El sábado 12 de enero al mediodía el subsecretario de Prevención del Delito, Cristóbal Lira, fue abordado abruptamente por el empresario Javier Fernández Borda en el Club de Yates de Papudo. Ambos son socios ahí y miembros además de Costa Norte S.A., la empresa que está liderando el proyecto que pretende levantar un moderno puerto […]

  • 28 enero, 2013
Papudo

Papudo

Ilustracion - Papudo

El sábado 12 de enero al mediodía el subsecretario de Prevención del Delito, Cristóbal Lira, fue abordado abruptamente por el empresario Javier Fernández Borda en el Club de Yates de Papudo. Ambos son socios ahí y miembros además de Costa Norte S.A., la empresa que está liderando el proyecto que pretende levantar un moderno puerto deportivo en las actuales dependencias del club.

Ese día Fernández le dijo a Lira que veía con preocupación cómo se estaban dando las cosas al interior de Costa Norte S.A., pues a su juicio la información que se ha entregado a la comunidad sobre los alcances que tendrá la nueva marina que se proyecta, no guarda relación con los datos que circulan internamente en la sociedad anónima de la que ambos forman parte.

Javier Fernández es uno de los pocos veraneantes históricos de Papudo que integra esa sociedad. Y desde que se percató de la dimensión del nuevo proyecto no ha escatimado recurso ni tiempo en sensibilizar y unir a los papudanos para hacer frente a la obra que, dice, de no hacerse bien podría provocar daños irreparables al balneario.
Con fecha 13 de enero le hizo llegar una carta a Lira en la que expone cada uno de los temas que le inquietan, tema sobre el cual éste no quiso referirse.

La mayoría de quienes integran Costa Norte S.A. son yatistas con domicilio conocido en Zapallar o Cachagua, pocos kilómetros al sur del balneario. Además de Lira ahí figuran empresarios y ejecutivos de la talla de su primo Nicolás Ibáñez; el socio de IM Trust, Gonzalo van Wersh; el ex socio de la Universidad Las Américas y actual accionista de Audax Italiano, Lorenzo Antillo; el director de Antofagasta Minerals, Ramón Jara y el director de empresas, Felipe Montt, quien la preside, entre otros.

La lucha desatada

Fernández basa sus argumentos en papeles que ha obtenido en su calidad de socio de Costa Norte, del Club de Yates y también de la sociedad anónima a la que pertenece el terreno donde se emplazará la marina. Dice que todos los permisos que hoy tiene la empresa para echar a andar las obras de la marina, incluida la Declaración de Impacto Ambiental, “fueron realizados bajo un proyecto de una dimensión bastante menor” del que se pretende.

Eso es lo que acongoja a los vecinos, pues como dice Catalina Pérez, socia del Club de Yates, “no nos oponemos a que se construya una marina, sino a la forma en que se han ido dando las cosas”. “Nuestra pelea es para que las cosas se hagan con transparencia”, agrega Alejandra Guerra, miembro también de una familia histórica del balneario.

Para partir, dicen, les preocupa que exista solamente una Declaración de Impacto Ambiental y no un Estudio. Más aún que ésta se haya realizado en base a 52 embarcaciones y no a las 61 que contempla el proyecto final; que se haya considerado una inversión de 5 millones de dólares en circunstancias que ya se habla de 10 millones de dólares; que lo proyectado sean más de 29 mil metros cuadrados, cuando los iniciales no superaban los 23,5 mil.

Los veraneantes ponen en cuestión, además, que la dársena (el muelle donde en la práctica se estacionan los botes) se eleve de 5 mil a 10 mil metros cuadrados, lo que podría causar un daño irreparable a la histórica Playa de Las Conchitas. Desde ya, denuncian, se quedaría sin vista al mar. El miedo mayor eso sí es que se pierda definitivamente la popular playa chica.

El sueño cumplido

La historia de una marina en Papudo suma varios capítulos. La primera vez que se habló del tema fue en la década de los 80 y la primera idea concreta, con dibujo y todo, es de 1993.

“Desde siempre ha habido una oposición de grupos de veraneantes a esta idea”, cuenta el arquitecto del proyecto, Sergio Serrano. Por eso asegura que en esta iniciativa han asumido las críticas anteriores y trabajado sobre ellas para dar una respuesta armónica a la comunidad. Reconoce, en todo caso, que ha sido muy difícil desmarcarse del rechazo a las ideas que los han precedido.

Serrano asegura que el proyecto final fue dado a conocer a los socios del club de yates en una reunión realizada en noviembre pasado, donde se informó de la nueva dimensión que tendría el puerto deportivo, el que efectivamente ha variado pues los estudios de factibilidad técnica y la declaración de impacto ambiental se realizaron sólo sobre una intención de proyecto. “Todos los proyectos que parten de una intención, terminan siendo distintos al punto de partida”, precisa el arquitecto. Una empresa sudafricana es la que ha estado detrás de la ingeniería.

Lo concreto, es que Costa Norte asegura que no pretende construir nada que no tenga las aprobaciones pertinentes y que cada uno de los cambios deberá ser analizado por la Dirección de Obras Portuarias y las instancias pertinentes, si es que así lo ameritan. “No vamos a realizar ningún movimiento sin que tengamos todos los permisos del caso”, sostiene Sergio Serrano, quien ha actuado como coordinador de la información a la comunidad y a los socios del Club de Yates.

Advierten que el proyecto ha resultado ser mayor porque las condiciones técnicas así lo han exigido: la estabilidad del rompeolas obliga a la construcción de un molo más grande, anticipándose a condiciones climáticas adversas. Además, la viabilidad económica del proyecto requiere un número mayor de sitios disponibles para la venta. El financiamiento de la nueva marina está supeditado a la comercialización de sitios, los que, según cálculos de los entendidos, tendrían un costo cercano a los 150 mil dólares cada uno.

El presidente del Club de Yates, Pedro Reus, precisa que las concesiones marítimas que se obtuvieron a nombre de la institución náutica permiten flexibilidad para las obras, las que, explica, están dentro de los márgenes.

Papudo vs. Zapallar

A los papudanos les molesta sentirse como hermanos menores de Zapallar. Alegan que muy pocos socios históricos del club de yates necesitan sitios del tamaño de los que propone construir (36 a 52 pies) y alegan que las obras se están haciendo a una escala mayor sólo para dar respuesta a la demanda que viene de los balnearios de Zapallar o Cachagua. “No es gente de Papudo la que va a pagar esto”, advierte Catalina Pérez.

Por eso es que la aprensión de Alejandra Guerra, por ejemplo, es que no haya una preocupación clara respecto al futuro de la playa chica. “Que la marina se haga acorde con el tamaño de Papudo. Que se haga un Estudio de Impacto Ambiental (EIA) para saber realmente si la playa va a sufrir daño”, sostiene. Su padre, Guillermo Guerra, ingeniero forestal dedicado a temas ambientales, advierte que es insostenible que un proyecto de esta envergadura no requiera de un EIA.

Sergio Serrano explica que es la autoridad la que define cuándo se requiere un EIA y dice que cuando se sometió el proyecto inicial al Sistema de Evaluación Ambiental no se les exigió. Pedro Reus advierte, en todo caso, que en la Declaración de Impacto Ambiental se pidieron estudios específicos sobre el tema de las arenas y el posible daño a la playa chica, concluyéndose que no tendría impacto alguno. Sin perjuicio de ello, admitió que de aprobarse la actual iniciativa entre los socios del Club de Yates se debe realizar un trámite de pertinencia ante el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, que deberá determinar si los cambios ameritan un EIA o una nueva declaración.

Entre las cosas que denuncia Javier Fernández aparece justamente el Estudio de Dinámica Costera a que se refiere Reus y acusa que éste “fue preparado por un ingeniero de iniciales FGM, que tiene comprometido honorarios de éxito por 1.500 Unidades de Fomento en caso de que se haga la marina”. El empresario alega que “este solo hecho resta credibilidad y legitimidad” al estudio.

La tentación del pueblo

Una de las novedades que tiene la propuesta que analiza Costa Norte S.A. es que se construirá un embarcadero público cuya concesión se entregará a la municipalidad, el que, según Reus, podrá ser utilizado para fines turísticos por los pescadores. De hecho, desde hace un tiempo que un bote de paseo manejado por los pescadores utiliza las instalaciones del club.

“Hoy las personas que no son socias del club de yates tienen que embarcar directamente desde la playa y este embarcadero va a cambiar eso”, admite el administrador municipal, Wilson Astudillo, quien adelantó que la idea de la municipalidad es entregar el embarcadero “para uso y total beneficio de los pescadores”.

Astudillo reconoció que a mediados de año Costa Norte realizó una presentación detallada al Concejo Municipal, donde les explicaron los alcances del proyecto. “No es competencia nuestra aprobar una iniciativa como ésta. Sólo tomamos conocimiento y en general fue muy bien recibida”, sentenció el administrador municipal. La alcaldesa, Rosa Prieto, prefirió no referirse al tema.

Seductora resultó también para la municipalidad la propuesta de Costa Norte de continuar el paseo peatonal que viene desde la playa chica por delante del club hacia la playa de las conchitas, hoy la gente tiene que seguir caminando por detrás de las instalaciones perdiendo la vista al mar. Cuestión, en todo caso, que también ha traído polémica entre los detractores, pues las concesiones para ese paseo se pidieron a nombre del Club de Yates, siendo que el terreno donde están las instalaciones es de propiedad de la Sociedad Deportes Náuticos y Turismo Papudo S.A., quitándole a esta última la primera línea de mar.

Lo que viene

Como es obvio, la marina y su impacto han sido tema obligado en la playa este verano. De hecho, un grupo de veraneantes está preparando una “funa” para mediados de febrero. Claro que ese grupo, que ya ha liderado otras protestas similares en los últimos dos años, tiene una oposición mucho más radical: se oponen a cualquier cambio que se pretenda en el actual Club de Yates.

Pedro Reus reconoce que la mano no viene fácil, pero están confiados en que una vez que la gente se informe detalladamente de los alcances del proyecto “comprenderán y entenderán que sólo traerá beneficios al balneario”.

En este contexto es que está en plena elaboración una maqueta a escala con todos los detalles y dimensiones del puerto deportivo que se instalará a mediados de febrero en el club de yates para que los papudanos puedan analizar in situ la transformación del lugar.

“Estoy seguro que con toda la información en la mano, se desmitificarán las dudas y temores de los veraneantes”, sentenció Pedro Reus, subgerente corporativo de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa).

El club deberá llamar a una junta extraordinaria para la segunda quincena de marzo, donde los socios deberán votar si aprueban o no el proyecto. Los planes iniciales eran que esa reunión se realizara el 10 de enero, pero la actual oposición a la iniciativa logró aplazarla para juntar más fuerzas.

El final de la historia está por verse. Aunque desde ya las apuestas son millonarias. Varios próceres son los que están apostando aquí. El ex presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, Juan Claro, ya tiene su yate en una boya del balneario y hace menos de un año una casa con una de las vistas más privilegiadas de Papudo. Desde enero, además, es socio del club.

Igual que Claro, hace pocos meses se incorporó Felipe Lamarca; el presidente del Consejo de Defensa del Estado, Sergio Urrejola y el presidente de Embonor, Hernán Vicuña. Los dos últimos compraron también departamentos en el moderno edificio que se construyó justo detrás del actual Club de Yates. •••

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La pelea por las acciones

Hace cinco años el Club de Yates de Papudo tenía poco más de 400 socios, pero hoy el registro con suerte supera los 200. Los veraneantes más antiguos acusan a la actual directiva de desincentivar la permanencia de socios históricos, apostando por atraer nuevos integrantes que sean ciento por ciento náuticos. Aunque suene lógico, hasta hace algunos años no todos los socios eran navegantes, pues esta institución nació más como club social que de yates. Era el punto de encuentro de los veraneantes sin importar si había embarcación o no de por medio.

Pedro Reus admite que se optó por limpiar la planilla y sacar a los socios que no pagaban sus cuotas y reconoce que la mayoría de los actuales integrantes tiene un perfil náutico, “como debe ser”, dice.

Y aquí aparece otro litigio que tiene enfrascados a los socios de la marina. Desde el año 2006 está pendiente la repartición de acciones que se acordó tras un aumento de capital en el que se estipuló repartir tres acciones para cada uno de los 400 socios que existían en ese minuto. “Todavía no tenemos una respuesta concreta de por qué no se han entregado las acciones”, advierte Javier Fernández al afirmar que la repartición de esos títulos modifica el actual mapa de poder al interior, pues con las nuevas acciones el Club de Yates de Papudo diluye su mayoría de acciones en la sociedad dueña del terreno.

Pedro Reus aclara que nunca ha estado en cuestión disminuir la participación del club en la propiedad del terreno y que el tema de las acciones se resolverá dentro de los próximos meses. Reconoce que en un principio hubo dudas sobre la viabilidad jurídica de lo que se estaba haciendo, pero que ahora un estudio de abogados definirá la forma cómo se venderán esas acciones a los socios, lo que, en todo caso, se realizará a valor libro. Junto con ello se realizará el cambio estatutario que definirá que para ser socio se debe ser además accionista, cuestión que hasta ahora no sucede y que se resolvería con la venta de esas acciones.

Los detractores del proyecto, ven con temor que con esta composición accionaria el club pueda tomar decisiones con la propiedad del terreno, que dañen finalmente su patrimonio.

Lea la respuesta de Pedro Reus, el presidente del Club de Yates de Papudo