Según el diputado chileno-sueco Mauricio Rojas, el Estado de Bienestar conduce a resultados exactamente inversos a los que se plantea. Si bien se propone ampliar la libertad de las personas, al final las hace más dependientes. El parlamentario cuenta cómo la centroderecha sueca, después de muchos años y de cualquier cantidad de errores, llegó al gobierno. La Alianza en Chile debería poner oído a lo que dice.

  • 10 agosto, 2007

Según el diputado chileno-sueco Mauricio Rojas, el Estado de Bienestar conduce a resultados exactamente inversos a los que se plantea. Si bien se propone ampliar la libertad de las personas, al final las hace más dependientes. El parlamentario cuenta cómo la centroderecha sueca, después de muchos años y de cualquier cantidad de errores, llegó al gobierno. La Alianza en Chile debería poner oído a lo que dice.

 

Lleva ya algunas semanas en Libertad y Desarrollo, donde tiene previsto permanecer alrededor de un mes, y Mauricio Rojas cree que Chile está ante la mejor y la peor de las disyuntivas. O hace estupideces o hace maravillas. O toma resueltamente el camino de la reivindicación del trabajo o se deja seducir con irresponsabilidad por los cantos de sirena del Estado de Bienestar.

 

Rojas volvió al país porque quedó entusiasmado desde que vino en marzo último. Al fin y al cabo esta es su tierra natal, por mucho que viaje con pasaporte sueco y esté cumpliendo su segundo mandato, hasta octubre del 2010, como diputado del Partido Liberal.

 

Tiene tras suyo una historia casi increíble. Le faltaba aprobar un solo ramo para egresar de derecho de la Universidad de Chile cuando el 11 de septiembre del 73 le cambió la vida. Era un militante socialista de simpatías ultras que salvó el pellejo gracias al exilio y a la acogida que el gobierno sueco de Olof Palme brindó a un numeroso contingente de izquierda. Sus primeros meses allá fueron duros no solo por las obvias dificultades de su inserción –idioma, trabajo, oficio, vivienda, futuro– sino también porque las contradicciones de la izquierda chilena se agudizaron hasta el delirio en el exterior. Eso se vio en cada una de las comunidades del exilio, atravesadas por recriminaciones mutuas, sospechas, rencores, conflictos personales y demenciales pugnas doctrinarias. Una atmósfera tóxica de la que Rojas un día simplemente decidió escapar.

 

-Pienso que la experiencia de haber vivido en Suecia –dice– puede servir acá. Mi idea es escribir un libro. Para Chile: Mirando Chile desde el norte es el título que he pensado provisionalmente. Quiero reflexionar sobre los modelos de sociedad que el país tiene por delante. Siento que he dado una vuelta larga y pienso que puedo darle algo a mi vieja patria. No es un proyecto al que le venga dando vueltas mucho tiempo. Surgió solo ahora último, en función de la experiencia que viví en Suecia y de lo que estoy viendo acá. Mi impresión es que aquí se están planteando temas que en Suecia recorrimos y superamos.

 

Mauricio Rojas huele en el programa de protección social de la presidenta Bachelet un tufillo que le preocupa. Cree que el gobierno chileno está empezando a levantar un discurso que puede ser muy negativo para la familia. La está viendo como fuente de problemas, de maltratos, de desigualdades.

 

-De partida, creo que la familia no tiene por qué ser pura felicidad. Esta distorsión estuvo en el eje del discurso socialdemócrata sueco en los años 30, cuando se pretendió darle al Estado un rol preponderante en la formación de los niños y en la creación del hombre nuevo. Tal cual. Los técnicos iban a proveer mejor que los padres las necesidades de educación, de nutrición, de apoyo y eso, al final, terminó siendo muy contraproducente. Dice que la falacia del Estado de Bienestar existe porque terminó suplantando la libertad de las personas acerca de cómo conseguir su propio bien. Cuando el Estado de Bienestar creyó saber más que las personas mismas sobre qué les convenía y cómo podían ser más felices, Suecia entró en un espiral de disolución social. Cuando las comunidades se disuelven –partiendo por la familia– creas individuos solos y libres para los cuales el Estado termina siendo absolutamente imprescindible. Sin lealtades, sin sentimientos, sin apoyos, necesitas a alguien que te asegure en tu vejez, en tu enfermedad, en tus bajones, en tus riesgos, y ése es el Estado.

 

Dice también que la socialdemocracia fue muy consecuente en plantear un proyecto de vida de liberación personal: Si no eres feliz, sepárate. Al final, no tienes muchas responsabilidades, puedes hacer tu vida y ser feliz, pero por debajo te vas volviendo cada vez más dependiente del Estado. “Alguien definió el nazismo –recuerda– como la suma de las soledades del pueblo alemán en ese momento”. No es casualidad que más de la mitad de los hogares de Estocolmo correspondan a personas solas. Está entre las proporciones más altas del mundo. Y cuando alguien tiene problemas, es muy fácil que se hunda. No es que el sueco sea más infeliz que el resto de los europeos o que la nación tenga altas tasas de suicidio. Son altas, es cierto. Pero el gran problema, dice, es la soledad.

 

Añade que no quiere ser alarmista, pero que ve en Chile atisbos de una política social suave que sin embargo, en términos ideológicos, lleva una dirección muy errada.

 

-Cuidado –dice– con la embriaguez de las pensiones, los seguros y las jubilaciones. Cuidado con seguir aumentando las cargas del Estado. Suecia se enriqueció y Chile ha salido de la pobreza cuando los impuestos eran del 12-14%, mucho más bajos que en Estados Unidos. Y empezó a empobrecerse relativamente cuando el Estado se desmadró, a mediados de los 70. Esto hay que decirlo. Hacia esa época, con Palme, la izquierda sueca se radicalizó y aumentó las presiones sobre el Estado de Bienestar, subiendo impuestos y rompiendo la disciplina fiscal que con anterioridad la social democracia había mantenido a como diese lugar.

 

 

 

Cómo lo hizo la derecha sueca


En octubre pasado una alianza de centroderecha formó gobierno, luego que nada hiciera predecir la derrota del partido que durante décadas había controlado el poder. Rojas cuenta cómo fue aquello.


 

El planteamiento de la alianza que hoy gobierna en Suecia es que hay que recuperar los valores originales del movimiento obrero. El Partido Liberal, al cual yo pertenezco, plantea en su manifiesto electoral que nuestro objetivo es restaurar los valores que un día hicieron de Suecia lo que es. Esto es interesante porque nuestra victoria electoral se dio en el contexto de una disputa por los valores más tradicionales de la sociedad sueca. Y le ganamos la batalla valórica a la socialdemocracia. Logramos mostrarlos como el partido del privilegio, del poder, las ayudas y la corrupción. Planteamos que había que restaurar el valor del trabajo, del esfuerzo personal, de la responsabilidad individual. La agrupación mayoritaria de la alianza gobernante, el Partido Conservador, se define incluso como el nuevo partido de los trabajadores, explícitamente en competencia con la socialdemocracia.

 

La oposición aquí en Chile debería entender que la lucha debe darse fundamentalmente en el plano de los valores. Toda sociedad tiene una zona central valórica, constituida por los valores compartidos por la mayoría. En Chile, supongo que ahí debe estar la familia, el patriotismo, el trabajo… Mi impresión es que quien domina esa zona central, domina la política. La izquierda es muy hábil para dominar ese centro político. En esto me parece que la oposición chilena tiene problemas y le falta foco. Tiene un discurso muy reactivo a las contingencias y, hasta donde lo veo, muy economicista. Hoy, la economía no es el problema.

 

La elección fue un desafío tremendo para la socialdemocracia. Logramos que se atrincherara como el partido del Estado y de las ayudas. Nosotros, en cambio, nos convertimos en la alianza de las obligaciones y del trabajo. En un pueblo pragmático como el sueco si tú dices que sin trabajo no hay bienestar te van a creer.

En los últimos 30 años la centroderecha sueca solo ha estado tres veces en el poder en Suecia. Pero esta es la única ocasión en que, a mi juicio, hemos ganado de verdad desde los años 20. Más que victorias nuestras, las anteriores fueron derrotas de la socialdemocracia, que había hecho todo lo que tenía que hacer para perder. Hasta ese momento, los partidos no socialistas éramos la rueda de repuesto del auto sueco. Cuando les iba mal a los socialdemócratas ponían la rueda nuestra y nos sacaban cuatro años después. Ahora rompimos ese ciclo. Ganamos con una economía pujante, con finanzas públicas sanas. No deberíamos haber ganado. Nuestro discurso fue a romper la exclusión de quienes no están siendo beneficiados por el desarrollo. Le hablamos a los inmigrantes, a los enfermos que no pueden volver al mercado del trabajo… y esto pilló al oficialismo de entonces desprevenido. No fuimos a plantear que había que bajarle el impuesto a los más ricos, que es lo que habíamos hecho siempre.

 

Tuvimos también la ventaja de tener un líder joven, Fredrik Reinfeldt, padre de niños chicos. El lo ha dicho claramente: No vinimos a cambiar Suecia, vinimos a restablecerla. El líder socialdemócrata era un viejo político, un nuevo rico que se había comprado una casa fabulosa. Desbancamos a la socialdemocracia tanto simbólica como valóricamente. Esto no quiere decir que vayamos a estar en el poder por largo tiempo. Depende de cómo lo hagamos. Hasta ahora, la nueva jefatura conservadora –no es mi partido, yo soy liberal– ha estado muy bien. No se ha perdido en las alturas del poder y ha sido tremendamente autocrítica. El gobierno va bien encaminado. En el plano de la moral social, tiene un discurso muy liberal y aprobaremos pronto el matrimonio homosexual. Lo principal es que hemos dado nuevos estímulos al trabajo. Hemos sumado efectos positivos al hecho de trabajar y negativos al de no trabajar. No hemos recortado mayormente los beneficios, pero tampoco hemos bajado los impuestos, que es un tema muy impopular y en el cual la derecha sueca se desgastó por años. La nueva alianza de gobierno es el gran partido de la producción versus la socialdemocracia, que es el partido del consumo.

 

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El cambio en Chile es sobre todo mental


Muchos años después de haber salido al exilio y a casi 30 años de su conversión al liberalismo, Mauricio Rojas confronta el país que dejó entonces con el Chile que ha visto ahora.


 

Creo que Chile está viviendo un cambio trascendental. El Santiago que yo dejé en los años 70 estaba lleno de poblaciones callampas. Era un mundo tan dislocado que era fértil para el extremismo político. La salida del pueblo chileno de la pobreza es de lo más espectacular en los últimos 20 años. Todavía queda mucho, pero vaya que se ha progresado. En términos de empleo, desnutrición, vivienda, escolaridad, el progreso es ostensible. También en términos de optimismo. Eso no implica que no haya protestas y expresiones de descontento. Los chilenos se lamentan por no estar creciendo a las mismas tasas de Irlanda, en circunstancias que hace 30 años nos comparábamos con Bolivia. El Chile que yo conocí creía firmemente que si abríamos las fronteras se nos desplomaba todo. Hoy veo un país que no le teme al mundo. Es más: este es uno de los pocos países del mundo donde la globalización no se siente como una amenaza ni una condena. La misma Europa está muerta de susto.

 

El problema, claro, es que en procesos así las expectativas aumentan exponencialmente. Antes, los chilenos protestábamos porque no pasaba nada. Hoy protestamos porque las cosas no ocurren lo bastante rápidas. Esto habla de un cambio mental gigantesco. Chile ha vencido el complejo de inferioridad, incubado en el siglo XIX y que dio lugar a planteamientos como el de Nuestra inferioridad económica, de Francisco Antonio Encina. Durante más de cien años estuvimos preguntándonos por qué nos iba mal, no obstante tener todas las condiciones para que nos fuera bien, y le echamos la culpa a muchos factores: a la raza, al salitre, a la pillería nacional, a la falta de espíritu de trabajo, a la religión… Personalmente, creo que el salitre fue un desastre, al menos en los términos en que el país administró esa riqueza.

 

 

 

La integración es la gran herida


Como en toda Europa, la inmigración en Suecia también es una bomba de tiempo. Porque tampoco ha sabido manejar el tema. Quizás ahora, en función de lo que comienza a hacer Sarkozy en Francia, las cosas podrían cambiar, según Mauricio Rojas.


 

Hoy por hoy, la inmigración es el tema más explosivo en la sociedad sueca. En Suecia se crean muy pocos empleos, lo cual para los inmigrantes es un desastre. Mientras el Estado de Bienestar te invita a incorporarte al consumo, el mundo del trabajo te cierra las puertas. Tenemos colonias inmigrantes completamente dependientes del Estado. Llegan muchos, sobre todo del Oriente Medio: kurdos, iraquíes, iraníes, palestinos… Hay gran presencia musulmana. Creo que es la peor de todas las combinaciones. Lo que ocurrió en París no ha pasado en Suecia, pero están todos los elementos para que ocurra lo mismo. La hoguera puede prender en cualquier momento y en algunos barrios se prende en realidad todos los fines de semana.

 

Quien quiera ir a trabajar a Suecia, hoy no tiene ninguna posibilidad. Pero por el lado de los refugiados políticos entra mucha gente. Y cuando se les niega el asilo, los inmigrantes se sumergen y pueden sobrevivir bastante bien trabajando como ilegales. Cada cierto tiempo hay amnistía para ellos. Ser ilegal en Suecia puede ser mucho mejor que ser legal en Irán. Te logras hacer una vida más segura y económicamente más estimulante.

 

No se puede hablar de una sola colonia chilena. Hay grupos muy distintos, pero en general tienen baja integración. Los que trabajan son una cantidad limitada, pero superior a otros grupos inmigrantes. Pero todavía entre algunos grupos de exiliados hay un cruce entre los dogmatismos políticos y la criminalidad. Esta trenza involucra a unas dos mil personas, dentro de una colonia del orden de las 40 mil. Son muy organizados y manejan algunas radios locales. Suelen traficar delincuentes jóvenes desde Valparaíso y como el sistema sueco es muy ingenuo, los chilenos tenemos el récord de asaltantes de casas en Estocolmo. Hubo una banda que asaltó más de cien casas. Traían jóvenes delincuentes en verano –de 15, 16 y 17 años– que fueron deportados. Los pusieron en un hotel y los mandaron de vuelta. Ni siquiera informaron a la policía chilena que lo hacían. Y la pena más dura que les llegó a los cerebros de la banda fue un año de cárcel. Me pareció inaceptable: si queremos generar racismo e incomprensión hacia el inmigrante, bueno, así se hace.

 

La integración en Suecia no es satisfactoria. Ofrece al inmigrante todas las posibilidades de vivir de las ayudas, de trabajar poco y de vivir en una red semiclandestina. En un país donde las casas no tienen rejas, donde el Estado te trata como inválido y te creen lo que dices, el terreno es fértil para el pillo. No se le abren las puertas al mercado del trabajo, pero sí las del Estado de Bienestar. Yo soy muy odiado en ciertos círculos chilenos izquierdistas de viejo cuño. Incluso he propuesto la eliminación total de las ayudas a los inmigrantes cuando no hay una contraprestación para evitar los abusos.

 

El planteamiento de Sarkozy sobre la inmigración caló muy hondo en Suecia. El nuevo presidente francés dice que tenemos que saber quiénes somos nosotros los europeos y una vez que lo sepamos podremos decir quiénes son bienvenidos y quiénes no. También él levantó el discurso de la revalorización del trabajo. Yo creo que quien se despreocupa de los temas de identidad y de comunidad en tiempos de globalización y de inmigración se está cavando su propia tumba. Europa ha estado trabada en el mito del multiculturalismo, que me parece una brutalidad en dos patas. Desde fines de la guerra, se vivió un largo período de autonegación de su herencia e identidad cultural, exaltando el tercermundismo.

 

Europa no puede seguir aceptando que entre quien cree que tiene derecho a golpear a su mujer, a mutilar a su hija, exterminar a los judíos, a desconocer el derecho a la libertad de sus hijas para casarse libremente. Si esto no le gusta, fuera. Eso no se ha dicho y Sarkozy lo está diciendo. Y puede hacerlo, entre otras cosas, porque él es hijo de inmigrantes.

 

 

 

Singularidades suecas


Ningún país es igual a otro, pero Suecia tiene –según Mauricio Rojas– rasgos que la hacen muy distinta.


 

El gran activo de la sociedad sueca siempre estuvo en sus niveles de igualdad, que no se comparan con los de otras sociedades europeas y menos con los latinoamericanos, donde la matriz fue excluyente y colonial. Suecia siempre fue un país muy homogéneo y este rasgo está asociado históricamente a un campesinado libre, propietario y fuerte, que fue lo que definió el éxito sueco en el siglo XIX. El Estado sueco se construyó a partir de una relación directa entre el rey y el campesinado.

 

Esa base le permitió al país industrializarse muy aceleradamente: había un gran mercado interno, había una sociedad bastante igualitaria. Suecia es de los primeros países que tiene un sistema de escuelas populares fuertes. En el XIX no las proveía el Estado sino las parroquias. A fines de ese siglo, todos los niños suecos estaban escolarizados. Puesto que cada parroquia tenía que financiar una escuela, la presencia de la comunidad local en el sistema educativo fue muy importante. Pero, incluso antes de eso, la mayoría de los suecos sabía leer y escribir, en lo cual el luteranismo tal vez tuvo mucho que ver. Otra singularidad. En Suecia no hay funcionarios públicos. Lo son los jueces, los embajadores después de algunos años y muy pocos más. El resto de los empleados públicos son trabajadores comunes y corrientes, con los mismos derechos y las mismas responsabilidades de todos los demás. No tienen ningún privilegio. Y es así porque el Estado sueco fue creado por la clase obrera, no por la clase media ilustrada como en Chile, y no estaba por conceder privilegios a los funcionarios. El Estado chileno, en cambio, se desarrolló como un Estado de privilegio. De muchos privilegios estamentales, que es lo contrario de la igualdad.

 

En el sustrato original de la socialdemocracia sueca hay, por una parte, un fuerte componente obrero, muy disciplinado, de raíces protestantes, muy sano y asociado a valores morales estrictos. Esta vertiente es seria, muy sensible a los costos y a cuánto cuestan los beneficios sociales. Pero, por otra parte, está el componente de los intelectuales que articularon la idea utópica del Estado de Bienestar, con conceptos como los de la nueva familia y el derecho de los individuos a la felicidad. Si el primer factor apostó a un mínimo para todos, el segundo se la jugó por un máximo para todos. Y, bueno, cuando en los 50 la socialdemocracia ya había dado el mínimo a los ciudadanos, el partido, en un esfuerzo por conquistar a los sectores medios, comienza a apartarse de los mínimos para llevarlos a los máximos.

 

Los sindicatos suecos son posiblemente los más fuertes del mundo. Las tasas de sindicalización son del orden del 90%. En Chile no llegan al 10% y en Francia bordean el 15%. El poder sindical se basa en el manejo de las cajas de cesantía y de los despidos. Son organizaciones totalmente politizadas, especialmente los sindicatos obreros y de empleados de bajo nivel. Incluso en ellos todavía existe la prohibición de que sus funcionarios no sean militantes del Partido Social Demócrata. Tales sindicatos entregan dinero al partido, aunque lo más probable es que reciban, con cargo a los fondos del Estado, cuatro o cinco veces más de vuelta. Esto –qué otro nombre darle– es corrupción institucional.