José Miguel Izquierdo cree que el desalojo, no por la fuerza sino por la razón, se está imponiendo. Ve al país sin conducción y a los partidos paralizados por la dispersión. Pese a eso, dice que la Alianza se encamina hacia la institucionalización, en parte gracias al ánimo ganador que rodea la opción de Piñera. […]

  • 29 junio, 2007

José Miguel Izquierdo cree que el desalojo, no por la fuerza sino por la razón, se está imponiendo. Ve al país sin conducción y a los partidos paralizados por la dispersión. Pese a eso, dice que la Alianza se encamina hacia la institucionalización, en parte gracias al ánimo ganador que rodea la opción de Piñera. Eso sí, considera muy arriesgada la estrategia del endurecimiento opositor.
Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stindt

José Miguel Izquierdo piensa que las cosas no están funcionando en Chile como debieran. Y por lo mismo recomienda empezar pronto a vitrinear con miras a cambiar de régimen político. A uno semi presidencial a la francesa, por ejemplo, ojala con un parlamento unicameral. O a un presidencialismo más débil como el estadounidense, donde la posibilidad del presidente de influir en la agenda legislativa es mucho menor que la que tienen los mandatarios en Chile.

Cientista político del Instituto Libertad (el think tank de Renovación Nacional), Izquierdo (34) se ha transformado en uno de los adalides de las ideas aliancistas en el mundo del análisis político. Escribe columnas, participa en foros y en el programa de TVN Estado Nacional. Aquí, su aguda mirada de la coyuntura.

-Defina el estado de la política…
-Sin conducción. Cuando falta conducción real en un sistema presidencial las partes se dispersan con mucha claridad, sobre todo cuando tenemos un sistema tan presidencialista como el nuestro. El presidencialismo chileno es el más fuerte de la región después de Ecuador y Perú. Somos casi el tercero más fuerte del mundo. De hecho, creo que el régimen político está haciendo agua y que se acerca el momento de debatir un cambio.

-¿Cuánto afecta esa falta de conducción a los partidos y sus coaliciones?
-A la oposición también la afecta, porque la agenda política la debe marcar el presidente de la República y en ausencia de ésta no existe la posibilidad de prepararse como alternativa, de ser oposición propositiva, que es lo que más se le demanda en estos momentos.

-¿Será que la presidenta no tiene agenda o que la contingencia continuamente la está sacando de los ejes de su gobierno?
-Michelle Bachelet desafía la forma en que las elites asignan poder y eso viene desde la campaña, con el desafío puesto en la paridad y en la sillita musical, para que nadie se repitiera el plato. Eso implica limitaciones a la forma de ejercer el poder, a las libertades de la misma presidenta; implica un reemplazo no generacional sino de grupos políticos del PS, facciones que están en una competencia muy clara: Carlos Ominami vs. Camilo Escalona. Luego viene una formación de equipos muy herméticos que impiden a los partidos percibir los beneficios de participar en coalición. Pero cuando los actores políticos dejan de percibir esos benefi cios, se dispersan y la coalición se debilita. El secreto es un recurso de poder muy importante que se ha exacerbado y ha hecho que la presidenta carezca de redes de confianza.

-Pero siempre supimos que ella era así. Probablemente muchos la eligieron por ser “distinta”.
-La presidenta es un fenómeno de opinión pública. Un fenómeno que la clase política más bien padece que ejerce. Entendámonos: ella no es alguien de sus filas que hace carrera y llega al poder. No es una Angela Merkel. Bachelet nace junto a Lagos, pero también como reacción a Joaquín Lavín: Lagos quiere contrarrestar el cosismo de Lavín con el término de las colas en los consultorios en tres meses. Era una meta imposible de conseguir pero Bachelet recibe el perdón y desde ese momento empieza a crecer. Luego se va a trabajar con los militares que asesinaron a su papá y también comienza a encarnar modernidad: mujer separada, que saca adelante a sus hijos y genera un gran efecto de solidaridad de género, que es lo que mejor explica su elección, donde las mujeres igualaron las preferencias de los hombres. Hoy día estamos viendo una cosa bien paradójica: tenemos a una presidenta muy querida y con mucha plata, pero que sin embargo es mal evaluada por la ciudadanía. Aunque cuando se tienen esos dos primeros activos es muy difícil perder popularidad, como le está ocurriendo a Bachelet en estos momentos, el hecho es revelador de fenómenos políticos más de fondo y que pueden estar relacionados con las condiciones que se tienen que dar para que Sebastián Piñera sea presidente.

-¿Cuáles son?
-Primero, la superación de los alineamientos tradicionales de autoritarismodemocracia. Por mucho que el gobierno se esfuerce en reagrupar a su electorado en torno a temas que entran en esa lógica, lo cierto es que no logra sostener la impopularidad que genera un mal gobierno. La encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) mostró en diciembre un debilitamiento en la solidaridad de género, es decir, la probabilidad de que las mujeres apoyaran a Bachelet en diciembre de 2006 era más baja que en diciembre de 2005. Entonces, podría ocurrir que hubiese una revalorización de lo racional, de los atributos de capacidad respecto de los subjetivos, que son características de la personalidad. Si las capacidades se imponen como el principal valor a la hora de configurar las preferencias individuales hay un escenario más positivo para la Alianza y para Piñera, que se plantea en esa racionalidad.

-¿Rumbo a qué puerto ves que va el gobierno?
-Bachelet recibe de Lagos la orientación hacia la socialdemocracia, que consiste en la reivindicación del Estado en el cumplimiento de funciones básicas, ahí donde la cultura liberal lo había borrado. Hablar hoy día de que el Estado es la solución de los problemas de la desigualdad no es una afrenta al dogma. Y ella debe construir sobre ese cimiento, lo que no ha podido hacer en un año y medio, en que nada se ha consolidado. El puerto al cual debe llegar Michelle Bachelet es la consolidación de la obra de Lagos. Si no logra hacerlo, mata a Lagos. Y por ahora no vemos la capacidad de crear institucionalidad en torno a este gran concepto que es la relegitimación del Estado en la vida pública.

-¿Y rumbo a qué puerto iría la Alianza?
-Hacia la institucionalización, y ésta se genera cuando se fortalecen las expectativas de alcanzar el poder. En esa medida Piñera se podría parar mejor frente a la ciudadanía, superando la polaridad autoritarismo-democracia, avanzando de lo subjetivo a lo racional y consolidando la percepción de que la Alianza podría ganar. La expectativa de triunfo contribuiría a disciplinar a la Alianza, acotando sus diferencias en dirección a una alternativa de gobierno que no es solo una figura sino también un programa. La política tiene tres grandes riesgos –confl ictividad, ineficacia y corruptibilidad– y los tres están siendo encarnados por la Concertación.

-¿Cree en el desalojo?
-Creo en El desalojo: Por qué la Concertación tiene que irse el 2010, que es el título completo del libro de Andrés Allamand. Creo en la fuerza de la razón y del sentido común. Si el sentido común nos decía que el año 88 era mejor votar que No, hoy día hacerlo por la derecha parece más claro que antes. El mal gobierno se está notando en todo y no solo en el Transantiago. La Concertación ha defraudado repetidas veces y en distintos ámbitos a su electorado más duro.
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-La Alianza pareciera haber terminado aceptando que la única manera de ganar las elecciones es endureciéndose respecto del gobierno. ¿Cree en la efectividad de esa opción? Lo pregunto porque el cambio de estrategia siempre implica un riesgo.

-Es una jugada demasiado riesgosa y la veo muy centrada en las preferencias de un elector identificado muy a la derecha. En la escala ideológica del 1 al 10, RN y la UDI están muy a la derecha: con 8,4 y 8,9, respectivamente. La DC ocupa el 6,4 y el PPD un 5,4, lo que le da a la Concertación una amplitud muy evidente. Piñera está ubicado en el 7,6, bastante más al centro. El esfuerzo que él tiene que hacer es captar más electorado moderado, pero asegurando los votos de la derecha. Por eso creo que el tono de El desalojo puede ser muy complementario para la estrategia de ganar la presidencia.

-Eso asumiendo que Piñera le habla al centro y otros, como Allamand, capturan al electorado más de derecha.
-El orden, la disciplina, la jerarquía, son mucho más valorados en el 8,4 que en el 6. A Piñera no le es rentable asumir ese discurso. La UDI ha sido muy efectiva en representar ese orden, pero ahora está en un proceso de ampliación que también implica fragmentación, y es un dato muy nuevo. Se ha desordenado, ha perdido capacidad de influencia en la representación de esa sensibilidad más dura y ahí está siendo reemplazado por Allamand. Por lo tanto, en RN está pasando algo distinto, más parecido al retorno a la democracia en términos de hegemonizar el discurso y los valores en la discusión pública.

-¿Ve a Piñera como candidato único de la Alianza?
-Debiese serlo, pero depende de los resultados de la elección municipal. Si esta Alianza quiere ganar tiene que ir a primera vuelta con un candidato. Hay casos en Francia donde las coaliciones divididas logran ganar en segunda vuelta, pero en América prácticamente no hay precedentes. A Piñera le ocurre que estando más al centro, en segunda vuelta tiene que abrazar al oso. El costo de abrazar a la UDI que sigue defendiendo a los generales retirados tiene que darse lo antes posible.

-¿Qué hay en la sociología del chileno que no deja ganar a la derecha?
-Hay una cuestión en el lenguaje. Cuando se habla de la Concertación, no se le dice “la izquierda”, en cambio a la Alianza se le dice “la derecha”. Asimismo, ésta se ha visto coartada por los intereses económicos y eso se está rompiendo no solo por el episodio de la depreciación acelerada. Es cosa de ver los aportes reservados a las campañas políticas para comprobar que fue el Partido Socialista el que más recibió, porque tenía a la candidata. Entonces, ¿quién está más coartado por los intereses económicos?

-¿Como explica que Joaquín Lavín haya sido enterrado tan rápido?
-Hay un proceso de competencia. El mismo Lavín no va a estar interesado en entrar porque es costoso. Si se levanta es para competir con quien ya le ganó. Segundo, lo que representaba Lavín perdió valor fuertemente. El fue reemplazado en el esquema político por Bachelet, porque ella representa valores y estilo muy similares a los que encarnaba Lavín. Entonces la marca, el sello, ha perdido valor. Claro, no hay muertos en política. Lavín fue el representante de un cambio y puede a volver a ser gallo de pelea. El es enterrado porque no tiene valor en el escenario de la competencia actual, pero tiene electores en sectores populares donde Piñera no logró entrar en 2005 y que sienten mayor rechazo al empresariado.

-Ahí es donde trató de entrar Longueira. ¿Por qué cree que fracasó en el intento?
-Porque está demasiado marcado por su trayectoria. Como gran resumidero de información, el electorado cuenta con la trayectoria y la ideología, y en ambos él tiene falencias muy importantes para el sistema político chileno. Longueira es de esos que tira el 8,9 –en la escala ideológica– hacia el 10. Eso explica en parte el rechazo.

-¿Cómo ve el panorama presidencial en la Concertación?
-Es mucho más complejo de lo que uno podría pensar porque el desgaste de Bachelet implica el de Lagos. Y también está la competencia interna en la DC, que podría ser muy desgastadora, porque se están jugando por el grado de compromiso con un gobierno que tiende a fracasar o a deslegitimarse. ¿En qué medida un liderazgo presidencial DC va a ser exitoso si se compromete tanto a un gobierno al que no le está yendo bien?

-Jugársela por la gobernabilidad hoy día tiene un costo alto…
-Por cierto. Tiene un costo alto. Es sacar la flor del lodazal, como dijo Nélson Avila en la discusión del Senado para aprobar el Transantiago. Esa fue una frase muy desafortunada porque implica reconocer que hay un pantano y que eres parte de él.

-¿Qué simboliza el Transantiago?
-Es el crisol de la mala política pública y de la irracionalidad.

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Cartografía de los díscolos

José Miguel Izquierdo cree que para que existan díscolos tiene que haber una línea oficial, por ahora desdibujada. “Por mucho que exista Concertación, si ésta no es liderada con claridad, lo que hay es más bien una montonera con personalismos”. Pese a eso, esta es su categorización de los políticos que últimamente le han traído más de un dolor de cabeza a La Moneda.

Los díscolos funcionales. Están encarnados en el grito de Sergio Aguiló y son personajes que representan una sensibilidad de izquierda, que contienen la fuga de votos hacia la izquierda antisistémica y que critican la orientación económica de los gobiernos de la Concertación. Carlos Ominami los encabeza. El se ha encargado de promover documentos decisivos –como La hora de la verdad, referente de los autocomplacientes y, más tarde La disyuntiva– que se han transformado en definiciones casi estratégicas para los partidos. Marco Enríquez-Ominami también está en el grupo.

Los díscolos parroquiales. Son los DC que tratan de reencarnar la visión más conservadora y que se desalinean por falta de conducción. En el tema valórico, Bachelet fue un factor de dispersión y agrupó a los colorines cuando se alineó con los progresistas.

Los díscolos “wikipedia”. Son los Alejandro Navarro y los Guido Girardi, los travestis políticos, que sin la intención de salirse de las corrientes ideológicas de la Concertación están planteando cuestionamientos constantemente. Yo creo que Navarro no entiende bien qué significa alinearse con Chávez, pero sin embargo lo hace.

Los díscolos YouTube.
Están preocupados de que el video se vea harto, como Fernando Flores y Nelson Avila. Son representantes de una postmodernidad que no existe de hecho. También incluiría aquí a Marcelo Trivelli, pero no tengo claro qué tan díscolo sea él. Es una figurita que molesta. No le creo a su candidatura presidencial.

Los díscolos arrepentidos.
De nuevo incluiría aquí a Nelson Avila, que se sale de la Concertación pero vota con ella para que no le vayan a quitar el cupo. Son díscolos por oportunidad.

Los díscolos “díscolos”: Adolfo Zaldívar en la Concertación y en la derecha, Carlos Cantero y Carlos Bianchi, que por definición son distintos a sus respectivos sectores.