Las calles y edificios del barrio financiero residencial de mayor crecimiento en Santiago no son novedad, pero se observan desde otra perspectiva –lo bueno y lo malo- cuando se recorren en compañía de un premio nacional de Arquitectura. Así lo hizo Capital.

  • 19 octubre, 2007

Las calles y edificios del barrio financiero residencial de mayor crecimiento en Santiago no son novedad, pero se observan desde otra perspectiva –lo bueno y lo malo- cuando se recorren en compañía de un premio nacional de Arquitectura. Así lo hizo Capital.Por Christian Ramírez; fotos, Enrique Stindt.

 

Barrio El Golf, el de las tradicionales casonas que dieron paso a enormes edificios corporativos. Amado por los ejecutivos que se trasladaron de un opaco centro de Santiago a un espacio que combina trabajo y recreación. Odiado por quienes extrañan su antigua majestuosidad.

 

Ganar espacio para la ciudad, estimular la actividad peatonal, construir respetando las proporciones del vecino… Ninguna de esas actividades parece estar relacionada con la presencia de enormes edificios corporativos, verdaderos gigantes de acero que han cambiado la cara del nuevo centro financiero de Santiago.

 

Pero, todo está en la perspectiva de quien mira.

 

-Es interesante ver cómo el sector del Barrio El Golf ha ido adquiriendo las características que muchos chilenos dicen alabar de Buenos Aires. Algo que a juicio de muchos parecía una combinación imposible en Chile y que permitiera la coexistencia de empresas y áreas verdes, trabajo y ocio, oficinas y departamentos, sol y sombra.

 

Mientras lo dice, Juan Sabbagh, premio nacional de Arquitectura 2002, gesticula intensamente y traza líneas en el aire con la mano, camina hasta el costado de un edificio, sube la mirada al cielo, busca puntos de fuga, detalles que a veces pasan desapercibidos al observador casual.

 

“Isidora Goyenechea se ha vuelto una calle que aloja edificios muy altos, pero al mismo tiempo éstos han cedido parte de lo que era su propio terreno para que las personas circulen, improvisen plazas y se comporten de forma dinámica. La gente ya no solo hace trámites en estas calles, ahora las habita”.

 

De hecho, esa fue precisamente la razón que motivó a Capital a invitarlo a dar un paseo por el barrio –por su barrio, ya que él tiene oficina precisamente en la esquina de El Golf con Isidora Goyenechea–, para que él mismo destacase la cara bonita y también “la otra”, para que explicara la forma en que un sector urbano cobra identidad alimentándose de construcciones notables y defendiéndose, al mismo tiempo, de las que amenacen con destruirlo. Porque, obvio: no todo lo que se ha edificado dentro del área que limita con Apoquindo, Vitacura, Américo Vespucio y Presidente Riesco cae dentro de los paradigmas de la perfección.

 

“Hay muchos edificios que caen de golpe a la vereda, cuando lo natural es establecer un espacio con respecto del peatón. Algunos, como Borja Huidobro en su Edificio Golf 40 lo han solucionado creando fosos de agua alrededor, pero otros simplemente llegan al suelo como si fuera una pared”, indica Sabbagh mientras acelera el paso por Isidora.

 

 

Edificio Golf 40 Edificio Apoquindo 3600 Edificio Bci

 

 

 

Borjaland

 

 

Para él, la diferencia fundamental la establece una construcción que, aunque ubicada fuera del área, marcó época: el Edificio del Consorcio Nacional de Seguros (1994), concebido también por Borja Huidobro en conjunto con Enrique Browne. “Hay un antes y un después del Consorcio y ello es muy visible en los edificios de la zona. Si recorres estas calles puedes ver que a principios de los 90 e incluso un poco después, algunos edificios corporativos eran masas compactas de cristal y ladrillo, y casi se confundían con torres destinadas a habitación. Tras el Consorcio no solo los materiales cambian, sino además hacen su aparición formas nuevas. El ejemplo más rotundo es la curvatura del Edificio Apoquindo 3600, también de Borja. No por nada él se ha convertido en todo un animador del sector”.

Ello es visible mientras caminamos entre el Edificio Golf 40, pasamos por un costado del edificio corporativo del BCI (ubicado a la altura del 125), atravesamos la Plaza Loreto, divisando a la distancia las hermosas y albas Puertas de El Golf (números 201, 203 y 280), y nos paramos en la esquina del Edificio Isidora (en el 3642). Todas obras del celebrado arquitecto.

 

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“El Isidora es particularmente hermoso porque, si lo ves con cuidado, te das cuenta que fue construido respetando las proporciones de las antiguas casas del sector.

 

No es una masa vertical. Incluso posee un alero en el tope, un rasgo más propio de una casa que de un edificio”, explica.

 

 

Torres Isidora Foster Edificio CCU Edificio Isidora 3642

 

 

 

Obras maestras

 

 

Y sin embargo, estos no son los favoritos de Sabbagh. Para encontrarlos hay que caminar por Isidora Goyenechea en dirección poniente, pasando frente a las torres Isidora Foster (altura 3477) –“éstas solucionaron el problema de la circulación creando una plaza que las conecta entre sí”–, y también por varias construcciones pre Consorcio, hasta llegar a la pequeña y compacta Comunidad Edificio El Golf (altura 3365). “Lo más notable es su capacidad para incluir a las personas, para acogerlas en este caso a través de la terraza de un restaurant. Es un lugar que nunca está vacío”.

 

Claro que un poco más allá –en Isidora 3120– reside la joya del barrio. “El Edifi cio Manantiales, o el edificio de los palitos, como lo conoce la gente”, dice Sabbagh mientras nos acercamos. “Bueno, qué decir. Es una construcción extraordinaria por la belleza de su fachada, por el respeto con que trata a su vecino (el edificio Parque Isidora Golf) sin apabullarlo al demostrar altura; por la pilarización, este conjunto de pilares que conducen al interior, y la manera en que estos mismos se relacionan con la calle Augusto Leguía”. En verdad, Manantiales es una obra maestra, la mirada no se agota al recorrer cada uno de sus costados y se entiende por qué esta obra de Luis Izquierdo y Antonia Lehman fue elegida como uno de los mejores edificios en altura del mundo en la última década, y como tal fue expuesto en la muestra Tall buildings, del MoMa, en Nueva York.

 

Sabbagh mira al frente, hacia la avanzada construcción del Edificio Territoria, aunque no tiene mucho que decir. “Es que este proyecto no respeta el equilibrio impuesto por la altura del Manantiales”, agrega cuando ya comienza a hablar de otra de las estrellas del barrio, el Edificio Corporativo CCU (Vitacura 2670). “Es una obra espléndida y toda una declaración de principios. Está enclavado en pleno Sanhattan, pero no comparte ninguna de las malas características de esos edificios. El CCU no es una construcción que a sus pies tenga un estacionamiento, sino que se abre a la eventual interconexión con sus vecinos. Es un testimonio ejemplar dentro de un sector que se despilfarró como espacio público”.

 

“Suele ocurrir”, comenta el arquitecto mientras caminamos al final de la tarde de regreso a su oficina. “Así como hay sectores de la ciudad donde el valor del suelo es tal que conviene construir en altura y se obtienen construcciones como el Manantiales, hay otros donde la combinación entre valor y restrictivas ordenanzas municipales genera verdaderos terrenos arrasados, donde lo único que resulta conveniente edificar son esas horrorosas automotoras. A eso se ha reducido buena parte de Vitacura. Pero claro, esa es otra historia”. Una que probablemente exigirá otro paseo.