Hoy se cumplen 114 años del nacimiento de Pablo Neruda, es por eso que recordamos este reportaje realizado en 2014 al abogado Nurieldín Hermosilla, uno de los principales coleccionistas de las obras de Pablo Neruda en el mundo.

  • 12 julio, 2018
Fotos: Verónica Ortíz

Nurieldín Hermosilla dice que quiere vivir hasta los 84 años. El abogado penalista –que hoy tiene 82– se propuso que, de aquí al 2016, terminará un libro sobre Pablo Neruda. “Por eso, con vivir dos años más me contento”, dice.

El “Nuri”, como todos lo conocen en el mundo legal, es uno de los grandes coleccionistas de Neruda en el mundo. Tanto así, que en su casa en El Arrayán tiene habitaciones atestadas de documentos, fotos y libros del poeta, además de las cajas fuertes requeridas por el seguro para proteger los valiosos archivos del Nobel chileno que han llegado a sus manos.

Fue en 2010, durante un recorrido por librerías de Europa, por el sur de Francia y Alemania, cuando el abogado sintió que le urgía escribir un libro de Pablo Neruda. Y no precisamente por lo que encontró del poeta, sino todo lo contrario. “No encontré nada de Neruda, me di cuenta de que ya no es un autor conocido. Eso me preocupó, porque existe la obligación de legar y provocar el interés de tanta gente, contar quién fue Neruda”, relata.

La casona de Hermosilla huele a Neruda. Varias de sus paredes están tapizadas con cuadros originales relacionados con el Premio Nobel de Literatura: retratos, óleos, vitraux y enmarcaciones de poesías, además de colecciones de artículos que Neruda recolectaba e, incluso, una escalera caracol que evoca a una que tenía el poeta en su casa, La Sebastiana, en Valparaíso.

Pero Hermosilla dice que no es un admirador incondicional. “Soy un nerudiano raro, distinto al resto. No tengo una fascinación ciega por él. No fui su amigo ni su enemigo, sino que yo lo acepto, en atención a la bondad de su escriturita y de su literatura. Soy capaz de decir libremente que Neruda era un tipo pesado y raro. Mirador en menos. Y que yo lo miraba de reojo”, argumenta. Esa mirada, asegura, convertirá a su libro en algo único.

“No será un libro fanático ni absolutista, ni pretendo narrar los episodios de su vida porque sí. Lo que quiero es descubrir quién era este personaje, este pequeño muchachito de pobreza extrema, y cómo llegó a tener el Premio Nobel de Literatura, cómo fue que una academia sueca de literatura se fijó en él, por qué razón venían los suecos a traducirlo. Es un verdadero misterio y quiero contarlo”, explica.

La tarea no suena fácil, pero Hermosilla se muestra convencido. De hecho, dice que ya empezó a escribir los primeros bosquejos y que en poco tiempo pretende dejar de ejercer su profesión de abogado –la misma que hoy desempeñan sus hijos Luis y Juan Pablo– para abocarse 100% en esta aventura. Incluso tiene un título tentativo: “Los misterios de Neruda”.

Dice que utilizará libros de autores internacionales y estudios de varias universidades de Estados Unidos, Italia, Francia y Suecia, como material bibliográfico para su investigación. Pero sobre todo, asegura, recurrirá al material que él mismo ha recolectado por años –sus poesías publicadas e inéditas– y que tiene guardadas en las bodegas y cajas fuertes de su casa. Ahí tiene, por ejemplo, una postal que le escribió Neruda a la segunda mujer de su padre, a la que él llamaba su “mamadre”, cuando tenía 12 años.

“Tráeme la carta”, le dice a Adriana Valenzuela, la bibliotecaria que trabaja con él. Se pone guantes blancos, toma la reliquia con la punta de sus dedos, y lee en voz alta: “De un paisaje de áureas regiones yo escogí para darle querida mamá esta humilde postal. Neftalí”. Y de inmediato asegura: “Qué maravilla, éste corresponde a su primer poema”.

Los 50 mil Nerudas

Durante varios marzos de su vida, Hermosilla organizó almuerzos “nerudianos”. Dice que algunos de los que conocieron estas tertulias fueron el español Alain Sicart, además de Ignacio Swett, César Soto, Juan Agustín Figueroa, Enrique Inda y Hernán Loyola. En una de esas largas conversaciones –donde se comían platos chilenos como cazuela y caldillo de congrio–, el abogado les comentó su inquietud. “Ellos coincidieron en que no habían leído a Neruda en su totalidad, sino que se habían quedado pegados en algunos aspectos, en el Canto General, en el caso de algunos; en Estravagario y Residencia en la Tierra, en caso de otros. Y que el Neruda que escribió Veinte poemas de amor y Crepusculario no es el mismo que El habitante y su esperanza; Tentativa del hombre infinito. Tampoco tienen nada que ver con las odas. Todos son chispazos de una personalidad tan brutal que produjo cambios totales en la humanidad en materia literaria”, indica.

Dice que hay una serie de episodios de su vida que merecen ser analizados con mayor detención. Y enumera algunos: que su madre muriera de tuberculosis poco después de que él naciera; que él escogiera “ser un vago”, no terminar sus estudios y que cuando le mostró su cuaderno de poesías a su padre, él lo haya tirado al agua, y lo haya golpeado. Para Hermosilla también requiere un análisis profundo el que Neruda, de adolescente, se cambiara de nombre. Que siendo un amante de la naturaleza, “anduviera abrigado, lleno de charlinas y de gorros, vestido con pantalón de cotelé”. Que fuera de una pobreza extrema, “de vivir en una pieza con un jergón, que no era una cama”; que creciera sin tener una relación social, “siendo un provinciano que era conocido como el canilludo, porque tenía las patas flacas”. Que haya tenido una vida entera de enemigos, que políticamente lo dejaron fuera de la ley, pero que, sin embargo, “él decía que no lo pasó mal”.

Que haya vivido años en el Oriente, “en la miseria más grande, donde conoció a Josie Bliss, la birmana que por sus celos se paseaba con un cuchillo para matarlo”. Y que después se casara con la javanesa María Antonieta Hagenaar, una mujer muy alta con la que tuvo a su hija Malba Marina, “cuya enfermedad –la niña nunca habló, sólo tuvo una sonrisa boba, dice– le arrebató la vida a los 12 años”.

Cómo se explica, dice Hermosilla, que Neruda llegara a los 69 años y que fuera “tan ignorante en no darse cuenta de que tenía cáncer. Yo creo que es difícil que no se haya dado cuenta. Pero él decía que tenía flebitis en las piernas. Es raro eso”.

Y agrega: “No voy a narrar estas cosas. Porque ya está narrado. La investigación abarcará una especie de enumeración de problemas para saber quién es Neruda, descubrir cuál era su motor. Cómo contrastan esos aspectos, porque a pesar de sus miserias él era un gran saltarín. Que estaba siempre volviendo a Chile. ‘No salgo de ti cuando me alejo’, decía”, indica el penalista.

Como conclusión, termina diciendo, su meta es descubrir quién era Neruda. “Porque Neruda no era un Neruda, eran 50 mil. Algunos dicen que era mapuche, otros,  finlandés, hay teorías para el mundo. Hay quienes dicen que es una especie de profeta, que preveía el futuro sin tener conciencia, que eso explicaría su viaje a Oriente, justo antes de que se desataran epidemias de tuberculosis y sífilis en Chile”, remata.

Inicios de un coleccionista

Nurieldín Hermosilla dice que ha gastado “varios importantes dólares” para armar su colección de Neruda. Pero asegura que, sin embargo, de joven, y tras conocer al poeta, poco se interesaba en él. “Fui tan poco coleccionista que perdí una carta que me él mismo me escribió”, cuenta Hermosilla.

Cuando Neftalí Reyes –su nombre original– cumplió 50 años se celebró en grande: el festejo incluyó exposiciones, recitales de poetas y conciertos, que duraron del 12 al 18 de julio de 1954. Fue entonces cuando Hermosilla lo conoció. Como era secretario general de la Fach –en esa época también era comunista– colaboró en la organización del evento. “Ahí yo empecé a captar a un Neruda distinto. Vinieron premios nobeles del mundo. Gente de Islandia, África, ministros de Cultura, escritores de todo el mundo vinieron a acompañarlo”, recuerda.

Después de eso, Neruda le escribió: “Pablo Neruda quiere expresar su agradecimiento a Nuriendin (sic) Hermosilla por su colaboración ofrecida tan gentilmente para la celebración de su aniversario. Y lo invita a comer en Michoacán el 16 de Septiembre a las 9 de la noche” (ver fotografía). Por años, esa carta estuvo inubicable. Hasta que hace un año y medio, inesperadamente, la recuperó. “Estaba guardada, doblada, dentro de un diccionario de mi suegra, que era profesora primaria de la Escuela Normal de Talca”, cuenta.

Hoy, ese papel es parte de su colección, la que comenzó a formar a mediados de los 60, cuando otro abogado que trabajaba con él en el Seguro Social, le contó que tenía apuros de plata, y le ofreció venderle la mitad de su colección. Hermosilla no lo pensó dos veces. Y aunque no tiene claro cuánto ha invertido a la fecha, su plan es donar todo a la Biblioteca Nacional. “Es algo invaluable, y ése es un buen lugar para su preservación”, asegura. •••