El ex presidente Ricardo Lagos conjuga con particular destreza los apremios del presente y las necesidades del futuro. Lo urgente y lo importante. Lo que aparenta estar lejos, lo trae al aquí y al ahora. Pide acuerdos amplios, con la ambición de poner los esfuerzos en salvar vidas, llegar con alimentos a los necesitados y, también, planificar dónde queremos poner a Chile en los próximos 10 años. Más “Capitán Planeta” que nunca, explica nuestra realidad con el teleobjetivo apuntando al nuevo orden mundial.
Por Matías del río, periodista de revista capital desde 2000 a 2006
Fotos: Verónica Ortíz

  • 10 junio, 2020

Pensar que hace un par de años la cúpula del Partido Socialista desechó la candidatura presidencial de Ricardo Lagos… no lo dijeron, pero la política no sabe guardar secretos: temieron que un hombre rondando los 80 años no podría lidiar con las exigencias del poder.
Los hechos dicen que el PS dio la espalda a una de sus figuras históricas y que apostó por un nombre nuevo en la política, ajeno al partido, pero del paladar de las encuestas. Los hechos también establecen que perdieron las elecciones y que pasaron a ser oposición, pese a ganar las parlamentarias de ese año. Entre lo imposible de probar es qué hubiera pasado en una contienda electoral Lagos-Piñera, y cómo se habría adaptado este portaviones de la política chilena a los nuevos códigos de gobernar, sobre todo expuesto a las sucesivas crisis.
El que hoy el ex presidente, con sus 82 años, se maneje a la perfección por Whatsapp o converse por Zoom para hacer esta entrevista en plena cuarentena, indudablemente no indica de manera terminante que habría estado preparado, pero es imposible no recordar la cantidad de veces que demostró capacidad adaptativa, y para cosas bastante más relevantes que manejar una pantalla táctil: este mismo hombre que el 73 se quedó con las maletas hechas para irse a la URSS como embajador del presidente Allende, luego encabezó la recuperación de la democracia; supo esperar su turno después de Aylwin y Frei para llegar a La Moneda y se adaptó sin complejos a la nueva economía de mercado, como uno de los fundadores de la virtuosa alianza público-privada de los mejores años de la República.

Gobernar en tiempos del iPhone

-Pensar que usted estuvo en carrera presidencial para este período… ¡qué tiempos para gobernar, no!
-Efectivamente, nadie elige el tiempo para gobernar. Y lo que ha ocurrido con el virus nunca nadie lo previó. En la historia hemos tenido muchas pandemias graves, pero con esta destrucción inmediata de fuentes de trabajo, hace de esta, una crisis insólita. La del 2008 comenzó siendo financiera, y desde que quebró Lehman Brothers en Nueva York, hasta que las consecuencias llegaron a estos lados, pasaron seis u ocho meses, y hubo tiempo para prepararse. En cambio ahora, la crisis llega de inmediato en la economía real porque hay que quedarse en la casa.
-Pero además cómo cambió la forma de gobernar, respecto de lo que le tocó a usted.
-Claro, el tema no es Chile, es un mundo que ya no está ordenado para tener una gobernanza global, porque eso también cambió. Piense que en el 2001, con lo de las Torres Gemelas y todo lo que implicó, el escándalo fue que el presidente Bush decidió ir a la guerra fuera de lo que acordó el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Se acuerda? Bien, hoy día nadie piensa en el Consejo de Seguridad. Para seguir con la otra crisis, la del 2008, fue el propio Bush el que dijo que era una crisis financiera, y vio que con las siete grandes economías ya no alcanzaba, y convocó al grupo de los 20, incluyendo a China, India, Brasil, Sudáfrica y otros. Pero hubo un lugar donde discutir. ¿Y ahora? En esta crisis no hay lugar donde discutir, y es la más grave de todas.
-Pero está la OMS.
-Mire usted lo que pasó ahí, se pelearon entre ellos (las grandes potencias) y punto.
-Y las formas de relación entre la ciudadanía y sus autoridades, cómo ha cambiado en cada país en las distintas crisis.
-Claro, porque lo que ha cambiado es la forma de relacionarnos. La política antes era mucho más vertical, el presidente ordenaba, al menos a su coalición. Ahora, está por verse. Hoy los ciudadanos dicen “escúcheme, señor…”, y si no lo escucho, manda un tuit; y cuando no he alcanzado a decir mi brillante discurso, me han mandado 20 tuits y me han puesto en mi lugar. Eso es nuevo, y tenemos que ver cómo aprendemos a gobernar así, porque no podemos gobernar a punta de tuits, ¿verdad?
-Pero algunos lo hacen…
-Pero mire el resultado. Lo que quiero decir es que acá se van a crear algunas instituciones, y no sabemos cuáles son, pero al ciudadano lo van a aprender a escuchar. No se trata de gobernar por plebiscitos, no, pero algo va a emerger. Entonces, si usted me pregunta qué era diferente cuando yo era Presidente, piense que el telefonito este –muestra un iPhone– es del 2007, y desde entonces creemos que tenemos la información del mundo en la mano… pero eso es un año después de que yo dejé la presidencia.
-¿No le han venido pesadillas de que en momentos tan complicados, usted es quien tiene que tomar decisiones, les pasa eso a los ex presidentes?
-No, lo que me pasa a veces es a la inversa, que siento que debo ayudar, pero tengo claro que los ex presidentes somos un poco raros, personas molestas. ¿Qué hace un ex presidente, toma el teléfono y dice hay que hacer tal cosa…? No, pues. Tiene que ser algo muy especial para hacerlo.
-¿Y lo ha hecho?
-No recuerdo haberlo hecho. Yo espero que me llamen, y si no lo hacen… Otra cosa es que le pidan un consejo y uno trate de darlo. Porque, además, el que tiene toda la información es el Presidente. Yo tengo lo que leo en el diario o lo que informa usted en la noche en la televisión.

Trump y su “America first”

-Quien administra el poder maneja información que el resto no tiene, lo que indica la dificultad de gobernar. Por eso se puede empatizar con los errores, ¿no?
-Usted no elige los momentos. Cuando yo le estaba diciendo “no” a Bush a la guerra de Irak, acá se habían robado los bonos de la Corfo, y se produjo una gran crisis económica. Entonces yo tenía, por un lado, lo que me informaban de esas crisis y, por el otro, tenía a Bush y al señor Blair que me llamaban al mismo tiempo. Ahí más vale tener la cabeza fría.
-Con cabeza fría, ya como ex presidente, ¿se atreve a aventurar el nuevo orden mundial frente a la crisis social, sanitaria y económica que se avecina?
-El drama es que esto ocurre sin un lugar donde discutir colectivamente. Y lo más importante es que Estados Unidos –todavía el país más relevante económicamente hablando– por primera vez se retira y no quiere jugar ningún rol: “America first”. Pero Trump sacó a América de su coalición normal con Europa, y es Europa la que tiene que defender a la OMS, mientras él la está atacando. Lo que ha hecho Trump es romper todos los equilibrios, y nadie sabe para dónde va. Cuesta imaginar a los líderes de hoy, pero quiero agregar un punto: la señora Merkel emerge como la gran líder en Europa, pero ¿se ha dado cuenta de que los otros liderazgos son de países pequeños dirigidos por mujeres?
-Y además Angela Merkel va de salida en Alemania…
-Por supuesto, pero mire el liderazgo de la primera ministra de Noruega, Erna Solberg, o de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, son impresionantes, ¿verdad? Hay algo aquí además con el tamaño de los países. Fíjese en América Latina, que estamos en un absoluto desparramo porque ninguna de las instituciones que creamos ha subsistido, al que mejor le han salido las cosas en la pandemia es a Uruguay.
-¿Quiere decir que las soluciones ya no van a tener que ver con países inmensos, casi imperios, y que pasará por administraciones de comunidades más chicas?
-Apunta a que va a haber ciertas coaliciones regionales. El drama es que en América Latina, los dos países que ordenan, México y Brasil, por razones de tamaño, cada uno anda en su mundo propio y no están disponibles.
-Pero lo de Brasil y México, con liderazgos tan atípicos, da una oportunidad a países más chicos. Puede ser esa una tendencia, ¿por qué me nombra a Noruega y Nueva Zelanda?
-Es una mezcla de las dos cosas, porque el rol de China, o de la India en 10 años más, qué quiere que le diga, está claro el papel que van a jugar. Pero también me pudo haber nombrado el caso de Portugal, con un Presidente de centroderecha y un primer ministro socialista, que llega al poder con los votos de los comunistas. Vimos al Presidente haciendo fila en su supermercado para comprar comida, con bermudas y guardando distancia, dando el ejemplo. Y cuando le dieron la palabra como presidente de la oposición, él dijo al primer ministro, “yo no soy opositor suyo en este problema de la pandemia, soy un colaborador”.
-¿Tendremos la madurez como sociedad de tomar el ejemplo de Portugal?
-Quisiera pensar que es posible. Tenemos dos elementos por delante: respecto de la Constitución, que se tomó un camino, y espero que ese camino se siga, y junto con eso la necesidad de tener un acuerdo de mediano plazo, de aquí a 10 años, cómo queremos ver a Chile.
-¿Y acuerdos para la contingencia?
-Claro, porque poner al país de pie de nuevo va a requerir inversiones muy grandes, públicas y privadas. En el caso de las públicas va a necesitar endeudamiento, y tenemos espacio para endeudarnos, porque hemos hecho un manejo adecuado… y no quiero pasar un aviso comercial, pero dejé una deuda de 5% y ahora estamos en 30% del PIB… Está bien, nos desordenamos un poquito, pero con 30% todavía tenemos espacio para enfrentar lo que tenemos que enfrentar. Entonces, pedimos los créditos ahora, pero al mismo tiempo nos ponemos de acuerdo.

¿Tenemos propósito común?
-Además de un acuerdo en materia económica, ¿no hay una grieta, una comunidad social fisurada que hay que enmendar antes?
-Yo distinguiría: el acuerdo corto, inmediato, y ahí tenemos un gobierno al que le queda un año y diez meses. Ahí podemos tener un acuerdo porque lo que todos queremos es que al gobierno le vaya bien y que el Presidente termine bien su mandato. ¿Podemos ponernos de acuerdo para eso? Bien concreto. Pero además…
-Momento, Presidente, ¿querrán todos que a este gobierno le vaya bien y que termine su mandato?
-Bueno, eso es muy importante. Es lo que permite que en la próxima elección presidencial se den todas las cartas que la gente quiera elegir. Esto se lo digo porque hay algunos que dicen “tenemos que tener un gran acuerdo”, pero en lo que están pensando es en un acuerdo chico que permita que termine este gobierno, punto. Los españoles en su transición hicieron una nueva Constitución, y simultáneamente los Acuerdos de la Moncloa, en donde Suárez, jefe de gobierno, de centroderecha, se entendió no solo con Felipe González, también con Carrillo, presidente del Partido Comunista. Y llegaron a un cierto consenso, que, sin decirlo, era que todos querían entrar en la Unión Europea.
-Pero entonces tenían un propósito común. ¿Chile tiene un horizonte en común?
-No tenemos Jerusalén a la vista… una vez el canciller argentino, Rafael Bielsa, me dijo: “Ustedes los chilenos tienen un liderazgo de concepto”. Nunca supe bien qué quería decir eso, pero parece que tenía que ver con el liderazgo de unas ideas que uno podía tener. Hay un rol que jugar como Chile en América Latina, porque ese es nuestro espacio natural.
-¿Teníamos un propósito común que hemos perdido? Si es así, ¿cuándo lo perdimos?
-No nos dimos cuenta de que se estaban incubando elementos que no estaban satisfaciendo a la mayoría. A veces me da la impresión de que nos ufanábamos mucho en lo que estábamos haciendo. Los jóvenes de hoy nacieron con las autopistas y con el Metro con 140 kilómetros, para ellos eso es normal. Bueno, pero cuando yo asumí, el año 2000, Metro tenía 35 kilómetros.
-Quizás nos frenó la falta de hambre, la sensación de que ya habíamos llegado.
-No, al contrario, sentíamos que nos faltaba mucho. El apetito se abre comiendo. He llegado a poblaciones con vivienda social donde gente me ha reclamado porque no tiene dónde dejar el auto, y la respuesta que se me ocurre es, “cuando esta casa se entregó, hace 20 años, ¿usted pensó que iba a tener un auto?”. Lo importante es que lo tiene, y ahora hay que ver cómo lo arreglamos.
-Y acaso ese no es paternalismo, como si la elite le hubiésemos dado algo al resto y ahora no tienen derecho a alegar.
-Ese es un profundo error. Se está en políticas para que todos seamos iguales en dignidad, y eso implica tener iguales posibilidades, hay que luchar para eso. Lo que implica discriminar, dar más donde hay menos. Y eso también implica que en la medida que usted va creciendo, tiene que dar más, y eso se nos ha olvidado.