Digitalizar la educación nos obliga a pensarla dentro de una lógica innovadora. Las clases online debieran ser mucho más cortas, porque la pantalla cansa; el material debiera ser asincrónico, pudiendo usarse cuando el estudiante quiera o pueda hacerlo, lo que traería asociado poder utilizar de mejor manera los escasos recursos tecnológicos con los que cuenta hoy una familia chilena.
Por: Victoria Hurtado, abogada directora de Espacio Público.

  • 13 mayo, 2020

Hace un año fui invitada, con mi sombrero de escritora infantil, a dar una charla sobre cómo fomentar la lectura, en la comuna de Chaitén. Tuve la oportunidad de conocer finalmente a los
alumnos y al motivado profesor que años atrás había musicalizado uno de mis cuentos y posteado una actuación en Youtube. Durante el recreo, y en medio de esa belleza natural, fui testigo de lo que también observaba en los colegios particulares de Santiago: niños atrapados en las pantallas de sus celulares, sin mirarse las caras. Esto terminó por convencerme de que la entrega del celular debía postergarse lo más posible, pero también me hizo ver con claridad que este instrumento es la llave para estandarizar una educación digital de mayor calidad a lo largo del país.
Desde sus orígenes (2008), he estado vinculada como directora a la ONG InnovaciEn (E de educación). Su visión: ayudar a los profe- sores de Chile a acortar la brecha digital con sus alumnos, utilizando la tecnología por medio del aprendizaje por proyectos. Se trataba, por ejemplo, el tema del acoso escolar realizando videojuegos; se enseñaba a narrar historias programando con scratch. Recuerdo con emoción las mansiones con dos piscinas que diseñaban en sketch up los niños que habían perdido sus viviendas por el terremoto de 2010. También la frustración de saber que había escuelas que mantenían sus flamantes salas de computación cerradas con candado y sus llaves extraviadas. Gracias al tesón del equipo y a la madurez del proyecto, conseguimos con los años que algunas fundaciones educacionales y empresas tecnológicas como Microsoft apoyaran la iniciativa y permitieran un positivo desarrollo; ni en el máximo delirio nos imaginamos que sería un virus el responsable de acelerar esta agenda en un mes, más que en los últimos quince años, y menos que llevaría a la educación a una experiencia 100% online, en un santiamén.
En este mes, la educación online ha quedado en evidencia. Una llamada de calidad en Zoom pesa más de un gigabyte; para la gran mayoría que compra internet con bolsa de datos, es una cifra inalcanzable. Se han visto problemas en la estandarización de los procesos, y no hay claridad sobre cuál es el rol de los padres y cuál el de los niños en este desafío. Los estudios publicados han señalado que la educación online jamás reemplazará en su totalidad a la experiencia vibrante del aula; pero la urgencia sanitaria ha obligado a cambiar de formato sin miramientos. Uno de los
problemas conceptuales está en la dificultad de los establecimientos para entender que el proceso educativo digital es discrecional y que no opera necesariamente dentro de los límites de lo real (piense en un termómetro; si es análogo, pasa por todos los grados; si es digital, da números por saltos). Entonces, si la forma tradicional de aprender, como decía Aristóteles, es transitando de lo simple a lo complejo, en el mundo digital ocurren sor- presas: una joven puede ser muy buena para hacer un video en Tik Tok, editar contenido, sintetizar información (ambas habilidades sofisticadas que están incluso por encima de saber y comprender), pero puede tener dificultades serias para adjuntar un archivo en un correo electrónico que le pide su profesor.
Sería un error imaginar que la educación a distancia implica estar pegado a una pantalla; esta debe incluir el uso de textos escolares, leer, escribir, crear, explorar ideas, realizar actividad física, desarrollar un proyecto personal entretenido. Sin embargo, en lo que respecta a lo recibido digitalmente, es esencial pensarla desde una lógica innovadora. La profesora de ciencias que está haciendo un PPT y emitiendo su clase en vivo, en horario fijo, no va a tener el mismo éxito que aquella que enseña a las chicas un software para modelar el comportamiento de las células. Las clases online tienen que ser más cortas, porque la pantalla cansa; el material debe estar disponible de manera asincrónica, lo que traería asociado además la ventaja de optimizar los escasos recursos tecnológicos con los que cuenta hoy una familia chilena. Algunas clases deben estar pregrabadas, y otras pueden ser de coordinación o para abrir el aula a un debate virtual. La curatoría del contenido, más que la producción de este, debe ser parte esencial de la tarea del educador. Hay que dejar de pensar la educación con ese foco en la conducta, con horarios y un maestro dictando su clase, para pensarla centrada en habilidades y en generar la estructura necesaria para que cada escolar avance responsablemente en el material que se ha ido posteando a su propio ritmo.
El desafío es colosal, e incluye un detalle no menor: la educación análoga se despliega en medio de otros recursos, como alimentación, vacunas, bibliotecas, paseos, bingos para pagar la fiesta de curso, eventos deportivos, vida comunitaria; en cambio, la educación online es solo eso, educación, y en esta crisis, ha quedado al desnudo.

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