Dejó el gobierno hace catorce años, pero todavía se le menciona como el más brillante ministro que haya ocupado la clave cartera de la secretaría general de la Presidencia. Edgardo Boeninger analiza aquí el escenario político… y sus conclusiones no pueden dejar indiferente a nadie. La Concertación, dice, hace rato perdió cohesión y carece de un proyecto común, lo que está determinando una mediocridad que hará muy difícil que Chile venza el subdesarrollo.

  • 3 septiembre, 2008

 

Participación del ex ministro en el programa Ciudad Capital

 

 

 

Dejó el gobierno hace catorce años, pero todavía se le menciona como el más brillante ministro que haya ocupado la clave cartera de la secretaría general de la Presidencia. Edgardo Boeninger analiza aquí el escenario político… y sus conclusiones no pueden dejar indiferente a nadie. La Concertación, dice, hace rato perdió cohesión y carece de un proyecto común, lo que está determinando una mediocridad que hará muy difícil que Chile venza el subdesarrollo. Por M.Angélica Zegers V. Fotos, Verónica Ortíz.

Son pocos los políticos que pueden mostrar una preparación intelectual como la de Edgardo Boeninger (83 años, casado, dos hijos) y tal vez por eso él mismo reniega de esa etiqueta y se siente mucho más cómodo con la de tecnócrata. Sin embargo, son las leyes y reglas de la política lo que de verdad lo apasionan y donde se siente más cómodo. Ingeniero civil de la Universidad Católica y economista de la Chile, su paso por la Universidad de Los Angeles, California, donde realizó estudios de ciencia política en 1975, fue definitivamente marcador. Ahí sistematizó su pasión por las ciencias sociales, aunque a esas alturas su currículum ya era bastante impresionante e incluía, entre otros, la dirección de Presupuestos en el gobierno de Frei Montalva y la rectoría de la Universidad de Chile en los convulsionados años de la Unidad Popular.

A la política se metió en serio en 1987, cuando aceptó la vicepresidencia de la Democracia Cristiana y luego, la coordinación del programa de la Concertación que finalmente lo llevaría a La Moneda como ministro secretario general de la Presidencia en el gobierno de Patricio Aylwin. En ese cargo definitivamente descolló. De la mano de un equipo político que todavía es recordado como el mejor que ha mostrado un gobierno de la Concertación, Boeninger fue pieza clave en tender puentes de confianza con la oposición y hacer viable una transición que en esos primeros años del retorno a la democracia no se veía para nada fácil.

Tres gobiernos después, y ya repuesto de un cáncer contra el cual batalló el año pasado, Boeninger sigue siendo el hombre pausado de siempre, pero sus juicios sobre el actual estado del país no son nada optimistas. Y cuando Boeninger habla, al menos una parte importante del stablishment político lo escucha. No por nada su alejamiento del Senado el año 2006, luego de ocho años como designado –vaya paradoja–, fue sentido transversalmente.

 

 

El ungido

-¿Qué siente frente a la idea de un quinto gobierno de la Concertación?

-La alternancia la determinan los electores, pero yo sostengo que no puede haber una coalición que gobierne 70 años, como lo hizo el PRI en México. Ahora, cuánto va a gobernar la Concertación, no lo sé, pero es un hecho que llega un momento en que los electores quieren un cambio de caras y que lo hagan ahora o después responde a circunstancias muy coyunturales.

-¿Se están dando esas circunstancias, hoy?

-Uno de los factores que más desprestigia a la política es que el conglomerado que apoya al gobierno desconozca un acuerdo firmado, y eso es lo que pasó con la Ley General de Educación. La discusión sobre el lucro conlleva una visión excluyente de la educación pública, lo que es una postura ideológica y es una muestra de que al interior de la Concertación hay diferencias de criterio muy importantes respecto al futuro. La idea de tener una economía privada preponderante, acompañada de regulaciones como factor de contrapeso, asegurando la coexistencia público-privada en temas tan relevantes como la salud o la educación hoy no es un principio compartido. Estos episodios han ido crispando el clima político; y si a esto se agrega que hay una posibilidad real de que la Alianza gane la elección presidencial, hoy no veo que existan los consensos básicos para llevar adelante una política coherente y sólida en el tiempo (toma agua y casi sin pausa comienza a hablar sobre la única salida que le ve al problema…)

-El tema de la autoridad es ahora clave porque no se saca nada con adscribir a un modelo si no se tienen la fuerza ni la autoridad para implementarlo. Creo que la única posibilidad real que tiene la Concertación no sólo de mantenerse en el poder, sino de poder llevar a la práctica un programa de gobierno, es que llegue un momento en que frente a la alternativa real de perder el poder haya que ungir a un candidato y entregarle un compromiso de apoyo extraordinario. Perder el poder es un acicate de enorme importancia, y creo que ese temor puede actuar de nuevo como un elemento unificador del conglomerado.

-¿Adiós primarias?

– Las primarias son competencia. Lo que nosotros necesitamos es que todo el conglomerado se cuadre con el candidato y que se le vuelva a dotar del poder que tuvieron los presidentes al inicio de la Concertación, con un apoyo efectivo de los partidos y con los parlamentarios cuadrados con la agenda de gobierno. Es evidente que hoy los problemas internos de la Concertación son muy superiores a los de la Alianza y es absurdo mantener algo distinto.

-¿Es casi un instinto de conservación lo que está operando en la Concertación?

-Es más que eso, porque tengo claro que la insatisfacción no es un fenómeno que se pueda alargar indefinidamente sin que se traduzca en algún momento en una opción política que sea factible de llevar adelante. Lo que más me preocupa es la gobernabilidad a futuro. Este país tiene hoy un ingreso de 14 mil dólares per cápita, ha hecho avances notables, sobre todo en reducción de la pobreza y, salvo los últimos años, ha tenido ritmos de crecimientos que nos podrían llevar a ser un país desarrollado en la próxima década. Pero temo que la mediocridad que se derive de la falta de una política coherente nos haga repetir en caso de desarrollo frustrado, como el que describió Aníbal Pinto a mediados del siglo XX.

 

 

 

La economía manda

-¿Qué elementos del primer gobierno de la Concertación echa de menos y cree que pueden estar inuyendo en el desorden político que se aprecia hoy es ese bloque?

-El nuestro es un presidencialismo de coalición y para poder gobernar se debe tener mayoría política. La bendición primera que tuvo la Concertación al nacer fueron el orden y la disciplina, con partidos leales al gobierno y parlamentarios que acataban la agenda gubernativa. La Concertación nunca ha tenido mayoría en el Senado y por eso resulta tan indispensable llegar a acuerdos con la oposición, y eso fue lo que nosotros hicimos. La clave fue operar sobre la base de un consenso con los partidos de oposición básicamente en orden a que en Chile iba a operar una economía de mercado abierta al mundo y que nuestra diferencia iba a estar en agregar la percepción de que el gobierno se hacía cargo de las demandas sociales. Este acuerdo básico de crecimiento con equidad nunca se explicitó, pero ahí estaba, y fue tan exitoso que logramos tender puentes de confianza y sacar adelante reformas tan relevantes como fueron la tributaria y la laboral. Lo que en su momento bautizó Allamand como la democracia de los acuerdos fue una estrategia absolutamente decisiva, y ya el año 93 la tasa de inversiones de las empresas había aumentado espectacularmente.

-Llama la atención que hable de este acuerdo de desarrollo como el centro del gobierno de Aylwin, cuando todos los ojos estaban puestos en la transición política.

-El gobierno de Aylwin fue por definición de transición y las tareas políticas básicas eran recuperar la democracia, hacer volver a los militares a sus cuarteles y empezar a preocuparse en serio del problema de derechos humanos. Pero siempre supimos que para poder llevar adelante esas tareas debíamos primero tener éxito y que la ciudadanía no iba a medir ese éxito por lo que hiciéramos en derechos humanos o en reformas constitucionales, sino fundamentalmente por el crecimiento, el empleo y la inflación. El buen resultado económico del gobierno de Aylwin, junto al enorme capital político de su nombre, posibilitaron la elección de Eduard Frei cuatro años después.

-¿Siente que para llevar adelante esa estrategia de desarrollo renunciaron a principios políticos?

-No creemos haber renunciado a nada, sencillamente porque creíamos en lo que estábamos haciendo. En líneas gruesas, la política macroeconómica que había implementado Hernán Buchi desde el año 85 en adelante no tuvo variaciones significativas; nuestra diferencia estuvo en la política social porque, por las razones que sea, la verdad es que el general Pinochet no tuvo política social. Nosotros elegimos deliberadamente como objetivo principal el desarrollo de esta estrategia de crecimiento con equidad por sobre los cambios políticos. Nunca intentamos, por ejemplo, derogar la Ley de Amnistía, porque al no tener los votos suficientes se iba a convertir en una pura cosa testimonial, pero que iba a despertar un gran conflicto, impidiéndonos llegar a acuerdos con la oposición en los temas económicosociales, que eran nuestra prioridad.

-¿Había temor a una vuelta de los militares?

-Nuestro gran temor no era un nuevo golpe, sino que en las siguientes elecciones Pinochet hubiera sido elegido presidente con los votos de la mayoría popular, lo que no era para nada impensable si se toma en cuenta que había logrado más del 43% en el plebiscito del 88 y que nuestro fracaso habría despertado todos los demonios del año 73. Teníamos que demostrar que la democracia no era caos, y por eso nos mantuvimos en márgenes razonables en materias políticas.

-¿No sintieron que en primer lugar debían pagar la deuda que había en derechos humanos?

-Estoy cierto de que sin haber cumplido la estrategia de desarrollo, todo lo demás hubiera sido imposible. Aylwin tuvo la genialidad de crear la Mesa de Verdad y Reconciliación y luego mandó a la Corte Suprema una carta en que dijo que no se podía declarar la amnistía sin previamente haber investigado e identificado a los culpables. La Corte Suprema fue cambiando con el tiempo, algunos ministros se retiraron y luego, con la reforma de 1997, se incorporaron más jueces, así que al final fue el tiempo el que se encargó de pavimentar el camino en el tema de derechos humanos.

-¿No cree que una carta del presidente a los ministros de la Suprema sería hoy considerado una presión indebida y una intromisión de un poder del Estado sobre otro?

-Aylwin dejó constancia sobre cuál era su criterio, porque a todos nosotros nos parecía que aplicar la amnistía sin investigar era atroz desde el punto de vista político. El secuestro permanente lo descubrieron los jueces en su momento, simplemente, porque las fuerzas armadas no tenían voluntad para entregar información y, cuando los jueces empezaron a preocuparse en serio de los derechos humanos, retrucaron con esa figura jurídica que puede ser discutible, y yo de hecho creo que lo es, pero que fue extraordinariamente eficaz.

 

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El abandono del modelo

 

-¿Se fue haciendo más difícil con el tiempo mantener la unidad entre los partidos y el gobierno?

-Las cosas había que manejarlas con discreción. El año 93 Aylwin presentó un proyecto de ley para nombrar a jueces especiales de las cortes de Apelaciones para acelerar los procesos de derechos humanos, pero los familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos creyeron leer en ese proyecto algo así como una ley de punto final y el Partido Socialista se negó a aprobarlo. El presidente Aylwin pidió mi opinión y yo le recomendé retirarlo y así lo hizo. Ese ejemplo muestra que había que tener criterio para mantener la unidad de la Concertación. Con el tiempo, los partidos fueron adquiriendo más independencia, la lealtad e incondicionalidad inicial no fueron iguales y empezaron a aflorar las distintas visiones de país que había dentro del conglomerado de gobierno.

-¿Es decir, los elementos díscolos vienen desde hace mucho tiempo dentro de la Concertación?

-Claro que sí. Hay que recordar el debate que se dio a comienzos del gobierno de Lagos entre autocomplacientes y auto flagelantes dentro de la Concertación, y que es lo mismo que se ha acentuado después. Un sector de la Concertación, y desde luego toda su tecnocracia, ha sido partidarios desde el inicio de una economía con preponderancia del sector productivo privado, abierta al exterior, globalizada, con elementos de regulación y con una política social fuerte. Con el tiempo, el país fue haciendo avances espectaculares en todo orden de cosas, pero también fue creciendo un grupo dentro de la Concertación que estaba disconforme y que quería menor énfasis en el crecimiento y avances mucho mayores hacia un país menos desigual. A ese grupo autoflagelante, la estrategia económica de la Concertación cada vez se le fue haciendo más insoportable.

-¿El apoyo de los partidos fue siempre total o la estrategia era resistida por el ala más de izquierda?

-No hay que olvidar que este programa de desarrollo se instaló sin que los partidos lo hubieran avalado expresamente, ya que el compromiso inicial con el gobierno fue que cualquier controversia sería dirimida por el presidente, y los partidos, probablemente más los de la izquierda que la DC, por el temor a la regresión autoritaria, nunca chistaron. No fue una imposición, pero dadas las difíciles circunstancias políticas que se vivían al inicio del gobierno de Aylwin, se concordó en que era necesario que el presidente tuviera mucha autoridad, y por eso los partidos acataron mantenerse detrás de él.Ç

-¿Qué pesaba más en la unidad, la fuerza del proyecto común o el temor al fracaso?

-Había de todo, pero si lo miro en retrospectiva creo que era más fuerte el ethos unificador de la vuelta a la democracia. La lucha contra Pinochet generó un espíritu de cuerpo transversal e hizo muy fuerte a la Concertación, porque primaba el interés colectivo. Cuando desapareció ese factor comenzaron a aflorar visiones distintas de gobierno y dentro de los partidos fueron tomando fuerza los líderes individuales y los parlamentarios, con lo cual la unidad se fue resquebrajando. Hoy día, una parte muy importante de la Concertación no cree en esta estrategia de desarrollo que hemos llevado adelante y que la hizo exitosa.

-¿Cuánto ha influido este descreimiento en el modelo en la baja del crecimiento?

-Hoy se ve un deterioro importante no sólo de la Concertación, sino de la política en general y de la capacidad de los partidos para canalizar las demandas sociales y percibir con claridad cuál es el rol que deben cumplir para llevar adelante las agendas del gobierno del que forman parte. El sistema binominal ha tenido el mérito de mantener pocos partidos, pero uno de sus defectos más claros es que genera una alta autonomía de los parlamentarios, ya que ellos se convierten en representantes casi exclusivos de los partidos y, salvo los pocos casos de doblaje, también de la coalición en cada distrito, lo que les otorga un poder enorme. El fenómeno de los díscolos ha generado desorden y un deterioro de calidad de la política. Los gobiernos hace rato que dejaron de tener a los partidos como un seguro de apoyo, lo que se ve claramente en las intensas negociaciones que hace el gobierno con cada parlamentario cuando tiene que aprobar un proyecto difícil.

-¿Cree que las agendas propias están motivadas principalmente por una visión distinta de país o están añorando como una manera de aumentar el poder individual?

-Es muy difícil apreciar eso, porque cualquier cargo político otorga poder, influencia y fama; pero está claro que hoy se ve mucha mayor incoherencia política, lo que se traduce en desorden e indisciplina, porque el proyecto personal y la propia carrera pasan a ser más importantes que el programa de gobierno. Sin embargo, no hay duda de que el desorden también está alimentado por el factor ideológico, porque cuando el senador Navarro, por ejemplo, decide apoyar a ciertos candidatos del partido comunista para las municipales que compiten con los de la Concertación, está expresando que no está conforme con el sistema que impera en el país, que no le gusta la preponderancia de la empresa privada y cree que hemos olvidado la igualdad. Así como él, hay un montón de gente que siente un antagonismo visceral con lo que hemos hecho en el pasado.

-Aún así, la presidenta mantiene en el ministerio de Hacienda a Andrés Velasco, que está lejos de recelar del modelo.

-El apoyo de la presidenta al ministro de Hacienda ha sido absoluto, pero en el último tiempo el gran aliado de Velasco ha sido la inflación, que genera en la clase política el temor más espantoso y que le va a permitir al ministro aprobar un presupuesto razonable para el año 2009 y tomar medidas específicas que no habrían sido aprobadas, sobre todo por la izquierda, en otro escenario. La relación entre políticos y tecnócratas siempre ha sido difícil, porque en términos generales el tecnócrata considera al político un ignorante y el político recela del tecnócrata por insensible… y una de las cosas más perjudiciales del último tiempo es que veo un distanciamiento progresivo entre estos mundos, con mucha desconfianza y desprecio.

El costo de la indisciplina
¿Por qué Bachelet no ha logrado armar un buen equipo político?

Boeninger se niega a calificar a la presidenta Bachelet, pero tiene muy claras las razones de una agenda que aparece bastante desdibujada.

El naipe se ha desordenado por factores ideológicos, por la irrealidad política de muchos proyectos y por la autonomización de muchos parlamentarios que están privilegiando sus propias agendas al ver que la política cada día es menos valorada por la gente. El hecho indesmentible es que no ha sido posible realizar una gestión de gobierno coherente y disciplinada, y creo que también ha influido en esto el tipo de relación que ha mantenido la presidenta con los partidos. No hay que olvidar que la de Michelle Bachelet fue una candidata impuesta por las encuestas y no por los partidos que antes habían generado las de Aylwin, Frei y Lagos. La base de su propuesta política era el llamado gobierno ciudadano, que luego abandonó, pero que muestra que nunca la relación con los partidos fue fluida. Si a esto se agrega que los partidos ya habían entrado en una línea más individualista y que los propios ministros no sintieron una lealtad compartida y eran, al final, más representantes de los partidos que del gobierno, es obvio que la cohesión del equipo político tenía que resentirse, no sólo entre ellos, sino también respecto al ministro de Hacienda. Nunca antes hubo el disenso que se ha visto ahora en el gabinete. En este gobierno los partidos, el Parlamento y el gabinete político no han tenido la unidad, autoridad y capacidad de mantener un accionar coherente y disciplinado que se dio en los gobiernos anteriores. Creo que la llegada de Pérez Yoma a Interior ha significado una mejoría no despreciable, pero la situación con la que se encontró ya era muy incoherente. Hoy día, el gabinete político sólo se las arregla.

Ni los unos ni los otros
¿Por qué la Alianza tampoco es alternativa?

Boeninger no cree que Chile esté frente a una catástrofe, sino que corre el riesgo de quedarse estancado mientras otros países avanzan. El desafío, por tanto, es tener un gobierno fuerte y con un liderazgo claro, para establecer luego a la educación como la gran tarea de futuro. Sin embargo, la Alianza tampoco le da garantías en este sentido y enumera tres problemas básicos del bloque opositor:

Acuerdos parlamentarios.
Casi con seguridad un eventual gobierno de la Alianza no tendrá mayoría parlamentaria y, al igual que los gobiernos anteriores, van a seguir existiendo dos bloques fuertes, porque no creo que grupos como el PRI figuren ni que haya voluntad real de dar un espacio a los comunistas. Al igual que Aylwin necesitó a la Alianza, Sebastián Piñera va a necesitar votos de partidos de la Concertación para llevar adelante su agenda, pero no veo que se estén generando los puentes para que eso ocurra. El actual ambiente político es de confrontación; y si la Concertación pierde, va a ser tan grande el grado de frustración y resentimiento de los perdedores, que veo muy difícil para un eventual gobierno de Piñera generar mayorías parlamentarias. Creo que Lavín actuó sabiamente al definirse como bacheletista-aliancista, porque para gobernar no basta ganar, también hay que generar un ambiente de concordia… y eso no se logra hablando de desalojo.

Grupos de presión. A diferencia de la Concertación, la Alianza no tiene una presencia importante entre los grupos de presión e instituciones gremiales y sindicales como la CUT, el Colegio de Profesores, los estudiantes, los funcionarios de la salud y otros. Esta realidad le juega muy en contra, porque la indisciplina política ha dado rienda suelta a demandas callejeras de todo tipo y no veo cómo un gobierno de derecha, que no ha generado canales de comunicación con estos entes mayoritariamente controlados por la
izquierda, pueda controlarlos.

Unidad del bloque.
La Alianza está formada por dos partidos que no se quieren bien, y la prueba más clara de esto es que la UDI no reconozca que es muy difícil que surja un candidato de sus filas que le haga pelea al 40% de adhesión que genera Piñera en las
encuestas. La falta de apoyo a Piñera no es un buen augurio sobre la unidad que puede esperar de la Alianza como apoyo para su gobierno.

Transparencia y probidad
¿Cuánto pesa hoy el poder por el poder?

Boeninger afirma que en los inicios de la Concertación operaba una sensación un tanto épica de misión, pero hoy eso se acabó y opera la política pura y simple. Es en este escenario donde se abren mayores espacios no sólo de indisciplina, sino también de rebaja de los estándares éticos.

En términos generales, la calidad de la política ha sufrido un deterioro y en buena medida se ha convertido en una carrera profesional de toda la vida. Pero más que un problema para el que llegó al tope de la escala, la real dificultad está en los cuadros intermedios de la administración pública. Uno de los problemas más complicados que se perciben en Chile en estos últimos años es un deterioro en los índices de probidad y transparencia, aunque en este último factor creo que va a haber un cambio muy sustancial con la reciente ley de acceso a la información. En probidad, sin embargo, si bien no hay una ideología de la corrupción, como denunció Schaulsohn, creo que se han soltado las trenzas y existe una tolerancia a la incorrección bastante más importante de lo que había hace diez años. Esta realidad responde a varios factores, uno de los cuales es el acostumbramiento al poder y que muchas personas que viven del Estado no ven manera de mantener su posición fuera de él, lo que también se relaciona con los precarios niveles de calificación de la gente. Los llamados operadores políticos son personas que acceden a cargos de bastante responsabilidad por el solo atributo de una lealtad a toda prueba a determinadas personas, y así se genera intervencionismo político del Estado, que es un fenómenos que existe. A veces se justifica este uso del poder del Estado diciendo que es un contrapeso al poder que el dinero le otorga a Piñera; pero en caso de ser cierto, se trata de un pésimo empate, porque ni el dinero ni la intervención del Estado deben decidir una elección.