Septiembre 1978. Mientras los esfuerzos diplomáticos parecían agotarse, las Fuerzas Armadas chilenas ultimaban los preparativos ante un inminente conflicto con Argentina. A mediados de octubre, el almirante José Toribio Merino ordenaba a la Escuadra el zarpe a la zona austral, donde sus integrantes palparían muy de cerca el riesgo de una guerra. ¿Cuán cerca estuvimos? A 30 años de este episodio, Capital recoge la visión de algunos de sus protagonistas y el relato de la experiencia naval, a través de un extracto del libro La Escuadra en acción, escrito por los historiadores Patricia Arancibia y Francisco Bulnes.

  • 15 septiembre, 2008

Septiembre 1978. Mientras los esfuerzos diplomáticos parecían agotarse, las Fuerzas Armadas chilenas ultimaban los preparativos ante un inminente conflicto con Argentina. A mediados de octubre, el almirante José Toribio Merino ordenaba a la Escuadra el zarpe a la zona austral, donde sus integrantes palparían muy de cerca el riesgo de una guerra. ¿Cuán cerca estuvimos? A 30 años de este episodio, Capital recoge la visión de algunos de sus protagonistas y el relato de la experiencia naval, a través de un extracto del libro La Escuadra en acción, escrito por los historiadores Patricia Arancibia y Francisco Bulnes.

 

Al despuntar el martes 19 de diciembre eran numerosos los “bien informados” en Buenos Aires que sabían que al día siguiente se reuniría la junta militar para decidir si pondría o no en marcha el plan de guerra conocido como “Operativo Soberanía”. Se suponía que el preludio del conflicto bélico sería una ofensiva diplomática ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La tarea estaba a cargo del embajador Enrique Ros, quien denunciaría “las medidas ilegales chilenas que, por su carácter militar, entrañaban un renovado peligro para la paz y la seguridad internacionales, pues alteran el status quo de la región”.

A continuación, Ros entregaría antecedentes sobre la ocupación por tropas chilenas de las islas en conflicto –incluyendo a los archipiélagos Deceit, Freycinet Herschel, Wollaston y Hornos-, cuyas costas orientales Argentina reclamaba para sí. El objetivo era presentar al Consejo la idea de que Chile se encontraba ocupando territorio argentino y que, por lo tanto, existía casus belli, ya Argentina se disponía a recuperar lo suyo por la vía de la fuerza.

Ese martes 19, en los fondeaderos de guerra, el almirante Raúl López (comandante en jefe de la Escuadra chilena) seguía con
atención los acontecimientos en el campo político y diplomático. Muy temprano en la mañana, en la radio a pila que tenía en su
camarote escuchó el informativo de Radio Minería. El canciller argentino declaraba “que se había agotado el tiempo de las palabras y comenzaba el tiempo de la acción en las relaciones con Chile”. En eso estaba, cuando llegó un mensaje urgente del comandante en jefe de la Armada. El texto era breve y contundente: “Prepararse para iniciar acciones de guerra al amanecer, agresión inminente. Buena suerte”.

Antes de zarpar, siguiendo los preparativos usuales para el combate, López ordenó a las unidades que se despojaran de todo lo superfluo que fuese combustible y de los botes. El comandante del Portales, Mariano Sepúlveda, explica que ello se
hacía para evitar incendios en caso de ser impactados por un proyectil enemigo.

Antes de zarpar, Edwin Conn, en la Condell, ordenó aprestar la artillería de la nave. “Nosotros partimos con la artillería lista, ya que en alta mar, en el Mar de Drake, cargar los cañones no es fácil”.

El Simpson, por su parte, merodeaba algo más al norte. El problema se les presentaba en las tardes, cuando tenía que subir a la superfi cie para recargar las baterías. Debido a su antigüedad, el submarino no tenía mástil de snorkel, por lo que debía emerger diariamente, al menos durante ocho horas, operación que se realizaba de noche.

 

Imágenes históricas de la Escuadra en acción, facilitadas a Capital por Mariano Sepúlveda, quien comandaba
entonces el destructor Portales, que inspecciona en la última foto (derecha) el almirante Raúl López.

 

 

 

Ultimos esfuerzos

 

 

Mientras la Escuadra culminaba sus preparativos para el combate, en Santiago la declaración del canciller argentino había merecido una enérgica respuesta del canciller Hernán Cubillos, quien de manera inmediata señaló: “nosotros estamos dispuestos a ir a la guerra, si es que nos llevan a la guerra, y pelear con todas las consecuencias que ello tiene, pero quiero dejar en claro que nosotros no la vamos a iniciar”.

Los mensajes entre la Santa Sede y las cancillerías chilena y argentina iban y venían. El Vaticano hacía esfuerzos sobrehumanos para desactivar la lógica que conducía fatalmente a un desenlace armado.

En las ciudades del sur de Argentina, la noche anterior se habían realizado los oscurecimientos de rigor y el belicoso general
Luciano Benjamín Menéndez azuzaba a sus tropas en Córdoba, sin medir sus palabras.

En Washington, el presidente Carter envió un nuevo mensaje a los mandatarios de Chile y Argentina, en otro intento por evitar la guerra. Al parecer era ya tarde. Simultáneamente, reconociendo la gravedad de la situación, el secretario de Estado, Cyrus Vance, retornó apresuradamente a su país. El Departamento de Estado trataba de lograr que Argentina aceptara que la OEA interviniera en el confl icto. Pero esa proposición encontró oídos sordos.

En las trincheras, mientras tanto, soldados de ambos lados de la frontera improvisaban pesebres con lo que tenían a mano. Tal era el melancólico ambiente que se respiraba esa mañana del 19 de diciembre de 1978. En el Teatro de Operaciones Austral todo estaba dispuesto para dar la “bienvenida” a los argentinos. Además de la presencia de la Escuadra, a lo largo de la frontera común los soldados del Ejército y de la Infantería de Marina esperaban escuchar el primer disparo de cañón o fusil.

A las 10:20 de ese martes 19, Raúl López recibió un segundo mensaje del almirante Merino. Las instrucciones eran igual de escuetas que las recibidas anteriormente: “Atacar y destruir cualquier buque enemigo que se encuentre en aguas territoriales chilenas”.

Consecuente con la situación que se vivía –comenta el almirante López– “las divisiones de la Escuadra zarparon de sus fondeaderos de guerra el mismo día 19 de diciembre, a un punto situado bastante más al sur que el Cabo de Hornos, con la intención de rechazar cualquier intento argentino de desembarco en la zona litigiosa, estuviera o no apoyada por la flota naval argentina (conocida como Flomar), y aprovechar cualquier situación favorable para derrotar su poder naval”.

Para ese entonces, las informaciones de inteligencia indicaban que la Flomar se encontraba a unas 300 millas al este de Río
Grande. Su curso de navegación tenía rumbo sureste, manteniéndose siempre fuera del alcance de los aviones de la FACh y de la Aviación Naval. Si las escuadras de ambos países mantenían la dirección de su avance y su velocidad, en unas cuatro horas estarían a distancia de detección electrónica y en unas seis horas, a distancia de fuego.

 

 

 

Zafarrancho de combate

 

 

Las tripulaciones de los buques iban descansadas y altamente motivadas. El enfrentamiento con la Flomar había pasado del plano de las posibilidades al de la realidad. Fue en esos momentos cuando, en cada una de las unidades, se comunicó que la próxima vez de que se tocara zafarrancho de combate ya no sería una práctica más.

Cerca de las diez de la noche el comandante del Williams, Ramón Undurraga, vivió un momento especialmente emotivo. “Yo recuerdo que sentí una tremenda responsabilidad por lo que iba a pasar. Abrí con emoción la caja de fondos y saqué la llave de la consola de los misiles Exocet. Me la eché al bolsillo, ya que sabía que esa noche iba a ser crucial”.

El submarino Simpson ya se encontraba en el área que sería escenario de la batalla. El comandante Rubén Scheihing había ordenado a los radiotelegrafistas mantener una vigilancia de todo el tráfico de comunicaciones entre la Armada y la Escuadra. A eso de las dos de la mañana fue despertado por el oficial de guardia, quien le dijo por el teléfono: “mi comandante, llegó un mensaje del almirante, es muy importante”. Scheihing partió de inmediato a la cámara de ofi ciales. A esas alturas, la dotación del submarino dormía vestida. Cuando llegó al lugar, le entregaron el mensaje. “Creo que esa es la orden que todo profesional que pertenece a una institución armada de cualquier país siempre espera recibir, para lo cual se ha preparado durante su carrera: impedir por las armas cualquier intento de desembarco en tierra chilena”.

De inmediato se dirigió al Departamento Central del submarino –1MC, en jerga marina– y se comunicó con toda la tripulación.
“Habla el comandante. Se ha recibido el siguiente mensaje del almirante”, el cual pasó a leer. “Esto significa que estamos viviendo, a partir de este instante, una situación de guerra con Argentina. Como todos sabemos, es posible que nos hundan, pero me comprometo con ustedes a que antes que eso suceda, al menos nos llevaremos a dos de ellos”. Por unos breves segundos no se escuchó ningún ruido en toda la nave, hasta que entre la tripulación estalló, como un potente rugido, el tradicional “¡Viva Chile, mierda!”

Paralelamente, en tierra y cuando aún no despuntaba el alba del 20 de diciembre, el comandante de las unidades de Infantería
de Marina desplegadas en la región austral, Pablo Wunderlich, se encontraba en Punta Arenas supervigilando y coordinando el
despliegue de armamento y tropas.

 

 

 

El día D

 

La mañana del jueves 21 de diciembre comenzó con novedades en el frente diplomático. A las 6:15 el embajador chileno ante la Santa Sede, Héctor Riesle, comunicó al canciller Cubillos el resultado de una reunión que había sostenido con el cardenal Agostino Casaroli. El secretario de Estado pontifi cio le había expuesto que el Papa Juan Pablo II estaba dispuesto a intervenir personalmente y así evitar la guerra entre Chile y Argentina. Casaroli ofreció enviar un representante a ambas capitales. Apenas terminó de hablar con Riesle, Cubillos informó del hecho al presidente Augusto Pinochet, quien le dijo que debía responder de inmediato y afirmativamente a la propuesta vaticana. Por el momento, nada se supo de Argentina.

Lo que sí se supo fue el resultado de un mensaje enviado por Cubillos el día anterior a su colega trasandino. La respuesta llegó a las 13:30 del jueves 21 y provocó asombro en los negociadores de la Cancillería. Según recuerda Enrique Bernstein, “no sólo se eludía contestar la propuesta de Chile, sino que se lo culpaba de actos contrarios al Derecho para intentar reivindicaciones sobre espacios insulares y marítimos de soberanía argentina. Lo culpaba también de intransigencia y falta de flexibilidad en la última negociación de Buenos Aires”.

Todavía no terminaban de recuperarse de la impresión cuando se enteraron de lo que le había ocurrido al empresario Andrónico Luksic Abaroa, quien tenía una representación de camionetas en Argentina. Cubillos relata que ese día “debía recibir un buque cargado de camionetas Ford en Bahía Blanca. Pero los argentinos llegaron con un decreto de confiscación, que partía diciendo: Por encontrarse la República en estado de guerra, requísase. Ahí comenzamos a darnos cuenta de que la situación no tenía vuelta”.

Paralelamente, Estados Unidos entregaba al gobierno chileno fotografías de satélite que indicaban los desplazamientos
de la Flomar.

Ese jueves 21, materializando la fase correspondiente del “Operativo Soberanía”, el embajador argentino ante la ONU presentó
una nota ante el Consejo de Seguridad, acusando a Chile de haber ocupado militarmente las islas en confl icto. En la tarde de
ese mismo día, el capitán Pablo Wunderlich –a cargo de las tropas de infantes de Marina en la zona– recibió la orden de trasladarse de inmediato a la isla Nueva con una compañía de unos 150 hombres.

A las diez de la noche de ese mismo jueves 21 de diciembre, el canciller recibió un llamado del alto mando naval. Cuando colgó, dijo a los presentes que “aviones de la Armada han detectado en la zona del Cabo de Hornos, navegando en posición de ataque, a la flota de mar argentina”. Igual información recibía el general Pinochet, quien se encontraba en la ceremonia de graduación de los nuevos ofi ciales en la Escuela Militar.

El almirante López y las unidades que se encontraban fondeadas recibieron entonces un mensaje de su comandante en jefe:
“Zarpar de inmediato y entrar en combate contra los argentinos”.

Siguiendo las órdenes de su almirante, en los primeros minutos del viernes 22 de diciembre la Escuadra inició su desplazamiento para salir al encuentro de la flota trasandina. Ya en el océano, López ordenó la formación de batalla.

 

 

 

Mensaje de paz

 

 

A la una de la madrugada del 22 de diciembre, la junta militar argentina ponía fin a una discusión que había comenzado en horas de la tarde. Esta importante reunión había tenido por finalidad analizar la iniciativa del Vaticano que proponía enviar un emisario personal del Sumo Pontífice, con la misión de lograr un acuerdo entre ambas naciones. Exactamente, a la 1:22 uno de los aviones de la FACh informó que la Flomar cambiaba de rumbo y tres minutos más tarde, que lo hacía también
el grupo anfibio.

Casi simultáneamente, desde Valparaíso se comunicó que la junta militar argentina, tras una larga deliberación, finalmente había decidido aceptar el envío de un emisario papal.

Sin embargo, la Escuadra continuó todavía su desplazamiento en condición de alerta. Cuando la retirada argentina se convirtió en certeza, el almirante ordenó que sus buques volvieran a ocupar sus puestos en los fondeaderos.

El 4 de enero de 1979, cuando miles de veraneantes disfrutaban de las playas de la V Región, los buques de la Escuadra, aún camuflados, entraron en la bahía de Valparaíso. Seguramente ninguno de esos turistas tenía conciencia de la gravedad del peligro que ese puñado de marinos había contribuido a conjurar.

 

 

 

 

DECISION CRUCIAL

Nuestra más que centenaria paz estuvo muy próxima a romperse. Por Ernesto Videla.


Como cruciales quedaron registrados en la historia de las relaciones entre Chile y Argentina, los días 20 y 21 de diciembre de 1978, porque fueron 48 horas en que nuestra más que centenaria paz estuvo muy próxima a romperse. Fracasadas las negociaciones directas para solucionar el diferendo austral y trabada la solicitud mediadora de la Santa Sede por la pretensión del gobierno argentino de condicionarla a que se estableciera una delimitación previa en la zona austral, a Chile le quedaba sólo acudir a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. El riesgo era enorme, porque altas autoridades del vecino país consideraban que “la controversia no era justiciable” y si nuestro país lo hacía, sería considerado casus belli.

El 18 de septiembre, en una prolongada y tensa reunión del Consejo de Seguridad Nacional, interrumpida por sucesivos informes de movimientos militares trasandinos, el presidente Pinochet aceptó la sugerencia de invitar al gobierno argentino a dicha Corte. De pronto, eso sí, dispuso esperar 48 horas. Como lo relato en mi libro La Desconocida Historia de la Mediación Papal, poniéndose la mano en su estómago dijo: “estoy de acuerdo, pero siento algo aquí…”. Tal como me comentara en ese instante don Julio Philippi, el “instinto del general” funcionó. Al día siguiente, representantes diplomáticos de importantes países admitieron que si se cursaba la invitación, la guerra sería inevitable.

El día 20 a las 17 horas, se entregó una nota al gobierno argentino instando a confi ar en el Santo Padre; solicitar su mediación y proporcionar todos los antecedentes para que buscara una solución al diferendo. Esa noche un vocero de la cancillería argentina advertía que la nota chilena no satisfacía “las más mínimas expectativas”. El 21 las 13.30 horas se recibía la respuesta negativa: la vía armada iniciaba la cuenta regresiva.

Mientras se desarrollaba una intensa gestión diplomática en los organismos internacionales, soldados del Ejército, infantes de Marina y Carabineros permanecían semanas sumidos en sus trincheras sufriendo las inclemencias del tiempo, a la espera de entrar en combate con el adversario ya a la vista; la Escuadra abandonaba sus fondeaderos y salía a alta mar; mientras aviadores esperaban en las carlingas de sus aviones la orden de despegue. El mismo 21 el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Agostino Casaroli, citaba sucesivamente a los embajadores de ambos países para expresarles que el Papa estaba “dispuesto, más aún, casi deseoso”, de enviar una misión a Santiago y Buenos Aires en busca de un acuerdo, porque quería hacer todo lo posible por la paz. La aceptación de ambos gobiernos detuvo la acción.

En 1987, en la revista argentina Somos N° 545, un artículo del periodista Bruno Passarelli, titulado: “Historia secreta de la guerra que evitó el Papa”, en una parte decía: “La guerra con Chile tenía fecha y hora exacta de comienzo: la Argentina cruzaría la frontera para ocupar las islas Nueva, Lennox y Picton el viernes 22 de diciembre de 1979 a la hora 22. Dos horas y media antes del ‘punto de no retorno’ se impartió en clave la orden de detener el operativo”.

La nota enviada por el presidente Pinochet fue clave para evitar la guerra, porque el gobierno argentino demostró a través de su respuesta que estaba decidido a usar la vía armada, lo que estimuló la intervención del Papa.

El Tratado de Paz y Amistad de 1984 es una de las obras más trascendentales de Juan Pablo II y la más importante del general Augusto Pinochet, porque condujo con firmeza y prudencia al país y a las FF.AA. que escribieron una de sus páginas más gloriosas al ganar la batalla de la paz, la mayor a la que pueden aspirar.

 

 

RECUERDOS DE 30 AÑOS…

De mis recuerdos, conservo la percepción de la ejemplar actitud de mi gente. Por Mariano A. Sepúlveda Mattus.


Los hombres de armas consagran su vocación de servicio a prepararse para hipótesis de guerra cuyas posibilidades de realizarse, generalmente, son escasas. Aunque difícilmente alguien entienda mejor que ellos la ominosa realidad de la circunstancia bélica y, por ende, las catastróficas consecuencias que su concreción conlleva, se preparan, con consagrada devoción, para constituirse -llegado el caso en que la violencia deba suceder a la política tras el fracaso de ésta en preservar la paz- en la vanguardia concreta de los dispositivos a chocar en una lucha que no reconoce concesiones.

Este entrenamiento constituye una permanente y ardua suma de esfuerzos anímicos, intelectuales y físicos que trasciende a sus actores, alcanzando a sus familias, que así se hacen funcionales a la vocación y tributarias del sacrificio.

En 1978, Chile vivió una más de sus crisis bélicas vecinales, y su manifestación significó el mayor peligro de guerra vivido en el siglo pasado.

Su escenario fue el Teatro de Operaciones Austral, donde se sitúa el Canal Beagle, origen de una controversia limítrofe que pese a los sólidos títulos, indiscutida vocación de paz e ingentes esfuerzos desplegados por nuestro país -entonces gobernado por un auténtico estadista y cuya diplomacia dirigía un diestro canciller, sin parangón en su consagración a la causa– no pudo ser manejada dentro de los cauces del Derecho Internacional, entonces insólitamente desconocidos por la República Argentina.

La gravitación naval de ese ámbito geoestratégico, lo hacen esencialmente un teatro marítimo, cuyo control resulta imperativo para la prosecución de las acciones de consolidación de los objetivos bélicos defi nidos. En tal situación, la Escuadra Nacional, órgano operativo fundamental, estuvo permanentemente exigida y condicionada al cumplimiento de su misión. Su comandante en jefe era, providencialmente, el líder preciso para tal desafío, el almirante –“gran señor del mar”– don Raúl López Silva, depositario, en perfecta síntesis, de la suma de capacidades humanas indispensables para aunar todas las voluntades comprometidas en la empresa.

En cada buque –y yo tuve el honroso privilegio de mandar uno de ellos– se había logrado, tras un año de riguroso y cada vez más complejo entrenamiento, la simbiosis perfecta entre los medios materiales de las naves y sus tripulantes, consiguiéndose una suerte de transubstanciación de las mentes y espíritus en los mecanismos constitutivos de sus estructuras de combate, haciéndolos tan sensibles como la propia humanidad de sus operadores. De mis recuerdos de entonces, conservo como el más persistente y valioso la percepción de la ejemplar actitud de mi gente.

En el año, raras veces habíamos tenido contacto físico con nuestros seres queridos y la proximidad inmediata de la Navidad introducía en el ambiente un sentimiento de nostalgia que, sin alterar el alistamiento agudizado para el combate, nos conectaba a sus dulces ausencias. Sin embargo, cuando procedió la aproximación definitiva al encuentro inminente con el enemigo y navegábamos velozmente sobre un mar picado y bajo un cielo amenazante, me di la oportunidad de recorrer cada uno de los puestos e intercambiar, a lo menos, algunas palabras con aquellos hombres confiados en el significado de mi autoridad conductora, entrañada en la condición de ser su comandante. No advertí en ninguno manifestación alguna de ansiedad, excitación, euforias o temores. Nada parecía perturbarlos mientras acortábamos raudamente la distancia al combate. Como es ya sabido, la divina Providencia permitió que la historia cambiara para conjurar el peligro en los instantes mismos en que las fuerzas ya se encontraban en situación de contacto para el enfrentamiento.

Con la perspectiva de las tres décadas ya transcurridas, es posible reconocer que la relación con nuestros adversarios de entonces ha evolucionado a una normalidad que permite buscar soluciones a las controversias en instancias incruentas y susceptibles de ser confrontadas con apego al Derecho y a su respeto.

Consolida también la convicción en que siempre e inequívocamente, la seguridad de la integridad del Estado descansará en la capacidad disuasiva de su frente bélico; el que, a su vez, se encarna en el supremo desinterés propio de la nobleza vocacional de sus hombres que, enfrentados al compromiso con la Patria -“hasta dar la vida si fuese necesario– empeñarán siempre y sin vacilación la fuerza de sus capacidades anímicas, intelectuales y físicas.

 

 

EN 1978 CHILE GANO LA PAZ

Vivimos tres veces el día D esperando la hora H. Por Juan Emilio Cheyre


Hace treinta años Chile estuvo a punto de vivir una guerra. Costará valorar haber ganado la paz sin renunciar a nuestros derechos. Como capitán alumno de II año de la Academia de Guerra fui testigo y actor secundario de estos acontecimientos. Estar en el centro de pensamiento militar me permitió vivirlos día a día. El Ejército fue pieza clave en el éxito que tuvo la disuasión que acompañó una maniobra política, diplomática y militar excepcional. Poco se ha escrito del período y los verdaderos líderes de tiempos complejos, muchos de ellos fallecidos, jamás buscaron protagonismo o demandaron reconocimiento a un actuar que lo merecía.

La institución se preparó por años, silenciosa y austeramente. Carecíamos de material, armamento y equipo. Se reemplazó por iniciativa, audacia, planes alternativos y un alto entrenamiento. Vivimos dos años con nuestras mochilas hechas. Los ejercicios de movimiento de unidades eran practicados con rigor. El abastecimiento y apoyo en cada ciudad de Chile, los acopios de combustible, agua y munición, el adelantamiento de armas, la preparación de hospitales y cada plan, se simuló en juegos de guerra y se aplicó en el secreto más absoluto.

Mi cargo lo recibí al ingresar a la Academia en 1977. Era oficial auxiliar de operaciones del Teatro de Operaciones Norte Conjunto (I y II regiones). Mis jefes eran varios de los profesores que formaban el Estado Mayor de esa gran unidad, con pocos medios en presencia y muchos pertenecientes a regimientos y reparticiones de todo Chile. Nuestro general cumplía funciones de gobierno a cargo de la regionalización del país. El Ejército fue notable en previsión y alistamiento. Los pocos medios en presencia multiplicaban sus esfuerzos para aparecer más fuertes. Por años los soldados chilenos estuvieron en primera línea. A ellos les debemos nuestra soberanía.

Aproximadamente en junio de 1978 partimos a nuestros puestos, regresamos en enero de 1979. Todo listo, nada improvisado, cada uno con su misión. Sacrificio extremo experimentaron quienes vivieron por meses la permanente inclemencia del tiempo en trincheras, fosos y en sus tanques o carros. Recuerdo la imagen de tropa impecable, resuelta a dar la vida por Chile, cuando acompañaba a mis mandos a revistar posiciones y comprobar la ejecución de los planes en lugares casi inaccesibles.

El Ejército tenía el imperativo de vencer. Vivimos tres veces el día D esperando la hora H. No seríamos los que iniciaríamos una guerra que Chile nunca buscó ni deseaba. Tampoco estábamos dispuestos a ser sobrepasados. Las acciones de guerrilla, en territorio propio y del ese entonces enemigo, también estaban planificadas. Ese nivel de alistamiento permitió al presidente Pinochet y sus asesores liderar la maniobra diplomática. La fuerza dio respaldo a la razón. Chile y Argentina ganaron la paz.