Sin casa matriz, con deudas millonarias, mobiliario abandonado en los malls, querellas cruzadas y sueldos y cotizaciones impagas acabó la cadena de comida rápida emblema de los 80. Tras decretarse su quiebra, lo único que le queda es la marca, que saldrá a remate en un mínimo de 20 millones de pesos en los próximos días. ¿Cómo pudo terminar tan mal? Por Fernando Vega.

 

  • 7 octubre, 2011

 

Sin casa matriz, con deudas millonarias, mobiliario abandonado en los malls, querellas cruzadas y sueldos y cotizaciones impagas acabó la cadena de comida rápida emblema de los 80. Tras decretarse su quiebra, lo único que le queda es la marca, que saldrá a remate en un mínimo de 20 millones de pesos en los próximos días. ¿Cómo pudo terminar tan mal? Por Fernando Vega.

 

Sin exagerar se podría decir que la mitad de los chilenos comió alguna vez en sus mesones. O que al menos la conocía. Pero de la empresa emblema de los 80 hoy sólo quedan su marca y los recuerdos. Después de 30 años en el mercado, quebró Lomitón. En su colapso se llevó el empleo de unas 150 personas, facturas sin pagar y un pasivo confesado de 832 millones de pesos, que se sospecha podría seguir aumentando a medida que aparezcan más acreedores y se profundice en las, hasta ahora, inexistentes cuentas de la compañía.

Aunque no hay –de momento– ninguna evidencia sobre la posible comisión de delitos por parte de su plana mayor, el pasado 21 de junio el Quinto Juzgado Civil de Santiago decretó la insolvencia de la firma. Lomitón debía hasta las papas fritas que servía en los pocos locales que le quedaban hasta ese momento.

Sueldos y cotizaciones impagas, cheques protestados y cientos de cabos sueltos dejó la abrupta bajada de cortina de esta firma, fundada en 1982 por los hermanos Andrés y Emilio Carné.

Nació con formato de restaurante y llegó a tener sucursales en Argentina. Entre absurdo y triste, la firma que vendía 16 millones de dólares anuales terminó registrando como oficinas principales una casa deshabitada, ubicada en medio de una estrecha callecita de La Reina.

La síndico María Loreto Ried, que fue nombrada por el tribunal para conducir el proceso de falencia, se sorprendió al descubrir un letrero de “Se arrienda” en una de las ventanas el día en que fue incautar los bienes de la compañía. Un trámite que, según el procedimiento de quiebras, es lo primero que hay que hacer una vez declarada la insolvencia.

“Llamé al corredor y le pregunté por los dueños de casa y la administradora de franquicias, pero dijo que la empresa ya no existía, que allí no funcionaba”, relata.

Según se ha podido constatar hay un abismo entre lo que fue Lomitón y en lo que terminó. Sin bienes, contabilidad o carpetas laborales, la compañía es hoy un cascarón del que cientos de acreedores tratan de afirmarse para tratar de recuperar algo. Lo que sea.

Al fisco se le deben 37 millones de pesos; a los proveedores de papas fritas –los canadienses de McCain–, más de 80 millones de pesos y a los malls Plaza, unos 300 millones de pesos más. Y cada día siguen apareciendo más proveedores con facturas impagas. En la lista de acreedores también figuran la Caja de Compensación Los Andes y el Instituto Nacional de Normalización Previsional.

Achicando porciones

Todo eso, sin contar a los trabajadores, que según la Ley de Quiebras tienen preferencia en los pagos al momento de repartir los bienes. Por teléfono e Internet los ex empleados están organizándose para exigir su parte, unos 100 millones de pesos, según ellos mismos calculan.

Varios registran sus cotizaciones impagas y además en los juzgados del trabajo se tramita una serie de reclamos en contra de la firma.

En diversos foros de Internet los ex empleados –muchos, jóvenes estudiantes– comentan la situación y exponen sus casos: Lomitón nunca fue una empresa modelo, pero tampoco era un desastre.

Según los testimonios, la compañía pagaba unos 930 pesos por cada hora trabajada: casi lo mismo que en otras cadenas de comida rápida presentes en el país. Las tareas se organizaban en turnos y todos los empleados eran multifuncionales: un día cocinaban y al otro, atendían la caja o salían a hacer las compras.

Esta última actividad surgió a mediados de 2009 y se convirtió en una de las más señeras del mal momento por el que atravesaba la compañía. Eran tantos los problemas financieros que, con el fin de bajar costos, en varios locales de Lomitón dejaron de comprar carne de primera calidad y mayonesa de marca, reemplazándolas por lo más barato que hubiera en el supermercado del barrio.
También redujeron las porciones. De los 120 gramos de lomito de cerdo que debía contener cada sandwich se pasó a 80 gramos. Lo mismo ocurrió con las papas fritas y demás productos. En lo único que no se transó fue en la higiene, aseguran sus ex empleados.

Los primeros despidos comenzaron en 2010 y los últimos, hace algunos meses. Ex trabajadores sostienen que al final nadie sabía qué pasaba. Ni mucho menos si había alguien que estuviera al mando. Varios acreedores consideran que fue en medio de todo ese desorden que se perdieron información y documentos relevantes.

Malls: su esperanza y condena

Una casa deshabitada en una estrecha calle de La Reina con un cartel de “Se arrienda” en una de sus ventanas, fue todo lo que encontró la síndico de quiebras María Loreto Ried cuando fue a incautar los bienes de la compañía.

Fue la cadena Mall Plaza la que decidió pedir la quiebra. Lomitón estaba atrasado en varios meses de arriendo y el centro comercial tenía interesados en ocupar esos espacios. A través del estudio de abogados Prieto y Cía., Mall Plaza se querelló a mediados de 2010, solicitando la insolvencia. Lomitón tenía más de cinco locales en sus instalaciones en diversas ciudades del país y le debía 300 millones de pesos.

Cuando en el mercado se supo de la medida, los demás centros comerciales reaccionaron de igual manera. La firma pidió más plazo, diciendo que todo se arreglaría. Pero eso ya era difícil de creer. El administrador de uno de estos shopping cuenta que cuando se amenazó con acciones legales, sólo se recibió información general. Y promesas.

La queja de los malls es que nunca fueron informados de que la compañía estaba al borde de la ruina y que sólo se iban enterando de su situación mes a mes por los cheques protestados y la disminución de los aportes. Sin embargo, en los patios de comida se sabía que había días enteros en que el Lomitón apenas vendía.

Al final, varios centros comerciales optaron por cortarle la luz para obligarle a cerrar y requisaron su mobiliario. Cocinas, freidoras y refrigeradores industriales están abandonados hoy en sus bodegas. Su valor es por lejos menor al de las deudas del alquiler.
Pero como dice el ex administrador de un local, ¿cómo competir con las ofertas a 990 pesos de las demás cadenas? Según los mismos trabajadores, ex franquiciados y acreedores, los malls fueron la esperanza y condena de la firma.

A mediados de los 90, cuando comenzó el boom de los centros comerciales en Chile, Lomitón apostó por entrar a los patios de comida, pero su oferta de sandwiches especiales resultaba demasiado cara para ese público.

Tardó en ofrecer “cajitas” con regalos para los niños y en renovar su menú. Además mantuvo un acuerdo de exclusividad para vender sólo Pepsi por varios años: Lomitón era más atractivo para los padres que para los hijos.

La crisis de 2008 la atacó por todos los flancos. Un año después las ventas bajaron y los resultados eran demoledores. Había pérdidas, malas inversiones, reducción de capital y hasta mal manejo de inventarios.

“El problema de Lomitón es que nunca definió bien para dónde tenía que ir. Por sus características y por los productos que vendía, tenía que competir con el Tip y Tap …. no con el Doggi’s. Durante cinco años yo dupliqué la administración de locales, pero decidí abandonarlo. Fueron varios dolores de cabeza e incumplimientos. Hasta me ofrecí para hacer gratis la publicidad, pero no hubo caso. La forma en que cayó esta empresa no debe sorprender a nadie”, sentencia el publicista y animador Nicolás Larraín, quien mantuvo cuatro establecimientos, en el Apumanque, El Bosque, Galería Imperio y Patio Centro.

La vendieron ¡en 10 millones!

Pero las razones del fin hay que buscarlas mucho más lejos. En su momento, Lomitón fue una idea perfecta y en armonía con los tiempos. Por aquel entonces, la competencia era escasa y los consumidores compraban sus sandwiches con pasión. Su primer y emblemático local en Tobalaba con Providencia fue un punto de reunión familiar y de la juventud ochentera.

En 1997, el gigantesco grupo naviero e inmobiliario de los Menéndez Ross, SIPSA, compró el 28% de la cadena y luego alcanzó una participación del 34%. Su plan era inyectarle recursos, hacerla crecer y después venderla.

En 2000 tomó el control y finalmente en 2002 compró el 100%. Entonces Lomitón ya tenía 50 locales e incluso operaba en Argentina, donde llegó a tener ocho establecimientos.

Pero el negocio no era rentable. Durante 2003 la empresa se embarcó en un profundo plan de racionalización y firmó un contrato con Pepsi que implicó el ingreso de unos tres millones de dólares para el desarrollo de marcas durante tres años.
Al término de ese periodo los números tampoco fueron positivos. Aunque la gestión mejoraba notablemente y conseguía cupo en el mall Parque Arauco, el importante tirón a las ventas que esperaban no se producía.

Mall Plaza fue la primera en pedir la quiebra de Lomitón. El centro comercial se querelló contra la empresa a mediados de 2010, solicitando su insolvencia. La cadena le debía 300 millones de pesos.

Así, en febrero de 2009 SIPSA decidió abandonar el negocio. Y se lo vendió al entonces gerente general de la sociedad, Rubén Cañas Salinas. La transacción, según informó en su memoria de ese año el grupo Menéndez Ross, se debió a la decisión estratégica de abocarse en un 100% a sus negocios principales.

Con Cañas Salinas a la cabeza, Lomitón retomó los bríos. Las ventas subieron y alcanzaron a los 20 millones de dólares anuales. Se diseñó un plan de expansión, que contemplaba inversiones por un millón de dólares para abrir 10 nuevos locales en regiones. La apuesta era crecer principalmente a través de franquicias, que ya representaban un tercio de toda la operación.
Además, el ejecutivo decidió terminar con las operaciones en Argentina para no distraer recursos, como declaró entonces. A principios de 2010 sólo quedaba un local en Buenos Aires.

Fue justo en ese periodo cuando comienza la laguna de información que hasta ahora nadie ha logrado explicar: en junio de ese mismo año, la empresa cambió de manos. El grupo BTF, vinculado al mexicano Enrique González, compró la cadena en la increíble suma de ¡10 millones de pesos! El plan era usar las marcas y el know how para crear desde allí una nueva línea de restaurantes de comida rápida, ligada al fútbol.

Según comentan en la industria, antes de González hubo varios interesados. Entre éstos, un factoring que estuvo analizando su compra, pese a las crecientes dudas sobre su viabilidad.

Querellas cruzadas

Y como si todo ya no fuera lo suficientemente inverosímil, apenas dos meses después Cañas demandó a González. Llegó al Octavo Juzgado de Garantía de Santiago con una querella por estafa en contra del mexicano, asegurando que vendió convencido de que este inversionista pagaría las deudas y crearía una nueva cadena. En esa nueva sociedad, ambos serían socios, pero nada de eso se habría concretado.

A las semanas, González respondió con otra querella por estafa y delito informático contra Cañas. Supuestamente el ex dueño le habría ocultado los problemas a los que se enfrentaba la empresa: pasivos cercanos a los 5 millones de dólares, que lo obligaron a cerrar locales.

Para este artículo ni González ni Cañas han querido hablar, pero las querellas aún existen y los abogados piensan que el caso puede desembocar en una extraordinaria maraña judicial.

Sobre todo, porque entre los muchos cabos sueltos del fin de Lomitón ninguno es tan engorroso como el de las franquicias: sin ser completamente independientes de la matriz, estas asociaciones estaban lo suficientemente dentro como para contribuir con el 7% de sus ventas al balance de la compañía y lo suficientemente fuera como para no poder influir en su manejo.

El problema es que hoy no se sabe qué locales eran franquiciados y cuáles no. Tampoco si estaban o no al día con sus pagos al momento de la debacle o si tenían otro tipo de contratos. González asegura no contar con esa información y a la síndico tampoco nadie le ha entregado nada. Entre medio, uno de los franquiciados se querelló por incumplimiento de contrato.

En el horizonte inmediato se dibuja la venta de la marca. La primera junta de acreedores, realizada el 15 de septiembre pasado, acordó licitarla. Este mes y por un mínimo de 20 millones de pesos saldrá a remate por el martillero Jorge del Río.

Es casi lo único que queda, pero también lo más valioso. En total suman 36 los registros asociados a la firma. Desde el mismo Lomitón –en el que más de la mitad de los chilenos comió alguna vez–, hasta LMT, Lomito’n, Pacho Hot Dog, Lomisaurio, Carnosaurio, Pancho Hot Dog & As y Trópico, entre otros.