Por Marcela Ríos Tobar, cientista política PNUD

  • 20 diciembre, 2018

Este 2018 marcará un antes y un después para el feminismo en nuestro país. Comenzó con tomas aisladas en algunas facultades universitarias para extenderse rápidamente a lo largo del país. Siguió con manifestaciones públicas primero, y marchas multitudinarias después, donde jóvenes con capuchas granates y pechos descubiertos se transformarían en la encarnación de una marea de indignación.

Lo que partió como reacción a casos puntuales de acoso sexual y violencia de género en contra de las mujeres, terminó siendo no solo el inicio del ciclo de movilización callejera más grande en los últimos años, sino también el gatillador de un proceso de reflexión y debate público en torno a las persistentes desigualdades y discriminaciones que las mujeres siguen experimentando en sus vidas cotidianas, a pesar de los avances y mejorías en distintos ámbitos. Se trató de una muestra de la indignación colectiva de las mujeres –con el apoyo, pero también la resistencia y bloqueo de muchos hombres– que podía ser escuchada en los patios de liceos, los almuerzos de domingo, los programas de radio y televisión. Durante 2018, las jóvenes feministas lograron que todo un país les pusiera atención, se viera obligado a mirarse al espejo y tuviera que abandonar la autocomplacencia para reconocer que, en Chile, las mujeres enfrentan instituciones anquilosadas que han demorado demasiado en adaptarse a los cambios, modificar su composición y ajustar sus normas, procedimientos y estructuras de poder a las expectativas de mayor igualdad.

Este fenómeno no fue político en un sentido tradicional, no estuvo enfocado solo a pedir cambios en normas, procedimientos, protocolos y leyes, ni dirigido exclusivamente a las universidades, medios de comunicación o al gobierno, sino que fue también una interpelación a los hombres, jóvenes y mayores, con y sin autoridad formal. Con este movimiento se forzó a los hombres a mirarse y a hacerse cargo del rol activo que juegan en el acoso y la violencia contra las mujeres y las niñas, a revisar sus propios “micro machismos” y la posición de privilegio que ocupan.

Pero esta fue también una interpelación a las propias mujeres. A las académicas, las funcionarias, las periodistas, las políticas, las madres y las feministas de antes. Fue un llamado de atención a apurar la causa, a dejar de pedir permiso, a levantar la voz y no contribuir a naturalizar el acoso y el maltrato. Fue una irrupción política y cultural que logró reivindicar y sacar de la marginalidad el vocablo “feminista”. 2018 marcará un antes y un después simbólico, hoy todas y todos pueden proclamarse feministas y actuar para frenar el abuso y avanzar hacia la igualdad.

Sin embargo, no hay que equivocarse, este año nos ha dejado mucho más que triunfos morales. Le dio piso e impulso a una agenda de reformas políticas y de políticas públicas, a la creación de una comisión para impulsar una educación no sexista, y comisiones permanentes de género en ambas cámaras del Congreso, obligó a elaborar protocolos contra el acoso, mucho más allá de la academia, y a comprometerse con el respeto de los derechos de la diversidad sexual. Esta primavera feminista nos despertó de la modorra para seguir luchando. ¡Gracias a todes por ello!