Por: Max Cano, CEO Mazicorp Curioso resulta el término “apetito” utilizado en la nueva norma de Supervisión Basada en Riesgos (SBR), puesta en consulta en la Superintendencia de Pensiones. Esta expresión, reconocida comúnmente como las ganas de ingerir alimentos, se usa en los documentos técnicos para definir el nivel de riesgo que la empresa quiere […]

  • 29 noviembre, 2017

Por: Max Cano, CEO Mazicorp

Curioso resulta el término “apetito” utilizado en la nueva norma de Supervisión Basada en Riesgos (SBR), puesta en consulta en la Superintendencia de Pensiones. Esta expresión, reconocida comúnmente como las ganas de ingerir alimentos, se usa en los documentos técnicos para definir el nivel de riesgo que la empresa quiere aceptar en su negocio, a lo que debe sumarse su “tolerancia”, que será la desviación respecto a este nivel.

Lo interesante de estos conceptos -apetito y tolerancia- es que son bastante propios del léxico común y en el contexto de algo tan complejo como los riesgos, por su carga negativa, sea tan ejemplificador. Creo debe ser por algo que recién se ha visto como crucial y que está integrado en esta nueva norma de SBR: la reputación.

Asumir un nivel de riesgo podría definirse como un “hasta aquí puedo llegar en la puesta en juego de capacidades”, sean personales o de la empresa. Por otro lado, en materias de asumir riesgos como país, se determina fundamental comprender que pese a existir riesgos, es el Estado quien debe proteger a los ciudadanos y a las personas, jurídicas o naturales, de los mismos.

La duda que no salta a simple vista y que resulta al menos interesante cuestionarse, es que todo negocio conlleva riesgos y el punto no es sólo blindarse ante ellos, evitarlos o dejarlos lo más lejos que se pueda, sino que debemos acercarnos lo más posible para conocerlos, versus desconocerlos y hacerse los sorprendidos. Ése es el primer aprendizaje de este tema, querer asumir riesgos y saber administrarlos.

Las compañías tienen sí o sí que considerar el factor reputación y la relación con los stakeholders en sus decisiones. No resulta suficiente que mirar sólo los números, o llegar a ser el número uno de la industria, sea el único criterio de decisión para invertir. Una relación sostenible en el tiempo con el entorno y la sociedad debieran pesar más, especialmente ahora, en un contexto donde la gente puede y quiere sacar la voz.

Aquí es donde aplaudo la decisión de la Superintendencia de incluir la reputación como materia a supervisar, y en especial los “apetitos” por perder parte de este capital o activo. El capital reputacional es un factor clave de mirar, observar, revisar, medir y controlar, ya que tiene que ver con un asunto inicial y básico: la confianza puesta por los dueños en los administradores de sus activos, en las decisiones que toman para gestionar sus fondos. Es un intangible que antes era visto como subjetivo, pero finalmente es el que hace caer empresas, ejecutivos, personas jurídicas y, sobretodo, naturales.

Sin desmerecer los riesgos que tradicionalmente se monitorean, que son de: mercado, crédito, liquidez, fiduciario, operacional, tecnológico, legal y normativo, son situaciones o contingencias de acción concreta, que pueden identificarse, y con un tiempo de respuesta… por lo mismo, su tolerancia es cuantificable. Pero creo que salvo el “riesgo estratégico”, que define la política de mediano y largo plazo de la empresa y el de “conducta de mercado”, que es consecuencia de acciones exógenas del entorno por muchas veces acciones de las compañías, el reputacional es el que afecta a la imagen e identidad de la empresa, capital que, una vez perdido, tiene un impacto gigante.

Lo complejo de la actual normativa es que aún es muy básica y debiera incluir visiones claras en materia de reputación, mediante el monitoreo, supervisión y por supuesto gestión. Incluyendo -por ejemplo- aprendizajes tanto propios como del entorno.

Por supuesto que en la industria de las pensiones la reputación es crucial, ya que el capital es de todos los chilenos. Pero considero fundamental que todas las empresas que tienen transacciones públicas de sus activos lo asuman como clave y sea exigible.

Me atrevo a inferir que es en este asunto, la reputación, donde encontramos la piedra angular de la discusión de las actuales fuerzas políticas y ciudadanas, en contra de un sistema de pensiones administrado por actores privados, ya que han sido los límites de confianza los que se han vulnerado.

Cuando se pierde reputación ya es tarde para el modelo de prevención de riesgos y, seguramente, el apetito y la tolerancia también se acabó.