Por: Marcelo Soto Fotos: Verónica Ortíz No sólo es uno de los mejores –y más polémicos– textos del año, sino que debe ser el más personal y arriesgado que ha escrito Alfredo Jocelyn-Holt. La escuela tomada (Taurus, 642 páginas) es un librazo, en el sentido metafórico y literal: un voluminoso ensayo, mezcla de memorias, denuncia […]

  • 12 noviembre, 2015

Por: Marcelo Soto
Fotos: Verónica Ortíz

jocelyn-holt

No sólo es uno de los mejores –y más polémicos– textos del año, sino que debe ser el más personal y arriesgado que ha escrito Alfredo Jocelyn-Holt. La escuela tomada (Taurus, 642 páginas) es un librazo, en el sentido metafórico y literal: un voluminoso ensayo, mezcla de memorias, denuncia e historia, que puede ser descrito como un golpe a la cátedra que pega directo en el mentón de personajes conocidos de la intelectualidad, el derecho y la política locales.

Demoró seis años en escribirlo y tiene tal cantidad de detalles que hasta lo han tildado de “copuchento”. Hay correos electrónicos, conversaciones de pasillo y, sobre todo, varios centenares de notas a pie de página (que constituyen una especie de segundo libro, tan valioso como el primero), reveladores del clima de tensión vivido en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, a partir del movimiento que provocó la salida del decano Roberto Nahum.

Jocelyn-Holt, conocido polemista, autor de una extraordinaria Historia de Chile, que va por el tercer tomo, nos recibe en su casa de siempre, en el corazón de Providencia, rodeada de esos edificios sin alma que se extienden por la comuna. Pero en su biblioteca, con vista a una fuente de agua en el jardín, se respira paz, aunque sus comentarios no sean siempre pacíficos.

“El libro tiene una motivación de denunciar el complot de un grupo de profesores y estudiantes, con vinculaciones con La Moneda, pero al mismo tiempo yo tuve que entrar a explicarme a mí mismo. Entender lo que estaba ocurriendo, porque fue asombroso el nivel de violencia en la toma del 2009, y su relación con el movimiento del 2011. El hecho de que se repetían las personas, la radicalización tremenda de las universidades públicas, la manera en que el ambiente se crispó y la convivencia se quebró. Fue una cosa fenomenal”.

-Dices en el libro que hay una cosa culposa de la generación de los Boric, de los Jackson, de Sebastián Aylwin, por ejemplo, hijos más o menos acomodados de la transición que recuperó la democracia en la que crecieron, y de la que reniegan.
-Claro. Ellos pertenecen a grupos económicos sociales relativamente altos que hacen amago de su radicalización. Si vienes de Vitacura o Las Condes, para mostrar una postura comprometida y que no te avergüence tu origen privilegiado, tienes que ser súper de izquierda, ser más ultra. Tienes que hacer mérito ante los demás compañeros menos favorecidos que tú. Además, hay una especie de beatería moral, porque muchos estudiaron en colegios jesuitas o religiosos. Una de las primeras actividades de la toma fue una misa.

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-¿Te parece contradictorio?

-Hacen un enorme esfuerzo para no parecer de Santiago oriente. Suben el volumen permanentemente, tienen esta actitud de ser dueños de una verdad moral que me parece es muy despreciativa de la complejidad humana.

-Felipe Berríos hace poco criticó a la elite…

-Berríos no termina de estar en África cuando está en Chile. El problema de este discurso, y también el de los autónomos y de la izquierda radicalizada, es que permanentemente hacen declaraciones antielite, cuando en realidad ellos son parte de las estructuras de privilegio. Estar en este tipo de universidades, tener este tipo de ventajas, y abrazar las expectativas futuras de liderar el país, hablan de una ambición desmedida. Cuando entras a ciertos colegios, tienes ganada la partida desde el inicio. Creo que las críticas a las elites deben ser para mejorar las elites. A veces hemos tenido unas muy malas, pero en Chile hemos tenido elites extraordinarias en el pasado.

 

Contra la corriente

-¿Hay un gesto inmolador de tu parte al defender a alguien tan cuestionado como Nahum? ¿Por qué lo apoyas, si reconoces que no es un gran profesor?

-Pero fue un gran decano.

-En el libro afirmas que su estilo es clientelista.

-Sí, es un caudillo. Lo que sucede es que yo estudié derecho, y uno defiende a los que le están sacando la mugre. Nos guste o no nos guste, Nahum es un hito. Es un gran gestor, pero no lo podían descabezar electoralmente. Lo basurearon de turco para arriba y para abajo. A mí eso me pareció inaceptable. Entonces, se reunieron intereses muy disimiles: los alumnos que estaban gestionando un nuevo movimiento, que es el autónomo, que en el fondo es brazo armado de la Surda; los profesores que eran minoritarios y no tenían los votos para descabezarlo, a los que llamo los siete de la infamia. Y teníamos a la Casa Central que quería que esta facultad cada vez más rica, contribuyera más al fondo general de la universidad. A su vez, los siete de la infamia tenían vínculo con La Moneda, a través de Carlos Carmona y Paulina Veloso, y se confabularon para hacer este descabezamiento, invocando un plagio que no era tal. Era bastante impresentable, claro, que un alumno ayudante de Nahum hiciera una tesis con la recopilación de clases del profesor Nahum. Después va Nahum y publica este texto que son sus ideas y sus clases. Fue un libro que no circuló, pero le sirvió para efectos de conseguir la titularidad como profesor.

-¿Ese libro existe? Profesores de la Facultad han dicho que no.

-Para todos los efectos no existe, pero materialmente existió. Habrá dos o tres ejemplares.

-Nahum, por lo que escribes, no representa los ideales universitarios que promueves.

-Lo estimo como administrador, pero no estimo para nada el nahumismo, que es esa gente que después vota por Davor Harasic (actual decano) y lo termina sepultando. Le da vuelta la espalda de manera grotesca. Si la Facultad de Derecho funciona con esa lógica destructiva, qué futuro tienen las instituciones en Chile. La toma, y lo que vino después, el complot para sacar a Nahum, representan lo opuesto de lo que se espera de un abogado, que es el privilegio de la razón.

-También haces una analogía entre la toma y los tiempos revolucionarios.

-Pienso que detrás de todo este movimiento hay una lógica, un ambiente revolucionario. Justo cuando sucedió la toma, yo estaba metiéndome en el tema de la Revolución francesa, y es muy parecido el ánimo de los involucrados. Uno de los modelos de este libro es Historia de los girondinos, de Alphonse de Lamartine, y que fue muy influyente sobre gente como Francisco Bilbao y Benjamín Vicuña Mackenna. Está muy bien escrito, es muy entretenido, y se centra en personajes como Talleyrand, como Fouché, sus volteretas y contradicciones. De repente me di cuenta de que estaba viviendo lo mismo en la facultad. El discurso revolucionario no cree en las instituciones. Sus partidarios están dispuestos a funar a las personas que tienen autoridad. Por otro lado, hay un conflicto generacional, la idea de cambiar una elite por otra. Hay intelectuales de extraordinario peso que contribuyen a esto y no estoy hablando de Fernando Atria, que me parece muy de segunda o tercera categoría, sino de gente como Gabriel Salazar. Fue la primera persona a la que le escuché hablar sobre asamblea constituyente, en los 80. Gabriel es de la idea de que todo el pasado es una especie de prehistoria para la historia que comienza ahora. Otro elemento revolucionario es un igualitarismo que no admite ningún grado de autoridad, lo cual es muy complicado en una universidad que funciona con lógicas de selección.

-¿Dónde ves este ánimo desafiante?

-Te pongo un caso que puede ser anecdótico, pero que revela algo más profundo. Tengo alumnos de postgrado que cuestionaron mis notas y consideraron que mis comentarios y mi evaluación no correspondían. Empiezan a corromper el principio de la autoridad. Yo no soy un profesor que ejerza tiránicamente, pero me parece que esto es volver el mundo al revés. Y también lo observas en la idea del cogobierno al interior de las universidades. En la toma hubo cogobierno. En el plano analítico, una imagen potente eran las sillas al revés, puestas en la entrada de la escuela.

Estaba la noción de que ellos podían cortar la cabeza a ciertos profesores. Gabriel Boric, que fue el líder de la toma junto a otros cabecillas, me dijo: “A nosotros nos interesa sacar a los malos profesores, no a gente como usted o como Pablo Ruiz Tagle”. Yo le contesté: “Mira, no puedes garantizarme nada, porque tampoco puedes garantizar que a ti no te van a cortar la cabeza”. José Zalaquett presidió una comisión que pretendía cortarles la cabeza a los profesores, es decir, sacarlos de la facultad por apoyar a Nahum. Si eso no es el mundo al revés, no sé qué otra cosa puede ser. Menciono en el libro otros episodios fuera de Derecho: la quema de libros en la facultad de Gómez Millas, donde también casi matan a un profesor. El nivel de radicalización de las universidades públicas hoy, en Chile, es mayor que en la época del 67 cuando surgen el MIR, el MAPU, el gremialismo.

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-¿Cuál crees que es el origen de esta tendencia?

-Mi tesis es que las universidades públicas –y algunas privadas– pasan a ser una trinchera de una izquierda derrotada. La izquierda dura está derrotada en Chile desde el 73; vuelve a ser derrotada a lo largo de toda la dictadura, y vuelve a ser derrotada el 88 cuando la Concertación deja al margen al Partido Comunista. El 89 es nuevamente derrotada con la caída del Muro. Esa izquierda derrotada encuentra en las universidades públicas una trinchera donde lamer sus heridas.

-¿Valoras intelectualmente el discurso de los líderes estudiantiles o crees que no tiene contenido?

-Es que no hay discurso. El diagnóstico es exactamente el mismo que hicimos en los 90, con Tomás Moulian, Pepe Bengoa, Bernardo Subercauseaux, Manuel Antonio Garretón. Ellos no han aportado nada. La novedad el 2011, y ya anticipadamente el 2009, son las tácticas. Son tácticos, y son gente que se mueve a nivel de praxis, no está al nivel de diagnóstico, de teoría. Su capacidad es la convocatoria, el uso de las redes sociales, el movilizar, el llevar a la calle, el golpe de choque, la denostación, la desfachatez ante la autoridad, el igualitarismo. El igualitarismo como una actitud vital.

Recuerda que inicialmente los autónomos se definían como ni de izquierda ni de derecha. Y cuando uno les decía: “Pero si te defines ni de izquierda ni de derecha eres fascista”, ahí tuvieron que recapacitar y en vez de hablar en esos términos dijeron estar “creando izquierda”; y empiezan hablar en gerundio. Entonces no son nada, sino que están “en proceso de”. A mí me parece que eso demuestra la pobreza intelectual de este sector. Boric es absolutamente ignorante a estas alturas del juego. Ni siquiera ha leído a Trotski.

-Le reprochas que reprobó el examen de grado.

-Sí, falló ante una pregunta sobre qué es el matrimonio, lo cual es como preguntar en un examen de matemáticas cuánto suma 2+2. Le hicieron una pregunta fácil para que no alegara que había habido sesgo. Lo más seguro es que ahora vamos a tener a Boric dando el examen de grado bajo Harasic y va sacarse un 7.

-Pero tampoco es inusual que un estudiante falle en el examen de grado. ¿No crees que eres muy duro con Boric, de quien sarcásticamente dices que viene de Punta Arenas?

-No tiene nada que ver que venga de Punta Arenas. Su padre es un ejecutivo de Enap, recientemente jubilado, anticipadamente. Tengo entendido que le dieron una muy buena jubilación, y que compra predios rurales a 50 millones, y los transforma en urbanos que valen miles de millones. Pero volviendo a su calidad académica, hay que dedicarle por lo menos seis meses al examen de grado, es muy exigente. Por lo tanto, si no estudias, te va mal, porque seguramente te estás dedicado a otras cosas. En el caso de Boric me da la impresión de que estaba dedicado al webeo, a la cosa política.

-Algunos pueden leer tu libro como una revancha.

-La gente cree que éste es un libro de Alfredo Jocelyn-Holt pegándole palos a una cantidad de personas, que trabajo con ventilador, pero no es así. La razón por la cual personalizo es para ilustrar este fenómeno que me parece que es estructural, muy generalizado. Se da en el centro, izquierda y derecha; en las universidades públicas, privadas, tradicionales y las nuevas.

 

La Universidad en bancarrota

-¿Cuáles han sido los costos de escribir un texto tan controversial?

-Es un libro muy doloroso, porque revela un panorama desolador de la universidad. Fue muy difícil no pasar del escepticismo al cinismo. En este momento, en todas las estructuras de poder en el país, en las universidades, en el Congreso, en la presidencia de la República, lo que está predominando es el cinismo. Son cínicos, son operadores, son tácticos. Como Peñailillo en un momento.

Gente de la Concertación y que, sin embargo, era financiada por el yerno de Pinochet. Es la presidenta de la República que se entera por los diarios de los negocios de su hijo y su nuera. Eso es cinismo muy elemental. Y me parece que tenemos que evitar eso.

Tú me preguntabas si me ha traído problemas, está por verse. No se ha terminado de leer. Pero hay que resaltar un aspecto que me parece que es fundamental: yo soy muy crítico de la Universidad de Chile, pero eso no quiere decir que yo no la valore. Es la universidad más plural y abierta que existe. En otros lugares hace mucho rato que me habrían sacado.

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-Tu visión del estado de las universidades es demoledora. ¿Crees que están en un proceso de decadencia que puede llevar a su disolución en la forma en que las conocemos?

-Te pongo un caso. La Facultad de Ingeniería de la Chile tiene seis mil alumnos, y es muy rica, y con mucho impacto a nivel internacional. En la medida en que la Universidad de Chile decae en su totalidad, uno se hace la pregunta de si a Ingeniería le conviene seguir siendo parte de ella y no autonomizarse. El University College se escindió de la Universidad de Londres. Por lo tanto, es perfectamente posible que Ingeniería decida moverse a un lado. No le conviene estar en una universidad militante si la Universidad de Chile se transforma en eso.

Otro tema que también es muy interesante: si los estudiantes en colusión con los profesores paralizan la universidad, en cuanto instancia de reflexión, tranquilidad, de paz, de trabajo, y la convertimos en la Universidad de Buenos Aires o San Marcos, es decir, universidades militantes, ¿qué impediría que pensemos seriamente en eliminar a los alumnos de pregrado y hacer de la universidad una instancia puramente académica? Como forma de rescatar la Universidad de Chile, que inicialmente no tenía alumnos.

-¿Qué tenía, entonces?

-Eran puros profesores. Los cursos con alumnos se hacían en el Instituto Nacional, esto duró mucho tiempo. Nada impide que para salvar la Universidad de Chile tú elimines a los alumnos. Yo estudié Historia de Arte y Literatura en la Universidad de Johns Hopkins. Es una de las universidades más prestigiosas de EE.UU., tiene cinco mil alumnos, de los cuales la mitad eran estudiantes de postgrado, y la mitad de pregrado. Cuando estudié, del 73 al 77, se planteaba seriamente la posibilidad de eliminar el pregrado. Por lo tanto, esto es perfectamente posible. Si los alumnos descomponen totalmente la universidad, habría que repensarla.

-¿Qué papel han jugado los rectores en este proceso?

-La historia de la Universidad de Chile va desde Andrés Bello a Víctor Pérez y Ennio Vivaldi, y eso es como para llorar a mares. Es una decadencia total. Otro de los temas fundamentales es el cogobierno, la triestamentalidad, que es gravísimo. La Chile era una universidad tradicionalmente meritocrática, pluralista, pluriclasista, pero muy selectiva. Es la base del criterio de la inteligencia.

-¿No es aristocratizante tu punto de vista?

-Me da lo mismo de dónde vienen las personas socialmente. El concepto aristocrático que yo manejo es un sentido más bien griego, el de los mejores. Y los mejores pueden venir de cualquier lugar. Por supuesto que a los sectores sociales más bajo les cuesta más, obvio. Pero ojo: los que venimos del barrio alto, hemos tenido que sortear mucha tontera. Crecer en el barrio alto y no infectarse de la tontera no es fácil.

En las generaciones actuales, y particularmente las de derecha (y ésa es una de las razones por las cuales ese sector está tan mal), los hijitos de papá están pensando principalmente en surfear y creen que la vida se resuelve con las conexiones que puedan tener el papá o la mamá. Si alguien sale de ese ambiente privilegiado con un horizonte un poquito más amplio, académico, intelectual, es una hazaña como subir el Everest. Tan equivalente a la de alguien de una población marginal que llega a la universidad. Y la Universidad de Chile tiene esa capacidad extraordinaria de atraer a los dos.

-¿Esta visión tuya se contrapone con la gratuidad?

-Siempre he estado a favor de dar la gratuidad en la Universidad de Chile, incluso darle constitucionalmente una cierta autonomía equivalente a la del Banco Central. Pero eso no lo extendería a ninguna otra universidad pública. Y probablemente daría también la gratuidad a la única otra universidad potente, de la cual el país no puede prescindir, la Universidad Católica. Y dar las posibilidades eventuales para que otras universidades se vuelvan estratégicas. Pienso que la primera en la siguiente lista es la Universidad de los Andes, por la calidad, por el compromiso con el conocimiento y por el alto nivel de profesionalismo.

-¿Aunque esté ligada a cierta doctrina religiosa?

-Sí, aunque sea Opus Dei. Esto revela una realidad muy grave: en los años 60 y 70 no había dos universidades de alto nivel, habían probablemente cuatro: además de la Chile y la UC, la Universidad de Concepción y la Universidad Austral. Pero hoy hemos bajado de cuatro a dos, y con la posibilidad de que una tercera sea la Universidad de los Andes, que crece. Yo establecería la gratuidad en función de la excelencia.
El problema de la gratuidad es que establece condiciones como tener cogobierno: es un caballo de Troya en ese sentido. ¿Qué impide que el día de mañana la gratuidad se haga sobre la base de revisar los programas académicos de cada institución? Me parece que si ésos son los términos de la gratuidad, es un cazabobos que ninguna universidad, pública o privada, debiera aceptar. Y tiene razón la Universidad Católica de no aceptarla.

-¿Crees que los rectores han estado a la altura del debate?

-Me parece que los que se resisten a esta medida han sido muy valientes. Pero, en general, los rectores de las universidades públicas de lo único que hablan es de plata, y la verdad es que no me sorprende, qué quieres que te diga. Son gente que además se da unas volteretas tremendas con tal de aferrarse al poder. Víctor Pérez ha sido de todo: fue autoridad bajo la dictadura, ha sido bacheletista, demócrata cristiano, ha cubierto dodo el espectro. Ninguno me impresiona mayormente por sus contribuciones intelectuales, ni uno.

-¿Y Carlos Peña?

-A mí me parece que es muy grave que Carlos sea en primer lugar un columnista y en segundo lugar rector, yo encuentro que debería ser al revés. Encuentro que es muy grave que los rectores de las universidades públicas, pero igual de las privadas, como la Portales y la Alberto Hurtado, participen de una lógica de extorsión. Les tienen miedo a los alumnos, tienen miedo de que se tomen las escuelas, que les hagan boicots. Las autoridades creen que pueden controlar la situación haciendo concesiones retóricas, ideológicas. El rector Zolezzi era el primero, junto con Aldo Valle, en aparecer en las manifestaciones en las calles en 2011. A estas alturas del juego, a Zolezzi ya le han prendido fuego a su automóvil y le hicieron pebre la Casa Central.

 

Ineptos y radicales

-Volviendo al tema de este discurso revolucionario, ¿también lo observas en el Gobierno?

-Sí, absolutamente. Es exactamente la misma situación: una radicalización extrema en el discurso. Recordemos que el 2011 ya se estaba planteando la nacionalización del cobre, la asamblea constituyente.

-¿Y la presidenta ha caído en ese juego?

-Absolutamente. Y todo el grupo que estaba detrás de Peñailillo. Una evidencia es el vínculo que tiene el Gobierno con Revolución Democrática, con los movimientos sociales. Este Gobierno decretó el fin de los partidos políticos. Le han trabajado muchísimo a esa radicalización ideológica, pero una vez que llegan al poder, la Nueva Mayoría no sabe qué hacer. Entonces todo lo que hacen lo hacen de forma incompetente. Imagínate toda la radicalización ideológica con respecto a la educación, y ponen ahí a Eyzaguirre, que fue un desastre. Es un desastre en el sentido de la contradicción vital permanente. Y ahora está haciendo lo mismo con respecto al proceso constituyente.

-En La escuela tomada planteas que la izquierda, al llegar al poder, anticipa el triunfo del fascismo.

-Exactamente. En un escenario así, una de las salidas es condenarnos a repetir la historia. No descarto una salida militar, pero con un variante muy especial: de existir un golpe de Estado, esta vez los militares serían de izquierda. Porque en un escenario de convulsión social, de un movimiento revolucionario amplio, los militares de izquierda serían los únicos que tendrían legitimidad. Pero ojo, que sería un gobierno militar de izquierda que le sacaría la mugre a las izquierdas.

-Parece poco probable.

-Nadie el año 70 consideraba probable un golpe militar en Chile. El 11 de septiembre de 1973, Eduardo Frei Montalva jamás se imaginó la dictadura militar de 16 años. Pensaba que en 90 días se iban a llamar a elecciones. El argumento de que esto no es posible no tiene ninguna validez. Los historiadores a veces tenemos que hacer prognosis, es decir, de algún modo predecir desde variables del pasado, el futuro. Son escenarios analíticamente posibles, pero que no necesariamente van a producirse.

-¿Comparar la Nueva Mayoría con la UP no es un despropósito?

-Mira lo que ha dicho Juan Pablo Mañalich, un abogado joven muy influyente que ha asesorado al Gobierno. Ha sostenido que como Pinochet está muerto y la Guerra Fría se terminó, el programa de Allende es viable. Lo cual es una tontera que no resiste análisis. Yo no estoy tan seguro de que Pinochet esté muerto, de igual manera que Perón no está muerto en Argentina. Los fenómenos anacrónicos, los fantasmas históricos, existen. Entonces yo no decretaría la defunción de Pinochet todavía. ¿La Guerra Fría se terminó? No estoy tan seguro. He dicho que la última figura de la Guerra Fría es la de Bachelet y no Pinochet. Por lo tanto, la Guerra Fría está aquí, latente.

-¿Estás a favor de una nueva Constitución para salir de este escenario?

-Siempre he estado a favor, pero no de una asamblea constituyente. Prefiero un Congreso constituyente. No propondría ninguna salida que se acerque a un quiebre constitucional, porque de lo contrario tendríamos a los militares entrando a la política de nuevo, como ocurrió el 80 y el 24 y 25.

-¿Y qué te parece, en general, el proceso constituyente que dio a conocer el Gobierno?

-Una improvisación desastrosa. Lo único que conduce es a más radicalización.

-La entrevista que dio Eyzaguirre dejó más dudas que certezas. Sorprende la ligereza o ambigüedad de algunas respuestas.

-Él es muy frívolo. Tienes una persona como Fernando Atria, que piensa que la base del poder constituyente es fundamentalmente la fuerza. Atria es un schmittiano.

-Pero Carl Schmitt fue un jurista nazi… Atria es más bien de izquierda.

-Hasta Atria reconoce su admiración por Schmitt. Los socialistas son sus principales lectores. Lo que pasa es que el fascismo es nacionalsocialista. Por lo tanto, que los socialistas como Fernando Atria lean a Schmitt y queden impresionados con él, no es raro. •••