Marco Enríquez-Ominami participó como observador en el reciente referéndum venezolano. Estas son sus impresiones.

  • 14 diciembre, 2007


Marco Enríquez-Ominami participó como observador en el reciente referéndum venezolano. Estas son sus impresiones.

Marco Enríquez-Ominami participó como observador en el reciente referéndum venezolano. Estas son sus impresiones.

A las 5:30 am del domingo 2 de diciembre desperté en Caracas, ansioso, como tantas veces, no tanto por mi tarea de observador del referéndum aprobatorio al que fui invitado por el Consejo Nacional Electoral de Venezuela, sino porque el gobierno bolivariano impuso un nuevo rito ciudadano: el toque de diana, una trompeta militar que busca despertar y recordar el deber ciudadano ante cada votación.

A partir de esa hora y por esta ciudad rodeada de cerros, miedos y sueños, desabastecimientos, debates trascendentes sobre el futuro, líderes y ciudadanos vestidos de rojo o con un No rayado por distintas partes del cuerpo, es que debíamos transitar los sobre cien veedores electorales. Es la Venezuela Bolivariana, de la que se habla en cada noticiero del mundo, muy lejana de la cínica limpieza de Las Condes, del hipócrita debate político chileno y más parecida a un país hirviendo, a punto de ser invadido por algo excitante, embarcado en un sentimiento de urgencia y ante un mundo que lo sigue con sospecha.

Pero la diana al parecer no fue oída en esta oportunidad –como sí irritó mi honorable sueño– por los 8 millones de venezolanos que prefirieron disfrutar del caluroso y ventoso domingo y someter a su presidente a una estrecha derrota electoral, un severo traspié político y develar ante la permanente sospecha mundial que las acusaciones anteriores de fraude electoral contra el mismísimo Chávez, eran falsas y malintencionadas.

Promover la reelección indefinida no fue la propuesta más indecente, de las 69 reformas constitucionales del presidente venezolano, que provocó este ausentismo de sus adherentes. Esa idea no tiene particularidad ni originalidad alguna. Francia, una de las democracias más antiguas del mundo, considera que es el pueblo el que debe decidir su futuro y elegir a sus presidentes sin limitación alguna. Tampoco fueron las propuestas acerca de la institucionalidad las que fueron derrotadas (algunas modernas y otras revisables, a mi juicio). Ni menos aún las poderosas consideraciones económicas acerca del interés privado respecto del público dentro del texto votado.

Porque 12 meses antes de este episodio político, la reelección de Chávez (acerca de quien tengo respeto y juicios complejos sobre su figura y obra) obtuvo más de 7 millones de votos, mientas que la histérica oposición sumó unos 4 millones. Este domingo, la oposición repitió su votación anterior. Es decir que dicho bloque no subió ni bajó, sino que sólo contuvo su adhesión popular, a pesar del activo moral que significó el apoyo estudiantil.

En cambio, la opción Sí de Chávez obtuvo casi 4 millones y, por tanto, no logró entusiasmar a alrededor de 3 millones de sus anteriores adherentes. O sea, una parte importante del chavismo no oyó la diana o hizo caso omiso.

Ellos protestaron con su abstención y su silencio, unidos así al conjunto de críticos a las convenciones y lenguajes del poder. Algunos, para no aceptar más poderes para su líder; otros, inspirados por intereses personales y materiales o en abierta contradicción con las posibles reelecciones indefinidas.

Quizás porque transformaron el desesperado referéndum aprobatorio constitucional en uno revocatorio de Chávez. Quizás porque se molestaron, como me molesté yo, con la desesperada y repetida técnica discursiva y electoral de los últimos días preeleccionarios, la “del caos o yo” o “si pierdo, el caos”. Venezuela enfrentará ahora su mayor desafío, reconocer sus logros en materia de salud y educación, transitar hacia una era post Chávez, recuperar un necesario clima de paz social y política y abordar con astucia los activos y pasivos que dejó la orgía del precio del petróleo.