Fueron casi 365 días exactos los que Juan Carlos Eichholz vivió en Wilton, un pueblo a una hora al norte de Nueva York, en Connecticut. En julio de 2011 partió con señora e hijos de “intercambio familiar”, como lo llama él, a Estados Unidos. Un poco para que sus hijos supieran lo que es vivir […]

  • 3 septiembre, 2012

Fueron casi 365 días exactos los que Juan Carlos Eichholz vivió en Wilton, un pueblo a una hora al norte de Nueva York, en Connecticut. En julio de 2011 partió con señora e hijos de “intercambio familiar”, como lo llama él, a Estados Unidos. Un poco para que sus hijos supieran lo que es vivir allá y otro poco porque tras siete años de trabajo en Chile, como académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, necesitaba un tiempo de reflexión, dice.

Todavía tiene cara de venir del otro hemisferio, tostado y bastante más flaco de lo que se fue (“cinco kilos menos”, nos confiesa) y admite que este año sabático fue puro aprendizaje. Desde comer más sano a intentar ser mejor papá. Y esta última, dice subiendo las cejas, quizás fue la tarea más dura. Su batallón no es menor. Seis hijos entre 16 y 5 años, “con cuatro niñitas adolescentes”, nos lanza como para que dimensionemos lo que le tocó.

Parte de la idea de irse fue hacer familia sin la rutina de acá. Por primera vez en su vida fue apoderado de sus niños. “Yo era el que me juntaba con los profesores, iba hasta a algunos té de mamás. Todas cosas que en Chile sólo hacía mi señora”, cuenta fascinado  de la misión que le tocó.

Pero ya está de vuelta. El tiempo pasó rápido y está retomando la rutina. Nos recibió en la misma oficina que ocupaba antes de partir en la calle Galicia, en pleno barrio El Golf, donde lo estaba esperando su sillón de director del Centro de Liderazgo Estratégico de la UAI, el que él mismo fundó. Seguirá ahí, con consultorías, como columnista de El Mercurio y trabajando en distintos proyectos con abogados norteamericanos. No piensa perder el contacto con Estados Unidos. De volver a la televisión, “todo puede ser”, dice.

¿Muy duro el aterrizaje? le preguntamos. Sonríe con cara de entregado y nos confiesa que sus niños más chicos, los dos hombres de 5 y 6 años, le preguntan a su señora ¿y el papá dónde está?. “Se habían acostumbrado que estuviera con ellos”, admite.

-Me imagino que en Estados Unidos eran todo un fenómeno con seis hijos.
-Debemos haber sido la única familia que tenía seis niños en todo el sistema escolar, en general todos tenían dos. Nos miraban con cara ¿ustedes no son de acá?

-¿Se cumplieron las expectativas del año sabático?
-Para mí era muy atractivo estar un año afuera. Salirme un poco de la máquina y dedicar más tiempo a pensar, decantar ideas y escribir. Todas las buenas universidades del mundo consideran el año sabático, precisamente para que sus académicos puedan refrescarse, pensar, generar nuevas ideas.

-¿Terminaste el libro que te propusiste escribir?
-Está en etapa de manuscrito. Debiera salir a principios del próximo año en inglés, después viene la traducción al español.

 

La adaptación

Eichholz se fue con la idea del libro en la cabeza. Adaptive Organization fue el título que pensó desde acá y mantuvo. Durante los últimos meses se pasó más de seis horas diarias frente al computador para darle forma. ¿De qué trata? La adaptación de las empresas al nuevo mundo.

“Hoy las empresas necesitan ser lo más adaptativas posibles para poder competir. El libro se encarga, en parte, de entender en profundidad de qué se trata esto, de ver de qué manera los distintos tipos de organizaciones se adaptan”, explica.

-¿Abordas casos concretos?
-El libro está escrito en base a casos.

-¿Casos de empresas chilenas?
-Sí. Lan y Codelco, más algunas referencias a otras. Hay análisis. Aspectos positivos y desafíos de cómo lo han hecho

-¿Trabajaste con ellas?
-Sí. Pero el caso está escrito desde mi mirada.

Con este libro Eichholz busca “sensibilizar” al empresariado chileno, particularmente al más tradicional, dice, pues su diagnóstico es que “hoy se están quedando atrás” como líderes. Admite que no se puede generalizar, que hay empresas que están más a la vanguardia, pero que hay sectores como el de recursos naturales y el bancario, por ejemplo, donde los empresarios han estado demasiado cómodos, preocupándose sólo de los números del negocio y no de las personas. “No hay una mirada de cómo construyes una organización con el foco en las personas. No desde el punto de vista paternalista, sino cómo logras aprovechar las capacidades instaladas ahí. Cómo liberas las amarras para que la gente de más de sí. Es un tremendo desafío, no sólo para las organizaciones sino para el país completo”, contextualiza.

-¿Cuál es el diagnóstico para Chile?
-Somos un país que viene con una herencia verticalista, rígida, poco acostumbrado a la innovación. Y especialmente incómodo con la nueva generación de jóvenes que ha emergido.

Y ahí está, para Eichholz, el quid del asunto, pues aunque la generación Y, como la han llamado, es un fenómeno mundial, lo interesante es mirar cómo ha golpeado a Chile.  “Parece haberlo hecho mucho más fuerte que en otros lados. La disfunción que esta generación está produciendo en la política y en la empresa en Chile es mayor que en otros lados. Y la única manera de explicar esto es porque el sistema está menos preparado para recibir a estos jóvenes”, sentencia. Advierte que “las empresas y el sistema político han evolucionado muy poco” y eso es lo que nos tiene en un escenario súper complicado.

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-¿Desde tu perspectiva, no nos estamos haciendo cargo del fenómeno?
-Tiendo a pensar que estamos pasando de reconocer el problema a sensibilizarnos de que hay algo que tiene que ser distinto. Pero está recién empezando. En general la queja sigue siendo hacia los jóvenes, a que estos cabros no se conforman con nada, que no son leales, que no están dispuestos al sacrificio. Nadie mira el potencial que hay ahí, desde el punto de vista de mayor educación, nuevas ideas, innovación, de tomar la iniciativa, de enfrentar de manera mucho más directa los problemas. No se miran esas ventajas, no se aprovechan y los jóvenes terminan yéndose, aburriéndose.

-¿Cómo debiesen enfrentar hoy las empresas este fenómeno? ¿Cómo lo viste en Estados Unidos?
-En Estados Unidos las empresas están bastante más abiertas a los flujos externos, por lo tanto sienten mucho más la necesidad de adaptación. La mayoría son multinacionales, por lo tanto multiculturales y desde ese sentido más horizontales. Son entes más complejos que difícilmente los puedes manejar desde un comando central. Culturalmente los americanos tienen mejor piso que nosotros para enfrentar este tipo de cosas. Son mucho más dados a enfrentar los problemas y nosotros a evadirlos. Por lo mismo hablan un lenguaje bastante más directo que nosotros. La sociedad norteamericana es menos verticalista que la chilena. Allá es más fácil cuestionar a la autoridad, lo que no significa que no se respete. Aquí es curioso porque hemos pasado de respetar y no cuestionar a no respetar y cuestionar. Si uno mira la última encuesta CEP, en la pregunta de confianza a distintas instituciones, entre el 2010 y el 2012 todas cayeron, algunas dramáticamente. En dos años no se salvó ninguna.

 

Siete mil revoluciones

Este abogado de la Universidad Católica, máster en políticas públicas de la Universidad de Harvard, cree que el fenómeno también afecta a la política: “El problema es cómo se está entendiendo el rol de la autoridad y cómo se está ejerciendo. Muchos no han cambiado la forma de ejercer su poder”.

Hace esta analogía: “No tengo demasiados elementos objetivos para corroborarlo, pero la sensación de guata cuando volví es que estamos andando en un auto como a siete mil revoluciones por segundo, en rojo, forzando el motor al máximo y mucha gente tratando de agarrar el volante para conducir el auto”.

-¿Al borde de explotar o chocar entonces?
-Con un cierto riesgo de hacer que el motor explote. Lo estamos exigiendo demasiado. También podemos chocar, porque no sabemos hacia dónde lo estamos llevando.

-Pero ahí hay una crítica directa al gobierno entonces, que es quien dirige el país…
-Sí, pero no reducido solamente al gobierno.

-Pero el gobierno da las directrices hacia donde avanzamos…
-Diría más bien que da los ritmos y desde ese punto de vista, andamos con revoluciones en siete mil, pero en segunda. No en cuarta ni en quinta. Como que no nos atrevemos a poner la pata en el embrague, soltar el acelerador, pasar cambio y después volver a acelerar. Falta generar mayor reflexión, andar con el motor forzado es imposible.

-¿A qué reflexiones te refieres?
-Hay una mirada demasiado ortodoxa desde lo que debe ser el manejo económico por ejemplo. Hay que combinar mucho mejor lo que es la vertiente económica con la mirada social. El gobierno tiende a ser ortodoxo en lo económico y la izquierda en lo social. Tenemos como dos lenguajes distintos que no entran en diálogo.

 

“Nos pasamos de idiotas”

-Pero en el último tiempo hay  reformas que ha realizado esta administración que la Concertación nunca hizo, como el postnatal de seis meses o la eliminación del 7% de salud para los jubilados…
-Pero no ha sido producto de un diálogo ni de una convergencia de todas las partes. ¿Qué piensa la derecha de esas concesiones que ha hecho Piñera? Que ha sido una debilidad del gobierno, puro populismo. Y la izquierda tampoco lo interpreta como que esté haciendo algo bueno, sino que como una estrategia política para ganar votos. No hay un acercamiento desde las convicciones de cada uno. Aquí hay una escasa invitación a la convergencia de posiciones. Cada uno está tratando de tomar posiciones en su beneficio, en desmedro de ambos, la verdad de las cosas.

-El ejercicio de la política…
-El gobierno fue poco hábil al comienzo en decir implícitamente que todo lo que estamos haciendo es bueno y lo anterior malo. Es el peor de los mundos. La Concertación por el otro lado, no le ha dado ni sal ni agua, porque está empecinada en su propio interés de volver al gobierno. Y pasan cosas absurdas. Ahora la Democracia Cristiana habla de Asamblea Constituyente o sea reformar todo también. En este país nos pasamos de idiotas. Tenemos bases constitucionales potentes, un orden social potente y sin embargo el discurso general es reformemos, volvamos a inventar la pólvora. Primero deberíamos valorar lo que tenemos y de ahí lograr acuerdos, cuáles son las cosas puntuales en que necesitamos avanzar.

-¿Cómo se sale de esta situación que planteas?
-Como siempre se dice en estas circunstancias, alguien tiene que ceder sinceramente. Pensando en el beneficio del país y no en el propio. Necesitamos personajes que piensen como país.

-¿Vislumbras esos personajes? ¿En quién podría recaer esa tarea?
-Existen políticos que podrían hacerlo, pero hoy no son los más autorizados por el sistema para levantar la voz. El sistema está más bien dominado por aquellos que quieren su propio beneficio. Que Ignacio Walker, por ejemplo, que es una persona que por formación, por quien es, tiende a mirar el tema más macro y a buscar acuerdos, hoy pareciera que no le queda otra, dadas las fuerzas internas de la Concertación, que seguir a las voces que buscan simplemente ganar la próxima elección.

-¿Cómo crees que se va a resolver esta situación?
-Estas cosas se resuelven llegando al límite, que el auto explote y choque o antes, cuando hay personas que son capaces de movilizar a otras con una mirada distinta. Para la crisis falta un poco todavía y yo creo que el sistema es suficientemente resiliente para adelantarse a eso y corregir el rumbo. Hay motivos y señales de esperanza.

-¿Cuáles son esas señales de esperanza?
-Los candidatos. Laurence Golborne es una persona abierta al diálogo y con una mirada bastante transversal. Es un gallo que tiende a buscar acuerdos, a conectarse con otros, no tiene temor a conversar. Tiene el aval, que es lo mismo que le pasa a Obama, de la ciudadanía para movilizarse en la política. Allamand también. Puede ser catalogado como un político tradicional, pero es una persona muy abierta.

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-Según las encuestas en todo caso, la candidata con más posibilidades estaría en la otra fila…
-Mi análisis es éste. Por un lado veo a Golborne y Allamand en la dirección correcta. También a Andrés Velasco. Michelle Bachelet es casi por definición una persona abierta al diálogo. En su gobierno fue temerosa, se sentía un poco amenazada por la vieja guardia, pero fue agarrando poder informal y fue capaz de plantarse frente al mundo político con las ideas que correspondían. El tiempo se le hizo corto, vino la crisis, no se atrevió a usar su capital político. Hoy puede estar más dispuesta a usarlo. El gran desafío para ella será no ser presa de la Concertación. Y eso requiere un tremendo liderazgo. Tiene el potencial de hacerlo, la validación ciudadana. Tiene que ser suficientemente valiente y atrevida para lanzarse con sus ideas.

-¿Y crees que finalmente se lance?
-No tengo más información que la que se lee en los diarios, pero todo apuntaría a que sí.

-Las encuestas la colocan muy por encima de los candidatos de la alianza. ¿Crees posible un segundo gobierno de derecha?
-Una cosa son las encuestas y otra distinta la carrera. Los candidatos no han empezado a correr. Yo hoy les doy 50% y 50% a las dos coaliciones. De aquí a diciembre del próximo año la administración Piñera va a ir mostrando buenos resultados y eso va a favorecer al candidato de la Alianza.

-¿Estás a favor de resolver las candidaturas vía primarias?
-Si hay más de uno que quiera competir, que se hagan. La pregunta es si va a haber más de uno en la derecha que quiera competir. En la Concertación seguramente van a ver quiénes quieran competir. Será interesante  ver si Andrés Velasco llega hasta el final si es que Michelle Bachelet se presenta. Tendría que enfrentarse a su ex jefa y solamente podría ganarle terreno criticándola, además de levantar todos sus atributos personales.

-En Estados Unidos estuviste con Michelle Bachelet. ¿Con qué impresión te quedaste?
-Almorzamos en la casa del cónsul. Me reafirmó lo que se dice con respecto a ella, que es una mujer encantadora.

 

Movilizaciones por TV

Eichholz partió a Estados Unidos en medio del conflicto estudiantil del año pasado. Y allá le tocó explicar en varias ocasiones el fenómeno que se vivía (y sigue) viviendo en Chile. “Para el americano era curioso que un país que estaba haciéndolo bien, tuviera indignados en las calles”, dice.

-¿Cómo lo explicabas?
-Que este es un país en tránsito al desarrollo, que el nivel de expectativas de la gente es muy alto y no se han manejado suficientemente bien para contenerlas y trabajarlas en un mediano plazo. Que hay demasiada impaciencia.
Se detiene un rato en este análisis: “En Chile estamos viviendo una transición y todas las transiciones van asociadas a tensión y conflictos, es propio del cambio, por eso es importante dar contexto. Explicar cómo era esto antes, hacia dónde caminamos, cuánto nos vamos a demorar. Las autoridades no han sabido mostrar ese contexto. Y no me refiero sólo al gobierno, sino que a la clase política en general. Se necesita a políticos alineados en los temas fundamentales, como la educación. Quién se para y dice que los cambios en educación han estado bien orientados.  Han permitido que miles de jóvenes accedan a la educación. Es obvio que al comienzo la calidad no ha sido la óptima. No hemos fiscalizado a las universidades que están cobrando desproporcionadamente por lo que están ofreciendo. Ahora vamos fiscalizar mejor. Estamos haciendo reformas para corregir el sistema. Los frutos de esto los vamos a ver de a poco.

-Pero el discurso del ministro de Educación, Harald Beyer, va a en ese línea…
-Él lo ha hecho súper bien, pero no estuvo desde el principio. Lo lógico además es que no sólo fuese él quien diga estas cosas, lo deben decir también otros referentes políticos. Hay muchos políticos de oposición que lo saben, pero no tienen la valentía de decirlo públicamente.

-El conflicto estudiantil ha comenzado nuevamente a salir a flote ¿Crees que pueda escalar tanto como en 2011?
-Hay dos diferencias sustanciales con el año pasado. Este ministro de Educación tiene una agenda clara. Sabe hacia dónde se está moviendo, es probablemente la persona que más sabe de educación en este país. Además, frente a la intransigencia absoluta del movimiento, la ciudadanía ha empezado a darle menos cabida. En muchos casos a oponerse. Están apareciendo voces alternativas, por lo tanto creo que esta cuestión va a decantar sola. •••