Viajamos a Stein, un pueblo en la región de Baviera, para conocer el corazón del imperio de los lápices Faber- Castell, que se apronta a cumplir 250 años. Una de las marcas más antiguas y famosas de Alemania. Dirigida hoy por un miembro de la familia fundadora, el conde Anton Wolfgang von Faber-Castell, el desafío es grande: ¿cómo competir en un mundo cada vez más digital? Por Sophia Schneider.

 

  • 24 febrero, 2011

 

Viajamos a Stein, un pueblo en la región de Baviera, para conocer el corazón del imperio de los lápices Faber- Castell, que se apronta a cumplir 250 años. Una de las marcas más antiguas y famosas de Alemania. Dirigida hoy por un miembro de la familia fundadora, el conde Anton Wolfgang von Faber-Castell, el desafío es grande: ¿cómo competir en un mundo cada vez más digital? Por Sophia Schneider.

 

Si usted cierra los ojos y se imagina a un auténtico noble europeo, probablemente la figura que se le viene a la mente se parezca mucho a la del señor que aquí le presentamos: alto, pelo blanco, sonrisa impecable, traje oscuro, abrigo de lana verde y persona amable a más no poder. Es el conde Anton Wolfgang von Faber-Castell, heredero de la industria que crearon sus antepasados maternos hace ocho generaciones –en 1761– y que hoy cuenta con una capacidad de producción a nivel mundial de 2 mil millones de lápices de madera al año.

Detrás de ese crecimiento ha estado este hombre que se hizo cargo del imperio de artículos de escritorio hace 33 años. Los hechos lo avalan: durante su administración se ha desarrollado una serie de plantas en el exterior, incluyendo Malasia (1978) –que en 1980 se convirtió en la fábrica de gomas de borrar más grande del mundo–, Hong Kong (1979); una planta de producción en Indonesia (1990) y un centro de logística en la República Checa (1996).

En 1997 adquirió una participación mayoritaria en Tecnacril, un fabricante de instrumentos de dibujo técnico en Colombia; durante 1996, en India, estableció oficinas de venta en Bombay y una fábrica en Goa. Después vino un centro de fabricación y empaque en Cantón, China, la que se convirtió en 2001 en la decimoquinta planta de producción de Faber-Castell… Eso, por nombrar algunos pasos que ha dado la empresa creadora del tradicional Faber N°2. El mismo, probablemente, que más de algún lector usó para rendir alguna prueba en el colegio o en la universidad y la misma compañía detrás de los lápices de colores con que muchos niños han hecho sus primeras rayas.

La empresa y la familia

Para conocer el lugar donde nació una de las marcas más famosas de Alemania hay que viajar hasta Stein, una pequeña ciudad cerca de Nuremberg, que por estos días se ve cubierta de nieve. Y desde allí, se llega a la fábrica de Faber-Castell. Nos recibe un hombrecito corpulento, de unos 60 años, llamado Wolfgang, quien hace de guía mientras recorremos los tres pisos de un edificio lleno de colores. Con su bastón, apunta cada detalle mientras va contando la historia de la firma cuyo origen se remonta al carpintero Kasper von Faber, quien la creó hace 250 años, aunque fue en 1839, de la mano de Lother von Faber, cuando la industria despegó.

La primera cita con el conde sucede en la noche de nuestra llegada, en un restaurante típico de Baviera: dominan los colores café y verde, y hay vasos de cerveza y animales disecados como adornos principales. Los periodistas invitados –además de Capital, de medios de Inglaterra, Suiza, Austria y Alemania– deben observar rigurosa etiqueta. Von Faber llega de la mano de su mujer, una estadounidense simpática que habla alemán con acento gringo a pesar de llevar 23 años casados. Después de brindar con champagne, nos regala a cada uno el llamado lápiz perfecto: un aparato que tiene incorporado en su tapa un sacapuntas. El mismo enseña a usarlo.

Me siento a su lado. Comemos pato de entrada, y como plato de fondo sugiere ganso con repollo rojo y puré. El pide lo mismo. Cuenta que en 2002 vino a Chile y que quedó fascinado, que había ido a esquiar y que lo único que quiere es volver. Hablamos de política, pregunta por el gobierno de Piñera y dice estar impresionado con el gran avance económico de Chile.

Relajado, habla de sus 4 hijos, y cuenta que el mayor, el único de su primer matrimonio, se casará con una socialité turca. “Por eso le toman fotos a cada rato”, comenta sonriendo.

-¿Será su sucesor?

Al cumplir 250 años, Faber-Castell quiere ser mucho más que un fabricante de lápices de madera (produce 2 mil millones al año). La idea es potenciar sus líneas de productos para educacion, para adultos y de diseño, con creaciones más elaboradas, asi como la Coleccion Graf von Faber-Castell, más exclusiva.

-Todavía le faltan tiempo y experiencia, tiene que pararse sobre sus propios pies para que así pueda ganar confianza en sí mismo. Ahora está en un trabajo muy difícil, donde aprende mucho, pero claro que le voy a dar la posibilidad de postular al cargo. Pero, insisto, le faltan algunos años para acumular más experiencia. Y mis hijas son aún muy jóvenes. La más grande recién tiene 21 y quiere estudiar Derecho, y las dos menores son las mellizas, que tienen 17 años.

Sabe Von Faber que los negocios familiares no son fáciles. Y para eso tiene su propia filosofía: “lo mejor es trabajar lo menos posible con la familia, para así evitar conflictos. Por lo mismo, creo que es mejor dar posibilidades a personas externas para que manejen el negocio. Eso no quiere decir que la familia no pueda participar de otra forma. Todo depende de si tiene sentido trabajar juntos o no. Hay ejemplos muy bonitos de éxito… y otros, desastrosos”.

Para él, “cuando la familia se pelea, es mucho mas emocional que cuando se pelean dos profesionales. En ese caso es mucho más fácil reconciliarse. Entre los hermanos no es así. Hay muchas emociones en juego”. Recuerda que “primero me dirigí a otras áreas, como la abogacía. Actualmente yo tengo la mayoría de la empresa, después están mi hermano y los hijos de mi fallecida hermana. A la mayoría de mis hermanos les compré sus partes, y eso era lo que querían. Ahora le toca a la próxima generación empujar el molino”.

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Un castillo con historia

Al día siguiente, el conde Faber-Castell nos espera en su castillo: una construcción de piedra levantada en varias etapas, entre 1840 y 1906, que sobrevivió a los conflictos bélicos. En la segunda guerra mundial fue tomada por las fuerzas armadas alemanas; luego fue ocupada por las tropas aliadas y para albergar abogados y periodistas durante los juicios de Nuremberg. Se dice, incluso, que Ernest Hemingway y John Steinbeck fueron algunos de los que se alojaron aquí mientras cubrían los juicios para diarios de EEUU. Tras ello, el castillo se convirtió en un club de oficiales y civiles estadounidenses hasta 1953. Permaneció vacío por más de 30 años. Ni el conde ni su padre quisieron residir allí. De hecho, él vive en un campo a las afueras de Stein, pero mantiene el castillo impecable.

Anton Wolfgang von Faber-Castell está sentado en un sillón del salón limón –Zitronenraum– del castillo, con revestimientos de madera y muebles tapizados con ese llamativo color. Elegantísimo, cuenta que esta sala pertenecía a su abuela, la baronesa Ottilie von Faber, quien en 1898 se casó con el conde Alexander zu Castell- Rüdenhausen. Entonces se formó una nueva rama de la familia a la cual se le otorgó el permiso real para utilizar el apellido Faber-Castell. De ahí viene él.

Mientras juega con uno de sus lápices, le pregunto cómo ve a su empresa a sólo meses de celebrar un cuarto de milenio. “Al cumplir esa cantidad de años en el mercado, se corre el riesgo de volverse arrogante y quedarse satisfecho con lo que se ha alcanzado. Por lo mismo creo que es más importante prepararse para los próximos diez años. A mí me interesa la estrategia 2011–2021. A pesar de que mantener una empresa familiar durante tanto tiempo es algo muy bonito, mi mirada está puesta en el futuro”.

-¿Y cuál es esa estrategia?

-Es muy difícil decírselo en una frase. Pero, puntualmente, son las opciones de crecimiento que tiene la empresa a nivel global. Queremos volvernos más independientes de los productos centrales y crecer con otros nuevos. En este sentido, quiero potenciar a Faber-Castell como compañero de vida, quiero que esté presente no sólo en el niño que va al colegio y necesita sus lápices, sino también en el desarrollo de productos para adultos. Quiero crear más líneas de elementos no sólo en educación, sino también potenciar nuestra línea de diseño, que son creaciones más elaboradas, así como también potenciar nuestra Colección Graf von Faber-Castell. Esta es más cara que los otros artículos, pero es equivalente a lápices y objetos de lujo, como los de Mont Blanc.

Mientras habla, el conde en su castillo podría ser una imagen sacada del siglo XIX. Afuera, en todo el planeta, los niños se manejan cada día más con el teclado. Los tablets, notebooks y smartphones causan furor en el mercado infantil. La modernidad plantea una dura competencia, le comento. “A pesar de que el computador está siendo utilizado por niños cada vez más chicos, tenemos productos que los profesores consideran necesarios para el desarrollo infantil, antes de enseñar a usar las tecnologías digitales. Tratamos de guiar a los padres y les informamos sobre la importancia de los productos de Faber-Castell en la educación de sus hijos; sobre todo, en niños pequeños que necesitan trabajar con las manos, antes de iniciarse con un teclado. Y creo que este va a seguir siendo un mercado importante”.

El discurso lo tiene claro: “Faber- Castell entrega valor; no vendemos productos malos y baratos, entregamos verdadera calidad. Ese es el camino hacia el éxito. Para mí, lo mejor es cuando un productor final me dice que hago productos buenos. Ese es el mejor piropo. Creo que estamos en la dirección correcta. Pero algo es seguro: cuando cumpla 90, voy a trabajar sólo medio día”, anuncia entre risas, mientras me pide mi tarjeta porque quiere a venir a Chile el próximo año.

El primer Kindergarten
Las empresas Faber-Castell, recalca el conde, son conocidas por su apoyo al bienestar de los trabajadores y han sido precursoras en entregar algunos beneficios laborales: “para nosotros las iniciativas sociales son muy importantes, y tienen raíces históricas en esta empresa. Fue mi tatarabuelo, Lothar Faber, quien comenzó apoyando distintas acciones de este tipo. El fue quien creó instituciones que, en su época, no eran algo típico. Algunas de las cosas más importantes que hizo fueron el primer kindergarten de Alemania y una guardería para niños de mujeres de la empresa, más un seguro social y médico para todos los trabajadores. Fundó escuelas y construyó viviendas y departamentos para los empleados. Esto lo hizo para guiar a los trabajadores a una vida mejor, para darles la posibilidad de una mejor formación. El decía que Stein era un nido roto y que lo quería arreglar. Fue este impulso social el que hizo que tuviera empleados calificados y que, a su vez, también estuvieran interesados en su trabajo. En marzo de 2000 ratificamos en conjunto con el sindicato IG Metall nuestra responsabilidad social empresarial para todos los países en donde estamos presentes. Esto garantiza, entre otras cosas, que no va a haber trabajo forzado o infantil, que las condiciones laborales van a ser óptimas y que va a haber igualdad de condiciones independiente de la raza, religión, sexo o nacionalidad”, afirma.

¿Cuál es la receta para lograr que este tipo de programas sean exitosos en los distintos países – con diferentes legislaciones laborales- donde está presente Faber-Castell? El conde responde: “algo así sólo se alcanza cuando hay trabajadores que realmente se identifican con el programa. Para eso es necesario un gerente que crea en la gente que tiene a su cargo, y viceversa. No se necesita mucho dinero para preocuparse por las demás personas”.

 

Presencia
En productos escolares, Faber-Castell tiene una participación de mercado en Chile de más del 70% en lápices de grafito y más del 58% en lápices de color, según los datos entregados por la empresa. Además, señalan que nuestro país está en el tercer lugar de ventas per cápita de esta marca en la región.

En el país, Faber-Castell estuvo presente por más de medio siglo a través de su representante FALA Chile. A partir de 2006 la compañía se estableció aquí como subsidiaria, a cargo de Roberto Gellona, también actual accionista, quien fue por muchos años un distribuidor de Faber- Castell.

Hoy la compañía está presente en 120 países, con 15 fábricas y 23 sociedades de ventas en todo el mundo. Según las cifras de la empresa, sus ingresos entre 2008 y 2009 alcanzaron a 427,7 millones de euros.