La industria de la exhibición y distribución de películas tuvo su gran empujón hace más de una década con la aparición de las multisalas, pero ¿hacia dónde se ha dirigido? Algunos dicen que a las fauces de la piratería. Para otros, el negocio está aún por hacerse.

  • 27 julio, 2007

 

La industria de la exhibición y distribución de películas tuvo su gran empujón hace más de una década con la aparición de las multisalas, pero ¿hacia dónde se ha dirigido? Algunos dicen que a las fauces de la piratería. Para otros, el negocio está aún por hacerse. Por Christian Ramírez; fotos, Gabriel Pérez.

 

Curiosa paradoja. Cuando se piensa en el cine y en las películas la gente evoca recuerdos, momentos mágicos e imágenes de antología. Rara vez piensa en las colas, en el precio de la entrada y en que, aunque le están contando una historia, también le están vendiendo algo. Claro que a la hora de ver las cifras en bruto, el comportamiento del público no tiene nada de romántico ni “cinematográfico”. Este, de hecho, es el que determina que en Chile se vendan alrededor de unas doce millones de entradas al año –con un promedio de ticket cortados que oscila entre el 0.7 y el 0.8 por habitante–, que solo deja lugar para unos 200 estrenos por temporada, donde los 10 primeros títulos acumulan casi el 40% de las ventas y en el que rara vez una sola película sobrepasa el millón de espectadores.

 

Pequeño mercado. Pero en absoluto insignificante, considerando que hoy la exhibición cinematográfica en Chile es prácticamente otra industria después de la verdadera revolución que significó hace década y media la aparición de las multisalas, que ayudaron a sepultar la lenta decadencia del negocio registrada durante los años 80, a manos los videoclubes y el progresivo deterioro de los viejos cines. Hoy, las amenazas son otras. La piratería, por cierto, es la mala de la película, pero también hay que considerar la relativa incapacidad de elaborar atractivas campañas de marketing, la importación de títulos en DVD antes de su estreno oficial, el difuso horizonte de la exhibición con tecnología digital, el gigantismo de ciertos estrenos –los que pueden llegar a copar la cartelera, por más salas disponibles que existan– y, claro, el persistente deseo del público por ver más cosas de las que le muestran y que los obliga a sacar la mirada de la pantalla para comenzar a buscar cintas en otras partes.

 

 

 

De grandes y chicos

 

“Creo que nos hemos escudado durante demasiado tiempo en nuestros avances en infraestructura”, sentencia de partida Cristián Varela, gerente general de Chilefilms. “Es cierto que llegamos a tener muy buenas salas, pero se ha fallado consistentemente en llevar más público hasta ellas. No ha crecido la demanda en la proporción adecuada. Nuestro promedio anual de películas por espectador debiera ser de, al menos, 1.2 ó 1.5 tickets por habitante. De hecho, si hablamos en esos términos, ni siquiera podemos echarle la culpa a la piratería: en países donde ésta es un flagelo, como Colombia, nos superan en promedio de entradas vendidas”.

 

Varela dista de ver en ello un escenario de futura crisis. Más bien cree que es al revés, que la industria está en el piso de su rendimiento, que “no es posible que una película con tanto potencial como En busca de la felicidad –un drama con Will Smith que la empresa estrenó a través de su brazo distribuidor, Andes Films, en marzo pasado– haya llevado apenas 50 mil personas. El problema fundamental es de marketing: aún no somos capaces de agrandar lo que debemos agrandar”. Ello era más fácil en los viejos días, cuando las películas solo competían contra la televisión y eran capaces de permanecer varios meses y hasta más de un año en cartelera. Hoy, mejor ni soñar. La duración promedio de un título bien trabajado es entre cinco y seis semanas. La suerte de una película por lo general se decide dentro del primer fin de semana y es muy raro el caso de una cinta que resulta beneficiada por el boca a boca, resistiendo contra viento y marea el embate de los estrenos más grandes, como pasó con El ilusionista que alcanzó a girar durante 13 semanas acumulando unos nada despreciables 116 mil espectadores (con 24 copias).

 

No todos tienen tanta suerte. Filmes con buena crítica decepcionan en el box office (Niños del hombre, 35.704 espectadores, con 25 copias) y también lo hacen las malas películas (Shooter, 22.660, con 22 copias). Ya no hay tiempo para hacer el negocio con la venta de entradas en cines, de modo que una de las soluciones es integrarse verticalmente y controlar las distintas “ventanas” de la operación: la distribución del título, su exhibición en salas y las posteriores salida a DVD y venta de derechos al cable y TV abierta, pero, al hacerlo, se sacrifica sin remedio la puerta de entrada: la exhibición. Ello, tal vez, no daña tanto a las compañías grandes –Chilefilms distribuye a través de Andes, exhibe en sociedad con Cinemark y lanza discos mediante Videochile–, pero claro que afecta el destino de los empresarios más pequeños.

 

Y ojo, que chicos no necesariamente implica que estrenen menos películas, como ocurre con BF, distribuidora que recientemente emergió de la fusión entre Bazuca Films y Four Films. En sus días como Bazuca, la empresa llegó a estrenar unos 30 títulos al año y a tener el 10% en un mercado en el que tradicionalmente la suma de todos los independientes no llegaba al 4%. Hoy, por primera vez, tiene una cinta entre las diez más vistas del año (Papelucho y el marciano, hasta ahora en séptimo lugar, 192 mil espectadores, con 14 copias). “Hemos crecido rápido porque, en este negocio, las distribuidoras solían promocionar las películas que recibían, pero no tenían el hábito de ir a buscarlas”, explica Carlos Hansen, gerente general de BF, quien agrega que para salir adelante como independiente resulta esencial calcular con cuidado la fecha de exhibición del producto y su potencial de explotación –hasta antes de Papelucho los resultados más lucrativos de Bazuca habían sido Million dollar baby (con 126 mil espectadores) y El grito (con 103 mil)–, pero que ni aun así queda demasiado margen para equivocarse. Hansen tampoco le echa la culpa a la piratería. El verdadero enemigo, según ellos, es algo llamado simultaneidad. O, mejor dicho, la falta de ella.

 

 

 

Piratas y ansiosos

 

Por años nos acostumbramos a que las películas llegaran después de su estreno original. Los filmes estadounidenses de cierta importancia –como Zodíaco o El buen pastor, por ejemplo– aún suelen llegar a Chile con copias nuevas dos o tres meses después de su debut en las salas norteamericanas. En el caso de las películas europeas –piensen en La reina o El perfume– ese lapso se estira más y suele ser de entre seis meses y un año. ¿Qué ocurre en el intertanto? Por un lado, las copias de esas cintas pasan por mercados más grandes, como México y Argentina, y una vez que allá salen de pantalla las que están en buen estado recién pueden llegar a las nuestras. Antes no había remedio. Teníamos que esperar el estreno con paciencia. Hoy la historia es otra: los ansiosos o se las bajan por internet o se compran el DVD traído a algunas tiendas por importación directa.

 

“Ahí es donde perdemos”, dice Hansen. “Con el vacío legal que permite a ciertas tiendas minoristas vender sin problemas DVDs originales traídos del extranjero. Perdemos en la venta de entradas al cine y también en la comercialización de los discos, que es una parte importante de nuestro negocio. Tal vez ello no cuenta con títulos grandes como Spiderman 3, pero sí que importa cuando uno trae un filme de cine arte”.

 

Sin ir más lejos, uno de los títulos fuertes de BF para el segundo semestre ya es víctima varias semanas antes de que entre en cartelera: The wind that shakes the barley, el melodrama del británico Ken Loach que en 2006 ganó la Palma de Oro en Cannes. Hace meses que es posible comprarlo en DVD (de origen argentino) en diversas tiendas del centro de Santiago y Providencia. De hecho, en algunas partes ya cayó en el circuito de los videoclubes.

 

“Hay que sincerarse”, indica Cristián Varela, de Chilefilms. “Si los distribuidores hicieran lo posible por acortar los espacios entre el estreno original y el nacional, no habría ningún problema”.

 

Los mega títulos, las máquinas de vender tickets adolecen de otro mal, probablemente el más demonizado por la industria y uno que hace rato está costando mucho dinero: la piratería. Cabría esperar que las visiones de los afectados por ella estuvieran alineadas al respecto, y bueno, a nivel general lo están, pero claramente hay diferentas de enfoque. Para Jorge Licetti, gerente general de Fox, lo que se requiere es una toma de conciencia similar a la que se hizo mundialmente con el castigo por abuso a menores. “Debieran existir fiscales especializados en materia de protección intelectual. La gente tendría que darse cuenta que de lo que se está violando es un derecho de propiedad”.

 

Licetti cree que la exhibición cinematográfica no sufre tanto por la falta de simultaneidad como por la piratería. “El perfume es un buen ejemplo. No se trata de una película reciente y ha funcionado. Algo parecido ocurrió con Borat, uno de nuestros estrenos más pequeños y, por ende, menos expuestos, porque tienen una demanda más pequeña”. Para él, la mejor solución es la reciente política de estrenos mundiales. “No me imagino a seguidores de Los Simpson o de Harry Potter esperando con paciencia un mes que su película se estrene. Sería dejar terreno libre a la piratería”.

 

No es de la misma opinión Francisco Schlotterbeck, gerente de uno de los principales involucrados en toda la cadena, Cine Hoyts. Para él, el verdadero efecto de las copias ilegales, las que comenzaron vendiéndose en la calle y hoy son ofrecidas por los piratas hasta en las oficinas, no se siente en los grandes estrenos –“en el caso de esos, la gente aún tiene la presión de verlos en pantalla grande, quieren tener esa experiencia”–, sino en películas de menor perfil comercial y, en especial, los de menor calidad. “Si compras una copia pirata de algo como Hostal 2 y la encuentras malísima es obvio que no querrás comprar la entrada para verla otra vez en el cine. Algo parecido ocurre con los títulos de cine arte, que son justo los que un exhibidor tiene que hacer crecer”. Schlotterbeck, al mismo tiempo, le resta importancia a fenómenos estacionales (las temperaturas) o coyunturales (el Transantiago) como algo que impacte duramente en el negocio. “Es cierto que los cines de centro declinaron su facturación de lunes a jueves en los últimos meses, pero si hemos perdido un 20% en los lunes, los días viernes ganamos un 25%. Nuestros fines de semana han subido, lo que evidencia que pese a que el uso del tiempo se ha vuelto un factor crítico para nuestros clientes, la necesidad y la pasión por ver películas aún está ahí”.