Una colosal obra de 6.500 metros cuadrados descansa hace casi tres años a un costado del Instituto Nacional, prácticamente sin uso. A falta de un modelo de gestión –la mantención anual tiene un costo de 300 millones de pesos-, sin recursos estatales y con distintas visiones respecto a su administración, no ha podido convertirse en el proyecto transformador de la educación institutana para lo que fue proyectado a inicios de los 60. Hoy, el centro tiene un nuevo director ejecutivo, el ingeniero comercial Felipe Coddou. Su plan: lograr autofinanciarse y conquistar a los estudiantes en toma.

  • 18 julio, 2019

Les decían las “catacumbas”. Era un lugar peligroso, oscuro, lleno de recovecos y trampas mortales. La leyenda decía que una persona había muerto al caer al vacío por los seis pisos subterráneos ubicados debajo del Instituto Nacional, una obra que había quedado inconclusa desde los años 60.

Llegar ahí no era fácil. A principios de los 90, un grupo de alumnos encontró el pasadizo. Se colaban por uno de los patios, a través de unas tablas sueltas, y después de bajar dos pisos y caminar por pasillos oscuros, llegaban a un sector plano ubicado justo debajo del hall central del colegio.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegaron unos sillones de cuero y un viejo televisor a este espacio donde se realizaban reuniones políticas clandestinas y encuentros de literatura y poesía.

Fue ahí donde los alumnos más politizados del centro de alumnos votaron en contra de tomarse el colegio. Fue ahí también donde surgían las demandas por cambios curriculares y por incorporar más ramos artísticos en la malla del instituto.

Eran pocos los que tenían acceso a ese sector. José de la Cruz Garrido, generación del 94, fue uno de ellos. Cuenta que entró gracias a que un alumno al que le decían el Paine, lo invitó. “En tercero medio me dijo: “Te voy a llevar a un lugar”, y fui a estas reuniones clandestinas, como dos o tres veces. Podías entrar si estabas en la política o en el grupo de poesía de Alejandro Zambra. Abajo cabían cuatro personas, a lo más diez, era pelúo, cero luz, íbamos con linternas”, recuerda De la Cruz.

Las catacumbas estaban ahí desde los años 60, cuando por falta de fondos, la construcción del nuevo instituto quedó sin terminar. En ese sector, se instalarían un aula magna, salas de exposición y laboratorios.

Tuvieron que pasar varios años para que esa obra se reanudara. En 2015 comenzó la construcción, y en 2017, el Centro de Extensión del Instituto Nacional estaba prácticamente terminado. De aquella época hoy solo queda un mural rayado con grafitis que los constructores del centro dejaron al descubierto.

Mundos opuestos

El contraste es evidente. Desde la terraza del centro cultural se observan las grietas en el piso de cemento de la cancha del patio principal del colegio, donde la pintura que marca los límites de cada disciplina deportiva desaparece en una sola mancha. Los muros rayados, vidrios rotos en algunas de las salas y el deterioro propio de un establecimiento que recibe diariamente a cerca de 4.500 alumnos.

Al otro lado, el panorama es otro. Pasillos impolutos, salones desocupados donde reina el eco, murallas enchapadas en limpias maderas, suelos lisos de granito gris y baños que nunca se han usado.

Han pasado más de dos años desde que se terminó de construir el centro y uno y medio desde que se inauguró oficialmente, en una ceremonia a la que asistieron el entonces intendente de Santiago, Claudio Orrego, y el alcalde Felipe Alessandri. Desde entonces se han realizado algunas actividades: la graduación de los cuartos medios, la bienvenida de los séptimos básicos, presentaciones artísticas en el marco de la celebración del aniversario del colegio, una celebración de ex alumnos realizada en vacaciones de invierno el año pasado, y dos actividades organizadas por la Fundación para el Progreso: una charla del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en mayo del año pasado y el Art and Culture Summit, un ciclo de teatro, danza y otras disciplinas artísticas que se realizó en octubre de 2018.

La semana pasada, el aula magna del centro fue también el espacio donde se reunieron los distintos cursos del colegio para realizar una actividad de educación emocional, una de las medidas que hoy está tomando el Instituto para calmar los ánimos y bajar la violencia que caracterizó el primer semestre de clases.

Pero hasta ahora, no existe un modelo de gestión que logre solventar el alto costo de operación y mantenimiento que requiere este recinto de 6.500 metros cuadrados, que incluye un aula magna con capacidad para 800 personas, una sala de cámara para 200 personas, dos salas de exposiciones de 280 y 350 metros cuadrados. respectivamente, una sala de ensayo, una sala de precalentamiento, dos salas multimedia para 67 personas con proyectores y una terraza de 1.000 metros cuadrados. “Entre aseo, mantención de ascensores, seguridad, escenografía y otras cosas, implica un costo de 25 millones de pesos mensuales”, dicen desde la Municipalidad de Santiago.

Eso explica, en parte, que esta colosal obra –que en su entrada cuenta con un imponente mural del artista cinético Miguel Cosgrove, quien además diseñó parte del teatro con esculturas que ayudan a mejorar el sonido y cuyo estilo se ve también en la iluminación y manillas de puertas– esté hoy casi completamente subutilizada.

El planetario y los planos

Fue a fines de los 50 cuando se empezó a demoler el antiguo edificio que albergaba al colegio para levantar una torre más moderna.

El abogado Darío Calderón se acuerda perfecto de esa época. “Entré al colegio el año 55 y salí al final del 63, y el 57 se aprobó el proyecto para construir un nuevo colegio. Fueron destruyendo desde la calle San Diego hasta Arturo Prat”, recuerda.

Se designó como arquitecto del proyecto a José Llambías, el mismo que construyó la Unión Española y varios edificios emblemáticos del Santiago de esa época.

Pero los altos costos de reconstrucción del terremoto de Valdivia en 1960 cambiaron los planes. Se acabó la plata y el edificio del Instituto Nacional quedó a medio hacer. “Esa obra gruesa nunca se habilitó. Las catacumbas quedaron como un hoyo gigantesco porque estaba convenido que abajo se iba a construir un planetario, el mismo que hoy está en la Universidad de Santiago. Y como nunca se terminó el edificio se puso en otro lado”, cuenta Calderón.

Al inicio de los 90, tras el retorno de la democracia, un grupo de ex alumnos institutanos empezaron a organizarse para apoyar al colegio, que estaba en pésimas condiciones. Pero como el Instituto Nacional se había municipalizado, no les era posible donar directo al establecimiento: antes debían pasar por la Municipalidad, que podía usar esos fondos para cualquier otro proyecto. Fue así como en 1993 nace la Corporación Cultural Instituto Nacional.

Se hicieron una serie de donaciones y empezaron a organizarse para abordar la construcción de las famosas catacumbas. “Fuimos con Julio Jaraquemada al Hogar Español, donde estaba el arquitecto Jaime LLambías para que nos firmara los planos y nos permitiera hacer las remodelaciones. Eso fue el año 97”, recuerda Calderón.

Recién al final del primer período de Sebastián Piñera, el gobierno regional aprobó los fondos para construir el espacio faltante del colegio: 5.168 millones de pesos. La Corporación Cultural financió el proyecto arquitectónico y empezó la construcción. En 2017, el edificio estaba prácticamente terminado. “Lamentablemente hoy está cerrado. Llevamos casi tres años. Una vez que se construyó teníamos que diseñar un modelo de gestión, porque esto se tiene que autofinanciar”, explica Jorge Canto, actual presidente de la Corporación Cultural.

Bandera de lucha

En medio del conflicto que tiene enfrentada a la comunidad institutana y los episodios de violencia del primer semestre, el futuro del Centro de Extensión ha sido materia de debate. Entre las demandas y petitorios de los alumnos, está quién manejará el Centro de Extensión del Instituto Nacional y cómo se repartirán los ingresos.

Tras la inauguración del edificio, el centro quedó bajo la administración de la Dirección de Educación de la Municipalidad de Santiago. Esta situación generó una serie de complicaciones. En la Dirección de Educación del municipio las enumeran: maneja otros 44 establecimiento educacionales en la comuna; no tiene la facultad de contratar expertos en gestión cultural; todo tiene que ser centralizado a través de Compras Públicas; la dirección no puede asegurar que los ingresos generados por el centro sean reinvertidos en el mismo y no tenían la capacidad de cargar con el costo de administración y mantención.

Aunque el centro estaba listo en 2017, tras su inauguración en enero de 2018 se empezaron a analizar opciones que involucraran a la comunidad del Instituto para gestionar el centro. Eso explica en parte, indica Bisso, la demora en abrir las puertas del recinto.

De hecho, el colegio hizo una propuesta para que fuera el consejo escolar, compuesto por alumnos, apoderados, profesores, asistentes de educación, equipo directivo y sostenedor (en este caso la municipalidad), quien tuviera a su cargo el centro. “Era una propuesta que tenía más voluntad que lógica”, argumenta uno de los involucrados.

La Dirección de Educación finalmente optó por otra fórmula: en octubre del año pasado, el Concejo Municipal de Santiago aprobó crear la Corporación Cultural Centro de Extensión Instituto Nacional, compuesta por socios que sean personas jurídicas. Así quedó integrada por el Teatro Municipal, la Cordesam (Corporación para el Desarrollo de Santiago), Santiago Innova, Municipalidad de Santiago y el Centro de Ex Alumnos, quienes nombraron cada uno a un representante: Fréderic Chambert, Hernán Cáceres, Blanca Velasco, Yoris Rojas, Raúl García y como presidente el rector del Instituto Nacional, Fernando Soto.

La fórmula escogida fue resistida por los alumnos. Por lo mismo, ahora, este organismo debe crear las confianzas y los puentes para que la comunidad escolar participe en el proyecto. “Los alumnos lo tienen como bandera de lucha de las reivindicaciones. Pero el rol del colegio no es administrar esto. Ha sido una larga lucha para que saliera esto, se generaran los estatutos y se creara la corporación”, dice una persona que ha participado del proceso.

En marzo de este año, el directorio nombró al ingeniero comercial Felipe Coddou como director ejecutivo del Centro de Extensión. El profesional trabajó nueve años en el Consejo de las Culturas y las Artes (hoy Ministro de Cultura) como coordinador del área de fotografía. Su desafío es tan grande como el centro mismo que debe administrar: lograr un modelo de autofinanciamiento; involucrar a la comunidad, para lo cual trabajará en conjunto a un Comité Consultivo compuesto por alumnos y profesores del colegio, y tenerlo abierto y funcionando en 2020.

Entre los compromisos con la comunidad están que cualquiera de las actividades que se realicen en los 6.500 metros cuadrados del centro debe estar en línea con los valores del colegio, y que en caso de generar ingresos, el 25% irá al consejo escolar del Instituto, beneficio que entra en vigencia al segundo año de obtener números azules, y el resto será reinvertido.

Laboratorio STEAM

No es fácil percibir qué pasa al otro lado de las negras persianas que hoy cubren la entrada principal del Centro de Extensión del Instituto Nacional por calle Arturo Prat. En parte porque no se ha abierto oficialmente y también porque hay temor de que los episodios de violencia puedan afectarlo.

Felipe Coddou mira desde afuera y se imagina lo que le gustaría que ahí ocurriera: “Qué ganas de ver en el futuro a los alumnos dentro de este espacio trabajando con artistas y científicos a puertas abiertas”.

El plan de este ingeniero es distinguirse de los demás centros culturales circundantes: el GAM y el Centro Cultural Palacio La Moneda. “A diferencia de otros espacios culturales, este está instalado en una institución de educación que tiene una comunidad de 4.500 alumnos y que entre profesores y apoderados supera a los 10.000”, dice. Por esa razón, explica, las academias, talleres y agrupaciones que operan en el colegio deben tener cabida en el centro y la idea es que el 90% de las actividades que ahí se realicen estén vinculadas a artes y ciencia. “Sumado a que se acaban de crear los ministerios de Cultura y Ciencia, este espacio tiene que avanzar hacia una confluencia de ambas”, agrega.

La educación en el mundo está avanzando hacia lo que se conoce como STEAM (ciencia, tecnología, arte e ingeniera), es decir, educar a partir de la multidisciplina, “algo que en Chile todavía no está incorporado”, dice Coddou. Y parte de su apuesta es que el Centro sea una especie de laboratorio para generar esa unión.

Incluso, añade, “hoy existen academias y una oferta cultural desde el mismo Instituto que pueden ser de interés para público general. Y queremos traer dramaturgos, artistas visuales para hacer residencias y que trabajen de la mano con los alumnos”.

El financiamiento es la piedra en el zapato. Mientras el GAM recibe de parte del Estado un presupuesto superior a los 3.000 millones de pesos anuales y el Centro Cultural La Moneda un poco más de 2.000 millones de pesos al año, no está contemplado que este nuevo espacio acceda a fondos estatales. Coddou explica que el modelo de financiamiento actual apunta básicamente a arriendo de espacios y a instituciones y fundaciones que entreguen oferta cultural. Principalmente, lograr un modelo público-privado.

También están los fondos públicos de Cultura a los que ya se está postulando, pero como se trata de un espacio con tan poco tiempo de vida, no puede acceder todavía a fondos de gestión.

Mientras tanto, el eco sigue escuchándose en los salones que permanecen vacíos, a la espera de que el anhelado Centro de Extensión deje de ser un elefante blanco y abra sus puertas a la comunidad.