Al Gore se ha convertido en el rostro de la lucha contra el calentamiento global y más de algún dividendo político podrá sacarle a ello. Pero en el fondo, se trata de un buen chico empeñado en hacer la buena acción del día. Por Daniel Trujillo Rivas. lgunos suspicaces piensan que todo el ruido que […]

  • 23 febrero, 2007

Al Gore se ha convertido en el rostro de la lucha contra el calentamiento global y más de algún dividendo político podrá sacarle a ello. Pero en el fondo, se trata de un buen chico empeñado en hacer la buena acción del día.

Por Daniel Trujillo Rivas.

lgunos suspicaces piensan que todo el ruido que Al Gore ha estado haciendo sobre el calentamiento global no es más que una estrategia para posicionarse, nuevamente, como candidato a la Casa Blanca. El ex número dos de Clinton, sin embargo, lo niega con vehemencia.

No obstante, por mucho que Obama y Hillary representen liderazgos atractivos y progresistas –en Estados Unidos es cool declarar intención de voto por una mujer o un senador joven de piel oscura, aunque sus ideas no sean nada del otro jueves– los demócratas difícilmente podrán dejar de prestar atención a alguien cuyo posicionamiento está traspasando todas las fronteras y alcanzando alturas insospechadas.

Con todo, hay razones de sobra para confiar en que el compromiso de Al Gore con el medioambiente es verdadero. OK, a ratos no lo parece tanto, dada la parafernalia mediática que lo rodea desde el estreno de La verdad incómoda (An inconvenient truth), el documental que le permitió dejar de ser el segundón que perdió su oportunidad, para convertirse en superestrella global, nominado al Oscar y, a la vez, al Premio Nobel de la Paz, ungido por los medios como poco menos que el salvador del planeta. Háganse ésa.

Conferencista superstar

La reciente publicación del estudio oficial de Naciones Unidas sobre las consecuencias del calentamiento global y el cambio climático dirigió la atención mediática mundial hacia el tema y consagró al ex candidato como “rostro” de la campaña de información. Hasta aquí, Al Gore ha sabido no perder el tiempo vociferando “se los dije”, teniendo otras cosas más importantes que decir. Y vaya que está empeñado en decirlas, capitalizando la oportunidad tanto para beneficio de la causa, como para su imagen… y sus arcas. Cada una de sus intervenciones le reporta ingresos por varios cientos de miles de dólares, aunque ni sus detractores estrilan por eso. A estas alturas está bien claro que una cosa es el amor al arte, otra la pega. Lo importante es que ésta sea bien hecha y hasta acá parece que el hombre cumple con creces.

Entre conferencias y asesorías por medio mundo, la agenda de Al Gore tiene unos tres o cuatro días libres, de aquí hasta Navidad apenas. Hace rato que anda durmiendo en aviones y saltando de un foro a otro, repitiendo por enésima vez la misma conferencia de “su” película y despachando exhortaciones del tipo “¿cómo será recordada nuestra generación?, ¿seremos los egoístas autodestructivos que fracasaron a la hora de reaccionar y afrontar su responsabilidad o seremos la generación que fue capaz de tomar decisiones difíciles?”

Resulta paradojal esta nueva condición de figura preferida de los mass media, teniendo en cuenta que Gore ejerció la vicepresidencia sumido en la sombra de Clinton y que hasta hace poco seguía siendo considerado un político seco, sin carisma, ejemplar padre de familia pero fome. Sus asesores de imagen en la campaña del 2000 han declarado que “no hubo otro remedio más que presentarlo como es: honrado, concienzudo, trabajador, compasivo, inteligente, metódico, que no bebe ni fuma y sin más aventuras extramatrimoniales que bajar un río en un bote”. Una lata para el público acostumbrado a los escandalillos, tal como lo diera a entender entonces uno que sabe de eso, el propio Clinton: “La gente no va a votar Gore porque sea un gran político, sino porque es un hombre que se ha entregado en cuerpo y alma a la función pública”.

Dicho y hecho. Quizás no se vio como un gran político.

El Salón Oval puede esperar

Sin embargo, la escena mediática no es nueva para Al Gore. Si bien se graduó de ciencias políticas en Harvard (1969), después de eso partió a Vietnam como reportero mlitar y a su regreso trabajó en el periódico de Nashville The Tennessean. Ha sido profesor de periodismo y fundó un canal de televisión. Tal vez habría sido un magnate de los medios o de Sillicon Valley si su padre no lograra convencerle para hacer que su nombre, el de ambos, siguiera presente en la política. Albert Gore I fue un eminente senador y empresario de la industria tabaquera, pero dejó ese cultivo luego de la muerte de su hija a causa de cáncer pulmonar, una de las historias personales que el ex vicepresidente relata en La verdad incómoda, para explicar por qué la demora en comprender algo puede resultar fatal.

A los 28 años le dio el gusto a papá y se presentó al Congreso, pese a la oposición de su esposa Mary Elizabeth “Tipper” Aitcheson, psicóloga, reportera gráfica y escritora con quien tiene cuatro hijos. Fue representante durante tres legislaturas y en 1984 recuperó otra vez el escaño del Senado para Tennessee y los Gore, ejerciendo por dos períodos. Por esos años consolidó el interés por la ciencia y el medio ambiente que había despertado en él uno de sus profesores de Harvard, pionero en el estudio del calentamiento global.

Vale decir, Al Gore el ambientalista no nació ahora. El 88 lo encontramos publicando un libro best seller sobre el tema, con visos místicos –Gore tiene un master en teología– titulado La Tierra en equilibrio: la ecología y el espíritu humano”.

Ese mismo año hizo su primer intento, fallido, por conseguir la candidatura presidencial demócrata. Planeaba hacerlo nuevamente en la campaña del 92, pero desistió cuando un automóvil atropelló a su hijo Albert Gore III, entonces de 10 años, quien quedó grave y pasó una larga temporada recuperándose. “Esto me hizo comprender que hay cosas prioritarias en la vida que solo valoramos cuando estamos a punto de perderlas”, confiesa nuevamente en Laverdad incómoda, ahora desde la empatía emocional, para remecer nuestras conciencias sobre lo frágil que es y lo amenazada que está la vieja y querida Tierra.

Esa retirada sirvió para que Bill Clinton lo escogiera de copiloto en la victoria sobre Bush padre.

Algunos le critican no haber hecho nada por la causa medioambiental cuando ocuparon la Casa Blanca, entre 1993 y 2001, pero como vicepresidente Gore tuvo un destacado rol en las definiciones del protocolo de Kyoto, aunque a la postre no sería firmado por su administración y tampoco por la siguiente. Por estos días él insiste en que no le interesa ser candidato presidencial otra vez. Sugiere que la campaña en la que está inmerso es mucho más importante.El Salón Oval puede esperar, nuestro planeta no.

{mospagebreak}El planeta está primero

Para ser justos con su convicción ambientalista, digamos que La tierra en equilibrio ya se había convertido en un clásico ecologista mucho antes del documental La verdad incómoda. En ese libro, Al Gore planteó por primera vez una visión política basada en la responsabilidad ecológica como un imperativo moral, definiéndolo como el principal reto de la humanidad en el siglo XXI. Sin embargo, las responsabilidades de gobierno junto a Bill Clinton lo distrajeron, pero retomó de lleno el tema luego de las elecciones del 2000, cuando a pesar de tener más votos ciudadanos terminó con menos delegados.

Tras perder, Gore se transformó otra vez en profesor de periodismo y volvió a dar conferencias sobre ecología, cosa en la que ha estado

desde entonces, además de atender sus negocios como miembro del directorio de Apple y en su cadena de televisión, Current TV. Antes de que se desatara la efervescencia de La verdad incómoda pasaba la mayor parte de su tiempo en Nashville, donde los Gore son conocidos como una familia ejemplar.

En esos años él y Tipper escribieron dos libros sobre valores familiares, Unidos por el corazón y Espíritu de familia. La misma senda ha seguido su hija mayor, Karenna, quien tuvo una destacada figuración en la campaña presidencial y es autora del libro Iluminando el camino: Nueve mujeres que dieron forma a América, publicado en el 2006, donde hace una sentida reflexión preguntándose “¿qué ha sido de los valores familiares tradicionales de nuestra nación?” Esta concepción valórica de la actividad pública parece inspirar sus acciones. Y si bien su discurso nunca fue una monserga de lecciones moralizantes, ahora se ha vuelto doblemente práctico de la mano de la información científica, permitiéndole concitar la atención hacia un objetivo que podría, finalmente, lograr un consenso global histórico.

“El calentamiento global de la atmósfera y de los mares es un hecho sobre el que hay unanimidad en la comunidad científica y que los empresarios empiezan a admitir, hasta Bush está reconociendo que no puede desatender el problema”, clama él, comparando el desafío al que en los años 40 embarcó a una generación en la lucha contra el nazismo.

“El impacto de los seres humanos sobre la Tierra es tan devastador que tenemos que hacer algo ya o nuestros hijos nos preguntarán por qué no lo hicimos. Contamos con la tecnología para lograrlo, solo hace falta nuestro compromiso”.

Casi siempre el mensaje importa mucho más que el mensajero. Pero en el caso de Al Gore es conveniente tomar nota de la sugerencia que desliza, sutilmente, al final de Una verdad incómoda: tenga en cuenta todo esto la próxima vez que le toque ejercer su derecho a voto…

De que está en campaña, está. Pero al parecer la cruzada sobrepasa los muros de la Casa Blanca.