Desde Punta Arenas al Cabo de Hornos y con la Cordillera de Darwin como centro de gravedad, durante cuatro días circunnavegamos la avenida de glaciares que descuelgan de sus montañas. Surcamos las gélidas aguas del Estrecho de Magallanes y el Canal del Beagle, hasta poner pie en la Isla Hornos. A bordo del Vía Australis pudimos sentir en carne propia el magnetismo que tienen estas agrestes tierras.

  • 21 enero, 2009

 

Desde Punta Arenas al Cabo de Hornos y con la Cordillera de Darwin como centro de gravedad, durante cuatro días circunnavegamos la avenida de glaciares que descuelgan de sus montañas. Surcamos las gélidas aguas del Estrecho de Magallanes y el Canal del Beagle, hasta poner pie en la Isla Hornos. A bordo del Vía Australis pudimos sentir en carne propia el magnetismo que tienen estas agrestes tierras. Por Roberto Sapag.

Un viejo dicho marinero acuñado hace unos siglos sostenía que en los australes mares chilenos, al sur de la latitud 40 no había leyes y que al sur de la latitud 50 lo que no había era Dios… Para aquellos que navegaban sin radares, GPS, ni potentes motores, esa imagen probablemente era certera. Sin embargo, hoy el aserto luce deslavado y, por qué no, situado en las antípodas de la realidad.

En los canales patagónicos, a bordo del M/V Via Australis, lo que uno percibe es un mundo sabiamente regido por las leyes de la naturaleza y en donde para la gente de fe, Dios se manifiesta en toda su magnificencia. Un lugar en que la vida es capaz de sobreponerse a las condiciones más extremas, emergiendo bajo la forma de descomunales ballenas Sei o desplegándose como imponentes albatros.

Un territorio sobrecogedor, sin duda. Pero no se crea que visitamos la zona con anteojeras. No, porque teníamos claro que hubo una época en que aventurarse al mar en estas latitudes era una verdadera ruleta rusa: sólo en el Cabo de Hornos se contabiliza el hundimiento de más de 800 barcos y la muerte de 10.000 personas. También sabíamos, y en el lugar se nos hizo más evidente, que acá se produjo uno de los más detestables genocidios de pueblos originarios. De hecho, de los onas, patagones, yámanas y kaweskar, algunos de los cuales solían pintar sus cuerpos para representar fantasmas, sólo quedan sus espíritus.

Para quienes sufrieron ambas pesadillas debió ser cierto eso de la ausencia de leyes y Dios. Para quienes hemos tenido el privilegio de visitar cómodamente esta zona, el lugar donde los dos más grandes océanos de la Tierra se baten a duelo, como dijo Francisco Coloane, la experiencia no es sino de recogimiento.

Columna vertebral

El punto ancla de nuestro viaje fue la Cordillera de Darwin, cadena geográfica que alberga al más austral de los campos de hielo de nuestro territorio continental. Se trata de unos 2.400 kilómetros cuadrados de glaciar, el cual fue bautizado en honor a Charles Robert Darwin tiempo después de que el naturalista inglés visitara la zona a bordo del HMS Beagle, que capitaneaba Robert Fitz Roy. Fue en 1832 que ambos arribaron a la Patagonia, teniendo Darwin 23 años de edad.

Casi en todo momento tuvimos a la vista la Cordillera de Darwin, que cuenta no sólo con imponentes montañas que promedian unos 2.500 metros y que literalmente emergen del mar, sino que además deslumbra con sus glaciares que se abaten como verdaderas cascadas de hielo milenario.

El primer día de actividades tiene como telón de fondo la citada cordillera. Se trata de una jornada en la que se hace contacto con las más variadas especies que habitan la bahía Ainsworth y los islotes Tucker: Elefantes y lobos marinos, pinguinos, gaviotas, tiuques y los imperdibles delfines no faltaron a la cita.

La flora y la fauna de la zona resultan interesantes, aunque para algunos de seguro son el decorado obvio del viaje. Y probablemente lo son, pero a medida que los guías suministran información sobre cada una de las especies, se dimensiona el valor que ellas tienen. Que esté medido que un lobo marino, como cualquiera de los que vimos, tiene la capacidad de zambullirse ¡1.200 metros! en busca de alimento en aguas casi congeladas o que los canelos que repletan el paisaje toman 800 años en alcanzar su edad madura son datos que no pueden sino sorprender.

El día dos de nuestro periplo resultó sobrecogedor. Fue una jornada marcada por el paso por la Avenida de los Glaciares. Uno tras otro se desfila frente a los hielos de los glaciares Romanche, Alemania, Francia, Italia y Holanda, algunos de ellos desangrándose por colosales cascadas que caen desde alturas sorprendentes hasta el mar.

 

 

 

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La imagen es conmovedora, tanto como lo fue la mañana de ese día la que nos brindó el glaciar Pía. El paredón de hielo derrama desde las alturas hasta hacer contacto con las aguas de un muy protegido fiordo. Gracias a un muy bien organizado desembarco, los pasajeros pudimos llegar a los pies del glaciar y presenciar crepitantes desprendimientos de hielo.


El fin del mundo

Pero las imágenes imborrables no quedarían ahí. Las últimas jornadas de la travesía nos agasajaron con el avistamiento de un grupo de ballenas Sei, que tuvieron la amabilidad de acompañar nuestro crucero, y nuevas visitas de delfines que saltaron literalmente al lado de nuestros zodiac.

Horas antes del avistamiento, que fue el broche de oro de nuestro recorrido, habíamos completado dos de las actividades más significativas del viaje. Primero, el desembarco en la Isla Hornos, que nos hizo acreedores a un diploma que acredita que se ha estado en el punto más austral del planeta. La segunda actividad fue la visita a la bahía Wualaia, lugar donde Robert Fitz Roy y Charles Darwin pudieron hacer contacto e interactuar con una de las más importantes comunidades yámanas de la zona.

En la Isla Hornos no sólo se puede visitar el monumento al Cabo de Hornos levantado en diciembre de 1992, sino que también conocer el faro que operan en la isla una familia de estoicos chilenos. No está de más decir que en el lugar se está completando el desminado de algunas laderas, una de las secuelas que dejó el clima de beligerancia entre Chile y Argentina hace 30 años.

Finalmente, en Wualaia se hace un trekking cargado de ansiedad. En esa zona habitó una de las comunidades aborígenes más formidables y consolidadas, de la cual, producto de la brutalidad con que hace siglos se trató a los nativos, no quedan sino algunos restos. Dicen que basta escarbar unos centímetros para encontrarse con puntas de lanzas hechas con hueso de ballena y otros utensilios del día a día de los aborígenes. En fi n, de aquello hoy sólo quedan los recuerdos.

El viaje finaliza al día siguiente en Ushuaia. Una ciudad que crece a tasas aceleradas y en donde palpita el turismo internacional. La reflexión es evidente: después del frenazo al tráfico marítimo comercial que representó hace nueve décadas la apertura del Canal de Panamá, está claro que en el turismo está anclado parte importante del futuro económico de las ciudades del fin del mundo. Como para tomar nota.

 

 

El mundo a bordo
Lo primero que llama la atención tras zarpar de Punta Arenas en el M/V Via Australis es la diversidad de pasajeros. Veinte nacionalidades y casi idéntico número de lenguas hacen palpitar el ambiente durante el brindis de bienvenida, mientras emprendemos rumbo a los canales patagónicos. El capitán Oscar Sheward marca el rumbo: disfrutar del paisaje, de las instalaciones y de las actividades previstas.

La embarcación de 72 metros de eslora es moderna. Fue lanzada al agua en 2005 por Asenav, en Valdivia; cuenta con 64 cabinas con baño privado y vista panorámica y un total de cinco cubiertas, dos salones y un comedor. Cerca de 45 personas, entre tripulantes, personal de hotelería y expediciones, dan vida a un programa de actividades que incluye trekkings y completas charlas sobre pueblos nativos, glaciología, aves, flora y fauna del lugar. De la gastronomía mejor no hablamos, ya que aún estamos a régimen para recuperar la forma.

Por cierto, también están contempladas visitas al puente de mando y la sala de máquinas, con explicaciones detalladas sobre las tecnologías con que cuenta la nave, entre ellas una planta de tratamiento de aguas, que por la vía de filtros y microfiltros permiten que el impacto ambiental de la travesía sea imperceptible.

El Via tiene un hermano casi gemelo, el Mare Australis y espera pronto el “nacimiento” del Stella. La embarcación estará plenamente operativa en 2010, con capacidad para 210 personas en 100 cabinas, además de nuevas prestaciones, como un gimnasio.

 

Don castor
Tal vez uno de los mejores ejemplos que se pueda hallar para ilustrar las nefastas consecuencias de una decisión aparentemente inofensiva, sea el caso de la introducción del castor canadiense en Tierra del Fuego.

Fue en los años 40 que alguien tuvo el ingenio de traer cerca de 60 castores para desarrollar una nueva actividad económica en la zona: la peletería. En el papel, todo se veía bien.

Sin embargo, la Patagonia no es Canadá y en esta zona este “bicho” terminó desbocándose, hasta constituir hoy una plaga que supera los 70.000 castores, cada uno de los cuales con la capacidad de derribar más de 400 árboles por año, forjar represas y, por esa vía, interrumpir el ciclo vital de otras especies, como las truchas que ya no pueden ir río arriba a desovar.

Particularmente duros de matar han salido los castores, que tienen además la capacidad de dar a luz entre 4 y 6 crías por año. Cuando los habitantes de la zona se dieron cuenta que estos verdaderos ingenieros hidráulicos de la naturaleza estaban trastornando el paisaje, el ecosistema y el sistema económico, intentaron varios planes de control, todos con nefastas consecuencias. Y claro, es que, al traer al sur de Chile a los enemigos naturales del castor, lo que finalmente hicieron fue hundir más los pies en el barro.

Se probó con el zorro gris, que una vez acomodado en la zona, decidió sacar del menú al duro castor y agregar los huevos y polluelos de las aves que anidan en tierra, como el ganso. Luego fue el turno del visón, que se aficionó a las gallinas, y más tarde el del hurón, que encontró más sabrosas a las nutrias. Dicen las malas lenguas que a más de algún astuto se le cruzó por la mente traer osos grises o poner anticonceptivos en las cortezas de los árboles, ideas que no prosperaron… De la que nos libramos.

Hoy los chilenos estamos gentilmente invitados a cazar castores, el problema es que su carne no es muy sabrosa, su piel tampoco tiene muchos seguidores. Como sea, el tema necesita una solución urgente, porque ya se teme que la plaga avance con celeridad hacia el norte.