¿Qué motiva el renovado interés por la historia? Para este afamado investigador británico la respuesta está estrechamente ligada a la vertiginosa vida actual y la necesidad de mantener el contacto con la memoria personal.

  • 5 octubre, 2007

¿Qué motiva el renovado interés por la historia? Para este afamado investigador británico la respuesta está estrechamente ligada a la vertiginosa vida actual y la necesidad de mantener el contacto con la memoria personal.

 

“Los días no se han hecho ni más cortos ni más largos, pero es cierto que en estos tiempos todo parece ocurrir más rápido. Si incluso los estudiosos del cambio cultural le han puesto un nombre al fenómeno: la aceleración de la historia”, explica con parsimonia el historiador Peter Burke, como si esa velocidad lo tuviera sin cuidado, y eso que él mismo ha dedicado profundas reflexiones en torno al asunto.

 

Burke, abordó el tema en diversos momentos del seminario Nuevas vertientes de la historia cultural, organizado por la Universidad de los Andes –donde él fue el invitado principal– y vuelve sobre éste cuando se le pregunta si acaso esa aceleración tiene alguna relación con el renovado interés popular por la historia, en los comienzos de este nuevo siglo: “Por cierto que van ligados. En la medida que todo parece ir quedando atrás, las personas sienten la necesidad de mantener contacto con lo que fueron, con recuerdos que aparecen como situados en un pasado muy lejano, aunque en realidad no lo estén. Este boom de la historia, en especial el interés por la del siglo XX, emana del deseo de mucha gente por entrar en contacto con sus propias memorias de infancia y juventud”.

 

De hecho, él mismo admite ser presa de esa sensación. “Es interesante, porque yo me eduqué en la Inglaterra de los 40 y 50, un mundo de plena posguerra y gran austeridad. No tengo la sensación de que en esos años el país haya cambiado demasiado, al menos no como lo hizo a partir de los 60, cuando los efectos de la sociedad de consumo se hicieron sentir y todo se aceleró. Se aceleró de tal manera que, incluso para quienes lo vivieron, el pasado se transformó en un país extranjero”. Algo que se visita, pero donde ya no hay derecho a residir.

 

Claro que, según Burke, esa misma reflexión aloja una paradoja en su interior, porque “aunque el hombre no tiene más remedio que mirar el pasado de lejos, en cierta manera vive inserto dentro de él: rodeado por tradiciones, objetos y documentos. Un historiador amigo mío, de hecho, tiene la costumbre de decir que por esas mismas causas la historia del siglo XX –su especialidad– se ha vuelto casi una historia del presente”. Agrega que tal vez esa sensación no sea tan evidente en América, pero sí que se comprueba en Europa, donde la idea de convivir con objetos antiguos está profundamente arraigada. “Pongamos como ejemplo mi casa británica. Fue construida en 1883 y es, por lejos, la casa más moderna en la que he vivido nunca. Para qué hablar de las secciones construidas en piedra de las urbes italianas, donde la gente vive en casas que datan del Renacimiento e incluso de la Edad Media. Estamos rodeados por el pasado.”

 

Ese es un pasado que perduró, pero ¿qué hay sobre lo que estamos dejando nosotros como herencia, en un mundo donde la lectura disminuye, donde las casas se demuelen, donde ya nadie escribe cartas en papel? ¿Cuáles serán las herramientas de los historiadores del futuro para saber cómo fuimos? “Por cierto que aún habrá fuentes”, indica Burke. “Los emails no se conservan como las cartas; pero incluso en la era dorada de las cartas, algo se perdía para el investigador: la comunicación oral, un instrumento igual de fundamental en la toma de decisiones económica y política, pero que uno tiene que rastrear a través de las huellas que alcanzan a ser visibles”. Una de ellas, por cierto, es la imagen audiovisual. “Si uno quisiera revisar testimonios directos del pasado, las películas constituyen un buen instrumento. Basta mirar cualquier película de los años 40 ó 50. Lo primero que se distingue es la cantidad de gente que fuma. El cigarrillo, por entonces, cumplía un rol social que hoy es impensable”.

 

¿No será que la gente misma ha cambiado? “A veces queda la duda. En términos de deseos y necesidades, la gente sigue siendo la misma a través de las distintas épocas, pero a las todas personas les gusta pensar que quienes los precedieron y quienes los sucederán son diferentes. Muy diferentes, aunque al mismo tiempo, muy parecidos a nosotros”.