Fueron las aceitunas de azapa las que trajeron a Jorge Mustakis Dragonas a Chile en plenos años veinte. En Arica le hablaron de ajo y partió a buscarlo a Valparaíso, donde inició una nueva vida que lo transformó de frutero en exportador y luego a millonario, gracias al molibdeno. Hoy, su tercera generación quiere devolver la mano con una fundación que pretende sentar precedentes en educación y cultura. Este es el relato de una familia que emigró desde la Isla de Cefalonia a Nueva York y desde Brooklyn, al sur del mundo.

  • 28 marzo, 2012

 

Fueron las aceitunas de azapa las que trajeron a Jorge Mustakis Dragonas a Chile en plenos años veinte. En Arica le hablaron de ajo y partió a buscarlo a Valparaíso, donde inició una nueva vida que lo transformó de frutero en exportador y luego a millonario, gracias al molibdeno. Hoy, su tercera generación quiere devolver la mano con una fundación que pretende sentar precedentes en educación y cultura. Este es el relato de una familia que emigró desde la Isla de Cefalonia a Nueva York y desde Brooklyn, al sur del mundo. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz.

Hace casi un año, el 25 de marzo del 2011, en la Bolsa de Comercio de Santiago se remató el 7% de la propiedad de Molymet, una de las mayores procesadoras de molibdeno del mundo, de propiedad de las familias Anastassíou Mustakis, Pirola Gianoli y Matte. Ese día se recaudaron cerca de 200 millones de dólares.

Pocos supieron que una buena tajada de aquello iría a parar a las arcas de la Fundación Gabriel & Mary Mustakis, que hasta entonces era dueña de más de un 10% de la exitosa compañía y que hoy tiene un 7%.

El silencioso trabajo de esta fundación que lleva el nombre del menor de los hermanos Mustakis Dragonas y su señora es hoy uno de los legados más preciados de la tercera generación de la familia griega que aterrizó en Chile en 1920.

George Anastassíou Mustakis, nieto de Jorge Mustakis Dragonas, es quien lleva las riendas de esta travesía filantrópica y, al igual que su abuelo, que hizo historia con la comercialización de la fruta chilena en el exterior y más tarde con la metalurgia, quiere que la fundación trascienda y se convierta en un referente para la educación y la cultura en Chile.

Con un patrimonio de varios millones de dólares e inversiones que superan los 3 millones al año, los Mustakis han centrado la labor en promover la formación integral de niños de entre 3 y 12 años. La idea, según explica Anastassíou, es “ampliar las competencias personales de niños y jóvenes y que puedan enfrentar con creatividad los desafíos del siglo XXI”.

Para ello no sólo han contratado expertos de alto nivel que los acompañen en el desafío, sino que constantemente están buscado programas que permitan replicar experiencias que apunten directamente a la superación de niños y jóvenes. Han armado alianzas con Penta UC, Enseña Chile, Inacap Enseña Chile, la Unión Europea e IBM, por mencionar algunas entidades.

En esta tarea están aplicando los mismos criterios que utilizan en el ámbito empresarial. De hecho, están obsesionados por dar con una fórmula que les permita medir y cuantificar los aportes sociales que realizan. Todo, porque quieren que cada peso que se invierta rinda frutos.

De Cefalonia a Brooklyn

A Constantino Mustakis lo primero que se le viene a la mente a la hora de hablar de su familia es la diáspora griega: la salida de los griegos a hacer historia, negocios y vida fuera de la isla. Allá, dice medio en serio medio en broma, “predominan los riscos y no hay nada que hacer con ellos, y los Mustakis seguimos la historia”.

Acostumbrados a las estrecheces económicas, el abuelo, dedicado al comercio de productos comestibles, escogió a uno de los

La exportadora Gianoli-Mustakis, que por años se especializó en enviar todo tipo de frutos no perecibles al exterior, fue el primer negocio de esta familia griega en Chile. Después vendrían otros; entre ellos, la Fábrica Nacional de Carburos, que dio origen a Molymet.

siete hijos que había tenido con Helena Dragonas en la isla de Cefalonia, en pleno Mar Jónico, para que siguiera sus pasos.

El elegido fue Jorge, padre de Constantino y abuelo de George Anastassíou. El padre decía que era el más habiloso de todos y, a juzgar por lo sucedido, no se equivocó. Lo mandó a una escuela francesa de comercio en Alejandría y de ahí a Rusia a hacerse cargo de la compra de quesos y otras especies para su comercialización en Grecia.

La revolución bolchevique lo obligó a volver a Grecia y en medio de la Gran Guerra el padre, Constantino; la madre, Helena, y los hijos –Demetrio, Dionisio, Panaguis, Jorge Gabriel, Marigo y Georgette– se trasladaron a Nueva York.

Siguiendo lo que sabían hacer montaron una comercializadora de comestibles. Allá, fue un estadounidense quien entusiasmó a Jorge para viajar a Chile, un país del sur donde se producían las mejores aceitunas del mundo, le dijeron.

Y partió. Claro que las malas lenguas también dicen que, amante de la ópera como era, se subió al mismo barco en que viajaba a Buenos Aires una exitosa soprano italiana de esos años, Claudia Muzio. De quien, dicen también, estaba enamorado.

Lo cierto es que arribó a Arica. Le gustaron las aceitunas, pero más le atrajo lo que ahí le dijeron… que en el puerto de Valparaíso se comercializaba todo tipo de frutos. Fue nada menos que el ajo lo que lo enganchó para continuar viaje al sur. Desde un telégrafo pidió a un productor local una gran cantidad de ajos para llevar a Estados Unidos.

Jorge Mustakis Dragonas era bien políglota. Inglés, francés, italiano y hasta ruso sabía hablar, pero de español nada; y aunque en Valparaíso lo esperaba el productor de ajos, Andrés Toledo, sólo se pudieron entender por señas.

A Toledo le gustaron el griego y el interés de éste por la producción nacional, así es que decidió presentarlo a un joven empresario de la fruta: Antonio Gianoli. La amistad partió desde verse y al poco rato ya habían echado a andar la exportadora Gianoli-Mustakis, que por años se especializó en enviar todo tipo de frutos no perecibles al exterior (frutas secas, legumbres, quillay y boldo, entre otros).

El “pilucho” del Nacional

Los negocios con Gianoli prosperaron y comenzaron a diversificarse. No tardaron en hacerse de un buen colchón. Formaron la Fábrica Nacional de Carburos, que luego dio origen a Molymet, la empresa que hoy lidera la producción de óxido de molibdeno en el mundo con operaciones en México, Alemania, Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido y China. Y eso que la crisis de 1982 los hizo perder varias compañías. En algún momento fueron dueños de la Compañía Frutera Sudamericana, de parte del entonces Banco de Crédito e Inversiones y de grandes fundos en el centro y el sur del país.

Pero pese al exitoso camino empresarial andado por Jorge Mustakis Dragonas en Chile, sus padres y la mayoría de sus hermanos continuaron en Estados Unidos. Eso explica por qué hoy los Mustakis están repartidos allá y acá (ver recuadro).

De los siete hermanos, el único que vino a vivir en Chile con Jorge fue Gabriel, el menor, quien tras algunos años de trabajo ingresó a la propiedad de Gianoli Mustakis y al resto de las empresas. A diferencia de Jorge, que debió viajar desde Chile a su ciudad natal para buscar esposa: Helena Kosilini, hija de un magnate agrícola que había conocido en Rusia, pero al que la Gran Guerra había dejado en la ruina, Gabriel llegó a Chile casado con Mary Plastropoulos, una joven de origen griego que conoció en Nueva York y que lo acompañó en toda su aventura.

A ambos debe su nombre la fundación, pues pese a que Gabriel trabajó codo a codo con su hermano Jorge, tras la consolidación de las empresas junto a su señora decidió dedicar su vida a la difusión de la cultura y la espiritualidad griegas, además de la superación de niños y jóvenes chilenos de escasos recursos.

En sus inicios Gabriel, que por años fue cónsul general de Grecia en Chile, se dedicó a ayudar a las escuelas que llevaban el nombre de Grecia en el país y a acercar las relaciones entre ambas naciones. Sus tratativas rindieron tantos frutos que gracias a él la gran vía estructural de la comuna de Ñuñoa lleva el nombre de Avenida Grecia y la rotonda de la comuna de Las Condes en la calle Colón se llama Atenas.

Agradecido por esos gestos con el Estado chileno, Gabriel Mustakis construyó la única iglesia griega que hay en Chile, en Pedro de Valdivia con Grecia y, además, donó su más popular legado, la escultura del Discóbolo, más conocida como el “pilucho”, en la entrada del Estadio Nacional.

Además, como presidente de la Cámara de Comercio de Valparaíso fue quien consiguió la construcción de los túneles Zapata y Lo Prado, en la ruta que une al puerto con la capital

El legado

Amantes de la ópera y la cultura, Jorge y Gabriel Mustakis Dragonas siempre creyeron en una educación integral, en que la música, el arte y la danza se mezclara con las matemáticas y el lenguaje. Y ese es el énfasis que George Anastasíou, su hermana Daphne y su tío Constantino le están dando a la fundación en su calidad de directores.

Ya tienen en marcha el programa Red de Educación Interactiva (REI) en las 19 escuelas municipales de la comuna de Galvarino, en la IX región, proyecto que está ad portas de ser replicado en otras comunas del sur, para incluir también a colegios subvencionados.

“Nos hemos concentrado en comunas del sur de Chile, donde queremos potenciar sus identidades propias, entregarles herramientas que tengan que ver con sus propias realidades”, cuenta George Anastassíou.

En ese mismo contexto es que están embarcados en un millonario proyecto con la familia Schiess para potenciar aún más la zona de Frutillar como una comuna completamente dedicada a las artes y la música. Claro que, de eso, aún no hay detalles.

Nadie puede dudar que los Mustakis están devolviendo la mano. Es lo justo, dicen. Y tienen la fórmula, pues la fundación cuenta con recursos propios: la herencia de Gabriel Mustakis, que no tuvo hijos. Gracias a ella la fundación sigue siendo la dueña del 7% de Molymet –aunque la familia también tiene una participación mayor en la compañía–, disponen de una buena cantidad de recursos invertidos en fondos mutuos y de a poco se han ido haciendo de importantes paños de tierra.

El año pasado compraron varios terrenos en Aysén, cerca del parque nacional Queulat. Creen en su potencial turístico y, como un sueño para más adelante, apuestan a levantar allá un centro de ecoturismo.

 

Pocos Mustakis
Aunque eran siete los hermanos Mustakis Dragonas, sólo uno tuvo un hijo que preservara el apellido: Demetrio. Su hijo Alejandro, a su vez, tuvo tres hijos: Gabriel, Felipe y Alejandra.

Sólo ellos han repetido el apellido Mustakis. Gabriel Mustakis Trufello es casado con una hija del ministro de Agricultura, Luis Mayol. El resto o tuvo sólo mujeres o simplemente no tuvo. Y una buena camada se quedó en Estados Unidos.

Por eso, se han puesto como propósito no perder nunca el vínculo y los 30 que hoy componen esta familia intentan juntarse sagradamente por lo menos una vez al año.

Las puertas de la fundación, cuenta George Anastassíou, están abiertas a todos los proyectos familiares y, de hecho, se estableció una beca para estudiar en el extranjero para todos los jóvenes de la familia. Claro que primero deben pasar por un riguroso proceso de selección.

Con el resto de la familia que se quedó en Estados Unidos no hay demasiado contacto. Constantino Mustakis, eso sí, goza contando la historia de su primo que se hizo millonario allá. Se trata de Peter Cary Mustakis, hijo de Marigo, que partió como acomodador de cine en California y terminó siendo accionista de una pequeña productora de cine. La firma fue comprada nada menos que por el gigante cinematográfico Paramount Pictures, del que hoy Peter es accionista.