los pelos de punta: “es la combinacion de las aspiraciones sociales de la izquierda con las aspiraciones constitucionales de la derecha lo que forma el verdadero progresismo moderno”.

  • 27 mayo, 2009

 

Un filosofo que defiende el progresismo. Pero no esa etiqueta que viste en la actualidad a sectores moderados de izquierda. De hecho, la definicion de Savater les pondria los pelos de punta: “es la combinacion de las aspiraciones sociales de la izquierda con las aspiraciones constitucionales de la derecha lo que forma el verdadero progresismo moderno”. Por Jorge Abasolo; fotos, Veronica Ortiz.

Fernando Savater es uno de los intelectuales europeos más brillantes, influyentes y controvertidos de su generación. Nacido en el País Vasco, catedrático de Etica en la Universidad Complutense de Madrid, suele ser presentado de muchos modos: como azote de estúpidos, filósofo provocador, eterno disidente, defensor del amor propio contra el amor altruista o como filósofo de lo posible contra lo probable.

Se trata, sin duda, de un filósofo atípico, un personaje entre dos aguas: el escepticismo y el sentido común. El mismo achaca humorísticamente esta aparente ambigüedad al hecho de haber nacido un 21 de junio, a caballo entre dos signos: géminis y cáncer.

La ficha policial franquista llegó a definirlo como “anarquista moderado”, definición que Patxo Unzueta ha traducido como “fuego frío”, una de las definiciones de Savater más certeras, ya que el filósofo vasco es fuego, entusiasmo, inquietud creadora, incluso en su modo de hablar, de gesticular, de reír, pero es también frío: tiene los pies bien colocados en una sólida formación filosófica y cultural, atento siempre a no dejarse arrastrar por las modas, por los clichés intelectuales ni por lo que piensen de él los demás.

Vino a Chile una vez más para presentar y hablar de su novela La hermandad de la buena suerte (Planeta), ficción con la que se dio el gusto de ganar los 600.000 euros del Premio Planeta. Más gordo que la última vez que en su última visita, con Capital habló de todo, “porque filósofo que eluda algún tema, no es filósofo”, me aclaró de partida. Con proverbial facilidad de expresión, es un gozador de la tertulia. Gesticula y hace inflexiones de voz como el mejor de los declamadores y sazona la conversación con más de un chascarro.

-¿Por qué una novela en torno a la suerte? Uno tiende a creer que los filósofos creen más en la ley de la causalidad que la de la casualidad.

-Bueno… en algún momento de la novela eso se dice, ¿eh? Que el azar o la suerte es un poco como el límite de la razón. Allá donde la razón no opera, empieza el azar o la suerte. Los personajes de mi novela tienen un poco todas las actitudes respecto a la suerte. Hay quien no cree en ella en absoluto y es más racionalista en esta línea. También hay quien cree en la mala suerte, pero no en la buena. Hay diversas posturas. Es una experiencia de trasfondo en mi novela, porque yo creo que todos en la vida estamos pendientes de la suerte. La verdadera hermandad de la buena suerte somos todos los seres humanos. Todos estamos esperando el golpe de suerte que nos libre un poco de nuestras desdichas, de la carga de nuestro pasado y que nos regenere.

-De las cosas que usted ha dicho de esta novela hay una que me llama mucho la atención: que se trata de una novela mística. ¿Por qué?

-No, no, no. No hay que interpretarlo tan literalmente. Yo diría que se trata de una novela que tiene elementos reflexivos, elementos metafísicos. Místicos, no. Pero sí metafísicos, ya que se habla de la muerte, se habla de la memoria, de la amistad, aunque no en plan de elección filosófica. Yo creo que todos los seres humanos hacemos alguna reflexión acerca de la muerte en algún momento, o sobre lo inexorable del destino, sobre una pérdida, sobre lo que la vida nos ha llevado, en fin. Todo eso está unido en mi novela con elementos de humor, de aventura y con un trasfondo de caballos, que es mi pasión.

El progresismo

-Ha dicho usted que la democracia tiene dos enemigos: la miseria y la ignorancia.

-Vamos, no descubro gran cosa con eso, ¿eh? A mi juicio, la miseria y la ignorancia son los elementos que impiden que un ciudadano pueda realmente hacerse dueño de su vida. La democracia pretende que todos los ciudadanos sean políticos. Pero la diferencia que hay entre una autocracia y una democracia es que en la democracia somos todos políticos por obligación. Todos tenemos que ejercer como políticos y los políticos que están mandando no son más que aquellos a quienes nosotros mandamos mandar. Es decir, son el efecto de nuestra actitud política. Entonces, si la gente está agobiada por la miseria lo más probable es que no tenga tiempo para reflexionar, ni debatir o preocuparse de las cuestiones públicas, porque la miseria es acuciante y se lo impide. Y la ignorancia hace que las personas no puedan opinar, juzgar o decidir de una manera verdaderamente fundamental. Los ignorantes son pasto de los demagogos, de los que prometen el cielo en la tierra. Miseria e ignorancia imposibilitan el transcurso de la democracia. Por eso que la búsqueda de la igualdad o, por lo menos, el evitar la discriminación y la exclusión social, sumado a una educación pública eficaz, son elementos imprescindibles para el ejercicio de una sana democracia.

-En Buenos Aires le escuché una expresión que jamás he oído en Chile. Dijo usted que hay progresistas de derechas y progresistas de izquierdas. Acá el término progresista parece propiedad exclusiva de la izquierda.

-¡Pero si hay gente muy reaccionaria en la izquierda! Si por progreso entendemos el avanzar hacia un ideal de emancipación, de libertad e igualdad, es evidente que Stalin ha sido el hombre más reaccionario del mundo. Fidel Castro también me parece muy reaccionario. Hay mucha gente ubicada en el campo de la izquierda que es muy reaccionaria. Esa es gente de izquierda de una determinada manera. Hay mucho reaccionario en la derecha, pero también personas que son constitucionalistas, que apoyan una sociedad de derechos y garantías, etcétera. Creo que la imagen constitucionalista de nuestras sociedades se debe más a la derecha que a la izquierda. De modo que la combinación de las aspiraciones sociales de la izquierda –donde algunos sí son progresistas– y las aspiraciones constitucionales de la derecha, eso es lo que forma el verdadero progresismo moderno. Es una mixtura de lo mejor de ambas tendencias. El progresismo no es propiedad de un determinado sector político.

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La familia

-Estamos viviendo una crisis financiera que afecta a la vida cotidiana del hombre. ¿Cómo lo percibe desde el punto de vista de la filosofía?

-Mira, los filósofos podemos reflexionar acerca de las cosas, ¿verdad? Pero no es que tengamos una vida muy diferente a los demás. Yo vivo en un país que desgraciadamente parece ser el está padeciendo con mayor crudeza la crisis en todo el mundo. Tenemos casi cuatro millones de personas paradas. Realmente es una situación de desbordamiento y donde las tensiones parecen haber llegado a su grado máximo. El país no está peor porque allá funciona la ONG más eficaz y segura del mundo, que es la familia. Entonces, las personas que están en paro cuentan con cierto colchón familiar y emocional que sirve en mucho.
Esta crisis nos puede llevar a reflexionar acerca del modelo económico que se ha tenido, cómo se aceptó en su momento como algo normal el que personas que están más del lado del fraude que del lado de la ley fueran soportadas por todos. Creo que la ausencia de ética ha hecho daño al sistema financiero.

-En el libro El arte de vivir, usted recuerda que los orientales representan la palabra crisis con dos ideogramas: alerta y oportunidad. En occidente sólo vemos la parte amarga del concepto.

-Sí, claro. Yo entiendo que ahora una persona que ha perdido el trabajo o que está en paro no ve el lado positivo del término. Lo que pasa es que muchas veces el mal de una crisis es individual, en cambio los beneficios son a largo plazo y colectivos. Pero hay personas que reaccionan positivamente, y piensan que esto podrá servir para una cierta regeneración de los planteamientos de un capitalismo que había perdido un poco los controles de tipo ontológico. No se trata de abogar por caprichos de moralismo barato, sino que se trata de buscar mecanismos para que funcione de mejor modo un sistema.

Posicionamiento político

-Hoy es difícil suscribir completamente a un ideario político. Me explico: la columnista española Carmen Gurruchaga se declara de centro izquierda, pero admite que el gobierno de Aznar fue mejor que el de Felipe González. ¿Cómo se define políticamente Fernando Savater?

-Yo me he definido lo suficiente porque hemos fundado un partido político nuevo en España. A raíz de esa reflexión acerca del progresismo que le hacía, yo me he definido siempre como una persona de izquierda, en el sentido de que jamás he votado por un partido de derechas en mi vida. Pero la izquierda también tiene muchos elementos reaccionarios. En mi país, y especialmente en el País Vasco, la izquierda ha tenido una complicidad a veces estúpida y otras veces criminal con los grupos terroristas, o con el nacionalismo, que a mí me parece que es uno de los grandes males del país. La izquierda había tenido en mi país una postura poco clara respecto al nacionalismo y, por otra parte, tenemos una derecha que todavía es teocrática y que a veces hasta habla por boca de los obispos. Entonces, con un grupo de gentes, decidimos formar un partido realmente progresista –que fuera a la vez partidario de la igualdad y de la unidad del Estado de Derecho– pero a la vez fuera laico, con todas las consecuencias del término. Y así ha nacido la Unión Progreso y Democracia, UPD. Ya hemos logrado un escaño en el Parlamento y obtenido más votos que el Partido Nacionalista Vasco, con todo el aparato propagandístico y el dinero que tiene esa colectividad.

-Si le ofrecieran postularse al Parlamento, ¿lo aceptaría?

-No, no, no. Y no solamente me lo han ofrecido, sino que he tenido que soportar muchas presiones en ese sentido. Y no acepto porque esto es cuestión de gente joven. Cada cosa tiene su época. A mi edad lo importante es que no se te olvide lo que ya sabes hacer, y no empezar a aprender mañas nuevas o cosas nuevas.

-¿Qué es lo mejor y lo peor del gobierno actual de España?

-Creo que el gobierno ha hecho esfuerzos interesantes en el terreno de las costumbres. Hay una serie de leyes que han buscado acabar con las discriminaciones que sufrían los homosexuales, hay un apoyo a las familias que tienen un integrante impedido o minusválido físicamente. Esa ayuda antes no existía. En el terreno me parece bien que todos los ciudadanos tengan acceso al bachillerato. Lo malo de esto es que algunas leyes no tienen fondos, y entonces el gobierno se queda a medio camino. La parte más negativa –sin duda– ha sido el apoyo a grupos nacionalistas. El gobierno socialista sabe que la única forma de tener perpetuamente una mayoría en el Parlamento es contar con el apoyo de las minorías nacionalistas. Entonces, se ha plegado en gran medida a las exigencias de esas minorías.

La malsana xenofobia

-Los nacionalistas dicen que defienden el sentido de pertenencia. Usted está entre los detractores del nacionalismo…

-Yo he tenido la suerte o la desgracia de sufrir dos nacionalismos en el mismo sitio: el nacionalismo imperial del franquismo que intentaba imponer una ridícula homogeneidad prohibiendo hasta los instrumentos musicales vascos o la lengua, y que metía a la cárcel al que no lo aceptara, y luego la reacción nacionalista. En ambos casos se inventa una realidad distinta de la verdadera, es decir, ninguno de dichos nacionalismos puede aceptar la realidad existente. Por ejemplo, ahora mismo en el País Vasco, de cada diez personas, seis son hijos de gente que ha llegado de fuera y cuyos hijos nacieron allí. Lo que me molesta del nacionalismo de mi tierra es esa idea difusa del monolitismo, el gusto por querer parecerse siempre a sí mismo, la reivindicación de la historia y ese carácter excluyente.

-El mundo está y estará siendo atravesado por los grandes mestizajes e inmigraciones. ¿Cree que el miedo al mestizaje va a ser uno de los grandes peligros de nuestro futuro inmediato, que podría traer nuevas guerras y conflictos?

-Es cierto que el mestizaje hace perder una cierta identidad, pero creo que evita el enfrentamiento. Quedarán después otros problemas, pero ese mestizaje ya ha resuelto el sueño de la pureza de la raza, que es algo mortal.

-¿Cómo percibe a la Europa actual? Es evidente su fragilidad…

-Cierto. Hemos llegado al nuevo milenio con una Europa no unida e insuficientemente cohesionada, como sí lo estaba a la mitad de los años ochenta, cuando se pensaba con cierta razón y optimismo que era posible llegar a una unidad europea estable. Creo que Europa está frágil y tambaleante…

-¿Cómo percibe el momento que pasa España?

-España está fracturada por la crisis económica. La hecatombe del tema inmobiliario ha creado un paro descomunal y vamos a llegar al verano con cuatro millones y medio de personas sin trabajo, que es una cifra alarmante. Creo que lo que más ha impedido el desarrollo de España ha sido el nacionalismo. Ese ha sido el gran mal de la democracia española.