¿Puede alguien, simultáneamente, ser un chileno universal, sacerdote eficaz, poeta místico y desempeñar un cargo tan ejecutivo como presidir una institución destinada a elaborar proyectos concretos de evangelización? Puede. Lo acabo de conocer y se llama Joaquín Alliende Luco.

  • 22 enero, 2009

 

¿Puede alguien, simultáneamente, ser un chileno universal, sacerdote eficaz, poeta místico y desempeñar un cargo tan ejecutivo como presidir una institución destinada a elaborar proyectos concretos de evangelización? Puede. Lo acabo de conocer y se llama Joaquín Alliende Luco. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt.

Compatriota de buena cepa, santiaguino nacido en Calle Merced, en casa de su abuelo, con la cosecha 1935. Desciende del Chile Viejo que su antepasado Luis Orrego Luco describió magistralmente en sus conocidas Memorias. Como tantos de su generación y círculo social, estudió en los Padres Franceses “de abajo”, donde dejó recuerdos de buen alumno, pero sobre todo de niño travieso. De su familia recibió el ejemplo moral de dos personas que le marcaron profundamente. Por una parte, su abuelo, un médico que aunaba ciencia y religiosidad y que, formado en París, fue uno de los primeros psiquiatras de Chile. Tenía desplantes poco habituales para ese entonces… y ahora: por ejemplo, sacar a sus hijas un buen día de las Monjas Francesas y matricularlas en el Liceo Nº 1. Por otra, su tía Elena, hermana de su mamá, que siendo monja carmelita dejó el claustro para hacerse cargo de los sacerdotes ancianos, cuya soledad le conmovía.

Siendo niño, entrevió el poder en pantuflas. Era sobrino de la señora del presidente Pedro Aguirre Cerda y a Jorge González Von Marées, jefe del nacional-socialismo criollo, lo trataba de tío… Se acostumbró, pues, a oír en su casa lo que al día siguiente aparecería en los diarios. Sus padres, cultos y modernos como pocos en su época, dedicaron generosamente a sus hijos un bien cada vez más escaso: tiempo. Eso explica muchas cosas de la personalidad y cultura de Joaquín Alliende: es imposible no interesarse en Shakespeare, por ejemplo, si nuestro padre es quien lo ha leído para uno. Y todo esto ocurría en un ambiente de sobria elegancia y exigente responsabilidad: la vida es un don y hay que tomársela en serio. Quizás ahí están las premisas que explican porqué en su caso la savia de la tradición se fue encauzando imperceptiblemente hacia una vocación de absoluto, a la que ha sido fi el y en la que ha dado mucho fruto.

En 1951 se vinculó como laico consagrado a Schöenstatt, una institución católica de talante mariano nacida en Alemania durante los años de entreguerras y afincada en nuestro suelo por esas cosas de Dios. En aquellos días, tal espiritualidad era una novedad en los círculos católicos, todavía marcadamente clericales. Su vocación maduró en ese entorno, convencido de que su misión estaba en el servicio a Cristo desde el mundo. Cristianizar la sociedad era un ideal que él compartía plenamente y su camino para encaminarse a esa meta lo intuía en la política… Pero la vocación tomó otro rumbo y, al paso del tiempo, los jóvenes Hernán Alessandri y Joaquín Alliende –dos cuerpos en una sola alma, me parece a mí– a los 17 años partieron al seminario en Friburgo y se convirtieron en los primeros sacerdotes chilenos de Schöenstatt. Me cuenta que, poco después de su consagración, el fundador, padre José Kentenich, les preguntó si estarían dispuestos a llevar el carisma de Schöesntatt a todo Chile. “No sólo a Chile, a todo el mundo”, fue la respuesta… Y este sacerdote, empapado del ideal católico, o lo que es igual, universal, era el mismo niño que al recibir su primera comunión había rezado por sus papás, sus abuelos… y por Arturo Prat, Bernardo O’Higgins y Manuel Rodríguez, pidiéndole al Señor que estuvieran bien en el cielo porque ellos le habían dado la libertad a Chile.

Reconoce que la vena literaria le viene de los Luco. Además de una biografía del padre Kentenich escrita con su alter ego, Hernán Alessandri, ha colaborado en la redacción de documentos pontificios, desde la Conferencia de Puebla en adelante. También incursionó en el teatro, como actor aficionado. Jaime Celedón puede dar testimonio de esta faceta, pero lo suyo fue y es la poesía de raíz mística, especialmente de inspiración mariana. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua, Roque Esteban Scarpa lo caracterizó como “poeta maduro, dueño de su oficio y de su alma, firme y versátil, trascendente y amigo de la sonrisa… su poesía tiene solidez y permanencia de torre”.

Hoy preside una fundación internacional, Ayuda a la Iglesia que Sufre, obra pontificia creada el año 1947 en una Europa cuyas ruinas morales y materiales todavía humeaban. Me acerco a él con curiosidad y simpatía. No me imagino cómo se armonizan en una persona las cualidades del poeta y las de un alto ejecutivo de una “empresa”, por mucho que ésta dependa de la Iglesia.

Manos limpias

Llega apurado a la reunión con Capital, pero a la hora convenida. Ciertamente, no es lo suyo perder el tiempo, lo que ya es un plus. Sabe aprovechar los minutos y, concentrado, me habla atropelladamente como si no hubiera nada más importante en el mundo que esta entrevista. Inmediatamente me queda en claro que se trata de un hombre con mundo… pero en absoluto mundano.

“Me gusta mucho la historia”, dice sin esperar mi primera pregunta, “pero mientras ustedes la registran, a mí me interesa hacerla”. Y lo que en otro podría sonar a despropósito, a él le sale natural. A lo largo de la conversación iré descubriendo que detrás de sus modales de gran señor hay una voluntad de acero, expresada con la autoridad del que está acostumbrado a servir, en el más noble sentido de la expresión.

-Padre, entiendo que Ayuda a la Iglesia que Sufre recolecta dinero en 17 países y lo distribuye en 170, uno de los cuales es Chile.

-Así es. Tenemos que juntar 120 millones de dólares anuales y el primero de enero no teníamos nada, porque entregamos todo. Y entonces, una vez más, hemos salido a la calle para mendigar con las manos limpias. Tratamos de lavarnos las manos antes –acota con una sonrisa–. ¿Y esos 120 millones, para qué?, te preguntarás. La razón de ser de esta fundación es sostener la fe en Dios en todos los lugares donde, por uno u otro motivo, peligra esa condición indispensable para el ser genuinamente humano. Tú, como historiadora, te habrás dado cuenta de un fenómeno muy curioso: los hombres y las mujeres no pueden vivir sin Dios y, si no lo encuentran, se inventan uno; pero un Dios inventado es muy peligroso… En cambio el Dios anunciado por Jesucristo libera, crea comunidad, abre horizontes de plenitud para una vida en la que todos somos hermanos y no escalones que se pisotean para llegar… ¿Dónde queremos llegar? Siendo las cosas como son y dejando de lado la retórica y las consignas demagógicas, ¿quién sino Jesucristo puede decir legítimamente que somos hermanos? Fíjate que no estoy diciendo como si fuéramos hermanos; yo me refiero a hermanos de sangre y de alma. ¿Quién, pues? Sólo el que anuncia a Jesucristo, que nos hizo ser hijos en el Hijo. Ese es el punto central de la vida en sociedad orientada al bien común: sólo el cristianismo puede fundamentar en roca, no en buenas intenciones ni sentimentalismos, la fraternidad entre los hombres.

 

 

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-¿Es necesario en Chile? Antes del gobierno militar dependíamos de la ayuda exterior hasta para financiar las campañas políticas, pero desde hace ya un tercio de siglo somos una nación que se las arregla con sus propios medios. ¿O es que los católicos chilenos no son capaces de mantener sus propias organizaciones?

-La fundación contribuye anualmente con unos 600.000 dólares a la evangelización en nuestro país. En el conjunto es una cantidad modesta, pero significativa. Esta colaboración la inició Ayuda a la Iglesia que Sufre hace varias décadas, a petición del cardenal Raúl Silva Henríquez. El me telefoneó un día invitándome a cenar: Repasa tu alemán, me advirtió. Y en esa comida me presentó al padre Werenfried, fundador de Ayuda a la Iglesia que Sufre. Fue una conversación impresionante. Me consta que en tiempos del cardenal Silva Chile recibió, proporcionalmente, más ayuda que ningún otro país de América latina. Ahora, es evidente que los chilenos debiéramos ser capaces de sostener íntegramente nuestras organizaciones, pero todavía no es el caso. Lamentablemente, no existe aquí una cultura del dar… sino más bien lo contrario. Somos demasiado pasivos, poco comprometidos en términos prácticos con los ideales que proclamamos. Y es curioso lo que ocurre en este momento, porque al país le ha ido bien en los aspectos económicos del desarrollo en la misma medida en que ha comprendido y hecho suya esa realidad que llamamos globalización. Lo digo porque fueron los católicos quienes, en la historia, inventaron la globalización. La Iglesia, por definición, es universal. Las otras religiones son nacionales, como en Gran Bretaña, o están condicionadas por la raza o una cultura específica. Al católico siempre le ha resultado natural interesarse por lo que les pasa a sus hermanos en otras partes, como ocurre en cualquier familia. Y aspira a que todos los habitantes del planeta conozcan a Jesucristo y trabaja para que esa aspiración se convierta en realidad. En ese contexto, la fundación a mi cargo se focaliza en quienes son perseguidos por el nombre de Cristo.

-Pero en estos días, cuando la ideología activamente atea que alimentaba al comunismo es ya parte del basurero de la historia, para decirlo con una frase de Lenin, ¿quién persigue a la Iglesia en Occidente?

-Entiendo lo que quieres decir y conviene no olvidar que el siglo XX fue un siglo de mártires. En realidad, nunca antes fueron tantos los cristianos perseguidos y masacrados por el hecho de serlo. ¡Estamos hablando de cientos de miles de personas! Y todavía hoy, para que veas hasta qué punto pueden ser ambiguas las cosas, en China hay obispos católicos encarcelados. Y en Vietnam y en los países tras la Cortina de Hierro también los hubo. Pareciera que en Cuba –donde se eliminó hasta la fiesta de Navidad– la situación está mejorando.

El tema de fondo en todo esto es el siguiente: lo propio del hombre es la libertad, y el núcleo de la libertad es la libertad religiosa. Habrá, pues, persecución en tanto haya poderosos que quieran someter a los hombres a sus designios, considerándolos al efecto como un medio y no un fin en sí mismo. Es inaceptable sacrificar a una o varias generaciones para alcanzar, hipotéticamente, el cielo en la tierra. Es inaceptable porque es indecente. Y por eso se disimulan los procedimientos empleados para sojuzgar la libertad. Pero cuando bajo cualquier pretexto no me dejan tomar la decisión más íntima, como es mi relación con Dios, quiere decir que están dispuestos a no dejarme nada. Quien tenga la insolencia de indagar en ese santuario íntimo que es la conciencia será capaz de hacer cualquier brutalidad para doblegarme.

-Pero pienso que hoy nadie puede doblegar conciencias, padre…

-¿De veras? Nadie puede, dices, porque se acepta en público que nadie tiene derecho a invadir el núcleo sagrado de la persona humana; pero desgraciadamente la realidad es otra y los atropellos a la libertad de conciencia ocurren con dolorosa frecuencia. Lo que el papa Juan Pablo II denominó cultura de la muerte es, sin ir más lejos, una presión que a veces torna heroico comportarse como cristiano.

-¿Por cuánto tiempo permanecerá usted a cargo de esta fundación?

-Un período breve, tres años, a causa de mi edad. Aprovecho de decirte que me encanta ser viejo, porque si no tuviera 73 años haría más brutalidades de las que hago. Creo haber aprendido algunas cosas sensatas y procuro aplicarlas en mi vida. Mi trabajo consiste en hacer de puente, traspasando el espíritu del fundador de esta iniciativa a la generación siguiente, a la que no le conoció personalmente.

Es una responsabilidad mayor. Se trata de la iniciativa apostólica que ocupa el puesto de vanguardia en los frentes más arduos de la evangelización. Los medios materiales son importantes, pero ahí donde se persigue a los hombres de fe, debiéramos proporcionar ante todo un chorro de alegría, de optimismo sobrenatural; porque eso era Werenfried, un hombre iluminado por la fe que desbordaba humor, bondad, simpatía y claridad.

-Acaba de señalar que los perseguidos son los hombres de fe… ¿Pasó intencionadamente del plano de las instituciones al de las personas?

-Más bien inconscientemente, pero puedo explicarlo. El cristianismo, como sabes, no es una doctrina abstracta, intelectual. Es la presencia en la historia del Hijo del Hombre, de Jesucristo. Los creyentes siguen un ejemplo, desean que sus vidas imiten la del Maestro. La pregunta que se hacía frecuentemente san Alberto Hurtado, “qué haría Cristo en mi lugar”, es de lo más pertinente para un cristiano. Y las verdades que se desprenden del testimonio del propio Señor, contenido en los Evangelios, no las hemos recibido sus discípulos para guardarlas en una bóveda ni para destinarlas al consumo privado. Por el contrario, la Iglesia –integrada por todos los bautizados, no sólo por la jerarquía; somos pueblo de Dios, no lo olvides– es una Iglesia que evangeliza… Va en búsqueda de cada ser humano y le cambia su perspectiva vital, su destino, si se me permite la expresión, al comunicarle la buena nueva, invitándole a participar de la alegría y la libertad que nos regaló la redención del género humano practicada por Cristo al morir en la cruz. Esto caracterizó a la hermandad de seguidores de Jesucristo desde el primer día. Sin embargo hay que puntualizar que Juan Pablo II, seguramente por su estupenda formación filosófica, fue el primer pontífice que se declaró personalista.

-¿Y qué alcance tiene esa expresión?

-Para mí, un sentido enorme. Es poner en el centro, como camino y fi n de la perfección cristiana, el servicio a las personas, el cuidado de cada persona en particular. Es retomar el sentido original de la caridad. ¡Resulta tan fácil amar a la Humanidad! Lo difícil, lo valioso, lo verdadero, es amar al prójimo; es decir, al próximo, al que está a tu lado, tal como es, no como nos gustaría que fuese. Sartre, en su ateísmo radical, sabía lo que decía cuando afirmó que el infierno son los otros.


La cuestión terrenal

-¿Cómo se hace para no confundir eso con la política?

-¡Uf! La actividad política me interesó desde niño. ¡Cambiar el mundo! No se puede aspirar a algo más grande; pero el sacerdocio es más importante que la política. Un sacerdote puede modificar el corazón de una persona, es decir, la motivación que la mueve en una u otra dirección. El político se ocupa de estructuras, pero a fin de cuentas sólo el cambio para bien en los corazones se traduce en cambios sociales positivos y perdurables. Quiero decir, en suma, que las naciones avanzan o retroceden al ritmo de las virtudes de quienes integran la nación. Lo demás es cosmética.

 

 

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-¿Dónde está el punto que separa la religión de la política?

-Por de pronto, no es un punto matemático. Es un punto de sabiduría, determinado por una visión del hombre que debe ser encarnada en acciones concretas y políticas, prácticas. El sacerdocio, el magisterio, debe dar el alma, la orientación que requieren los laicos que están en el primer frente, cuidando el núcleo de la fe y apoyándolos para que tengan raíces, para que su labor no se transforme en mera beneficencia.

-O sea que lo propio de la actividad cristiana en el mundo es su anclaje en una antropología humana…

-¡Exactamente! Esa es la palabra. Y en este caso, se trata de una antropología personalista que consiste en lo siguiente: la persona no se puede presuponer así en abstracto, hay que detenerse con cariño en la persona concreta y explorar sus relaciones, sus amistades, sus ligamentos con la tierra, sus vínculos con el mundo intelectual, no en tanto ejercicio especulativo de la mente sino como sabiduría. En una palabra, hay que cuidar la persona, de ahí viene el personalismo. Y la persona está situada en comunidad, no puede ser entendida exclusivamente como experiencia del individualismo. La Iglesia, en suma, no puede presuponer de las personas que ellas están en condiciones de tomar, sin más, la verdad de Jesús. Esa, la de la iglesia de Cristo, es una mirada antropológica y pedagógica del hombre.

-Quitémosle la fe… ¿Qué tenemos entonces? ¿Liberalismo, marxismo, cualquier “ismo” encaminado al bien del hombre?

-La fe no es una especie de crema que uno se pone al final, sino la raíz del auténtico humanismo. Creer en Dios o no creer, cambia todo. Y depende qué Dios tengas, por cierto. El Dios mío puede ser amigo del hombre y respetuoso de la libertad de cada persona, o un Dios que se me impone y me aplasta. Fíjate que la encarnación nace de la pregunta que formula el mismo Dios, a través de su arcángel, a una mujer jovencísima… Toda la historia de la humanidad gira en torno a ese instante decisivo. En cierto modo, el tiempo se congeló en espera de la respuesta de María. Su fiat, el hágase en mí, fue una declaración de amor que hizo posible llevar adelante el plan que Dios tenía desde siempre para su criatura predilecta. La decisión de María, esa muestra de infinita confianza –y la fe no es otra cosa– cambió todo lo humano, y lo cambió de una vez y para siempre.

-¿Cree usted que para el hombre y la mujer de nuestro tiempo –debatiéndose en medio de una sociedad materialista, cuando no derechamente consumista, y fuertemente competitiva– les es posible vivir de acuerdo a ese modo ideal?

-Por supuesto. Te repito que las alegrías y exigencias del cristianismo son estrictamente humanas. Cristo “divinizó” nuestra condición al encarnarse en las entrañas de María.

-Yo estoy pensando ahora en asuntos más contingentes…

-Si te entiendo bien, estás pensando en la vigencia de la doctrina social de la Iglesia. Yo creo que ahí hay un depósito de sabiduría, de experiencia y de sentido común que no conviene desechar sin más. Mi padre era un hombre de negocios bastante pragmático, un financista, y sin embargo –o por lo mismo, no lo sé– tenía puesta su esperanza en una sociedad modernizada a la par que recristianizada a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Para él, el tema de los pobres era esencial. Nos tenía prohibido decir la palabra “roto”, que a su juicio era una rotería imperdonable.

-¿Fue falangista?

-No, mis padres nunca dejaron el Partido Conservador. Mi mamá encontraba que la Falange Nacional era un poco teatral, en el sentido de que hablaban demasiado de lo que hacían para ser buenas gentes. Ella era partidaria del ejercicio de la caridad con discreción, con extremo respeto a quien queremos ayudar, sobre todo.

-Ese es un rasgo de delicadeza…

-A propósito de delicadeza, y porque viene a cuento, quiero contarte algo que me conmovió de Juan Pablo II…

-Sé que trabajó con él y que le admira mucho…

-Bueno, no sólo fue un gran papa, sino un hombre muy hombre y un protagonista central del siglo XX. Como historiadora, ¿has reparado en que a lo largo de la última etapa, digamos desde la revolución francesa en adelante, para entendernos, no hay, fuera de la Iglesia, otra institución que haya sido conducida en todo momento por personajes tan notables, sólidos y competentes como los papas contemporáneos? El mundo ha cambiado vertiginosamente, venerables imperios desaparecieron y los que no eran tan venerables, también. Pero el Espíritu Santo ha suscitado la elección de hombres sobresalientes para el trono de Pedro, y al último de ellos lo seguí de cerca. Conocí el entorno del futuro Juan Pablo II en Cracovia, porque trabajé allí con la Comisión Teológica. Con Hernán Alessandri formamos parte del equipo de transición cuando fue elegido, y escribimos varios documentos con propuestas doctrinales. Fueron meses de intensas discusiones al interior de la Iglesia. ¡Imagínate nuestra alegría cuando le escuchamos proclamar en México (Puebla), las mismas ideas que habíamos defendido! Estábamos allá y nos abrazamos llorando con Hernán y Lucio Jera, gran teólogo argentino.

-Les hizo caso…

Suelta una carcajada y me dice: modestamente… El Concilio Vaticano II había renovado el espíritu de la Iglesia y el vicario de Cristo estaba dispuesto a avanzar sin titubeos en la dirección acordada por los padres conciliares. ¡Imagínate! En un momento de la historia de la humanidad en que los signos de los tiempos parecían anunciar el predominio de las formas más burdas de la civilización material, Juan Pablo II profetiza la vigencia en nuestro tiempo de una identidad cristiana absolutamente densa, bullente, que se plasma en la historia. Es el Papa de la evangelización de la cultura, ya anunciadas por Pablo VI…

-Una especie de Gramsci al revés…

-Si lo quieres ver de ese modo… Lo importante, lo que no podemos perder de vista, es que el campo de batalla en que se decidirá el porvenir del hombre, donde está en juego su libertad, es precisamente el de la cultura. Ahí tenemos que estar, y en primera línea, los católicos del siglo XXI. Pero no de cualquier manera. Te contaré algo muy íntimo: conocí al papa Juan Pablo II en América, cuando hacía poco había sido elegido. Tuvimos un diálogo precioso y personal. Esa conversación fue una gracia de Dios, un regalo. Y entonces entendí el centro de su pensamiento. En adelante permanecimos en contacto de diferentes formas y, en los últimos años, por mi participación en Ayuda a la Iglesia que Sufre. Cuando me encontraba me decía en broma: ¿y qué hace el padre Alliende aquí? Y se reía. Perola última vez que le vi ya estaba muy enfermo y en la penumbra de una sala a la que habían entornado los postigos, me miró por sobre las cabezas de unos generales de congregaciones y me dijo en alemán: gracias por el amor. Me estremecí. Sé que no me lo dijo porque me considerase un santo lleno de amor, sino porque pertenezco a la Iglesia que Sufre. Este es mi lugar.