A más de dos años de gobierno, el presidente Sebastián Piñera no logra repuntar en las encuestas. La última Adimark lo dejó con un 26% de aprobación, mientras que la CEP mostró la misma tendencia: sólo un 24% respalda su gestión ¿En qué falla el mandatario? ¿Qué debe hacer para dar vuelta las cifras? ¿Cuál es su proyección política a largo plazo? Sergio Melnick, Francisco Javier Díaz, Martín Rodríguez y Jaime Celedón hacen terapia individual y entregan sus diagnósticos y consejos.

  • 22 mayo, 2012

A más de dos años de gobierno, el presidente Sebastián Piñera no logra repuntar en las encuestas. La última Adimark lo dejó con un 26% de aprobación, mientras que la CEP mostró la misma tendencia: sólo un 24% respalda su gestión ¿En qué falla el mandatario? ¿Qué debe hacer para dar vuelta las cifras? ¿Cuál es su proyección política a largo plazo? Sergio Melnick, Francisco Javier Díaz, Martín Rodríguez y Jaime Celedón hacen terapia individual y entregan sus diagnósticos y consejos.

 

¿Cuál será su legado?
Por Sergio I. Melnick
El personaje
El presidente Piñera es realmente un personaje excepcional en diversos sentidos; por cierto, como todo ser humano, con luces y sombras. Sin duda una persona de polaridades en sus relaciones con el resto; elegido presidente de la República, pero no realmente querido a la mitad de su mandato, a pesar de una excelente gestión de gobierno, sin precedentes en la historia reciente en resultados e iniciativas. Esto, incluso sin mayoría en el parlamento.

Piñera tiene una inteligencia racional y una capacidad de trabajo tan excepcional que, necesariamente, se deben compensar con algunos déficits en otras áreas. Howard Gardner en los 80 acuñó la idea de inteligencias múltiples. Siete de éstas identificó en ese momento, entre las cuales por cierto NO estaba la inteligencia emocional, de la que tanto se habla y que tan poco significa de verdad. Gardner, en la actualidad, distingue nueve tipos de inteligencia, a saber: lingüística, matemática, musical, corporal kinestésica, interpersonal, intrapersonal, naturalística, y espiritual. Es casi evidente dónde están las fortalezas y debilidades del gobernante.

La vida de Piñera ha sido la de un ganador, al menos en las áreas que él ha privilegiado y que tienen que ver con su relación de conquista con el entorno, con lo externo. Por eso, en una primera mirada, en la tipología junguiana, yo lo asociaría al tipo sensorial extravertido. Su mirada y energía psíquica son claramente hacia afuera, al mundo. En relación a la realidad, se alimenta fundamentalmente de los datos y de los sentidos. Si lo llevamos al tipo psicológico de Meyer-Briggs, yo apostaría por el llamado ESTJ, que se puede describir básicamente como: prácticos, realistas, concretos. Talento para ordenar situaciones caóticas. Se educan a sí mismos. Industriosos, tienen una actitud de trabajo duro. Decisivos, se mueven rápidamente a las soluciones. Organizan proyectos y personas para que las cosas se hagan. Focalizados en resultados de manera eficiente. Se preocupan de los detalles rutinarios. Tienen un conjunto claro de estándares lógicos, que siguen de manera sistemática y quieren que los otros los sigan. Implementan sus planes sí o sí.

Por cierto, estas clasificaciones esconden buena parte de la riqueza de cada individuo, que es único; pero son un interesante punto de partida que dice mucho.

Sus metas
Su desafío personal, creo, ha sido siempre ser literalmente el mejor. En el mundo de la educación y de las empresas, ciertamente lo ha logrado. Obtuvo su doctorado en Harvard en tiempo record y con las mejores calificaciones. En los negocios, sin haber heredado nada, construyó una de las fortunas más grandes del país. Su familia ha sido estable, tiene una gran red de amigos y todos sus hijos son exitosos. Pero tuvo un costo que repercutió en las relaciones humanas y, particularmente, en el viaje interior que ha postergado. Y eso se trasluce fácilmente a la mirada general de los demás. Dicho en forma simbólica, él aún debe aprender a dar abrazos y a relajarse íntimamente consigo mismo. Aun no inicia, diría yo, el viaje a su self.

Su aspiración, como presidente, es también sin duda ser el mejor gobernante de la historia, un mandatario excepcional reconocido así por ésta, con un gran legado real para el país. Y tiene casi todo para lograrlo. Desde el punto de vista de la gestión, sin duda lo está obteniendo. En dos años de gobierno, opaca a casi todos los presidentes de los últimos 50 años, y los resultados de los 4 años serán, a mi juicio, legendarios. Pero a pesar de ello, no es apreciado masivamente, y la oposición no quiere reconocer sus éxitos con un mínimo de justicia.

Los próximos dos años
La huella de su gestión es enorme: una reconstrucción casi prodigiosa después del terremoto, una economía vigorosa en un mundo que se estremece, empleo a full, inversiones abundantes, muchas leyes sociales notables, como postnatal de 6 meses que ni los países desarrollados tienen; mejora a los jubilados, hacer funcionar el Auge y los hospitales, ingreso ético familiar, cuantiosos recursos a la educación, nuevas líneas de metro, carretera austral; una reforma tributaria que ni la Concertación se atrevió a hacer, mejoras a la gestión del Estado (como la ventanilla única), y decenas de otras cosas que parecen increíbles en la cultura cansina de la gestión pública nacional, llena de discursos y pocos hechos.

Aun así, las encuestas señalan que no se le reconocen los logros. Y eso, creo yo, debe ser muy doloroso en lo personal. ¿Por qué –aparte de gestionar el Estado– le exigen atributos subjetivos? Sucede que la política en Chile es así: emocional. Somos un país que despreciamos los datos. Hasta los negamos cuando no nos acomodan. Somos voluntaristas de la realidad.

El desenlace
La verdad, finalmente, se impone siempre por sí misma. Lagos terminó con mucha popularidad que hoy no tiene. Bachelet fue mediocre en su gestión, pero es querida. La situación del 27F, hoy en tribunales, fue lamentable y costó vidas que se podrían haber salvado.

Piñera demuestra justo lo contrario: que buen gobierno no es sinónimo de popularidad. Con el tiempo, esa cualidad se sabrá socialmente. Es evidente que la brecha está en la política comunicacional. Bachelet no hacía nada; al contrario: cometió estropicios de gestión como Enap, EFE, Transantiago, Cenabast, Sename, Chiledeportes, Auge y hospitales, entre otros, pero daba bonos, y la máquina partidaria de la Concertación la protegía.

Piñera tiene innumerables y trascendentes logros que mostrar; sólo los informa, pero no los sabe comunicar bien políticamente. Si Piñera asume finalmente el problema comunicacional como prioritario, entonces –con los logros de su gestión– bien podría lograr la meta de ser reconocido como un presidente excepcional, destacado en la historia como a él le gustaría. En mi opinión, se lo merece ampliamente. Hecha esa tarea, estará ya listo para su viaje interior, que es el desafío post gobierno.

 

 

El amor después del amor
Por Francisco Javier Díaz
Piñera siempre quiso ser Presidente, o al menos, ése fue su objetivo desde que en 1988 entró a la política. Llevaba más de una década en el mundo de los negocios y su éxito a ese entonces ya era notable. Pensaba que podría obtener similar triunfo en las mesas de votación. Junto a ello, veía cómo su hermano mayor y eterno competidor, José Piñera, ya daba pasos en dirección al premio mayor. Sebastián no podía ser menos. Al constatar que el camino en la Democracia Cristiana –el partido con el que tenía mayor afinidad—estaba lleno de figuras que reclamaban mejor derecho que él para ocupar los cargos que requiere todo político para construir una plataforma presidencial, optó por el camino corto. Coqueteó con Renovación Nacional durante un año (fue elegido senador como independiente apoyado por RN), y se inscribió en el partido de Jarpa y Allamand antes de jurar como senador en 1990.

Pero su amor era la Presidencia. Y como buen enamorado, la quería rápido. Lo intentó en 1993, pero el episodio del espionaje telefónico (ocasionado por su ahora ministra Evelyn Matthei) lo dejó sin opción. En 1999 trataría de nuevo, pero la irrupción de Joaquín Lavín lo hizo desistir tempranamente. En 2005 fue otro ciclón electoral, Michelle Bachelet, quien le arrebató la opción. Hasta que en 2009 finalmente lo logró. Si se piensa bien, Piñera tiene cuatro elecciones presidenciales a cuestas, dos primeras vueltas y dos segundas vueltas. Es decir, equipara a Allende en ser el político que más ha concursado por el cargo.

Piñera se encarga de refregar su tenacidad a quién puede. “¿Acaso ustedes le han dedicado más horas que yo a esto? ¿Alguien ha recorrido más que yo el país entero? ¿Han dormido en hoteles de tercera categoría como yo lo he hecho?”, solía interpelar a sus adversarios en la derecha. Piñera se desvivía por ser Presidente y recibir los honores del cargo. No se ha visto cristiano más feliz en la tierra que el día en que Piñera entró lleno de aplausos a 10 Downing Street con el papelito de los 33 mineros en la mano. Para Piñera, la Presidencia de Chile ha sido un amor obsesivo.

¿Y después de lograrlo? ¿Qué va a hacer el Presidente? ¿Seguirá el modelo Aylwin, de retirarse de la política contingente para erigirse como fuerza moral? ¿O será más bien como Lagos, cuyo deseo es liderar a una nueva generación para refundar una nueva república? ¿O pretende quedar como Michelle Bachelet, transformada en líder natural del sector? ¿O será como Frei Ruiz-Tagle, que se mantiene en la política contingente, va de senador, y corre nuevamente como candidato a Presidente?

No es fácil la decisión de Piñera. Su baja popularidad atenta con la posibilidad de volver a la política activa en Chile. Ser figura internacional también se ve complicado: los medios más prestigiosos del mundo le han dedicado palabras poco felices. Cada foto de Camila Vallejo en el New York Times, Die Zeit o The Guardian, cada punto en la encuestas para el retorno de Bachelet, son dagas directas al ego del Presidente Piñera.

¿Será Piñera más parecido a Vicente Fox, recluido en su rancho sin mayor pena ni gloria? ¿O será como Alan García, que reivindica su primera gestión volviendo como Presidente? ¿Será como Carlos Menem, dedicado básicamente a la farándula? ¿O se dedicará a aportillar el gobierno de su sucesor, como Álvaro Uribe? ¿Escribirá un libro, como Fernando Henrique Cardoso? ¿O se recluirá en Yale como Ernesto Zedillo? ¿Promoverá la legalización de la marihuana? ¿Lo admitirán en el Club de Madrid?

Es difícil saberlo. Porque como pocos otros ex presidentes, Piñera tiene la opción de volver en gran forma a sus negocios. Su patrimonio permanece en administración de sus mandatarios (vaya a saber uno si tuertos o ciegos). Como confesó una vez a un grupo de directores y editores de medios, le encantaría volver a tener un canal de televisión abierta. Incluso como Presidente le ha hecho propaganda a Lan Chile. ¿O querrá volver a ser presidente del Colo Colo para levantarlo del suelo? Esto último, sin duda, sería lo más difícil.

 

Expectativas al por mayor
Por Martín Rodríguez
El ritmo que impuso fue un galope al inmediatismo… un lugar donde el pasado y la pregunta por el futuro son innecesarios. Ni memoria ni visiones; ni continuidad ni cambio: lo que movilizó a las capas medias fue un anhelo de éxito en el presente. Y así fueron creciendo las expectativas de ahora… y ya.

Su llegada a La Moneda reforzó esta dinámica: no obstante su propósito de fomentar una agenda social, denostó en exceso al gobierno anterior, lo que disoció su agenda social de lo que ya se venía haciendo en esta materia. Así, enterró definitivamente el necesario valor de la continuidad.

Por otra parte, el mediático eslogan la nueva manera de gobernar la ciudadanía no lo leyó en la forma que esperaba el gobierno: más que propiciar el valor del cambio, se percibió como un modo de instalar la máquina de hacer cosas en el aparato público; la cual, a punta de gestión privada, se dispondría a cumplir con las expectativas creadas. Así, seguía creciendo el apetito por más accesibilidad y beneficios. La enérgica actitud frente al terremoto también fue una venta de sobreexpectativas que al segundo invierno, con los campamentos llovidos, fue la gota que comenzó a rebasar la paciencia y a ahogar su adhesión en las encuestas.

Desde ese momento, las personas ya no siguieron a ciegas a Piñera. Se pusieron por delante y reclamaron sus expectativas, imponiendo el ritmo de la calle. Así lo reflejan las movilizaciones estudiantiles y regionalistas: nada de promesas y propuestas escalonadas, sino que todo para hoy.

El relato instalado es que se prometió que las cosas se harían con la velocidad de un chasquido de dedos. Pero eso ya no funcionó. Pasar a otro propósito de gobierno obliga a reconocer abiertamente las limitaciones blandas del gobierno, algo que suene al “he escuchado a la gente”. No por lo hecho, sino por la manera de hacer las cosas: personalista, poco auténtica y reactiva.

Es un punto de partida para lograr un piso de autenticidad y abrir una puerta para recuperar la confianza (el factor central para entender la última encuesta CEP).

Pero, ¿cuál es la historia que puede contar?

Si Piñera quiere regular las expectativas y salir del pantano del presente, tiene que legitimar los profundos cambios sociales en que está embarcado y los logros a nivel de la economía, dentro de una historia que vincule el pasado con el futuro. Esto se traduce en una promesa que disponga mínimamente de elementos de continuidad (en relación al gobierno anterior) y elementos de cambio (una visión de futuro del país y no sólo hechos).

Así, entre el accionar de la actual agenda social, el discurso pro consumidores y la inyección de confianza que imprime a los empresarios, hay factores suficientes para que pueda restablecer un relato propio, con un adecuado balance entre continuidad y cambio. Darle autenticidad al final de este cuento va a requerir de coraje y convicción frente a su propia gente.

De este modo, el capital político del presidente puede crecer si la actuación del gobierno deja de ser la nueva forma de gobernar y se proyecta como la nueva sociedad que la derecha quiere para el país. Su capital político futuro pasa en gran medida por recuperar primero la adhesión de su sector político, y no tanto por su complejo deseo que todos los chilenos lo quieran.

 

La parafernalia equivocada
Por Jaime Celedón
Para los que lo conocemos desde hace un tiempo largo, nos sorprende el cambio que ha experimentado el presidente desde que asumió tan alta responsabilidad.

En lo cotidiano, en su juventud y en su actividad profesional, era un hombre sencillo y poseedor de una inteligencia, agudeza y habilidad muy desarrolladas.

Yo creo que se ha dejado llevar por una parafernalia equivocada, transmitiendo una imagen lejana muy diferente de lo que es su identidad real. Desde el inicio de su mandato lo indujeron a designar su gabinete en el correo central, en lugar de un entorno que tuviera que ver más con la importancia política del acto.

Yo pienso que la gente no le cree. En mi calidad de actor me impresiona su mímica simétrica en todos sus discursos. La simetría distancia el mensaje y hace inverosímil su credibilidad. Ningún actor usa esa gestualidad. Pero todos sabemos que el presidente, oye pero no escucha.

Como el espacio en el periodismo es reducido, agregaré unos juicios que me merece y que tienen que ver con los diseños. Por de pronto, el logotipo del gobierno, de dos franjas verticales juntas, de color azul y rojo, se aleja fundamentalmente de lo que se quiere transmitir. Es un símbolo vertical. El símbolo chileno es horizontal e incluye como elemento muy importante el color blanco.

La aparición sorpresiva desde el primer día de casacas rojas que usan desde el presidente hasta la última autoridad regional me parece una “picantería”. Piñera es mucho más que eso. Es más que un hombre con hombreras muy anchas, con sonrisa estampada y con gestos públicos insólitos. Sobre esto hay una larga lista, que no es de mi interés enumerar.

No era necesario que el slogan “una nueva forma de gobernar” se llevará al extremo de crear una nueva forma de comunicar.

Por último lo que deseo para el presidente es que vuelva a sus orígenes. A la modestia, a la actitud generosa con los demás y a una sencillez de vida que le transmitieron sus padres.