Cuando cumplió 60 años, Philip Roth –el más grande escritor estadounidense vivo– decidió dar un vuelco y se encerró a escribir como condenado. Ahora tiene 73 y está en su mejor momento. Los lectores chilenos vuelven a reencontrarse en “Elegía” con uno de los pocos autores que merece el calificativo de maestro. Habría que ser […]

  • 20 abril, 2007
Cuando cumplió 60 años, Philip Roth –el más grande escritor estadounidense vivo– decidió dar un vuelco y se encerró a escribir como condenado. Ahora tiene 73 y está en su mejor momento. Los lectores chilenos vuelven a reencontrarse en “Elegía” con uno de los pocos autores que merece el calificativo de maestro. Habría que ser analfabeto para no darle el Nobel.
Por Marcelo Soto

 

Hoy que está de moda entre los “jóvenes anarquistas” –como los llama la prensa, con escaso rigor– tirar piedras a los locales de comida rápida, quizá sería bueno que esos muchachos iracundos, vestidos a la moda callejera Neoyorkina, leyeran la siguiente declaración: “Criticar McDonald’s es pura estupidez. McDonald’s es un café para los pobres, los ancianos y los solitarios, como tal, cumple una admirable función social. Es limpio, económico, acogedor y bien iluminado. Tiene las mejores papas fritas del mundo y te permite usar el baño –mucho más blanqueados que los de Europa– sin tener que ordenar nada… McDonald’s es un lugar humano en un mundo deshumano. Para quienes tienen curiosidad, McDonald’s ofrece además una verdadera galería de los Estados Unidos: negros, blancos, verdes, amarillos, rojos y violeta, el mundo que te desfila delante”.

La frase no pertenece al tipo de RRPP de la cadena de hamburguesas, sino a uno de los escritores más lúcidos y brillantes de nuestro tiempo. Philip Roth, nada menos. El mejor novelista vivo de Estados Unidos, alguien al que nadie podría tildar de conservador: enemigo acérrimo de Bush, fue opositor a la guerra de Vietnam –igual como ahora lo es a la de Irak– y sus opiniones nunca se han guiado por la corrección política. Por eso lo detestan las feministas y los chicos de la neovanguardia del mismo modo que la izquierda y la derecha unidas –como diría Parra– y todos los grupos de moda del progresismo norteamericano, la llamada Escuela del Resentimiento.

En contraste a las celebraciones que recibe García Márquez, Roth ostenta en estos días un perfi l bajo –aunque tuvo su época farandulera; se le atribuyó un romance con Barbra Streisand y sobrevivió a un largo y sufrido matrimonio con la actriz Claire Bloom– y pinta para ser esa clase de autores extraordinarios, como Vargas Llosa, que nunca ganarán el Nobel. Ojalá me equivoque.

Pero siendo justos, los libros que Roth ha escrito en la última década tienen más peso y profundidad que la obra entera y sumada de muchos de los distinguidos por la academia sueca en el mismo período. ¿Quién diablos es Philip Roth, el único narrador en ejercicio que podría ser considerado canónico en palabras de Harold Bloom? Piensen en una película de Woody Allen, un chico alto y delgado nacido en Newark, New Jersey, intelectual, obsesionado con el sexo y la muerte. Y con los típicos rollo de amor y odio hacia los padres, hacia su origen, hacia la religión y la patria. Probablemente sea un mal ejemplo, quizá el realizador de Días de radio nunca lo leyó, pero el cine de Allen no existiría si no fuera porque antes existió gente como Roth. Veamos por qué.

Escena 1: Nueva Jersey, años 40
El pasaje más corto para entender la infancia de Philip Roth es leer La conjura contra América, una de sus últimas novelas y una de las más controvertidas. No es de sus mejores obras –está hecha a partir de un pie forzado que pronto se desmorona: qué hubiese pasado si en 1940 Charles Lindbergh, el aviador que cruzó el Atlántico y simpatizante nazi, hubiese sido electo presidente de Estados Unidos–, pero entrega un retrato vivo e iluminador sobre lo que era ser judío en esos años violentos y crecer en un barrio de Newark, New Jersey, un vecindario que podría haber sido el de Bruce Springsteen.

Uno de los episodios más notables de esa novela transcurre en Washington, hacia donde va la familia Roth en plan turísticopatriótico (algo difícil de imaginar en Chile: es como si hubiese colas para ver la estatua de O’Higgins en Rancagua). Mientras observan el monumento a Lincoln, escuchan comentarios antisemitas de otros visitantes. De vuelta al hotel son invitados a dejar la habitación, pues ha habido un “error” en la reserva.

El padre de Philip se pregunta si habría ocurrido algo parecido si Roosevelt fuera el presidente: “La gente no se atrevería, no se les pasaría por la cabeza… Pero ahora mismo nuestro gran aliado es Adolf Hitler… Es vergonzoso…”, masculla el patriarca de los Roth y el pequeño Philip escucha esas palabras como si fueran una acusación dirigida contra él. Se siente culpable por ser judío y por tener unos padres que se resisten a ocultar su identidad, en un país donde el antisemitismo va viento en popa. Todo termina en forma patética cuando llega un policía y los conmina a acudir a otro hotel, “antes de que pierda la paciencia”. Este capítulo no es menor. Refl eja con particular elocuencia el clima de la niñez del escritor. Según ha recordado, en ese tiempo podían verse en Nueva York desfi les de gente con camisas pardas, gritando consignas contra los judíos. Si uno lee La conjura contra América, sin esta perspectiva parece un relato aquejado por la paranoia. Pero Roth cree que Estados Unidos no estuvo lejos de la fiebre nazi.

“Fue una suerte que los republicanos no hayan tenido la viveza política de nombrar a un Lindbergh como candidato, porque defi nitivamente le habría ganado a Roosevelt en las elecciones. En cambio nombraron a un moderado, un intervencionista e internacionalista al igual que Roosevelt, y así no había verdadera competencia”, ha dicho el escritor y sus palabras podrían servir de enseñanza para muchos políticos actuales. “No supieron capitalizar el hecho de que la mitad del país no quería ir a la guerra y con buenas razones, no por antisemitismo: el país ya había estado veinte años antes en una guerra terrible en Europa. Alguien con el carisma de Lindbergh los habría seducido y habría ganado porque, además, era el tercer mandato para Roosevelt y a muchos eso les molestaba. George Washington había sentado el precedente cuando declinó correr una tercera elección, diciendo que lo que el país necesitaba era un presidente, no un rey. Después de Roosevelt los republicanos hicieron una enmienda en la constitución para que un presidente solo pueda estar durante dos mandatos. ¡Y eso fue muy bueno porque eliminó el riesgo de tener a Reagan o a Bush tres veces!”.

Y aquí llegamos a otro tema favorito de Roth: su desprecio por el actual presidente de Estados Unidos. “De todas las decepciones políticas que he tenido en mi vida, esta es la peor”, dijo sobre el segundo mandato del líder republicano. “Es la peor porque no puedes prevenir las consecuencias”. Escena 2: Illinois, años 50
Conversando con Saul Bellow, el otro gran escritor judío americano de su tiempo, aunque quince años mayor y uno de sus mejores amigos y maestros, Roth confesó que si hubiese sabido en qué se estaba metiendo, probablemente no habría sido novelista. “Cuando empezamos a ser escritores no entendíamos la situación cultural en la que nos hallábamos”, recordó Bellow, poco antes de morir, en 2005. “Philip me dijo que si hubiéramos entendido cómo eran las cosas, de que no había público para nosotros, no hubiéramos persistido”.

Lo cierto es que para el autor de Pastoral americana una de las cosas más lamentables de nuestra época es la desaparición progresiva de los lectores. “La única obligación que tiene el escritor es la de escribir lo mejor que puede. Punto. No necesita ninguna justifi cación política, no tiene que pretender cambiar el mundo, porque la literatura no sirve para nada pero es a la vez tremenda La evidencia más palpable es su última novela, Elegía, un breve pero contundente relato sobre la muerte y la enfermedad, que llega a Chile por estos días. El libro comienza con el funeral del protagonista, un exitoso publicista que un día despierta convertido en enfermo terminal. Precisamente el declive físico es uno de los cuatro punto cardinales –además del sexo, la política norteamericana y el judaísmo– de la narrativa de Roth, presente también en otra notable novela corta, El animal moribundo. Estos dos relatos, por su brevedad y perfección estilística son la mejor puerta de entrada a este escritor que con la edad, se vuelve más implacable. No es común que un escritor llegue a los 73 años escribiendo mejor que nunca, pero el caso del autor de El teatro de Sabbath –otra de sus obras cumbres– escapa a toda lógica. Al cumplir 60, cuando podría haberse retirado y gozado de su prestigio, Roth decidió alejarse de la farándula. Se encerró en su casa campestre de Connecticut, descolgó el teléfono y se dedicó a escribir.

Fue así como empezó a publicar una seguidilla de obras maestras, como Pastoral americana, sobre un exitoso empresario judío, cuya hija mimada resulta ser una terrorista indomable. sí explicó este proceso el autor: “Por un lado me incentivó este viejo tema, Estados Unidos, que se había vuelto completamente nuevo para mí. A todo eso se sumó que había cumplido 60 años, y empecé a leer las edades en los obituarios. Si no me ponía a ser productivo entonces, ¿cuándo iba a hacerlo? Además, para un escritor la edad trae la ventaja de la perspectiva, como uno ya no está tan ocupado viviendo las cosas puede refl exionar y poner los hechos en un contexto histórico que, además, conoció. Finalmente, reconozco que me ayudó la determinación. Me fui a vivir solo y a veces la soledad se vuelve difícil, pero me da mucho tiempo para escribir”.

Roth ha dicho que los tipos mediocres se quedan de brazos cruzados, esperando una luz de inspiración, pero la gente con talento se dedica a trabajar. Y así lo hace, cada día, desde la mañana a la noche, escribiendo como un poseso en su computador portátil. Los lectores son los principales favorecidos…
Roth, uno de los pocos autores estadounidenses que han tenido el privilegio de ver su obra incorporada a la Library of America, suerte de consagración que generalmente se produce tras la muerte, ha pagado un alto precio para ocupar este lugar. El arte nunca es gratis. Aunque ha declarado que una vez muerto muchas mujeres gritarán frente a su tumba, el autor de Nueva Jersey lleva una vida solitaria, dedicado a la escritura casi como un monje, en contraste con los avatares de su juventud. Le quedan pocos amigos –la mayoría ha pasado a mejor vida–, no tiene hijos ni mujer. Como ha escrito Martin Amis, “el hombre que describe Roth se siente a menudo desgraciado, y por eso no desea tener descendencia. Ahora bien, la gente tiene hijos por una razón muy importante, aunque tal vez no sea buena. Por más que nadie sepa cómo serán cuando crezcan, los hijos prolongan nuestra andadura vital. Nos ayudan a liberarnos del desierto biológico, en el que los únicos sonidos que oiríamos serían los jadeos del sexo y la muerte. Y, por descontado, el sexo y la muerte forman el matrimonio más terrible de todos”. Si no lo creen, lean a Roth.